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El océano de la memoria – Paloma San Basilio

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Descargar El océano de la memoria En PDF Paula Monasterio Medina
Marina Monasterio Medina
MARIO LIVINGSTON, 1890
LA INGLESA
/padres de
Alba Livingston Belacua, 1915
CUSTO MONASTERIO
ALBA LIVINGSTON
/padres de
Alba Monasterio Livingston,
1936
Custo Monasterio Livingston,
1938
Rocío Monasterio Livingston,
1940
Lluvia y Mario Monasterio
Livingston, 1943
Santiago Monasterio
Livingston, 1946
Luna Monasterio Livingston,
1949
Carlos Monasterio Livingston,
1951
VIRTUDES Y NEMESIO
/padres de
Esteban, 1933
PERSONAJES SECUNDARIOS EN
CÁDIZ:
JUANA: cocinera
GREGORIO: padre de Juana
AMADOR: hermano de Juana
ENEDINA: niñera
VIRTUDES: lavandera, madre de
Esteban
PATRO: costurera
PACA: empleada de las tías Paula y
Marina
RAMIRO: encargado de la tienda de
Santiago Belacua
CARMEN: ama de cría
ROSA: ayuda en la casa
MARÍA: enfermera de la tía Paula
JULIÁN: capataz de las bodegas
ALFONSO: novio de Enedina
ÁLVARO IBARRA: pretendiente y
amigo de Alba
ELENA: amiga de Rocío y mujer de
Custo, su hermano
ELENA LUNA: hija de Custo y Elena,
1964
MARIO: hijo de Custo y Elena, 1968
DOÑA EMILIA: maestra de costura de
Gloria en Cádiz
COLOMBIA:
MIGUEL ARANGO: amigo de Mario
DOÑA AMARANTA: madre de Miguel
DON DIOMEDES: padre de Miguel
AMARA: hermana de Miguel
DIO: hermano mayor de Miguel
JAVIER: hombre de confianza de los
Arango
ZORRO: guerrillero
PITÓN: guerrillero
MANUELA: guerrillera, novia de
Pitón LOLA: guerrillera
CABALLO (FABIO): comandante de la
guerrilla
JAIRO: capataz de la finca de Miguel

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INGLATERRA:
GEORGE: primo lejano de Alba
TÍA MARGARET: tía lejana de Alba
ELSA: hermana de George
MÉXICO:
GLORIA: madre de Gabriel y abuela
de Gabo
ALEJANDRO LAGUNA: padre adoptivo
de Gabriel
AMALIA: esposa de Gabriel
GABO: hijo de Gabriel y Amalia
Laguna
ALEJANDRO: hijo de Gabo y Rocío,
1966
GLORIA MARÍA: hija de Gabo y
Rocío, 1972
DOLORES: cocinera
LUCHA: hija de Dolores
PASCUAL: capataz
LUPITA: mujer de Pascual
ROSALÍA: hermana de Lupita
MANUEL: encargado de los caballos
PEDRITO: hijo de Pascual y Lupita
VICENTA: maestra
Prólogo
Me llamo Alba Monasterio
Livingston y nací en 1936, en plena
guerra. Mi madre me amamantó hasta los
tres años y a mi padre le hicieron
prisionero por el simple motivo de
bautizarme. Lo liberó un anarquista que
pensó que tenía derecho a actuar bajo su
conciencia. Si el tribunal hubiese estado
presidido por otra persona, ninguno de
mis hermanos habría nacido y, por lo
tanto, esta historia no existiría. Cuando
volvió a casa, la barba roja que lucía mi
padre dejó claro por qué mi melena era
del color del fuego en invierno, pero yo
no soy el centro de este relato. Solo
quiero contar la verdad de lo que
aconteció desde entonces hasta nuestros
días. Por qué se callaron tantas cosas y
se disfrazaron otras. Quiero dejar limpia
la memoria de una familia que con sus
luces y sus sombras fue simplemente el
reflejo de una época y una sociedad
hipócritas, donde nada podía ser como
era y había que aparentar lo que dicha
sociedad consideraba correcto aunque
muchos sentimientos y muchas vidas se
perdiesen por el camino.
Tengo esa edad en la que lo cotidiano
se olvida y lo lejano emerge como
esculpido en la piedra de la memoria.
Mi vida ha sido como un río remansado,
pero con remolinos inapreciables en la
superficie capaces de arrastrarte hasta el
fondo si no tenías un asidero al que
agarrarte. Tampoco ha importado
mucho, el foco de la casa siempre estaba
en otra parte. Éramos muchos y los
demás hablaban más alto y más rápido
que yo, que me veía obligada a dejar
mis frases a medias, suspendidas en el
aire sin interlocutor alguno.
De aquellos días solo quedamos en el
mismo sitio la casa de Cádiz, que ya ni
siquiera nos pertenece, las bodegas,
Juana y yo, testigos eternos y mudos de
las vidas de otros. Nadie permanece
junto a nosotras; la mayoría ya no están.
Las habitaciones se fueron quedando
sordas poco a poco. Algunas antes de
tiempo. Otros se fueron lejos, huyendo
del pasado y la falta de oxígeno para
respirar. Es una casa preciosa pero tiene
algo de cárcel. Algo que desde el amor
y la seguridad te oprime los pulmones y
te adocena las ideas. Espero que sus
futuros habitantes consigan liberarla.
En otro tiempo la casa estaba llena de
vida, de ruido, de gritos y de música. Mi
padre amaba a los clásicos y tenía
pasión por la zarzuela que sonaba
obscenamente por todas partes para
arremolinarse en el patio, el auténtico
corazón de nuestras vidas y nuestros
sueños. En ese patio celebrábamos los
bautizos y las comuniones, rodeados de
pilistras, las macetas típicas de los
patios del sur, con el sonido del agua
como fondo de las conversaciones al
caer la tarde. En ese patio recibía mi
madre a sus amigas en verano para
tomar el té con pastas, reminiscencias
inglesas, y examinaba de pies a cabeza a

El océano de la memoria – Paloma San Basilio

los posibles pretendientes que tenían
que pasar el test de aprobación, sin el
cual, implacable, se encargaba de
alejarlos de sus hijas. Éramos guapas,
educadas y sabíamos todo lo que una
buena esposa necesita saber. Lo malo es
que no todas estábamos dispuestas a
serlo.
Hoy aún se conservan las verdes
pilistras, con sus hojas largas y
brillantes como cuchillos. La fuente
sigue sonriendo agua; a veces tengo la
sensación de que se burla de todos y que
sabía de antemano lo que pasaría, como
una Casandra líquida y constante.
Solo he querido explicar a grandes
rasgos el porqué de estas páginas y el
hecho insólito de que me haya tocado a
mí, en calidad de único testigo vital y
contra todo pronóstico, dibujar de la
manera más veraz y con la mayor
riqueza de matices la historia de la
familia Monasterio Livingston, mi
familia, una familia más de la España
atribulada, asustada y herida de la
posguerra.
PRIMERA PARTE
Capítulo I
Alba, esta niña tiene fuego en el
pelo y en el corazón, y por los ojos le
sale la llama verde de las hechiceras.
—Ya estás con tus tonterías, Juana, si
solo tiene días.
Alba se reía con los comentarios de
Juana. La niña era preciosa a pesar de
los tiempos difíciles en los que había
nacido. España estaba en medio de una
guerra fratricida, y la escasez y el miedo
campaban a sus anchas.
Juana tenía la misma edad que su
señora, veintiún años. Había entrado en
la casa a servir con catorce, de ahí la
confianza y el cariño que las dos se
tenían. Gregorio, su padre, labrador y
con más hijos de los necesarios, apenas
podía alimentar a su prole a base del
consabido pan duro a remojo, pimiento,
tomate y ajo, todo de la huerta,
enriquecido con una pizca de aceite. Lo
que una familia podía permitirse en el
campo andaluz dominado por latifundios
y grandes fincas en donde los aparceros
disponían de una humilde casa con una
sola estancia, la huerta y alguna cabra a
la que exprimir las ubres buscando la
leche que les servía para hacer quesos y
algún que otro dulce. Las gallinas les
permitían comer de vez en cuando los
huevos que no vendían en el mercado, y
a menudo el matrimonio y los cinco
rapaces se afanaban en mojar pan y
compartir la clara, que suponía un
manjar exquisito reservado solo para los
domingos.
Juana era la mayor y por tanto tenía
que trabajar el doble para ayudar en la
casa, recoger espárragos verdes hasta
deslomarse o echar unas horas en las
casas principales. Desde los ocho años,
Juanita corría de un lado para otro
procurando alguna ganancia que llevar a
su maltrecho hogar. Juana era pequeña y
vivaracha, la naturaleza le había
regalado una ligera joroba que en nada
mermaba su carácter alegre y dispuesto.
A los catorce años, la madre de Alba, la
Inglesa, como la llamaban en los barrios
humildes, se apiadó de la criatura y la
metió fija en la casa de la plaza Mina.
Juana trabajaba duro pero al menos tenía
un buen sitio en el que vivir, comida y
veinticinco pesetas que generosamente
la Inglesa le pagaba al mes y que
volaban para alivio de la casa paterna.
La muchacha era feliz, y además
Albita, la niña de la casa, tenía su
misma edad y se convirtió en una
compañera de juegos, confidencias y
risas, cuando sus quehaceres diarios se
lo permitían. Juana tenía adoración por
esa niña rubia de ojos azules, esbelta y
voluntariosa a la que su madre, con
exigente educación anglosajona, sometía
a clases de mil cosas: inglés, bordado,
repostería, piano y equitación. Alba se
quejaba pero sabía que era inútil
resistirse. Se convertiría en la joven más
deseada de la ciudad y eso era garantía
de futuro, seguridad económica y
reconocimiento social. En un mundo de
hombres, las mujeres se medían en
función de una buena boda y no de otros
méritos ajenos a la vida de matrimonio.
Los sentimientos eran algo secundario;
en definitiva, eran cosas de pobres.
Cuando Alba lloraba en público por
algo o suspiraba, la Inglesa le recordaba
su condición social y el hecho de que
llorar, reír a carcajadas o suspirar eran
cosas de pobres y estaban desterradas
de la casa de la plaza Mina.
Realmente la Inglesa no era tal, la
abuela era hija de un comerciante de
extracción humilde, Santiago Belacua,
que gracias a sus habilidades en el
comercio de ultramar había amasado una
considerable fortuna, lo que le permitió
entrar a formar parte de la burguesía
gaditana. Su espectacular y pelirroja
hija pudo así conquistar a

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