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Libro El reencuentro MAY 1 – A. D. Arco

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delante del ataúd y recitaba su sermón proclamando el descanso eterno.
Miro el ataúd era negro y no obstante mejor de lo que sabía que su familia se podía permitir, “a lo mejor su situación había cambiado” pensó mientras seguía
cayendo una lluvia fina que calaba los huesos, tenía las manos metidas en su chaquetón y la cara medio cubierta, no quería de momento que nadie le viera, aún no había
decido si dar el pésame o no, y aun nadie se había percatado de su presencia.
Hacía tanto tiempo que no regresaba a su pueblo natal que se le hacía asfixiante estar allí y miro al cielo buscando aire, visualizo un gris plomizo que le hizo
levantar la comisura del labio irónicamente mientras el agua resbalaba por su cara, era el mismo color que siempre recordaba cuando se permitía pensar en su pasado.
Por fin el sermón había terminado, vio a los pocos asistente despedirse de dos mujeres, una muy joven y otra más mayor, ambas bellas aunque diferentes, la joven
era morena y de piel clara, la mayor rubia y estilosa, durante un tiempo ese pelo había sido de un rubio intenso, despertando la envidia y el deseo de todos los vecinos
de su barrio, ahora se había blanquecino con el paso del tiempo, desde donde estaba no podía distinguir bien sus rasgos faciales, pero sabía quién era ambas, May, la
dulce y pequeña May y su madre.
Por May estaba allí, no podía decir que no a su llamada, recordó a esa niña morena con la cara redonda y unos ojos increíblemente verdes que siempre estaba pegada
a su hermano Mikel y a él.
Mikel y él eran de la misma edad, e iban juntos a clase, se conocían desde que tenía memoria, residían a dos casas de diferencia, los dos compartían los mismos
gustos, los mismos anhelos, habían pasado toda su infancia jugando el uno en casa del otro, habían crecido juntos, se habían emborrachado juntos, descubierto a las
mujeres a la vez y con el paso del tiempo a los dos les embargo las mismas ganas de salir del agujero que ambos llamaban hogar, y los dos lo habían conseguido aunque
de manera bien distintas.
Recordaba a Mikel, con el mismo color rubio de pelo que su madre y los ojos también verdes como los de May, tan divertido y extrovertido, con una sonrisa pícara
siempre en su rostro, ideando nuevas aventuras, sin miedo a nada, encontrando soluciones para todo, con un vigor que parecía que se iba a comer el mundo, poseía la

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capacidad de convencer a todos de sus ideas, él se había visto abocado a multitud de situaciones donde siempre Mikel salió vencedor, al contrario que él.
Yo sin embargo soy más reservado, cauto, me cuesta interactuar con las personas y tengo un carácter demasiado explosivo, nadie de su entorno entendió porque
eran los mejores amigos que existían, más aún eran como hermanos y al mismo tiempo, eran como la noche y el día, se repelían en la misma medida que necesitaban estar
juntos, pero poco a poco la rivalidad entre ellos creció hasta hacerse insoportable.
Y allí estaba la pequeña May , siempre en medio de los dos, sentía adoración por Mikel y el por ella, Mikel siempre decía que era lo mejor de su familia, era siete
años menor que él y la única persona que de verdad le había importado, pensó con cierta amargura.
Desde que ella empezó a andar siempre que podía estaba pegada a él, cuando salían de clase para ir a casa, ambos iban a buscarla a su clase, se la llevaba a los
partidos, a las excursiones, al cine, a todos los lados que podía siempre iba con ella, decía que ella estaba mejor con el que con su familia y en cierta medida era cierto, al
principio le costó aceptar su presencia, pero poco a poco se acostumbró a ella, a su imaginación desmedida, a su torpeza, a su terquedad y se generó dentro de él un

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sentimiento de protección que aún le acompañaba.
Se acordó de cuando ambos venían a casa de su padre a las tantas de las noches, les daba de cenar y se quedaban durmiendo todos en la misma cama, de las múltiples
veces que se habían colado en la trastienda del cine del barrio para entre ver alguna película, de cuando construyeron una casa con toda la basura de su vecindario y se
pasan los días allí encerrados, del primer coche que armaron a base de piezas del desguace, pero sobre todo se acordaba de la última noche que pasaron todos juntos,
donde tanto él como May acabaron en el hospital.
Lo que al principio fue admiración por él fue degenerando en envidia entre ellos, ya que mientras Mikel salía victorioso de todas las situaciones él pagaba siempre el
castigo, si Mikel le copiaba los deberes, a él se los hacían repetir, cuando conseguía dinero para comprar cualquier cosa que quería o necesitaba, él lo gastaba y le hacía
sentir culpable, cuando invitaba a una chica a salir siempre Mikel se las apañaba para meterse en la cita y llevarse a la chica, el coche que construyeron lo apostó en una
partida de póker y lo perdió, así era Mikel se aprovechaba de todo el mundo para su beneficio.
Recordando su infancia, bajo el montículo que le separaba del ataúd y cogió un puñado de tierra que apretó tan fuerte que la arena se clavó en los dedos, mientras
apretaba la mandíbula y susurro “descansa en paz, amigo” subió la mirada y se encontró con esos ojos increíblemente verde que lo miraba fijamente.
Hacía dos días que había recibido una llamada en su despacho, recordó a su secretaria Susan diciéndole que tenía una llamada de un familiar que decía llamarse May
y se la hizo pasar. Una voz clara y femenina le dijo; “Robert, soy May, ha muerto”, no tuvo que preguntarle más. Solo le pregunto que cuando era el funeral y allí
estaba. Ahora que la tenía cerca podía ver su tez clara y sus mejillas rosadas, la nariz chata, y una boca generosa que no recordaba. El tiempo la había vuelto hermosa, ni
siquiera sus profundas ojeras y los ojos enrojecidos afeaba su rostro
May lo siento de veras- dije mirándola directamente a esos ojos verdes que le miraban tristes y cansados, cogí su pequeña mano, y noto que esta helada, me
fijó en la ropa desgastada que llevaba y en el chaquetón lleno de arreglos que dudaba que le abrigara- si puedo hacer algo por ti o por tu madre.
Gracias por venir, no estaba segura que vinieras- le dijo con una voz clara y firme, manteniendo su sonrisa triste.
May sabias que tenía que venir- conteste, molesto por insinuar que no lo hiciera, aunque hasta hace 10 minutos el mismo dudara porque había venido- De
verdad que si necesitas algo… -soltó su mano, y se sacó una tarjeta de su cartera y se la puso entre sus manos- llámame.
Se giró a mirar a la mujer rubia que lloraba ruidosamente en el hombro de su hija;
Rosalind,… – no abrió los ojos.
La observo y recordó que de adolescente le pareció la mujer más adorable del mundo, ahora estaba esquelética y el cuerpo lo tenía encorvado como si el peso de la
vida hubiera hecho mella en ella, no obstante no debía de tener más de 53 años, pero sabía que vivir en Stown te hace envejecer rápidamente, y no había tenido una vida
fácil, aunque en gran medida ella se lo había buscado, pensó con amargura – siento lo de Mikel.
La mujer le dirigió una mirada perdida
– Robert, hijo, menos mal que por lo menos tu estas bien- y volvió a llorar profusamente, y se le echó encima , no puedo más que sostenerla mientras hipaba
en su abrigo y repetía- al menos tú te salvaste..
Se le hizo un nudo en la garganta mientras acariciaba a esa mujer que había sido lo más parecido a una madre que había conocido.
Mamá, por favor…- dijo la pequeña May mientras abrazaba a su madre para retirarla de él.
Pero esta se giró de repente.
Te tienes que llevar a May de aquí, no quiero que acabe como su hermano ni como yo -le rogó girándose y aferrándose a su brazo.
May me tiene para lo que necesite – le respondí sin pensar.
De repente oí una voz grave detrás de mí…
Hijo
Ahí estaba mi mayor pesadilla, la razón por la que no había vuelto desde hacía siete años, quizás si él no hubiera existido hubiera vuelto a por Mikel y a por May,
pero no podía volver… no quería verlo, no quería oírle y mucho menos hablarle, se giró tenso y aguantado la respiración para enfrentarse…
– Hijo, me alegro de verte.

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Vio a su padre, había perdido parte de su porte, y el pelo estaba cubierto de canas, pero seguía siendo un hombre imponente, tan parecido a él, de espalda ancha y
tez morena, con esos ojos azules que a él siempre le parecieron helados, pero sobre todo se fijó en esas grandes manos que había temido durante toda su infancia,
callosas y ásperas, de repente se sintió pequeño, indefenso, necesitaba irse…irse de allí, le empezaba a faltar el aire, y podía sentir el sabor del miedo, se giró para
empezar su huida y esa mano grande le aferró la chaqueta.
– ¡¡Suélteme ahora mismo!!- le grite y me zarandee- ¡¡ya le dije que jamás me volviera a tocar!!-vio la cara asustada y ofendida de su padre, pero no podía
quedarse más, no lo soportaba.
Hacía tres días del funeral, y aun no se le había ido el sabor amargo de la boca, se sentía como un cobarde por volver a salir huyendo, bueno, dentro de un tiempo ni
me acordare, me dije sumergiéndome en los gráficos de divisas que tenía en el monitor de mi despacho.
Desde hacía tres años trabaja de bróker en la City londinense, había ascendido rápidamente teniendo en cuenta que no había estudiado carrera de finanzas, y el
graduado se lo sacó a duras penas en un centro por la noche.
Desde el año pasado le habían dado cuentas con importante sumas de dinero, diversificándolas exitosamente en bonos, divisas e índices, casi todos sus clientes
habían recibido bonificaciones, y por tanto el también, aunque todavía estaba muy lejos de poder saldar la deuda que tenía.
Ahora su vida era algo más estable, pero solo vivía para y por su trabajo, requerimiento que era imprescindible si trabajas en la City. Vivía en una loft de dos
dormitorios a diez minutos de su trabajo, la renta era alta, pero valía la pena por no tener que desplazarse a diario, era el primer sitio que consideraba realmente su hogar
aunque no había cambiado mucho del mobiliario original, solo un sillón más cómodo, una cama y una televisión más grande
Se había hecho amigo de dos compañeros de trabajo Ray y Michel, ambos entraron casi a la vez, si bien ellos venían con una beca bajo el brazo y una carrera
prometedora, sus comienzos habían sido más difíciles, ya que entró de chico para los recados, y nadie creía que pudiera comprender los entresijos de la bolsa, pero ahí
seguía y ahora responsable de un pequeño grupo de becarios que trabajan para él.
Entró Ray por la puerta.
– Bajas a comer, luego nos vamos a ir a jugar al pádel, ¿te apuntas?
– No puedo, hoy viene el apoderado de L.I Incom, a ver su cuenta de resultados, le pediré a Susan que me pida algo.
Susan era la secretaria de la compañía, tenía más de 40 años, y era una mujer exigente y resolutiva, se ocupaba de organizar las agendas y horarios de todos los jefes
de operaciones, y sentía por él cierta predilección, puede ser porque cuando entro era su responsable directa.
– Ufff, qué tío más pesado, pensara que con el dinero que ha ingresado debería ser más rico que Steve Jobs, y eso que su balance, es más que positivo.
– Ya, pero ya sabes que la mayoría de estos pequeños inversionistas

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