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El noviembre de Kate – Mónica Gutiérrez

El noviembre de Kate – Mónica Gutiérrez

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Resumen y Sinopsis De 

El noviembre de Kate – Mónica Gutiérrez

No sé decir que no. Eso es un problema. Aunque como no es mi único ni mi más acuciante problema, convivo con él y lo maldigo de vez en cuando, como viejos
conocidos que somos.
El día en el que Marian, la telefonista de Milton Consultants y una de mis mejores amigas, me ofreció un puesto en el programa de radio de su hijo, yo llevaba
dieciocho horas sin dormir y cumplía siete años en una oficina de esa misma empresa que había empezado a odiar profundamente. Es decir, que no era uno de mis
mejores días. La idea de conocer a un puñado de intelectuales new age y gafapastas radiofónicos un viernes por la noche no me pareció un plan nada apetecible.
Hace un par de meses que Josh colabora en ese programa de radio de humor y necesitan una voz femenina me estaba diciendo Marian mientras manejaba con
soltura las teclas de su centralita. Milton Consultants, ¿en qué puedo ayudarle? Ahora le paso. Le he dicho a Josh que te pasarías mañana para ver cómo era todo,
que eras periodista y que tenías una voz preciosa.
Hace más de siete años que no ejerzo de periodista me quejé en voz baja, concretamente desde que salí de la facultad. Y estoy constipada.
El señor Adams no se halla en este momento en la oficina, le paso con su secretaria. Ya, querida, pero tu voz sigue siendo bonita, incluso con mocos, y ya verás
como en cuanto te pongas delante del micro te acuerdas rápidamente de todo. Es un programa de humor, muy bueno, y solo sale en antena los viernes por la noche.
¿Es una emisora local?
Es la Longfellow Radio, la emisora local de ese pueblecito de aquí al lado, justo en la primera salida de la autopista si la coges en dirección a la montaña.
He oído hablar del pueblo pero no sabría llegar intenté excusarme de nuevo. Y menos de noche.
Le paso con la planta dieciséis, no se retire. Claro que sí, cielo, llegarás en un pispás. Mañana, a las nueve en la emisora. Josh te espera dentro. Verás qué bien.
No sé, estoy tan cansada…
No, señor, le comprendo. Si quiere demandarnos, le paso con la planta ocho, departamento legal, no se retire por favor. Levantó la vista del mosaico de luces
radioactivas en el que se había convertido la centralita y me miró con esos ojos color de miel que parecían comprenderlo todo. Oye, tienes que aflojar un poco. Esta
mañana he visto pasar a tu jefe por aquí y le salía espuma por la boca. Está fuera de control, así que mejor hazte a un lado y que atropelle a otro.
No se trata del señor Torres, Marian. Soy casi inmune a sus gritos y esquizofrenias varias. Es esta oficina, este trabajo, esos tipos con corbata y sin escrúpulos,
esas columnas interminables de cifras. A veces me gustaría coger el abrigo y el bolso, salir por esa puerta y no volver más.
Ten cuidado con lo que deseas, querida, porque se puede cumplir.
Quiero mucho a Marian, su hijo Josh es un encanto y no sé decir que no. Así que al día siguiente, viernes, después de una jornada maratoniana en Milton
Consultants me encontré en mi pequeño Ford de segunda mano incorporándome a la autopista en dirección a la montaña y recitándome como un mantra:
Está bien, solo iré si encuentro esa dichosa emisora sin perderme más de dos veces. Si consigo llegar a Longfellow y dar con la emisora en unos diez minutos,
entraré. Si empiezo a dar vueltas y me pierdo o me desoriento, cogeré de nuevo la autopista en sentido contrario y me iré a casa a dormir.
Pero los hados quisieron jugar conmigo aquella noche: entré en Longfellow por el sencillo procedimiento de tomar la salida que llevaba ese nombre, conduje hasta el
centro del pueblo (debidamente delimitado por la iglesia de piedra, el Ayuntamiento y el centro cívico en el que Marian me había explicado que estaba la radio) y
aparqué a la primera en el único sitio libre que el destino parecía haber reservado para mí justo delante de la emisora.
Cuando salí del coche hacía tanto frío que tuve que mirarme para comprobar que llevaba puestos el abrigo y la bufanda. Entré temblando en el hermoso edificio
histórico de mediados del siglo XIX que acogía el centro cívico de Longfellow y me encontré en un amplio salón espantoso y mal iluminado. Un montón de abuelitas y
abuelitos, reunidos en grupos alrededor de unas mesas más viejas que ellos, jugaban a las cartas, al dominó o hacían labores de ganchillo y aguja. A la izquierda, detrás de
una barra de bar sucia y con alguna que otra botella polvorienta, un hombre calvo y con bigote leía un periódico deportivo.
Perdón pronuncié intentando controlar el castañeteo de mis dientes, creo que me he equivocado de sitio. ¿La emisora de radio de Longfellow?
Arriba dijo el calvo levantando la vista de su astroso diario y mirándome con curiosidad.
Junto a la barra había unas escaleras estrechas y empinadísimas que llevaban al país de las maravillas. «Súbeme», pensé jugando a ser Alicia. Y eché de menos al
conejo blanco que, a esas alturas, si no había muerto por congelación, estaría disfrutando de su merecida jubilación echando una partida de cartas con los colegas de
abajo. Subí y subí y subí. Un montón de escalones altísimos, sin descansillo, con las paredes tan cerca en aquella luz menguante la única iluminación era la de los
focos polvorientos de la barra del señor calvo y con bigote me llevaron a pensar en los torreones de los castillos medievales y a temer una incipiente claustrofobia.
Me paré cuando faltaban tres escalones porque había encontrado la puerta. Enorme, de madera oscura y sin picaporte. Allí estaba, justo al final del último escalón,
sin descansillo en el que recuperar el aliento. Una puerta con una cerradura aparatosa de color cobrizo, con una llave grande y hermosamente labrada descansando en su
único ojo.
Subí otro escalón y golpeé la puerta con los nudillos pero el sonido resultó tan patético como mi presencia allí. Respiré hondo, subí el último escalón y empujé con
ambas manos el muro de madera. Nada. No me quedó más remedio que poner la mano sobre la llave y girarla. La puerta se abrió con un chirrido de castillo encantado y
Alicia entró en la madriguera del conejo ausente.
La primera vez que puse los pies en la emisora de Longfellow Radio creí que me había equivocado de lugar y había ido a parar a una de esas acogedoras y hermosas
cabañas de madera donde todo huele a pino recién cortado y el suelo cruje bajo tus pies. Por alguna peregrina razón que escapaba a mi entendimiento en aquella primera
visita, el desastroso vestíbulo del centro cívico conducía a una buhardilla de madera cálida, bien iluminada y escondida de sus ancianos habitantes.
La puerta se cerró con un suspiro quejumbroso y me quedé sola, en un agradable silencio, en aquella habitación de paredes de madera, suelo de madera, vigas y techo
de madera, y mesas enormes llenas de papelotes y material de oficina. Me quité el abrigo y la bufanda y los dejé colgados con el bolso en una de las perchas vacías de la
entrada. Olía a papel, a biblioteca, a librería, a las estanterías

Pages : 91

Tamaño de kindle ebook : 1,26 mb 

Autor De La  novela : Mónica Gutiérrez

kindle ebooks Comprimido: no

kindle Format : True PDF 

Idioma :Español-España 

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Fotos – Imagen

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