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Libro El que erizó mi piel – Martha Godiz

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PDF Descargar amor se siente, se vivé y por cosas del
destino, muere o perdura en el tiempo,
con la distancia se intensifica, o se
reduce en un recuerdo.
Te recuerdo a diario. Con el
tiempo aprendí a desprenderme de las
corazonadas, esas mismas que me
llevaron a tus brazos.
La primera vez que mis ojos
impactaron con los tuyos, supe que
debías de ser para mí. Esos negros,
rasgados, intensos y dulces ojos me
cautivaron y estaba en lo cierto,
cuando me decía para mi misma, que
esos mismos ojos me contemplarían
durante un transcurso de tiempo,
quizás toda la vida, quizás un ratos,
quizás un segundo o quizás unos
años…. Hice caso a mi corazonada, si
no fuera por ello, quizás jamás te
hubiera conocido, y entonces ni tú, ni
yo, hoy, seriamos los que somos.
No creía en el amor a primera
vista, pero mi primer amor fuiste tú, y
me enamoré de ti con solo mirarte.
Ciertamente ahora creo en ese
amor que surge de la nada, no por
casualidad, si no, por una causa.
Entonces, entendí que con solo
una mirada se puede decir un millón
de palabras, cuando los labios callan,
la mirada habla.
El pasado siempre vuelve, auque
sea en forma de recuerdo.
En el transcurso de mucho tiempo,
no he dejado de soñarte. Te apareces
en mis sueños. Quiero pensar que
quizás estoy intentando desprenderme
de ese amarré, desprenderme para
siempre de ese puerto en el que estuve
cautiva durante mucho tiempo, presa
de mis propios sentimientos. Las
aguas corren libres, cada una coge el
cause que quiere, en nuestro caso, la
vida nos alejó y cuando quise darme
cuenta había cambiado por dentro y
por fuera. Miraba diferente, pensaba
diferente, y caminar hacia atrás y
revolver el pasado estaba de por
demás. Quizás la vida nos tendría
preparado un plan perfecto, un
reencuentro o quizás no…
Tuve que vivir en la
incertidumbre, ya que todo era
incierto. Me conformé con soñarte.
Quisiera decirte que gracias a el
sentimiento que me trae tu recuerdo,
hoy soy la mujer que soy. Es
entrañable pensar en, como un sutil
aroma puede trasportarte atrás en el
tiempo. Te busqué en otra piel y no te
encontré, debes saberlo, también
debes de saber que hoy vuelvo a
recordarte, más hecha, más
experimentada, mas sabía, mas
mujer.
Para ti, donde quiera que estés….
Introducción
–¿Paul? –Me acerqué a la puerta
y me apoyé bajo el marco de madera.
Él estaba en el cuarto de estar de
aquel bonito apartamento, la flamante
luz de la lámpara que reposaba sobre
unos libros polvorientos, bajo la
ventana, me llamo la atención,
desplacé mi mirada unos centímetros,

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y observe sus furtivos ojos que ahora
me miraban.
Ahí estaba, portando en sus manos
unos papeles que había dejado
suspendidos en el aire.
–Ven. –Asintió con la cabeza
para que entrará.
Entré en la habitación
encogiéndome de hombros.
Con convicción me acerque a él,
donde estaba sentado en una silla de
madera. No dude en sentarme sobre
su regazo, él tampoco dudo en
rodearme con sus manos, me miró
penetrantemente, tan fuerte, qué
pude estremecerme.
Observé con admiración sus ojos,
con sensatez me di cuenta, que
cargaban con una preocupación
inmensa, la cuál yo, desconocía.
Algo sorprendida vi como no se
regodeaba, ya qué siempre solía
hacerlo cuando me tenía a su merced,
y fue por ello, por lo qué, me di
cuenta de qué su vehemencia había
desaparecido junto con su fuerte ego.
Parecía aplacado, frió, tenso,
angustiado y no pude contener la
pregunta que parecía trabarse en la
piel de mis labios, con poco asomo,
quise balbucear, pero tenía la
sensación de sentir un fuerte bullicio
en mi interior.
Tenía la certeza de que mis
cuerdas vocales estaban sufriendo una
afonía que me impedía escupir todo
aquello que quería.
–¿Qué te pasa, Paul? Pareces… –
-Tragué en seco porque un fuerte
dolor me oprimió los músculos de mi
garganta.
Él sonrió tristemente y luego
acarició mi melena como sí quisiera
distraerse. ¿Dónde estaba aquel
hombre Jovial? ¿Aquel hombre seguro
de sí mismo?
Lo miré introvertida.
–¿Ves eso que esta ahí? –Dijo él
algo contraído, mirando la mesilla,
perseguí su mirada con la mía y vi
todos los papeles que habían sobre
ella, parecían ser albaranes, facturas
y más facturas.
No dije nada y me quedé callada
mientras él se acariciaba el mentón
pensativo.
Mi corazón se encogió.
Los tirantes negros aprisionaban
su camisera blanca arrugada,
arrugada como un papel cuando se
estruja. Llevaba metido en esa
habitación muchas horas. Al mirarlo
detenidamente no me extrañó que
todas las mujeres corrieran detrás de
él, deseosas de tenerlo, con lo
gallardo que era….–Respiré
fuertemente. — Al pensar en ello,
sentí como mis dientes se apretaban
con fuerza. Sus espesas pestañas y la
negrura de sus ojos me tenían cautiva.
–¡Miah! –Dejo escapar en un
murmuro y luego sonrió apenado, se
volvió a pasar la mano por el mentón,
como sí estuviera sopesando, sí debía
decir lo que por su mente estaba
rondando. — Sabes que las cosas no
están muy bien en la Isla, me han
ofrecido una buena oferta difícil de
rechazar en el extranjero.
Lo miré patidifusa, intenté
contener la respiración que
comenzaba a agitarse. ¿Las cosas no
iban bien? Me dije para
conteniéndome. ¿Una oferta?
–¿Qué quieres decirme? –Dije
con la voz entre cortada.
Él resopló agobiado.
–¡Debo irme! — Gritó enfurecido,
sé levanto de la silla agresivamente y
tiró con una fuerte patada la estrello
contra el suelo, propinando en el
parcek un fuerte estruendo, la hizo
añicos, igual que a mí, al estar
sentada en su regazo casi me hizo
caer, pero mis pies contuvieron la
estabilidad, y no aterricé, como
mismo había aterrizado la silla. Su
bravura me impacto, lo miré
sobrecogida y algo asustada, y fue

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cuando, no dude en salir de la
habitación con lágrimas en los ojos.
La luz de la pequeña lámpara
destellante ya no brillaba con el mismo
esplendor. Todo parecía oscuro y
lúgubre.
–¿Miah? –Su voz parecía más
calmada. Me intento coger del brazo
como sí de alguna manera quisiera
detenerme, pero yo me solté de él.
Me volví con una mirada irascible,
que parecía hablar por mí, apreté
fuerte mis labios, y me enjuague
aquellas plomizas lágrimas, que según
se iban desplazando por la tez de mi
cara parecían dolerme más y más.
–Lo siento, Miah. –Su tono de voz
parecía compungido, pero aún así, no
había nada que pudiera hacer para
detenerme, ahora tampoco sus labios
tenían el poder, ni el brebaje curativo
para ello. Quería irme.
Su mirada sufriente y arrepentida
había arrebatado de sus ojos negros el
sutil brillo que tanto me enamoraba.
Sin levantar la mirada me puse mis
zapatos, cogí mi bolso y salí por la
puerta propinando un fuerte golpetazo
que retumbo en el eco de las
escaleras, lo que yo ignoraba, es que,
aquel portazo sería el ultimo,
ignoraba, que ese portazo iniciaba un
gran cambio en ambas vidas, dos
caminos se separarían.
Bajé las escaleras con el alma
destrozada, según bajaba los
escalones en mi estomago me acusaba
un fuerte presentimiento, al que ni
siquiera le di demasiada importancia.
Pensé que caminando se diluiría
todos los sentimientos que me
abordaban, y así lo hice.
Caminé por la larga y estrecha
avenida, la lluvia caía a borbotones
sobre mí, pero no me importaba, seguí
caminado a un paso ligero. De repente
mis ojos vieron unas resplandecientes
luces amarillas, que alumbraran el
pulmón de la ciudad, era el parque.
Las copas de los árboles sobresalían
entre la espesa neblina, que parecía
taponar las arterias, que daban a
diferentes callejuelas adoquinadas. La
luz de la luna menguante estaba oculta
entre los espesos nubarrones, que se
habían acomodado en aquella pequeña
Isla.
Mis botines resonaban en el
silencio de la noche, aquel
escandaloso sonido hacía eco en las
húmedas fachadas de los edificios,
que hacían hilera en aquella vía,
mientras tanto, no dejaba de venirme
a la mente la imagen de la agresividad
que había adquirido Paul

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