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Libro PDF El renacido – Michael Punke

El renacido - Michael Punke

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alforja.—
¿Quieres quedarte a averiguarlo?
El herido intentó hablar. Sintió de nuevo un
dolor agudo en la garganta. El sonido salió, pero
no pudo darle forma y convertirlo en las palabras
que quería pronunciar.
El hombre de la piel de lobo lo ignoró y
siguió reuniendo sus escasas pertenencias. El
chico se dio la vuelta.
—Intenta decir algo.
Se hincó sobre una rodilla para escuchar
mejor. Incapaz de hablar, el herido levantó el
brazo que podía mover y señaló.
—Quiere su fusil —dijo el chico—. Quiere
que lo acomodemos con su fusil.
El hombre de la piel de lobo recorrió el
espacio que lo separaba de ellos con pasos
rápidos y calculados. Pateó con fuerza al chico en
la espalda.
—¡Muévete, maldita sea!
Luego se inclinó sobre el herido, quien
agonizaba junto a su exigua pila de pertenencias:
una bolsa de caza, un cuchillo guardado en una
funda decorada con cuentas, un hacha pequeña, un
fusil y un cuerno de pólvora. Mientras el herido lo
observaba, incapaz de hacer nada, el hombre de la
piel de lobo estiró la mano para quitarle la bolsa
de caza. Sustrajo el pedernal y el raspador de
metal y los echó en el bolsillo frontal de su sayo
de cuero. Tomó el cuerno y se lo echó al hombro.
El hacha se la acomodó detrás de su ancho cinto
de cuero.
—¿Qué haces? —preguntó el chico.
El hombre se agachó de nuevo, tomó el
cuchillo y se lo lanzó al chico.
—Toma esto. —El chico lo atrapó y
contempló horrorizado la funda que tenía en la
mano. Solo quedaba el fusil. El hombre de la piel
de lobo lo levantó y lo revisó con rapidez para
asegurarse de que estaba cargado.
—Lo siento, viejo Glass. Todo esto ya no te
servirá de mucho.
El chico estaba estupefacto.
—No podemos dejarlo sin sus cosas.
El hombre miró hacia arriba durante un
instante y luego desapareció en el bosque.
El herido contempló fijamente al chico, quien
se quedó ahí por un largo momento, sosteniendo el
cuchillo. Su cuchillo. Finalmente el chico miró
hacia el frente. Al principio pareció que iba a
decir algo. En vez de eso, se dio la vuelta y se
echó a correr hacia los pinos.
Él se quedó contemplando el espacio entre
los árboles por donde los hombres habían
desaparecido. Estaba lleno de rabia; lo consumía
como el fuego envuelve las agujas de un pino. No
había nada en el mundo que deseara más que
rodear sus cuellos con las manos y estrangularlos
hasta matarlos.
Por instinto comenzó a gritar, olvidándose de
nuevo de que su garganta no producía palabras,
solo dolor. Se incorporó apoyándose sobre el
codo izquierdo. Podía doblar ligeramente el brazo
derecho, pero este no resistiría ningún peso. El
movimiento hizo que descargas de dolor atroces le
recorrieran el cuello y la espalda. Sintió que la
piel se le tensaba en las toscas suturas. Se miró la
pierna, fuertemente envuelta en los restos de una
camisa vieja manchada de sangre. No podía usar
el muslo para moverla.
Haciendo acopio de toda su fuerza, rodó con
pesadez hasta colocarse boca abajo. Sintió que una
sutura se le reventaba y notó la cálida humedad de
la sangre fresca en su espalda. El dolor disminuyó
hasta no ser nada comparado con la fuerza de su
rabia. Hugh Glass comenzó a arrastrarse.
PARTE I
Uno
21 de agosto de 1823
-El barco de Saint Louis llegará cualquier día de
estos, monsieur Ashley —repitió el corpulento
francés con insistencia, aunque en un tono paciente
—. Le vendería con gusto todo el contenido de la
embarcación a la Compañía Peletera de Rocky
Mountain, pero no puedo venderle algo que no
tengo. William H. Ashley azotó su taza metálica
sobre las toscas tablas de la mesa. Su barba gris
cuidadosamente arreglada no ocultaba la tensión
de su quijada. Además, por más que la apretara,
esta no parecía capaz de contener otro arranque
causado por el hecho de enfrentar lo que detestaba
más que cualquier otra cosa: esperar.
El francés, cuyo inverosímil nombre era
Kiowa Brazeau, lo observaba con inquietud
creciente. La presencia de Ashley en su remoto
establecimiento comercial ofrecía una oportunidad
inusual, y Kiowa sabía que el manejo exitoso de
esa relación podía establecer una base permanente
para su empresa. Ashley era un hombre importante
en los negocios y la política de Saint Louis, un
hombre que tenía tanto la visión para llevar el
comercio al oeste como el dinero para hacerlo
realidad. «El dinero de otros», como decía Ashley.
Dinero asustadizo. Dinero nervioso. Dinero que
huiría fácilmente de una empresa arriesgada a otra.
Kiowa lo miró de soslayo desde detrás de sus
gruesos lentes; aunque su visión no era aguda,
tenía buen ojo para leer a la gente.
—Si me lo permite, monsieur Ashley, quizá
pueda ofrecerle un consuelo mientras esperamos
mi barco.
Ashley no dio señales afirmativas, pero
tampoco retomó su diatriba.
—Tengo que solicitar más provisiones de
Saint Louis —dijo Kiowa—. Mañana enviaré a un
mensajero que vaya río abajo en canoa. Puede
llevar un mensaje suyo a su sindicato. Puede
tranquilizarlos antes de que los rumores sobre la
debacle del coronel Leavenworth echen raíces.
Ashley suspiró profundamente y dio un largo
trago a su cerveza agria, resignado a soportar este
último retraso ante la falta de alternativas. Le
gustara o no, el consejo del francés era sensato.
Necesitaba tranquilizar a sus inversionistas antes
de que las noticias de la batalla corrieran sin
control por las calles de Saint Louis.
Kiowa vio su oportunidad y reaccionó con
rapidez para mantenerlo en un rumbo productivo.
El francés consiguió pluma, tinta y papel, y los
acomodó frente a Ashley, rellenándole la taza
metálica de cerveza.
—Lo dejaré para que trabaje, monsieur —
dijo, alegrándose por tener la oportunidad de
retirarse.
A la tenue luz de una vela de sebo, Ashley
escribió hasta muy entrada la noche.
Señor James D. Pickens
Pickens e Hijos
Saint Louis
Estimado Señor Pickens,
Tengo la desafortunada responsabilidad de
informarle sobre los acontecimientos de las últimas
dos semanas. Por su naturaleza, estos eventos
deben alterar, aunque no impedir, nuestra empresa
en el alto Missouri.
Como probablemente ya sabe, los hombres
de la Compañía Peletera de Rocky Mountain
fueron atacados por los arikara después de un
intercambio de buena voluntad por sesenta
caballos. Los arikara atacaron sin ser provocados,
matando a dieciséis de nuestros hombres, hiriendo
a una docena y robándose los caballos que habían
fingido vendernos el día anterior.
Debido a este ataque, me vi forzado a
retirarme río abajo y a solicitar la ayuda del
coronel Leavenworth y del Ejército de los Estados
Unidos como respuesta a esta clara afrenta al
soberano derecho de los ciudadanos
norteamericanos a cruzar el río Missouri sin
trabas. También solicité apoyo de nuestros propios
hombres, quienes se me unieron (comandados por
el capitán Andrew Henry) corriendo un grave
peligro, desde su posición en el Fuerte Unión.
El 9 de agosto enfrentamos a los arikara con
la fuerza conjunta de setecientos hombres,
incluyendo doscientos de confianza de
Leavenworth (con dos cañones) y cuarenta
hombres de la RMJ Co. También fueron nuestros
aliados, aunque temporalmente, cuatrocientos
guerreros sioux, cuya hostilidad hacia los arikara
hunde sus raíces en un rencor histórico cuyo
origen desconozco.
No hace falta decir que nuestras fuerzas
unidas eran más que suficientes para cubrir el
terreno, castigar a los arikara por su traición y
reabrir el Missouri para nuestra empresa. Que
tales resultados no se concretaran se lo debemos al
carácter inestable del coronel Leavenworth.
Los detalles del desafortunado encuentro
pueden esperar a mi regreso a Saint Louis, pero
baste decir que la constante renuencia del coronel
a enfrentar a un enemigo inferior permitió que toda
la tribu arikara se nos fuera de las manos, lo que
derivó en el cierre definitivo del Missouri entre el
Fuerte Brazeau y las aldeas mandan. En algún
punto entre ambos lugares hay novecientos
guerreros arikara, recién atrincherados sin duda, y
con el nuevo objetivo de frustrar cualquier intento
de remontar el Missouri.
El coronel Leavenworth ha vuelto a
acuartelarse en el Fuerte Atkinson, donde sin duda
pasará el invierno frente a un cálido fogón,
meditando sus opciones con cuidado. No planeo
esperarlo. Nuestra empresa, como usted sabe, no
puede permitirse perder ocho meses.
Ashley se detuvo para leer su texto, inconforme
con su tono hosco. La carta reflejaba su ira, pero
no expresaba su emoción predominante: un
optimismo fundamental, una fe inquebrantable en
su propia capacidad para alcanzar el éxito. Dios lo
había puesto en un jardín de abundancia infinita,
una tierra de Gosén donde cualquier hombre podía
prosperar con solo tener el valor y la fuerza para
intentarlo. Las debilidades de Ashley, que
confesaba con franqueza, eran simples barreras a
superar con alguna creativa combinación de sus
fortalezas. Ashley preveía contratiempos, pero no
toleraría el fracaso.
Debemos voltear esta desavenencia a nuestro
favor, seguir presionando mientras nuestros
competidores se detienen. Con el Missouri
definitivamente cerrado, decidí enviar a dos
grupos al oeste por una ruta alterna. Al capitán
Henry ya lo he enviado por el río Grand. Lo
remontará tan lejos como sea posible y volverá al
Fuerte Unión. Jedidiah Smith enviará una segunda
tropa por el Platte; su destino serán las aguas de la
Gran Cuenca.
Sin duda, usted comparte mi intensa
frustración ante este retraso. Ahora debemos
reaccionar con audacia para recuperar el tiempo
perdido. Le he dado instrucciones a Henry y Smith
de que no deben regresar a Saint Louis con el
producto de la caza de la primavera. En vez de eso,
nosotros debemos ir por ellos; nos encontraremos
en el campo para intercambiar sus pieles por
provisiones frescas. De esta manera, podemos
ahorrarnos cuatro meses y saldar al menos una
parte de nuestra deuda con el reloj. Mientras
tanto, propongo la creación de una nueva tropa
peletera en Saint Louis, la cual saldrá en
primavera dirigida por mí personalmente.
Los restos de la vela chisporrotearon y escupieron
un maloliente humo negro. Ashley levantó la vista,
consciente de pronto de la hora y de su profunda
fatiga. Hundió la punta de la pluma en la tinta y
volvió a su correspondencia, escribiendo con
firmeza y rapidez al llevar el reporte a su
conclusión.
Le solicito encarecidamente que le comunique a
nuestro sindicato, en los términos más
convincentes, mi absoluta confianza en el
inevitable éxito de nuestra empresa. La Providencia
nos ha puesto frente a una gran recompensa, y
debemos reunir el valor para reclamar la parte que
nos corresponde por derecho.
Su muy humilde servidor,
William H. Ashley
Dos días después, el 16 de agosto de 1823, el
barco de Kiowa Brazeau llegó desde Saint Louis.
William Ashley abasteció a sus hombres y los
envió al oeste ese mismo día. El primer
rendezvous se programó para el verano de 1824;
el lugar sería comunicado por los mensajeros.
Sin entender por completo el significado de
sus propias decisiones, William H. Ashley había
inventado el sistema de rendezvous, que definiría
esa era.
Dos
23 de agosto de 1823
Once hombres se instalaron sin fuego en el
campamento. Aprovecharon un pequeño dique en
el río Grand, pero el terreno ofrecía poco desnivel
para ocultar su posición. El humo habría señalado
su presencia a kilómetros de distancia, y el sigilo
era el mejor aliado de los tramperos ante otro
ataque. La mayoría usó la última hora de luz para
limpiar su fusil, reparar sus mocasines o comer. El
chico durmió desde el momento en que se
detuvieron, como un bulto arrugado de
extremidades largas y ropas maltrechas.
Los hombres se acomodaron en grupos de tres
o cuatro, amontonados en la ladera, agazapados en
una roca o junto a una mata de salvia, como si
estos mínimos salientes pudieran protegerlos.
La habitual charla del campamento había
disminuido tras la calamidad del Missouri y se
extinguió por completo tras el segundo ataque,
hacía solo tres noches. Cuando hablaban, lo hacían
en susurros y en tono pensativo, como muestra de
respeto a los camaradas que yacían muertos en el
camino y conscientes de los peligros que los
aguardaban.
—¿Crees que sufrió, Hugh? No puedo
sacarme de la cabeza que todo ese tiempo estuvo
sufriendo sin parar.
Hugh Glass miró a William Anderson, el
hombre que había hecho la pregunta. Reflexionó un
momento antes de responder.
—No creo que tu hermano sufriera.
—Era el mayor. Cuando nos fuimos de
Kentucky, nuestros padres le pidieron que me
cuidara. A mí no me dijeron nada. Ni se lo habrían
imaginado.
—Hiciste cuanto pudiste por tu hermano,
Will. Es una verdad difícil de aceptar, pero ya
estaba muerto cuando esa bala lo alcanzó hace tres
días.
Otra voz habló desde las sombras junto a la
orilla.—
Ojalá lo hubiéramos enterrado entonces, en
vez de arrastrarlo durante dos días. —Quien
hablaba se puso en cuclillas; en la creciente
oscuridad su rostro revelaba pocos rasgos a
excepción de una barba oscura y una cicatriz
blanca. Esta comenzaba cerca de la comisura de su
boca y bajaba dibujando una curva al final, como
un anzuelo. Era aún más llamativa por el hecho de
que no le crecía pelo en ese tejido, lo que abría
una permanente mueca de desdén en su barba.
Mientras hablaba, trabajaba con la mano derecha
en la gruesa hoja de un cuchillo desollador sobre
una piedra de afilar; sus palabras se mezclaban
con el lento y rasposo rechinido.
—Cierra la boca, Fitzgerald, o juro sobre la
tumba de mi hermano que te arrancaré la maldita
lengua.—
¿La tumba de tu hermano? No es realmente
una tumba, ¿no crees?
De pronto los hombres que estaban cerca
pusieron atención, sorprendidos ante esa conducta,
aunque viniera de Fitzgerald.
Él lo sintió y eso renovó sus bríos.
—Es más bien un montón de piedras. ¿Crees
que aún esté allí, pudriéndose? —Fitzgerald hizo
una pausa, y el único sonido que se oía era el
tallar de la hoja sobre la piedra—. Personalmente,
lo dudo. —Esperó de nuevo, sopesando el efecto
de sus palabras mientras las pronunciaba—. Claro,
ojalá que las piedras pudieran mantener alejadas a
las alimañas. Pero creo que los coyotes andan
arrastrando sus pedazos por…
Anderson se abalanzó sobre Fitzgerald con
las manos extendidas.
Mientras se levantaba, este último alzó la
pierna con agilidad para responder al ataque, de
manera que recibió toda la fuerza del golpe en la
espinilla y esta se le clavó en la entrepierna a
Anderson. La patada lo dobló por mitad, como si
una soga invisible lo hubiera jalado del cuello
hacia sus rodillas. Fitzgerald golpeó con la rodilla
el rostro del hombre indefenso y Anderson cayó
hacia atrás.
Fitzgerald se movía con mucha agilidad para
alguien de su tamaño. De un salto, apoyó su rodilla
en el pecho del hombre, que sangraba y jadeaba.
Le puso el cuchillo en el cuello.
—¿Quieres reunirte con tu hermano? —
Fitzgerald apretó el cuchillo hasta que su hoja
trazó una delgada línea de sangre.
—Fitzgerald —dijo Glass en un tono
tranquilo pero autoritario—. Basta.
Fitzgerald levantó la mirada. Buscó una
respuesta al desafío de Glass al tiempo que veía
con satisfacción el grupo de hombres que lo
rodeaban, testigos de la patética posición de
Anderson. Decidió que lo mejor era cantar
victoria. Ya se las vería con Glass otro día. Retiró
el cuchillo de la garganta de Anderson y lo metió
en la funda decorada con cuentas de su cinturón.
—No comiences cosas que no puedes
terminar, Anderson. La próxima vez yo las
terminaré por ti.
El capitán Andrew Henry se abrió paso entre
el círculo de espectadores. Tomó a Fitzgerald por
detrás y lo lanzó de espaldas, empujándolo con
fuerza hacia el dique.
—Una pelea más y estás fuera, Fitzgerald. —
Henry señaló más allá del perímetro del
campamento, hacia el horizonte distante—. Si
tienes ganas de joder puedes irte por tu cuenta, a
ver si sobrevives.
El capitán miró a su alrededor, hacia el resto
de los hombres.
—Mañana cubriremos sesenta y cinco
kilómetros. Desperdician su tiempo si no están
dormidos ya. Ahora, ¿quién hará la primera
guardia? —Nadie se ofreció. Los ojos de Henry se
detuvieron en el chico ajeno al escándalo. Henry
dio algunos pasos decididos hacia su cuerpo
contraído.
—Levántate, Bridger.
El chico se levantó de un salto con los ojos
muy abiertos mientras, sorprendido, hacía un
rápido movimiento para tomar su arma. El oxidado
mosquete de percusión había sido un anticipo de
su salario, junto con un amarillento cuerno para
pólvora y un puño de pedernales.
—Te quiero a cien metros río abajo. Busca un
punto elevado junto a la orilla. Puerco, haz lo
mismo río arriba. Fitzgerald, Anderson, ustedes
harán la segunda guardia.
Fitzgerald había hecho guardia la noche
anterior. Por un momento pareció que iba a
protestar por el reparto de tareas, pero lo pensó
mejor y se quedó enfurruñado en una orilla del
campamento. El chico, aún desorientado, avanzó a
trompicones por las rocas que cubrían la ribera y
desapareció en la oscuridad cobalto, lejos de la
brigada.
El hombre al que llamaban «Puerco» nació
con el nombre de Phineous Gilmore en una granja
sucia y pobre de Kentucky. Su

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