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Libro El poder de la verdad Michael Lorrey 2 – Alejo Viar PDF

Libro  El poder de la verdad (Michael Lorrey 2) - Alejo Viar PDF

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A las ocho en punto, el automóvil más grande que Du Catlett había ocupado nunca, lo recogió en el apartamento para llevarle hasta el Wesselton, el restaurante
más caro de Kimberley. Sólo había entrado allí una vez en veinte años, en la fiesta de jubilación del antiguo jefe de la fábrica. Pero ni mucho menos para comer, sino para
aceptar agradecido dos copas de un extraordinario cóctel. Ahora el local era diferente. Lo habían remodelado por completo. El señor Sowers lo esperaba en un reservado,
acompañado por su ayudante.
–¡Hola, Ernest! Siéntate, por favor. ¿Te apetece un aperitivo? Nosotros estamos tomando un Riesling, está delicioso.
–Sí, claro. Será perfecto.
Le sirvió de la botella que reposaba en un enfriador de plata. Las copas eran de cristal de Bohemia. Nada en aquel lugar era vulgar. Se respiraba el lujo en todos
los detalles: cuadros modernistas en las paredes, lámparas de araña con la intensidad de luz adecuada, cubertería de plata, mantelería de seda, un original centro de mesa
a modo de pecera con tulipanes y rosas sumergidas en agua, y lo que más sorprendió a Du Catlett, una suave melodía de fondo que al momento identificó como el
segundo movimiento de la cuarta sinfonía de Mahler. Intentó en vano hacerse una idea del precio de una cena allí. Un camarero, cuyo atuendo era impecable para el más
formal de los eventos, esperaba algo apartado a ser requerido.
–¿Qué te apetece cenar, Ernest? El pescado aquí es excelente, te lo recomendaría con una ensalada Waldorf.
–Cualquier cosa estará bien.
–Pero puedes elegir. ¡Insisto! ¿Te gusta el marisco?
–Prefiero que elija usted. No estoy acostumbrado a los restaurantes.
–Bien, yo elegiré, pero por favor, ¡olvídate del usted!
–Claro, Brandon –aceptó algo cohibido.
Su anfitrión hizo una seña al camarero, que se acercó de inmediato.
–Comenzaremos con una bandeja de ostras. Luego serán tres ensaladas Waldorf y el pescado más fresco que tengan. A la plancha, para los tres. Y otra botella de
este excelente Riesling, por favor.
El camarero se retiró.
–¿Te parece bien, Ernest? De veras, puedes elegir lo que te apetezca. También hacen un delicioso solomillo si prefieres carne.
–Creo que su elección es perfecta.
–¡Oh! No puedo con este hombre. Tutéame, por favor. Quiero una confianza absoluta.
–Claro. Perdona, Brandon, es la costumbre.
No hablaron mucho durante la cena, que por descontado, fue con mucho la mejor que Du Catlett había tenido en su vida. Después de renunciar al postre, Sowers
encargó una botella de cognac Napoleón, esta vez sin consultar a los demás, y tres cigarros Cohiba que llegaron sobre una bandeja de plata, junto con un cortapuros, un
encendedor Ronson también de plata, y tres tiras alargadas de madera de cedro. Du Catlett dio un vistazo a la mesa y se preguntó si allí habría algo metálico que no
fuese de plata. Sowers, con una parsimonia casi ceremonial, tomó un cigarro y se lo acercó a la nariz oliéndolo con delicadeza; tras utilizar el cortapuros prendió una tira
de madera con la que encendió el cigarro, acercándole la llama hasta que toda la corona estuvo incandescente. Sólo entonces se llevó el habano a la boca para dar una
primera calada que inundó el reservado de un profundo aroma a Cuba.
–¡Maravilloso! –exclamó–. ¿Fumas, Ernest?
–Sólo una vez, en la universidad.
–¡Sírvete, no te arrepentirás!
–No creo que sepa apreciarlo, Brandon.
–Prueba, y si no te gusta, lo dejas. No hay problema.
Du Catlett no quiso disgustarle, así que repitió de manera bastante torpe el proceso de encendido. El ayudante no lo hizo. Sabía muy poco de cigarros pero sí
que no debía aspirar el humo. Se sintió mareado a la segunda calada, pero no se le pasó por la cabeza protestar o dejarlo.
–Bueno, Ernest, ¿sabes por qué estás aquí, verdad?
–Creo que sí.
–Me interesa mucho tu antiguo trabajo en Alemania y quiero que lo retomes aquí. Trabajarás para mí, sin más jefes. Y no quiero en absoluto que pienses en mí
como jefe, sino como en un amigo. Nos ayudaremos de forma mutua. ¿Qué te parece?
Du Catlett dudó. No tenía claro cómo afrontar aquella situación.
–Perdóname por decirlo así, Brandon. No me gustaba aquel trabajo en Alemania, ni me gustaría ahora. Pero tengo la sensación de que no tengo elección.
–No quiero obligarte, Ernest. Prefiero que lo hagas comprendiendo que es lo mejor para los dos. –Su expresión se había endurecido. Du Catlett lo percibió bien
claro y comprendió.
–Está bien. Lo haré.
–¡Bravo! Esto merece un brindis. –Sirvió cognac en las tres grandes copas de cristal de Bohemia que llevaban el nombre del restaurante grabado en trazos muy
finos–. ¡Caballeros, por la excelente colaboración que comienza hoy! –Levantó la copa y Du Catlett y el ayudante lo imitaron–. ¡Salud!
El trago de cognac, de una suavidad exquisita, alivió a Du Catlett del reseco que el cigarro le estaba produciendo en la garganta.
–¿Dónde te gustaría vivir, Ernest?
–¿Cómo? –respondió éste sorprendido.
–La ciudad. Quiero que te traslades al lugar que más te guste.
–Bueno, no sé…
–Esta vez no elegiré yo, Ernest. Quiero que vivas a gusto y seas feliz. Se te pagará muy bien. El dinero no es problema, no te faltará de nada. Dentro de un
tiempo estarás acostumbrado a los mejores restaurantes, no lo dudes. Y quiero que sea donde tú elijas.
–Cualquier sitio estará bien –contestó abrumado por la oferta.

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–¡No! Te exijo que sea el que tú prefieras –dijo Sowers un tanto exaltado.
Du Catlett pensó unos segundos en ello, dando otro sorbo al coñac. Se podría acostumbrar sin problemas a vivir así, claro, salvo por el cigarro que lo estaba
torturando. Al fin se decidió a contestar.
–Siempre he pensado que sería fantástico vivir cerca del mar.
–¡Bien! –exclamó Sowers levantando la copa–. Algo tenemos en claro. Y… ¿En concreto?
–Se me ocurre que, si fuera posible, Ciudad del Cabo estaría muy bien. El año pasado inauguraron allí el Nico Malan Theatre Center. Lo digo por la posibilidad
de asistir a la ópera. Es algo que echo mucho de menos.
–¡Ciudad del Cabo, bravo! Y muy conveniente para mí también, es la capital legislativa y allí hago la mayor parte de mi trabajo.
–Me voy a atrever a preguntar sobre esa cuestión, Brandon. –En realidad, era el cognac el que se atrevía–. ¿Cuál es ese trabajo?

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estrecharon las manos con entusiasmo–. Peter, buscaremos un buen apartamento para Ernest lo más cercano posible a la ópera, y el mejor laboratorio de la ciudad. Si no
hay uno adecuado, lo construiremos a su gusto. ¿Cuándo podrás viajar, Ernest?
–No sé… Lo que tarde en hacer el equipaje. En realidad, no tengo gran cosa. No creo que me lleve más de un día.
–Perfecto entonces. Viajarás pasado mañana y mientras conseguimos tu apartamento, te alojarás en el Savoy. Es muy cómodo y el personal es muy amable, son
nuestros amigos. Creo que el cigarro te está mareando, ¿no?
–La verdad es que sí, no estoy acostumbrado.
–¡Déjalo, por favor! No quiero que hagas nada a disgusto por complacerme. Pero es un placer, si te acostumbras.
–No para mí, me temo –dijo deshaciéndose al fin del cigarro.
–Bueno, Ernest. Tengo que despedirme ahora. Tenemos pendiente otro asunto esta noche. El coche te llevará donde quieras. Puedes quedarte aquí a terminar el
cognac, o pedir lo que te apetezca.
–¡No, no! Yo me retiro también, no estoy acostumbrado a trasnochar.
–Peter te llamará mañana para los detalles de la mudanza –informó Sowers a la vez que se levantaba–. Si no te importa, saldremos nosotros primero. Espera
unos minutos aquí, por favor. –Recogió el tercer cigarro de la bandeja y lo guardó en el bolsillo interior de la chaqueta.
–Por supuesto.
Sowers salió del reservado sin despedirse. Se notaba que intentaba ser amable con los demás, pero no conseguía vencer la rudeza que impregnaba todos sus
actos. Du Catlett imaginó en él una infancia terrible, violenta y sin educación de ningún tipo. Acertaba de pleno.
Al día siguiente, Du Catlett se despertó temprano con el desagradable sabor del cigarro en la boca. Se arrepintió de haberlo aceptado, y el cognac tampoco le

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había tratado bien. Le pesaba la cabeza, al menos ésa era la sensación que tenía. Nunca se había emborrachado. Solamente en alguna ocasión muy especial tomaba una
copa de vino, pero el licor era para él una inmensidad en la que perderse. Y se había perdido. Tras conseguir aliviar su estado con un baño caliente y una posterior ducha
fría, comenzó a preparar el equipaje. Se sorprendió al terminar sólo media hora después. Allí estaban todas sus pertenencias, en un baúl y una maleta, y no demasiado
grandes.
«¡Tan poco ocupa mi vida!», pensó desalentado. Aunque también reflexionó en que era una nueva vida. En otro tiempo fue Dieter Luttenberger.

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