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Libro PDF El Quinto Sello 01 – Los Diletantes Romero, Antonia

Romero, Antonia - El Quinto Sello 01 - Los Diletantes.

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resignamos con entereza. Mi padre siempre decía que solo se tienen dieciséis años
una vez en la vida y que, si pudiésemos regresar desde los cuarenta,
agradeceríamos las interminables y aburridas horas en el instituto.
Pero este año era diferente. Yo era diferente. Cuando desperté por la mañana
no sabía ni dónde estaba. Hacía dos semanas que vivía con mi hermana y todavía
no reconocía el papel de las paredes. Me despertaba sobresaltada como si hubiera
tenido una pesadilla. Pero la pesadilla no terminaba cuando abría los ojos. Pobre
Ariela. Para ella debió ser terrible tener que hacerse cargo de todo, y tan solo tenía
siete años más que yo. Se esforzaba por no llorar delante de mí, pero la escuchaba
cuando escondía la cabeza en la almohada. Yo lo intentaba, de verdad que lo
intentaba. En cambio me quedaba ahí, mirando al techo, con ese dolor en el pecho
que parecía querer abrir un boquete entre mis costillas. Pero sin una lágrima.
Era el primer día en el nuevo instituto. Un pueblo que me era desconocido,
en casa de una hermana con la que no tenía demasiada relación, y yo intentando
arreglarme el pelo, como si eso fuera posible. Siempre me hacía la misma pregunta:
¿Por qué tan negro y tieso? Con mi piel tan blanca, me hacía parecer un cadáver. Y
las ojeras violeta bajo mis ojos no ayudaban nada. No me gustaba mirarme al espejo
porque, siempre que lo hacía, la veía a ella. Y eso dolía. Mucho. Ella era como yo,
pero hermosa, como si mis facciones fueran una copia emborronada de su cara. Mis
ojos se veían más oscuros. Turbios. El corazón se me aceleraba al recordarla y me
pellizqué en el brazo para controlarlo. Era una técnica curiosa, pero funcionaba.
Cuando finalmente bajé a desayunar, Ariela estaba sentada delante de una
taza de café. Ella también tenía ojeras —era algo que nos venía de familia—, pero
las suyas eran de no dormir. Y de llorar.
—¿Quieres unas tostadas? —me preguntó poniéndose en pie rápidamente.
—¿Crees que soy una inútil? Soy capaz de ponerme un café y coger algo de
comer si me apetece. Tranquila.
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—Estás tan flaca.
Era cierto. Siempre fui delgada, pero desde el accidente había perdido peso,
lo que no favorecía demasiado la idea que tenía mi hermana sobre una adolescente
camino de los diecisiete. En aquella época ella tenía un par de tallas de más.
—Ya engordaré, no te preocupes.
Se sentó y me dejó hacer. Al mirarla allí sentada me vinieron a la memoria los
primeros días después de despertar. No dejaba de tocarme y abrazarme. Al
principio estaba semiinconsciente por los calmantes que me daban y creía que todo
aquel torbellino de emociones y sentimientos, que no eran míos, los provocaban las
drogas y el dolor. Pero según fui recuperándome comprendí que aquello no era
fruto de sustancias químicas, al menos no de sustancias que se fabricasen fuera de
mi cerebro. Por eso no soportaba que nadie me tocase y sabía que apartarse
instintivamente cuando alguien va a darte un abrazo de apoyo, o un par de besos,
no resultaba muy normal. Me miraban y movían la cabeza como si comprendiesen.
Claro, pobrecita…
—¿Estás nerviosa? —Ariela me sonreía detrás de su máscara de hermana
mayor.
—No —mentí.
—Yo sí lo estaba cuando vine aquí. Espero que te acostumbres a este pueblo.
—¿Cómo es el instituto?
—Muy grande. Tiene más de novecientos alumnos y unos cien profesores.
Hoy tienes una entrevista con la coordinadora de cuarto de ESO, Carme, que es
muy maja, ya verás. Estarás en Cuarto B, que es el que va hacia el Bachillerato Mixto.
Pedimos tu expediente a tu antiguo instituto.
Me encogí de hombros, durante el periodo de matriculación yo dormía en la
antesala del sueño eterno.
—Me preguntó qué carrera querías hacer, pero no supe qué contestar. Nunca
hemos hablado de eso —se excusó.
Si ni siquiera yo lo sabía.
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—Le expliqué lo del accidente…
Me puse tensa.
—…sin entrar en detalles. Pero debía hacerlo para que comprendiese por qué
no pudiste terminar el curso.
—Espero no ser la abuelita de la clase.
—Tranquila, hay unos cuantos repetidores —me guiñó un ojo.
—Qué bien —dije esto mientras me levantaba para recoger la mesa.
—¿Quieres que vayamos juntas? Quizá te resulte más fácil llegar
acompañada.
—No te preocupes, Ariela, todo irá bien.
Al dejar las tazas en el fregadero me quedé un momento mirando mis manos.
Las abría y cerraba de manera inconsciente. Después del coma apenas podía
moverlas. Me costó mucho recuperar la movilidad de todo mi cuerpo.
—¿Te molestan? —Ariela se había puesto delante de mí.
—No es nada, en cuanto vuelva a ejercitarlas estarán bien.
—Hoy haré mis pesquisas para encontrar a alguien aquí que pueda darte
clases.
—No te he agradecido lo que hiciste en el dormitorio para que pudiese poner
mi piano.
—Ada, no hace falta que me agradezcas nada.
—Algún día podré agradecértelo —susurré.
Cogí mi mochila y salí de la casa. La tarde anterior mi hermana se empeñó en
que fuésemos andando hasta el instituto para que me familiarizara con la zona. La
verdad es que en los quince días que llevaba viviendo en su casa apenas había
salido de la que era mi habitación. El jardín de la casa era suficiente terreno para mí,
por el momento. Bajé la calle tratando de parecer normal y serena. Llevaba unos
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cascos de los que no me separaba desde el accidente. Necesitaba ruido en mi
cerebro.
Cuando llegué, la puerta aún estaba cerrada. Al día siguiente no sería tan
puntual. La entrada estaba llena de críos de la ESO. Pasé de largo y me senté en un
bordillo a esperar que toda aquella marabunta desapareciese engullida por el
enorme nido de cemento y cristales que era el instituto. Observé y me sentí vieja.
Quizá porque yo ya había pasado por eso. En otro lugar. Los mayores no llegaron
hasta que las puertas ya estaban abiertas. Esperé a que hubiesen entrado casi todos;
solo unos pocos con cigarrillos en la mano se quedaron rezagados. Notaba que me
miraban con curiosidad, pero no había nada que ver. Crucé la primera puerta del
vestíbulo y la escuché cerrarse tras de mí cuando alcanzaba la segunda. Una vez
dentro me coloqué en una posición estratégica para tener una idea clara de dónde
me encontraba. Observé a la gente que se movía a mi alrededor, profesores y
alumnos identificados por su pose estudiada y repetida durante años. Localicé la
conserjería y me acerqué a una chica morena que llevaba puesta una camiseta del
Che y me sonreía.
—Hola. ¿Me puedes decir cómo llego hasta la clase de Cuarto B?
—¿Eres nueva? —me preguntó.
—Sí —le dije.
—Espera.
Me hizo un gesto para que me apartase un poco y después, en tono más alto,
exclamó:
—¡Xavi!
El chico moreno con greñas y aspecto poco descansado, que llegaba en ese
momento, la miró con desgana. Ella le hizo un gesto para que se acercase y entonces
me fijé en sus ojos que se ocultaban, a intervalos regulares, detrás de unas
larguísimas pestañas
—¿Estás en Cuarto B? —preguntó la de la camiseta del Che.
—Sí.
—Mira qué bien, esta chica es nueva y no sabe dónde está la clase.
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—Pues más vale que espabilemos, llegamos tarde a la primera hora.
Le seguí y por el camino me preguntó mi nombre.
—Ada.
—¿Acabas de llegar o ibas al Xirgu?
—¿Al Xirgu?
—Acabas de llegar —sonrió.
—Sí, me he trasladado hace muy poco.
—El Margarida Xirgu es el otro instituto del pueblo.
Asentí como si comprendiese y continuamos por las escaleras.
—¿De dónde vienes?
—De Barcelona.
—Vaya, pues anda que has ganado con el cambio.
Después de subir hasta la tercera planta llegamos por fin a la clase. Ya estaba
todo el mundo sentado y cuando entramos hubo cierto revuelo. Por lo que se veía,
Xavi era muy popular entre sus compañeros.
—Esta es Ada —dijo y se dirigió decidido hasta un lugar en la segunda fila.
—¿Ah, sí? ¿Y dónde lleva la varita mágica?
Miré un segundo al melenudo que había hecho la gracia y después seguí
hacia el final de la clase. Me senté junto a la ventana. Algunas chicas me miraban y
sonreían.
—Hola, soy Sam —unos enormes ojos, enmarcados por un par de trenzas
rubias, me hablaban desde el pupitre de delante.
—Hola.
—Esta es Laura y ese de ahí es Toni. Si quieres a la hora del patio puedes
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almorzar con nosotros.
Traté de sonreír. Demasiada sociabilidad, demasiado rápido, pero agradecí el
interés y asentí.
Las primeras dos horas pasaron muy despacio. Mates y Filosofía. Fue una
buena idea quedarme al lado de la ventana porque eso me permitía mirar de vez en
cuando hacia fuera, a las nubes. Las mismas nubes en el mismo cielo. En todas
partes. La profesora de Mates era la tutora del grupo y, acercándose a mí durante la
clase, me dijo que a la hora del patio me pasase por Secretaría, momento que mis
nuevos compañeros aprovecharon para tirarse bolitas de papel y besos fugaces. Me
alegré; eso me evitaría tener que sociabilizar en mi primer día a la hora del
almuerzo. El peor momento lo pasé en clase de Literatura. Mantener la atención me
resultaba del todo imposible y el profesor, muy amigo de hacer bromas, me tomó la
medida. Me acordé de Sonia, mi antigua profesora. Sé que fue a verme al hospital.
No la vi, pero Ariela me lo contó.
—Fue mucha gente de tu instituto. Sobre todo al principio.
Claro, después se cansaron de verme dormir.
En Secretaría había cola, así que tuve que esperar mi turno. Sabía que allí en
medio estaba muy expuesta y si mi hermana pasaba no podría evitar verme. Dos
minutos después de que lo pensara, ocurrió. Ahí estaba, con su sonrisa falsamente
despreocupada y los brazos cruzados delante del pecho, como si quisiera
protegerse de un hipotético ataque. Entonces vi que no venía sola. La seguía una
mujer, a todas luces profesora, con gafas y aspecto agradable que, a un comentario
suyo, miró directamente a mi cara.
—Ada, ¿qué haces aquí? —Sin esperar respuesta se volvió a su
acompañante—. Mira, Consuelo, esta es Ada.
—Hola, Ada, ¿qué tal tu primer día?
—Bien. —Dejé que me diese el par de besos obligatorio, tratando de no
prestar atención a la discusión que había tenido esa mañana con su marido, por no
haber previsto lo de la cena de compromiso de su hermana.
—Es Consuelo, la directora del instituto.
—Vaya —dije, sin saber qué cara poner.
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— Tu hermana dice que eres una estupenda estudiante. Estamos muy
contentos de tenerte aquí.
Intenté sonreír.
—Si tienes algún problema, mi despacho está al final de ese pasillo. ¿A qué
bachillerato piensas ir el año que viene?
—Al Mixto.
—No tienes las ideas claras, ¿eh? Yo soy del departamento de Mates, como
Ariela.
—¿Qué haces aquí? —me preguntó mi hermana.
—Mi tutora ha dicho que tenía que pasar por Secretaría a las once.
—¿Quién es tu tutora? —preguntó Consuelo.
—Sandra, mi profesora de Mates.
Ambas se miraron y asintieron en un código solo apto para profes, al parecer.
—Espera, voy a averiguar qué quieren.
La directora se coló en la Secretaría y nos dejó solas.
—¿Cómo va todo, Ada? ¿Estás bien?
—¿Vas a preguntarme eso muchas veces al día? Porque va a ser un poco
molesto ¿sabes?
—Me preocupas.
La miré de manera lo suficientemente elocuente como para que no hiciese
falta decir nada más.
—He estado indagando sobre lo que hablamos. —Fruncí el ceño, no tenía ni
idea de a qué se refería—. Tus clases de piano.
—¿Has encontrado alguna solución? La escuela municipal no es una buena
idea.
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—Eso ya quedó claro. Precisamente hablaba con Consuelo de eso y me ha
dicho que cree que hay alguien, pero antes tiene que hablar con el alcalde, que es
quien lo conoce.
—No pasa nada por que vaya a Barcelona.
—Déjame intentarlo, Ada. Ir tres veces por semana al centro no creo que sea
lo que más te conviene. Este curso será duro y tienes que tener algo de tiempo libre.
La directora se acercaba, así que la conversación tendría que posponerse
hasta más tarde.
—Al parecer falta la tarjeta sanitaria y firmar la matrícula.
—¡Es verdad, me olvidé! —dijo Ariela llevándose la mano a la frente—.
Bueno, tú no te preocupes, ve a desayunar, yo me encargo.
Le sonreí con mala cara, iba a ser más difícil de lo que esperaba que mi
hermana me tratase como a una persona normal.
—Está bien, perdona —dijo—. Nos veremos en la comida.
Por fin se marcharon y me dejaron sola. Tenía el bocadillo en la mochila, pero
me había dejado el hambre en otra parte.
Al regresar a casa a mediodía pensaba que todo había resultado mejor de lo
que esperaba: había podido superar la mañana sin tener apenas contacto con nadie.
La coordinadora de Cuarto fue muy amable explicándome todo lo que ya sabía y
repitiendo lo sorprendida que estaba por lo claro que lo tenía todo. Me dije que
fingir era demasiado fácil. Me coloqué los auriculares en los oídos y dejé que Keane
se colase en mi cerebro mientras subía la calle. Pronto dejé atrás a algunos alumnos
que llevaban mi dirección. Tomé la primera a la izquierda, luego otra vez a la
derecha y seguí subiendo. Empezaba a sonar en mi cabeza Evil Angel, de Breaking
Benjamin, cuando vi un coche que bajaba por la calzada. Era una calle poco
transitada, nada más que por los vecinos de las casas, y a aquella hora todo el
mundo estaba comiendo; quizá por eso llamó mi atención. Era un descapotable.
Nunca me gustaron los coches y no conocía las marcas; Daniel siempre se burlaba
de mí por eso. A él le encantaban y era capaz de reconocer casi cualquier vehículo
en la distancia. Al acercarse pude ver al conductor. El pelo, de un negro intenso, se
agitaba por el viento. Apenas pude verlo un instante al pasar junto a mí, pero fue
suficiente para que el vello de todo mi cuerpo se erizase, como si me hubiese dado
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una de esas sacudidas a las que estoy tan habituada por mi estúpida facilidad para
cargarme de electricidad estática. El hecho de que él me mirase no facilitó en nada
mi esfuerzo por disimular tan infantil comportamiento y, de pronto, sentí un
profundo rechazo hacia el ocupante de un coche tan absurdo como insensato, en el
que el conductor formaba parte de la carrocería.
—Pedante de mierda —murmuré.
Escuché el sonido de los frenos y me giré sorprendida. El vehículo se había
detenido y el ocupante me observaba como si hubiese oído lo que había dicho.
Percibí el rubor subiendo a toda velocidad hacia mi cara. Sabía que no era posible
que me hubiese escuchado y, sin embargo, su cara decía lo contrario. Decidí que lo
mejor era que siguiese mi camino y no me metiese en líos mientras escuchaba cómo
el coche se ponía en marcha de nuevo.
—La comida está lista.
Ariela asomaba la cabeza desde la cocina.
—Subo la mochila, me lavo las manos y bajo.
Cuando entré en mi habitación me dejé caer en la cama. Estaba más cansada
de lo que imaginaba. Al parecer, disimular y fingir no era tan inocuo como había
pensado.
—¡Ada, baja ya!
Me senté en la cama y me froté los ojos, pero cuando los cerré volví a ver la
cara del desconocido con el que me había cruzado y tuve la sensación de que él
también podía verme. Me puse en pie de un salto y sacudí la cabeza tratando de
borrar esa idea de mi cabeza.
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Capítulo II
Vamos a empezar de nuevo
—Ya lo tengo —Ariela me puso otro trozo de lomo a pesar de saber que no
comería más que uno.
—¿Qué tienes?
—Un profesor de piano para mi

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