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Libro PDF El Quinto Sello 02 – Los Cambiantes Romero, Antonia

El Quinto Sello 02 - Los Cambiantes Romero, Antonia

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—¡Rita! —la llamé desde la escalera—. ¿Quieres bajar de una vez?
Ariela me hizo un gesto con la mano antes de salir por la puerta. Bufé
irritada, no conseguía habituarme a la parsimonia de la Cambiante. Miré el reloj y
vi que solo faltaban siete minutos para las ocho. Rita bajó como si tirasen de ella
desde una apretada cuerda atada alrededor de su cuello.
—¿No podríamos haber dicho que tengo dieciocho años? ¡Qué pesadez de
instituto! —rezongó.
Era el primer día de clase de un nuevo curso y a la Cambiante le parecía
especialmente agobiante. Levantarse temprano e ir al instituto por enésima vez le
resultaba de lo más insoportable. Lo único que le gustaba hacer era estar tumbada.
Le encantaba repantigarse en el sofá y ver la tele durante horas. Lo máximo de lo
que era capaz con rigurosa asiduidad era pintarse las uñas de los pies, tenía una
auténtica fijación por llevar siempre las uñas impecables. Sabía que los Cambiantes
eran comodones y holgazanes, pero a pesar de convivir con una desde hacía varios
meses no conseguía acostumbrarme.
Salimos de casa, Rita, mi malhumor y yo. Todavía me resultaba chocante
aquella vida en la que debía actuar como si nada hubiese pasado. Hasta la noche del
accidente yo era una chica normal. Vivía con mis padres, mi hermana mayor se
había independizado, y estudiaba cuarto de la ESO con más o menos entusiasmo.
Tenía un grupo de amigos con los que salía y una mejor amiga con la que compartía
confidencias. Pero aquella noche Gúdric, el Guardián del Sello de los Vetalas, acabó
con la vida de mis padres y luego me mordió, cambiando mi destino.
Me subí la mochila que se empeñaba en caerse todo el rato y cerré la puerta
del jardín con una vuelta de llave. Sonreí al darme cuenta de lo inútil de ese
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absurdo gesto. Ninguna de las que vivíamos allí corríamos peligro frente a posibles
atracadores. Una Diletante, una Cambiante y yo, una futura Vetala. Si alguien
entraba en casa sin ser invitado, sería él quien necesitase protección.
—Al menos podías quitarte la manía de ser tan puntual, chica —dijo Rita
bufando.
Saqué los auriculares del bolsillo, no tenía ganas de seguir escuchando las
quejas mañaneras de mi guarda espaldas. Solo a Andrew se le podía ocurrir
escogerla a ella para vigilarme. Un calor agradable se extendió por todo mi cuerpo
al pensar en él.
—¿Siempre tienes que llevar eso puesto en las orejas? —Rita me sacó de mis
pensamientos.
Me detuve un momento antes de colocarme el izquierdo.
—No creas que no me he dado cuenta de que utilizas la música para
inhibirte.
Había captado mi atención.
—¿Quieres saber lo que opino de ti? —continuó—. No me hacían falta estos
meses para darme cuenta de que eres de esas personas que no encuentran su sitio
entre los demás. Pareces normal, te comportas como si fueses de ellos, pero en
realidad no te entregas, estás escondida detrás de esa naturalidad adolescente.
Sonreí con los labios.
—La música te ayuda con eso —sentenció—. Con la única persona que te he
visto ser auténtica es con Andrew.
—Qué observadora.
Recordé la primera vez que vi a Andrew, estaba sentado frente a su piano y
fue como si le reconociese. Pensé que iba a ser mi profesor, el que iba a devolverle la
flexibilidad a mis dedos después de los meses que pasé en coma. Pero pronto se
mostró ante mí como lo que era, un Vampiro original, y con él descubrí la verdad
del mundo que nos rodea.
—¿Lo habéis hecho ya? —La Cambiante captó de nuevo mi atención.
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—¿A qué te refieres? —dije.
—A si os habéis acostado.
Fruncí el ceño, ¿y a ella qué le importaba?
—¡Vaya! No me digas que te estás reservando para el matrimonio. —Sonrió
con sorna cambiándose el macuto de hombro.
Sentí que la irritación me subía por la cara, pero estoy segura de que Rita
pensó que era la timidez lo que tiñó mis mejillas de rojo.
—Mira, no voy a meterme. Las cosas de Andrew, son cosas de Andrew.
Recordé que Bernie había dicho algo parecido la noche del último baile en
Santuario.
—¿Qué significa eso? —dije.
—No preguntes.
Había captado toda mi atención. La mujer pantera me miró con una pícara
sonrisa.
—Es una broma que le gastábamos. Era muy puntilloso con eso de compartir
la comida.
Me estremecí, paso cerrado a la zona oscura de Andrew.
—Tiene miedo —confesé sin darme cuenta.
Rita me miró frunciendo el ceño.
—Cree que podría matarme.
La Cambiante abrió la boca sorprendida y después asintió sin decir nada más.
Le di al play y volví a mis pensamientos.
Volver a ver a los chicos fue un choque con la realidad. Las clases, los
profesores, hasta la casa, me parecieron imposibles al principio. Ariela se había
encargado de borrarlo todo. Según los papeles que presentó a la dirección del
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centro, estuve ingresada en el hospital para una revisión rutinaria a causa del coma.
Pruebas que deberían repetirse cada cierto tiempo y que pretendían confirmar que
todo funcionaba bien dentro de mi cabeza. Los únicos a los que debieron
«intervenir» fueron mis amigos y a Consuelo, la directora, creando en su mente
recuerdos falsos. Visitas al hospital, charlas telefónicas, todo tipo de situaciones
normales para alguien normal que debe pasar un tiempo en el hospital.
Una semana después de mi regreso, la que para todos sería nuestra prima
Rita se vino a vivir con nosotras. Tampoco hubo problema para que la aceptaran en
el instituto. Gracias a un expediente inmejorable y una historia desgraciada sobre la
separación traumática de sus padres, Ariela consiguió que la chica pantera se colase
en mi clase de cuarto de ESO y se hiciese con los que se habían convertido en mis
amigos. Se ganó el afecto de todos, no sé hasta qué punto de manera real o
utilizando sus poderes. Ella me había jurado que se había comportado como una
humana en todo momento, y la única que parecía estar incómoda con aquella
exuberante y divertida joven era yo. Me descubría mirándola de reojo cuando
estábamos las tres en casa. La observaba hablando con Ariela y una punzada de
celos me atacaba de costado. Sin embargo, conseguía ganarse el afecto de todo
aquel que se le acercaba lo bastante. Era cariñosa y dulce con todo el mundo, se reía
con absoluta naturalidad y no hablaba nunca mal de nadie. Pero el momento en el
que me sentía más mezquina y vulnerable era cuando la veía con Andrew. El cariño
con el que se trataban, la confianza que se tenían, fruto de años de compartir
experiencias, y el hecho de que fuese uno de los suyos, un miembro de pleno
derecho, me irritaba. Pertenecía a un mundo que se me presentaba como un
territorio siniestro y aterrador, en el que el único lugar que se me ofrecía era el de
ser una Vetala. Y no imaginaba una reunión amigable entre un Vampiro original,
una Cambiante y una Vetala, para tomar café y echar unas risas.
Por supuesto, para Rita no resultó fácil comportarse como una adolescente
de dieciséis años, y yo temía que mis amigos acabaran por darse cuenta de que algo
raro pasaba con ella. Cuando mostró interés por Xavi me asusté, pero ella me
aseguró que no pasaría nada malo, solo se divertirían un poco, nada más. Mi
compañero de clase no le hizo precisamente ascos a la preciosa morena de ojos
esmeralda por la que se le caía la baba. Así que dejé que disfrutara mientras pudiese.
¿No es eso lo que deberíamos hacer todos? Era plenamente consciente de lo frágil
que es la vida humana y las pocas oportunidades que tenemos de ser felices.
El curso acabó y llegaron las vacaciones, por fin dejaba atrás cuarto de la ESO.
Cumplí diecisiete años y Andrew me organizó una fiesta sorpresa en la Masía con
todos mis amigos. Ver la casa de mi querido Vampiro llena de humanos apetecibles,
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me produjo cierto desasosiego. No es que no confiara en él, pero temía que se
presentasen visitas inesperadas y poco amigables. Gúdric me había dejado en paz,
no habíamos tenido noticias del Vetala desde mi regreso de Santuario, pero yo sabía
que estaba ahí fuera, esperando para venir a por mí. Algunas noches me despertaba
aterrorizada y no podía deshacerme de la sensación de peligro. Podía notar su
presencia, recordaba sus gruñidos mientras se acercaba a mí, incluso el olor que
desprendía su cuerpo parecía impregnar el aire que respiraba.
—Tu prima no es santo de la devoción de Berta. —Sam se lo estaba pasando
de lo lindo—. ¿Has visto cómo la mira? Va a ser verdad cuando dice que le tiene
manía.
Me volví hacia la profesora de Inglés, que estaba de guardia de patio. Era
una malhumorada y arrogante chica, de las profesoras más jóvenes del instituto, a
la que le costaba disimular la mala opinión que tenía sobre los alumnos. Hablaba
siempre como si estuviese enfadada y jamás te ayudaba en nada que le pidieses.
Parecía tener la certeza de que todo lo hacías por fastidiar, incluso preguntar, y no
empezaba una clase si las mesas no estaban perfectamente alineadas sobre las
marcas del suelo.
—Creo que la religión que practica Berta no tiene santos en este instituto
—dijo Toni.
—Debe ser muy desagradable trabajar en algo que no te gusta. —Sam arrugó
la nariz—. Pero, claro, después de estudiar una carrera y aprobar unas oposiciones,
¿cómo le dices a tu coco que te has equivocado?
—Supongo que necesitas quererte mucho para eso —respondí—, y me da a
mí que, en general, la gente se quiere más bien poco.
Recordé a los educadores de Santuario, aquellos sentían verdadera pasión
por lo que hacían. Claro que no es lo mismo enseñar inglés a unos adolescentes
inmaduros a los que les importa un pito lo que dices, que enseñar Control mental a
unos recién convertidos Diletantes, que lo que más desean es aprender. A veces
echaba de menos aquellos días. Pero, sobre todo, echaba de menos a Verner. La
última vez que nos vimos fue en el baile de despedida y entonces me hizo una
promesa. ¿Podía confiar en su palabra? ¿Me mataría cuando me convirtiese en un
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monstruo?
—¿Vendrás? —Sam sacudía mi brazo para llamar mi atención.
—¿A dónde? —pregunté tratando de dejar atrás mis pensamientos.
—Es el cumple de mi madre y quiero comprarle un libro.
—¿Otro? Si tu madre vendiese al peso los libros que tiene, se forraría —dijo
Laura haciéndome sonreír.
—Bueno qué, ¿os apuntáis? —insistió Sam—. Podemos ir a La Casa del Libro
y luego a tomar algo.
—¿Cuándo es el cumpleaños? —pregunté.
—El domingo.
—Entonces, ¿por qué no lo dejamos mejor para el sábado?
—¿El sábado?
—Podemos ir a Barcelona y comer por allí, ¿no os apetece? —Me encogí de
hombros, a mí me parecía mejor plan.
—¿De qué estáis hablando? — Rita se acercó.
—De ir el sábado a Barcelona —dijo Laura—. ¿Te apuntas?
Rita sonrió y le hizo un gesto a Xavi, que asintió.
—Por mí, perfecto —dijo él—. ¿Cuál es el plan?
—Comprar un libro, ¿sabes lo que es eso? —dije con sorna.
—Podemos comer en el Burguer o en Bocatta. —Toni era fan de la comida
rápida.
—¿Perdona? —Rita hizo el gesto de meterse los dedos en la boca.
—Bueno, eso da igual. —David se colocó detrás de mí—. Yo me apunto.
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Los demás asintieron.
Miré a mis amigos con cariño, siguieron charlando despreocupados sin saber
nada de todo lo que les amenazaba en las sombras. No tenían ni idea de que Rita
podía transformarse en una pantera negra, ni que su profesora de Mates, mi
hermana, era una Diletante. O que Andrew, mi ocupado novio, no podía salir de
día porque era un Vampiro original. Y me di cuenta de que, precisamente por eso,
en algunos fugaces momentos, ellos eran los únicos que tenían la capacidad de
hacerme sentir a salvo. Por ellos tendría que guardar en el armario las vivencias de
Santuario y actuar como si me creyese una adolescente de dieciséis años,
preocupada por sus exámenes. Pero, también por ellos, no podía olvidar que me iba
a convertir en una Vetala, el más aterrador y sanguinario Vampiro de todos los que
pueblan la Tierra, y del que debía que protegerles.
—¡Chica, qué cara! Ni que hubieses visto un fantasma. —Toni me zarandeó
para advertirme de que volvíamos a clase.
Los lunes Rita y yo comíamos solas, porque mi hermana lo hacía con sus
compañeras de departamento. Estábamos sentadas en la cocina frente a sendos
platos de macarrones.
—Nunca hablamos de ti —dije—, no me has contado nada de antes de tu…
transformación.
Rita sonrió llevándose un macarrón a la boca.
—No sé qué quieres que te cuente.
—Háblame de La Guarida. —Me refería al hogar de los Cambiantes—. ¿Se
parece a Santuario?
Rita negó con la cabeza.
—Nada que ver. Piensa que se trata de un lugar excavado en las entrañas de
una isla.
—Una isla griega —dije imaginándome un lugar paradisíaco.
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—Nausicaa —dijo pensativa.
—¿Así se llama la isla? —la Cambiante asintió—. Debió ser algo maravilloso
la primera vez que estuviste allí.
—Cuando llegué a La Guarida solo tenía doce años y no había vivido mucho
como humana, no sé si la palabra que escogería sería maravilloso.
—¿Doce años? ¿Tan pequeña?
—A nosotros nos preparan desde muy jóvenes porque nuestra trasformación
debe ser temprana.
—¿Tus padres fueron contigo?
Rita negó.
—Mi madre era una Diletante y mi padre un Vampiro original, no pintaban
nada allí.
—Pero eras una niña aún, te costaría separarte de ellos.
La Cambiante se sirvió más agua y bebió mientras me observaba por encima
del vaso.
—Supongo que sí —dejó el vaso y siguió comiendo—, pero no lo recuerdo.
Si Gúdric no me hubiese mordido y se hubiese cumplido mi destino de ser
una Diletante, Andrew y yo podríamos haber sido padres de un Cambiante.
—El nombre de Nausicaa me suena de algo —dije tratando de recordar.
—Era un personaje de La Odisea. En fin, recuerdo vagamente una imagen, es
como si la hubiese visto en una película porque no me provoca ningún sentimiento.
Es de noche, estoy en un barco y mis padres me miran desde tierra sin hacer el más
mínimo gesto.
Traté de imaginarme la escena.
—Es como un sueño, todo está cubierto por una bruma espesa, ni siquiera
puedo reconocer sus caras.
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Durante unos segundos me quedé pensando en aquella madre que enviaba a
su hija hacia su destino y no pude evitar pensar en la mía.
—¿Volviste con ellos?
Rita negó con la cabeza y dejó el tenedor sobre el plato.
—No he vuelto a verles desde aquel día.
—¿Y cuánto hace?
—Sesenta y siete años.
—¿Y nunca has querido reencontrarte con ellos?
La Cambiante se encogió de hombros.
—No había vuelto a pensar en ellos desde…, no sé desde cuándo.
Aparté el plato casi vacío y me terminé el agua de mi vaso. En el fondo, no
era tan extraño que Rita pensase de ese modo, ¿qué eran sesenta y siete años frente
a la eternidad?
—Los Cambiantes somos seres solitarios —dijo como si supiese lo que estaba
pensando.
Después de recoger la mesa y la cocina, que en el caso de Rita consistió en
quitar el mantel, mientras yo fregaba los cacharros, los secaba y después los
colocaba en su sitio. Cogí mi mochila y salí hacia la casa de Andrew. Solíamos pasar
todas las tardes juntos en la Masía, yo hacía mis deberes mientras él leía el periódico,
tocábamos el piano, charlábamos durante horas y, cuando el sol se escondía,
salíamos a pasear por la montaña.
Pensaba en las cosas que Rita me había explicado, mientras Dead By Sunrise
cantaba Walking in circles, solo para mis oídos. Crucé la verja y caminé entre los
cipreses recordando la primera vez que pisé aquel terreno. Desde que habíamos
vuelto a casa, después de lo que había pasado en Santuario, todo era diferente para
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mí. Incluso, las cosas que había vivido, las veía a través de otro prisma. Había días
en que me despertaba aterrorizada. Soñaba que moría mientras dormía y al
despertar no era dueña de mi cuerpo. Podía ver todo lo que ocurría desde fuera,
como si mi espíritu me hubiese abandonado. Me levantaba de la cama y me miraba
al espejo, aquel rostro duro y exento de emoción le producía a mi mente una gran
conmoción. Pero lo peor venía después. Tenía que verme causando dolor a todos
aquellos a los que había querido, mi hermana, mis amigos, Andrew… El sueño se
repetía de vez en cuando y el efecto era siempre el mismo, me despertaba bañada
en sudor y no podía moverme de la cama, como si estuviera atada con correas. El
corazón latía tan acelerado que siempre creía que no podría resistirlo y acabaría por
pararse. Aquella furia asesina era lo peor que había sentido jamás. Andrew decía
que eran mis miedos, que afloraban cuando no podía defenderme de ellos.
Toqué a la puerta y la dulce Marisa vino a abrirme, le di mi mochila para que
la llevase al estudio y subí las escaleras para ir al despacho. Todos los cristales de las
ventanas tenían protección máxima contra los efectos del sol, de manera que la
claridad que entraba a través de ellos no pudiese provocar quemaduras en la piel
del Vampiro. En el exterior no había manera de detener los efectos del astro, así que
permanecíamos dentro de la casa hasta que se ocultaba en el horizonte. Toqué en la
puerta, Andrew abrió y sacó el brazo para hacerme entrar. Sentí mi espalda chocar
con suavidad contra la madera mientras sus labios caían con dulzura sobre los
míos.
—¿Qué tal tu día? —dijo dejándome respirar.
Llevaba un pantalón tejano raído y una camiseta blanca. Estaba en casa y se
sentía bien. Su sonrisa abierta y natural me contagió e hizo que me sintiera segura.
Yo sabía muy bien lo extraño que resultaba que solo me sintiese segura estando con
él.
—Esperando que llegase la tarde —extendí los brazos y le rodeé el cuello con
ellos.
—¿Has aprendido algo hoy? —dijo con ironía.
—El profe de Literatura nos ha hecho analizar una canción de Maná. Ya no
sabe qué hacer para despertar el interés de algunos. Yo hubiese preferido la
traducción de una de Linkin Park, pero no ha estado mal. El resto de clases,
aburridas.
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—¿Y qué tal con tus amigos?
—Bien, hemos quedado para ir a Barcelona el sábado.
Noté cómo me apretaba un poco más.
—¿No podrías replantearte lo de tomar sangre humana? Me gustaría poder
salir contigo como si fuésemos una pareja normal.
Andrew sonrió mientras me apartaba el pelo de la cara.
—¿Cuántas veces me vas a hacer la misma pregunta? Por mucho que la
repitas, no voy a cambiar mi respuesta.
—¿Estás seguro? Mira que puedo ser muy insistente.
—Como Prímulo, no tendría posibilidad de protegerte. No voy a discutir eso,
Ada.
—¡Qué largo se me va a hacer este año! —mentí.
Andrew me miró con tristeza.
—Es una broma —dije acariciándole la mejilla.
Yo sabía mejor que nadie que aquel año sería, probablemente, lo único que
tendríamos. Me atrajo hacia él y escondió su cabeza en mi pelo.
Sam eligió los Cuentos, de Chejov, para regalarle a su madre y yo aproveché
para comprarme La Abadía de Northanger, de Jane Austen. A pesar de las reticencias
iniciales de los muchachos para entrar en la librería, cada uno acabó encontrando
una sección en la que había algo interesante que ojear. Rita y Xavi fueron los únicos
que no sucumbieron a la tentación y siguieron solos hacia las Ramblas, quedando
en que se reunirían con nosotros para comer. Sam estaba rara, apenas hablaba.
Desde que habíamos vuelto al instituto la notaba distinta. Aproveché que nos
habían dejado solas para hablar con ella, aunque ya lo había intentado otras veces
sin éxito.
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—Sam, ¿vas a contarme lo que te pasa?
—¿A mí? ¿Por qué lo dices?
¿Ese libro que había cogido para disimular no era uno de Kika Superbruja? La
cogí del brazo e hice que me mirase.
—Sabes que puedes contarme lo que sea, ¿verdad? —dije.
Sam soltó el libro y dejó escapar un suspiro.
—Cuando necesite contarte algo, lo haré. Te lo prometo, Ada.
Si había algo que yo sabía muy bien es que cuando no quieres contar algo, no
lo cuentas. Así que me encogí de hombros y dejé de atosigarla.
Se aprobó por mayoría caminar hasta Plaza Cataluña y buscar por allí un
restaurante. De camino íbamos parando en todas las tiendas de ropa que
encontrábamos: Zara, H&M, New Yorker, Pull and Bear, todas fueron debidamente
revisadas.
—¿Sabías que Zara ha sido acusada de tener esclavos en algunos países?
—David se acercó a mí cuando sopesaba la posibilidad de probarme una chaqueta
de color naranja.
Le miré con cara de sorpresa.
—¿Qué quieres decir?
—He leído un artículo en el periódico que dice que la empresa de Amancio
Ortega contrata a otras empresas para que le hagan la ropa en países como, por
ejemplo, Brasil. Y se ha descubierto que esas empresas subsidiarias tratan a sus
trabajadores como esclavos.
—Pero entonces no es Zara la que tiene esclavos, es esa otra empresa, ¿no?
—dije al tiempo que cogía una falda.
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—Sí, pero la responsable última es la multinacional. Pretende que con unos
sueldos mínimos se confeccione una cantidad imposible de prendas. Cuando pides
algo debes ser consciente de lo que le supondrá al otro concedértelo.
—Me temo que la mayoría de multinacionales funcionan así —dije soltando
la falda con disgusto.
—¿No te has preguntado nunca si habrá alguna organización secreta detrás
de todas esas empresas?
Fruncí el ceño.
—No me hagas caso, cuando pienso en estas injusticias suelo acabar
desvariando. De todas maneras, no te preocupes, puedes comprarte esa falda, la
multinacional ha prometido corregir las «precarias condiciones laborales de las
empresas proveedoras» invirtiendo más de un millón de euros.
Sonrió, me devolvió la falda que acaba de soltar y me empujó hacia los
probadores.
Cuando llegamos a Plaza Cataluña nos reagrupamos de nuevo. Rita dijo que
habían visto una Pizzería, al principio de las Ramblas, que parecía no estar mal y
decidimos comer allí.
—La de Ciencias es buena tía, pero eso no te convierte en buena profe.
—David terminaba de cortar su pizza en triángulos.
—Vale, pero es que hay otros que además de ser malos profes son unos
capullos —Laura apartaba las alcaparras de su Caprichosa—. Yo prefiero mil veces a
Loli antes que a Carlos o Berta.
—Bueno, es que vaya dos has ido a nombrar —Xavi intervino—. Carlos te
puede quitar un punto porque le caigas mal y el tío te lo dice en tu cara. Fair play, lo
llama el muy hijo de puta.
—Es tan cazurro que no sabe ni lo que significa fair play. —Toni se reía a
carcajadas.
—Es juego limpio, ¿no? —pregunté.
David asintió.
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—Entonces lo que él hace es lo contrario de fair play —dije.
—Evidente. —Sam me sonrió.
—¿Os acordáis de cuando me echó de clase por rectificarle aquel ejercicio de
la pizarra el curso pasado? —preguntó Xavi.
—Yo no —dijo David llevándose la pizza a la boca.
—Yo tampoco —dije uniéndome.
—Vosotros no estabais, tú estabas en el hospital —dijo señalándome a mí— y
tú estabas con tu abuelo.
David asintió y yo le miré sin comprender.
—Estuvo en el hospital, nada grave —dijo sin apartar la vista de su plato.
—La cuestión es que Carlos se comportó como un capullo, que es lo que es
—siguió Xavi.
—¿Os dais cuenta de que siempre acabamos hablando de lo mismo?
—Sergio captó la atención de todos—. Solo sabemos hablar de profes.
—Tienes razón, tío. —Toni frunció

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