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El príncipe rebelde – Maisey Yates


El príncipe rebelde – Maisey Yates

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MUÉRETE o abdica. No me importa
demasiado qué elijas, pero tienes que
tomar una decisión ya.
Alexander Drakos, heredero al trono
de Kyonos, vividor disoluto y jugador
habitual, dio una profunda calada a su
cigarrillo antes de dejarlo en el cenicero
y arrojar sus cartas sobre el tapete.
–En estos momentos estoy un poco
ocupado, Stavros –dijo al teléfono.
–¿Haciendo qué? ¿Dilapidar tu
fortuna y beber hasta acabar
completamente borracho?
–No bebo cuando juego. Y tampoco
pierdo.
–Es una lástima porque, si perdieras,
hace tiempo que tendrías que haber
vuelto a casa.
–Tampoco parecéis haberme
necesitado demasiado.
Era hora de mostrar las cartas y todos
los jugadores lo hicieron.
Xander sonrió antes de inclinarse
para recoger todas las fichas que había
sobre la mesa.
–Estoy recogiendo mis ganancias –
dijo mientras se levantaba y guardaba
las fichas en una bolsa de terciopelo–.
Que disfruten de la tarde, señores.

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Tras tomar su chaqueta del respaldo
de la silla y echársela al hombro entregó
la bolsa a un empleado del casino.
–Sé cuánto hay –dijo sin soltar el
teléfono–. Cóbralo y quédate con el
cinco por ciento, no más.
Se detuvo ante la barra del bar.
–Un escocés. Seco.
–Pensaba que no bebías mientras
jugabas –dijo su hermano con ironía
desde el otro lado de la línea.
–Ya no estoy jugando –Xander tomó
de un trago el whisky que le sirvió el
camarero y luego salió del casino a las
abarrotadas calles de Mónaco. Era
extraño, pero el alcohol ya no le
quemaba. Y tampoco le hacía sentirse
mejor. Estúpido alcohol.
–¿Dónde estás?
–En Mónaco. Ayer estaba en Francia.
Al menos creo que eso fue ayer. La
verdad es que todo se mezcla.
–Haces que me sienta viejo, Xander,
y eso que soy tu hermano pequeño.
–Suenas viejo, Stavros.
–Yo no pude permitirme el lujo de
huir de mis responsabilidades como
hiciste tú. Alguien tenía que quedarse y
comportarse como un adulto.
Xander recordaba muy bien lo que
sucedió el día que se permitió el «lujo»
de huir de sus responsabilidades, como
había dicho Stavros.
«Tú la mataste. Ha sido culpa tuya.
Has robado algo a este país, a mí, algo
que nunca podrás reponer. Jamás te
perdonaré».
El recuerdo de aquellas palabras hizo
que Xander sintiera la necesidad de
tomarse otro whisky.
–Estoy seguro de que la gente erigirá
una estatua en tu honor algún día y
entonces te parecerá que todo ha
merecido la pena, Stavros.
–No he llamado para mantener una
«charla» contigo. Antes preferiría
estrangularme con mi propia corbata.
–Entonces, ¿por qué has llamado?
–Papá ha sufrido un derrame cerebral.
Es probable que muera, y tú eres el
primero en la línea de sucesión, a menos
que abdiques de una vez o te cuelgues
una cadena con una bola de cemento al
cuello y te arrojes al mar. Te aseguro
que no lloraré tu pérdida.
–Seguro que te encantaría que
abdicara –Xander ignoró la punzada que
experimentó en el pecho. Odiaba la
muerte. Odiaba su imprevisibilidad, su
falta de discriminación.
Si la muerte poseyera un mínimo de
cortesía, habría ido a por él hacía
tiempo. Llevaba años tratando de
atraerla. En lugar de ello iba a por los
necesitados, a por las personas más
buenas y encantadoras, a por aquellos
que suponían una diferencia en un mundo
lleno de depredadores y seres
desalmados.
–No tengo ningún deseo de ser rey,
pero no te equivoques, Xander, lo seré.
El problema reside en la producción de
herederos, por supuesto. Por felices que
seamos Jessica y yo con nuestros hijos,
no son elegibles para el trono. Según las
leyes de Kyonos, los hijos adoptados no
pueden aspirar al trono.
–Eso deja solo a Eva.
–Sí, y, por si no te habías enterado,
está embarazada.
–¿Y qué piensa de que su hijo vaya a
ser heredero del trono?
–Odia la idea. Mak y ella ni siquiera
viven en Kyonos, y tendrían que
trastocar por completo sus vidas para
que su hijo fuera criado en el palacio. Y
como bien sabes, se suponía que las
cosas no iban a ser así.
Xander cerró los ojos y vio en su
mente la imagen de su alocada y morena
hermana. Seguro que Eva odiaría
aquello. Como a él, jamás le había
gustado el protocolo de la realeza.
Él ya le había robado a su madre.
¿Sería capaz de robarle también el resto
de sus sueños?
–Decidas lo que decidas, decídelo
pronto, Xander –continuó Stavros–. No
puedes tardar más de dos días en
hacerlo, pero si quieres mi opinión…
–No la quiero –Xander dio por
zanjada la conversación y se guardó el
móvil en el bolsillo.
Luego se encaminó hacia los muelles.
Tal vez allí encontraría la cadena con la
bola de cemento que necesitaba.
Layna Xenakos desmontó y palmeó el
cuello de su caballo. Estaba empapada
de sudor y pegajosa, y el vestido de
manga larga que llevaba no ayudaba
demasiado a aliviarla del calor.
Pero estaba sonriendo. Cabalgar
siempre le producía aquel efecto. La
vista del mar desde allá arriba y la
salina brisa que soplaba junto a aquellos
acantilados siempre le habían gustado.
Aquella era una de las muchas cosas que
le gustaba de vivir en el convento, un
lugar apartado del resto del mundo,
donde la falta de vanidad era una virtud.
Una virtud que no necesitaba esforzarse
por alcanzar. En su caso, la vanidad
habría sido algo risible.
Sacó de un bolsillo su pañuelo y se
cubrió con él la cabeza. Su pelo era lo
único por lo que podía sentir cierta
vanidad.
–Vamos, Phineas –dijo mientras
tiraba de su caballo hacia los establos
para dejarlo en su casilla.
Cuando se encaminaba de vuelta
hacia el edificio principal del convento,
miró por encima del pequeño muro de
piedra que bordeaba el sendero y vio
que en el huerto había varios tomates
maduros colgando de sus ramas y
esperando a ser recogidos. Entró en el
huerto canturreando algo mientras se
encaminaba hacia las tomateras.
–Disculpe.
Layna se quedó paralizada al
escuchar la voz de un hombre a sus
espaldas. Solían relacionarse a menudo
con los hombres en el pueblo, pero era
raro que alguno acudiera al convento.
Por un instante, justo antes de
volverse, experimentó una punzada de
ansiedad. ¿La miraría como si fuera un
monstruo? Pero, para cuando se dio la
vuelta, la ansiedad ya había
desaparecido. A Dios no le importaba la
falta de belleza externa, y a ella
tampoco. La vanidad solo era un freno
que impedía estar al servicio de los
demás.
En resumen, aquel era el motivo por
el que ella era una novicia, y no una
hermana, a pesar de llevar ya diez años
en el convento.
–¿Puedo ayudarlo? –el sol le daba de
lleno en el rostro y Layna supo que el
hombre podría ver todas sus cicatrices.
Las cicatrices que le habían robado su
belleza. La belleza que en otra época fue
su rasgo más preciado.
El sol también le impidió ver al
hombre con detalle, algo que también la
libró de captar su expresión. Era alto y
vestía de traje. Era un traje caro. No era
un hombre del pueblo. Parecía un
hombre salido de la vida que había
llevado antes, un hombre que le hizo
recordar los cuartetos de cuerda, los
brillantes salones de baile y a otro
hombre que habría sido su marido. Al
menos, si las cosas hubieran sido
distintas. Si su vida no se hubiera
desmoronado como lo había hecho.
–Probablemente, hermana. Aunque no
sé si estoy en el lugar correcto.
–No hay ningún otro convento en
Kyonos, de manera que no es probable
que se haya equivocado.
–Me resulta extraño estar en un
convento –Xander alzó la mirada hacia
lo alto y el sol lo iluminó a contraluz,
oscureciendo sus rasgos–. Es extraño
que aún no me haya caído un rayo.
–No es así como suele actuar Dios.
–Tendré que aceptar su palabra al
respecto. Hace años que Dios y yo no
hablamos.
–Nunca es demasiado tarde –dijo
Layna. Porque le pareció lo adecuado.
Aquello era algo que habría dicho la
abadesa del convento.
–En cualquier caso, no estoy
buscando a Dios. Busco a una mujer.
–Me temo que aquí no hay más que
monjas.
–Tengo entendido que la mujer que
busco también es una monja. Estoy
buscando a Layna Xenakos.
Layna se quedó momentáneamente
paralizada.
–Ya no utiliza ese nombre –aquello
era cierto. El resto de las hermanas la
llamaban Magdalena, un recordatorio de
que había cambiado y de que en el
presente vivía para los demás, no para
sí misma.
Entonces el hombre avanzó hacia ella
como la visión de un sueño, o una
pesadilla. La personificación de aquello
de lo que había estado huyendo durante
los pasados quince año.
Xander Drakos. Heredero del trono
de Kyonos. Mujeriego legendario. El
hombre con el que prometió casarse.
El último hombre del mundo al que
habría querido ver en aquellos
momentos.
–¿Por qué no? –preguntó él.
Era evidente que no la había
reconocido. ¿Y por qué iba a haberlo
hecho? La última vez que se habían visto
ella tenía dieciocho años. Y aún era
bella.
–Tal vez porque no quiere que la
encuentren –dijo Layna mientras se
inclinaba a recoger unos tomates y
trataba de ignorar los intensos latidos de
su corazón.
–Yo no he necesitado hacer
demasiadas averiguaciones para
encontrarla.
–¿Y qué quiere? ¿Qué quiere de ella?
Xander contempló a la pequeña mujer
que tenía ante sí. Llevaba el pelo
cubierto por un pañuelo aunque, por el
color de sus arqueadas cejas, debía de
ser morena. Un lado de su rostro
mostraba una suave piel dorada, tensa
sobre un alto pómulo, y una carnosa
boca ligeramente alzada en las
comisuras. Pero aquella era solo la
mitad de su rostro. Porque el otro lo
tenía marcado desde el cuello hasta la
mejilla. Sus labios parecían congelados
en aquella parte de su cara, demasiado
tensos por las cicatrices como para
permitirle sonreír.
Aquella era la clase de mujer que
Xander esperaba encontrar allí, no a
alguien como la social y alegre Layna,
que apenas contaba dieciocho años
cuando se comprometieron y era una
auténtica belleza. De ojos y piel dorada,
su pelo color miel solía parecer siempre
iluminado por el sol.
Xander ya había sabido entonces que
Layna sería una reina perfecta. Ya en
aquel momento era muy querida por su
gente, y además era hija de uno de los
gobernantes oficiales de Kyonos, lo que
implicaba que tenía todos los contactos
adecuados.
Por lo que había podido averiguar en
los dos días que llevaba de vuelta en la
isla, la familia Xenakos ya no estaba
allí. Excepto Layna. Y necesitaba
encontrarla.
La necesitaba. Ella era su ancla al
pasado. Su aliada más segura. Para la
prensa, para la gente. La habían querido
y volverían a quererla.
Aunque temía que no sentirían lo
mismo por él.
–Tenemos algunos viejos asuntos de
los que tratar.
–Las mujeres que viven aquí no
quieren hablar de viejos asuntos –dijo
Layna con voz temblorosa–. Vienen aquí
para comenzar de nuevo con sus vidas –
añadió mientras giraba sobre sí misma y
se alejaba con intención de no contestar
a más preguntas.
Xander, que no estaba acostumbrado
a que le dejaran con la palabra en la
boca, bloqueó su salida del huerto.
Cuando ella alzó el rostro hacía él con
gesto desafiante, Xander sintió que el
corazón se le encogía dolorosamente en
el pecho. Viendo aquellos peculiares
ojos verdes enmarcados por unas
oscuras pestañas supo exactamente
quién era.
Era Layna Xenakos, pero sin su
belleza. Sin sus sonrientes ojos. Sin el
hoyuelo de su mejilla derecha.
Ya apenas se sorprendía por nada,
pero jamás habría anticipado algo como
aquello. Desde que había abandonado
Kyonos había evitado a propósito
prácticamente toda noticia relacionada
con su país de origen. Abrir aquella
ventana hacia su pasado era como hurgar
en una herida


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