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Libro PDF El Quinto Sello 03 – Los Vampiros Originales Romero, Antonia

El Quinto Sello 03 - Los Vampiros Originales Romero, Antonia

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soltó la garra con la que le oprimía el brazo, era la primera vez que le hacía daño.
—No dejes que tu padre haga lo que tiene pensado, debes negarte a sus
deseos —susurró.
—Abuelo, dígame lo que ocurre, pero hable claro.
—Ese hombre es malvado, no puedo decirte por qué lo sé, pero te aseguro
que es capaz de las mayores atrocidades. Tu padre no es dueño de sus actos, no
actúa por propia voluntad, está a su merced y hará cualquier cosa que él le pida.
Lluisa frunció el ceño, pensando. Un escalofrío recorrió su espalda. Era cierto
que su padre no parecía el mismo. Estaba demasiado cariñoso, siempre había sido
una persona fría y distante que no solía preocuparse por quienes le rodeaban. Y, de
pronto, se había vuelto melindroso y considerado.
—Tienes que salir de aquí esta misma noche. No podemos permitir que
lleven adelante sus planes.
—Pero ¿de qué planes habla?
—De los que tienen pensados para ti.
—¿El señor Morland quiere algo de mí?
—¡James Morland te quiere a ti! —exclamó el hombre perdiendo la
paciencia—. Les escuché hablar, ese hombre le pidió tu mano a mi hijo y él aceptó
encantado.
—¿Mi mano? Pero si apenas hemos mantenido una par de conversaciones
serias —dijo la joven, contrariada—. Además, es mucho mayor que yo. ¿Y mi padre
aceptó?
—Tu padre piensa entregarte como seguro, a cambio de que Morland pague
todas sus deudas e invierta en la fábrica.
Lluisa miró a su abuelo, incrédula.
—Eso no puede ser, abuelo, no sabe lo que dice.
—¡Por supuesto que lo sé! He tenido una fuerte discusión con tu padre esta
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tarde, pero no he conseguido que entre en razón. Era como hablar con un muñeco,
con esa cara de imbécil y esa mirada vacía…
—Pero papá nunca haría algo así, siempre ha dicho que no permitirá que me
case nunca, que ningún hombre sería lo bastante bueno para mí.
Robert Falgueras se movió inquieto, tenía un mal presentimiento y no sabía
cómo quitárselo de encima.
—Estoy seguro de que en cuanto se quede solo con el inglés le va a explicar
todo lo que le he dicho antes de la cena. Ahora están ocupados con los invitados,
pero en cuanto se vaya todo el mundo a dormir, hablarán. Y entonces será
demasiado tarde para ti… y para mí.
La joven Lluisa se agarró a los brazos de su abuelo y buscó en sus ojos.
—¿Qué tiene James Morland que le hace tan terrible, abuelo? Debe decirme la
verdad, ¿qué es eso tan oscuro?
—No puedo decírtelo, el miedo te paralizaría, no podrías disimular ante él.
Lluisa se estremeció. Tenía que pensar rápido. Decidir. ¿Y cómo decidir sobre
algo con la ambigua e incompleta información que le daba su abuelo? Los ojos de
Robert Falgueras no dejaban lugar a dudas, el inglés debía ocultar un secreto
espantoso. ¿Y su padre iba a ser capaz de entregarla a alguien así?
—Está bien, abuelo. ¿Qué quiere que haga?
—Volveremos a la reunión y te comportarás de un modo normal. Lluisa, es
muy importante que hagas lo que te digo, Morland es muy inteligente, mucho más
de lo que imaginas, y se dará cuenta de todo al más mínimo descuido. Después,
cuando todo el mundo diga de retirarse, tú también —susurró—. Esperas unos
minutos y vuelves a bajar. No salgas por la puerta principal, utiliza la de servicio.
Debes tener mucho cuidado para que no te oiga nadie.
Lluisa estaba temblando, su abuelo había conseguido trasmitirle la certeza de
un peligro inminente. De repente no estaba segura de ser capaz de escapar de él.
—Yo te esperaré con mi coche al final del camino.
Nieta y abuelo se abrazaron antes de regresar. Lluisa temblaba como una
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hoja, pero antes de entrar en la casa se esforzó por recuperar por completo la
compostura. Cuando entraron en el salón, James Morland se volvió hacia ellos y a la
joven no le pasó desapercibida la mirada penetrante que le dedicó a su abuelo. De
pronto sintió unos irrefrenables deseos de huir.
—¿Qué…? —Lluisa me soltó con brusquedad.
Observé con atención a la madre de Andrew, sus ojos se habían iluminado
por un segundo. Aquella visión me dejó confusa. Tuve la impresión de que el
enamoramiento y posterior matrimonio de los Morland no había sido fruto del
amor mutuo. Al menos, no voluntario por ambas partes. Aunque quizá las
prevenciones del abuelo de Lluisa Falgueras no se confirmaron y todo ocurrió como
Andrew me había contado. Me fijé entonces en la extraña expresión de la prímula.
—¿Te ocurre algo? —pregunté mirándola fijamente.
Lluisa no respondió de inmediato. Era evidente que se sentía desorientada y
me miraba tratando de comprender.
—He tenido una sensación extraña —dijo—. Una imagen borrosa de
alguien…
Estaba demasiado cansada para seguir preocupándome por ella, me acerqué
al sofá y me senté.
—Has tenido un largo viaje —dijo ocupando un lugar cercano a mí, aunque
con la suficiente distancia para poder mirarme a los ojos.
Asentí sin responder.
—Mi hijo me ha explicado algunas cosas, aunque sé que no todas.
—¿Le ha dicho por qué han cambiado de opinión? Se suponía que no iba a
volver aquí nunca. Tenían que llevarme a La Forja y meterme en una jaula de esas
que utilizan con los seres humanos a los que les chupan la sangre —dije del modo
más cruel que fui capaz.
—No debes confundir a un Vampiro Original con un Cambiante. Uno de los
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nuestros jamás se alimentaría de ese modo. —Me miró de un modo perverso—.
Ningún Original renunciaría a la caza. No hay que olvidar que los Cambiantes son
demasiado holgazanes.
Hizo un gesto de desprecio y acercó su mano a la mía. Parecía que el gesto
trataba de ser amigable, pero antes de entrar en contacto conmigo, la apartó como si
le diese miedo.
—En cuanto a tu futuro, nada ha cambiado. Estamos aquí porque Andrew y
Bernie tenían un trabajo que hacer esta noche. Así podrás recoger tus cosas y
llevarte todo lo que necesites.
Fruncí el ceño y mi expresión de duda no pasó desapercibida para la
Vampira.
—Tu hermana ha vuelto a Santuario y tus amigos están mejor sin ti. Tengo
órdenes de cuidarte hasta la próxima noche. Si quieres puedes subir a descansar
—dijo entrecerrando los ojos—. Soy una prímula, Ada, no lo olvides. Para un
Vampiro soy débil, pero en relación con un humano…
Cuando entré en la casa de mi hermana tuve la misma sensación que la
primera vez que estuve allí, después de abandonar el hospital. Me resultó un lugar
extraño, irreal. Nada de lo que veía encajaba con las imágenes que traía de La
Guarida. No podía sacudirme todas aquellas vivencias de encima, habían dejado
una costra sobre mi piel, y estar de nuevo en aquella casa me producía una
sensación de irrealidad.
—¿Ocurre algo? —Lluisa me observaba con atención.
—Subiré a echarme un rato —dije levantándome—. Puedo hacerlo, ¿no?
La madre de Andrew asintió.
—Por supuesto. Hasta mañana por la noche no tenemos nada que hacer.
Subí las escaleras con la mayor normalidad que pude y fijé en mi mente la
idea de tumbarme en la cama como si temiera que Lluisa pudiese leerme el
pensamiento. Aunque yo ya sabía que eso era imposible. Entré en mi cuarto y cerré
con llave. Era una estupidez, nada podría impedir a un Vampiro atravesar aquella
puerta en caso de querer hacerlo, pero esperaba que no quisiera. No permití que mi
respiración se acelerase, cualquier cambio en mi estado anímico podría ser
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detectado por la prímula y hacerla sospechar. traté de relajarme antes de apartar mi
espalda de la puerta, y me tumbé en la cama. Debía pensar bien lo que quería hacer.
Solo tendría una oportunidad y no estaba segura de que fuera a funcionar. Tenía
que contactar con los Cautare Lumina y para eso debía ver a la madre de David.
Cuando fuese de día solo Lluisa podría impedírmelo, ni Verner, ni Rita, ni mi
hermana estaban cerca. Así que todo se centraba en neutralizar a la prímula.
Estuve tumbada en la cama hasta que los primeros rayos de sol se colaron
por las rendijas de la persiana. Entonces me levanté, salí de la habitación y después
de bajar la mitad de los peldaños me asomé buscando a Lluisa. La prímula apareció
de la nada frente a la puerta del salón.
—¿Has podido descansar?
—Sí, gracias. ¿Te importaría preparar algo de comer? Voy a hacer una maleta
y luego me gustaría comer algo.
La prímula me miró frunciendo el ceño.
—¿Sabrías hacer café y unas tortillas francesas? —Mi pregunta era retórica,
pero al ver su expresión comprendí que la madre de Andrew no había pasado
muchas horas en la cocina—. Huevos revueltos servirán.
Subí de nuevo las escaleras y me encerré en mi habitación. respiré hondo y
me sorprendió comprobar que estaba muy relajada. En realidad no tenía nada que
perder.
Saqué la maleta de debajo de la cama. Abrí los cajones de mi cómoda y
comencé a sacar prendas, después me acerqué al armario e hice lo mismo. La ropa
que había llevado a Grecia no iba a servirme en Bucarest, allí necesitaría ropa de
abrigo. Lo metí todo en la maleta de cualquier manera y me acerqué al cajón que
había en los bajos del armario. Lo abrí y saqué una cajita de madera. Siempre supe
que algún día utilizaría el regalo de Lander, aunque no imaginé un escenario como
el que se me presentaba. Saqué la botellita y la observé a contraluz. El líquido
trasparente brillaba de un modo especial.
“Inyectando esta cantidad de veneno de Rosa silvestre, dejarás inconsciente a
cualquier Vampiro” —me había dicho el Guardián.
Durante unos segundos medité bien sobre lo que pretendía hacer. No sabía
qué efecto produciría ingerido, pero siendo una prímula quizá funcionase. Iban a
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tomar aquello como la confirmación absoluta de mi traición, pero algo en mi cabeza
me empujaba a no rendirme, a intentar salir de aquella trampa ineludible y mortal.
Después de lo que me había dicho Zendra, no creía que hubiese ningún Vampiro
interesado en que yo recordase. La Cambiante me dijo que no confiase en nadie, y
sabía de lo que estaba hablando. Metí la botellita en el bolsillo de mi pantalón y me
acerqué al espejo que había en la pared. Pellizqué mis pálidas mejillas y respiré
hondo por la nariz. Después cerré la maleta apoyándome en ella y salí.
Lluisa estaba en la cocina.
—¿Esto te sirve como huevos revueltos?
Miré la sartén y traté de disimular el disgusto.
—No te preocupes, es comida. —Me acerqué a la nevera—. Si lo comemos
con unas rodajas de tomate, estará bien. ¿Te gusta el tomate?
Me volví a mirarla un segundo, pero ella estaba concentrada en el mejunje de
la sartén.
—Son rojos —dijo—, me gusta el rojo.
—Les pondré pimienta —me acerqué al armario y saqué el molinillo de
pimienta—, es como a mí me gustan.
Estaba en el mármol contrario a la vitrocerámica en la que Lluisa cocinaba y,
como si se tratase de un ingrediente más, repartí el líquido de la botellita sobre los
tomates, a los que había hecho unas pequeñas incisiones para que el veneno
penetrase mejor. No tenía ningún sabor, al menos que yo detectase, y recé
mentalmente por que funcionase. Añadí un poco de aceite, pimienta y sal y lo llevé
a la mesa, justo cuando ella depositaba dos platos con el revoltijo de huevo.
Yo la observaba comer. Su delicadeza al utilizar los cubiertos era
hipnotizadora, sus dientes blancos contrastaban con el intenso rojo del tomate.
—¿Qué pasó? —pregunté—. ¿De verdad no recuerda nada de la noche en
que su abuelo trató de prevenirla contra James Morland?
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La vi masticar el último trozo de tomate y noté cómo pasaba por su garganta.
Sus ojos se pusieron blancos mientras soltaba el aire de un modo brusco. Se llevó la
mano a la garganta, como si quisiera detenerlo, y me miró con aquellos ojos
descoloridos. No me moví, esperé a que cayera al suelo. No puedo decir que me
importase el golpe con el que rebotó su cabeza contra el terrazo. Me levanté y
caminé con prudencia hacia la puerta de la calle, tenía la infantil idea de que, si
corría, algo me detendría.
Mis compañeros no tardarían en salir de casa para ir a clase. Hacía dos
semanas que habían vuelto al instituto después de las vacaciones y tenía unas
desesperadas ganas de verlos. Pero antes tenía que ir a otro sitio.
La calle estaba en silencio. Me acerqué a la puerta, golpeé con la aldaba y
esperé. No se escuchaba ningún ruido en el interior y después de un minuto volví a
golpear, con el mismo resultado. Me acerqué a una de las ventanas y miré dentro.
No había cortinas y a través de las rejas pude ver que la habitación estaba vacía. ¿La
madre de David se había marchado? ¿Sabría lo que le había ocurrido a su hijo?
Corrí hacia otra de las ventanas y se confirmaron mis sospechas: la casa estaba
vacía.
Me alejé de allí confusa. Me crucé con un par de personas que me miraron
con curiosidad, por lo que deduje que mi cara era demasiado elocuente para pasar
desapercibida. No quería pensar en la otra posibilidad y mi corazón empezó a
acelerarse. Quizá la madre de David no se había ido. Quizá no tuvo tiempo.
¿Aquello era lo que Andrew y Bernie habían tenido que

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