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El resplandor – Stephen King

 El resplandor - Stephen King

El resplandor – Stephen King 

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El resplandor  Stephen King sinopsis En ese aposento… se apoyaba un gigantesco reloj de ébano. Su péndulo se
balanceaba con un resonar sordo, pesado, monótono; y cuando la hora iba a sonar,
de las entrañas de bronce del reloj salía un tañido claro, resonante, profundo y
extraordinariamente musical, pero de un timbre tan particular y potente que de hora
en hora, los músicos de la orquesta se veían obligados a interrumpir… para escuchar
el sonido; y las parejas danzantes cesaban por fuerza en sus evoluciones; durante un
momento, en aquella alegre sociedad reinaba el desconcierto; y mientras aún
resonaban los tañidos del reloj, se notaba que los más vehementes palidecían y los de
más edad y más sensatos, se pasaban la mano por la frente, como si se entregaran a
un confuso ensueño o meditación. Pero apenas los ecos cesaban del todo, livianas
risas se difundían por la reunión…; y se sonreían de su nerviosidad… mientras se
prometían unos a otros en voz baja que el siguiente tañido del reloj no provocaría en
ellos una emoción semejante.
Mas, al cabo de sesenta minutos… el reloj daba otra vez la hora, y otra vez
nacían el desconcierto, el temblor y la meditación de antes.
Mas a pesar de esas cosas, la jarana era alegre y magnífica.
La máscara de la Muerte Roja
E. A. POE
El sueño de la razón produce monstruos.
GOYA
Cuando esplenda, esplenderá.
DICHO PUPOLAR
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Primera Parte
PRELIMINARES
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1. ENTREVISTA DE TRABAJO
Qué empleaducho engreído, pensó Jack Torrance.
Ullman no pasaría de un metro sesenta y cinco, y al moverse lo hacía con la
melindrosa rapidez que parece ser especialidad exclusiva de los hombres bajos y
regordetes. La raya del pelo era milimétrica, y el traje oscuro, sobrio, pero
reconfortante. Un traje que parecía invitar a las confidencias cuando se trataba de un
cliente cumplidor, y que transmitía, en cambio, un mensaje más lacónico al ayudante
contratado: más vale que sea usted eficiente.
Llevaba un clavel rojo en la solapa, probablemente para que por la calle nadie
confundiera a Stuart Ullman con el empresario de pompas fúnebres.
Mientras lo oía hablar, Jack admitió para sus adentros que, muy probablemente,
en esas circunstancias no le habría gustado a nadie que estuviera al otro lado del
mostrador.
Ullman le había hecho una pregunta, sin que él alcanzara a oírla. Mala suerte;
Ullman era una de esas personas capaces de archivar en su computadora mental los
errores de este tipo, para tenerlos en cuenta más adelante.
—¿Decía usted?
—Le preguntaba si su mujer conoce realmente la tarea que ha de hacer usted aquí.
También está su hijo, claro —echó un vistazo a la solicitud que tenía ante sí—.
Daniel. A su esposa, ¿no le asusta un poco la idea?
—Wendy es una mujer extraordinaria.
—Y su hijo, ¿también es extraordinario?
Jack sonrió, con una gran sonrisa de «relaciones públicas».
—Es lógico que pensemos que sí. Para sus cinco años es un chico bastante seguro
de sí mismo.
Ullman no le devolvió la sonrisa. Guardó la solicitud de Jack en una carpeta, que
fue a parar a un cajón. El mostrador había quedado completamente limpio, a no ser
por un secante, un teléfono, una lámpara y una bandeja de Entradas/Salidas, también
vacía.
Ullman se levantó y fue hacia el archivador colocado en un rincón.
—De la vuelta al mostrador, por favor, señor Torrance.Vamos a ver los planos del
hotel.
Volvió con cinco hojas grandes, que desplegó sobre la brillante superficie de
nogal del mostrador Jack se quedó de pie junto a él, y notó claramente el olor de la
colonia de Ullman. Mis hombres usan «English Leather», o no usan nada. El anuncio
le vino a la mente sin motivo alguno, y tuvo que morderse la lengua para dominar un
ataque de risa. Desde el otro lado de la pared, débilmente, llegaban los ruidos de la
cocina del «Overlook Hotel», al parecer, estaba terminando el servicio de comidas.
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—La última planta —anunció con viveza Ullman—, es el desván. Ahí no hay
ahora mas que trastos. El «Overlook» ha cambiado de manos varías veces desde la
guerra y parece que cada uno de los directores ha ido echando al desván todo lo que
no quería. Quiero que se pongan ahí ratoneras y cebos envenenados esparcidos.
Algunas camareras de la tercera planta dicen que han oído ruidos como de algo que
corriera. Yo no lo creo, ni por un momento, pero no debe haber ni siquiera una
oportunidad entre cien de que una sola rata se aloje en el «Overlook».
Jack, que sospechaba que todos los hoteles del mundo alojaban una o dos ratas, se
calló la boca.
—Naturalmente, no dejará usted que su hijo suba al desván bajo ninguna
circunstancia.
—No —contesto Jack, y volvió a mostrar su sonrisa de «relaciones públicas».
Que situación más humillante. ¿Acaso ese empleaducho engreído, piensa que voy a
dejar a mi hijo jugar en un desván con ratoneras, atestado de trastos y de sabe Dios
que otras cosas?.
Ullman hizo a un lado el plano del desván y lo puso debajo de los otros.
—El «Overlook» tiene ciento diez habitaciones —anuncio con voz educada—.
Treinta de ellas, todas suites, están aquí en la tercera planta.
Diez en el ala oeste (incluyendo la suite presidencial), diez en el centro y las otras
diez en el ala este.Todas ellas tienen una vista estupenda.
¿No podrías, por lo menos, dejar de hacerme el artículo?
Lo pensó, pero se quedó callado. Necesitaba el empleo.
Ullman puso la tercera planta debajo de las demás y los dos examinaron el plano
de la segunda. El resplandor  Stephen King resumen 
—Cuarenta habitaciones —explicó Ullman— treinta dobles y diez individuales.
Y en la primera planta, veinte de cada clase. Además, tres armarios de ropa blanca en
cada planta y los almacenes uno en el extremo este de la segunda planta, y otro en el
extremo oeste de la primera ¿Alguna pregunta?.
Jack negó con la cabeza y Ullman hizo a un lado los planos de la primera y
segunda planta.
—Bueno, ahora la planta baja. Aquí en el centro, está el mostrador de recepción.
Detrás de él la administración. El vestíbulo mide veinticinco metros a cada lado del
mostrador. Aquí en el ala oeste, están el comedor «Overlook» y el salón «Colorado».
El salón de banquetes y el de baile ocupan el ala este. ¿Alguna pregunta?.
—Solo referente al sótano, que para el vigilante de invierno es el lugar más
importante —respondió Jack—. Vamos donde se desarrolla la acción.
—Todo eso se lo enseñará a usted Watson. El plano de los sótanos está en la
pared del cuarto de calderas —frunció el ceño con aire de importancia, quizá dando a
entender que como director a él no le concernían aspectos del funcionamiento del
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«Overlook» tan terrenales como las calderas y la fontanería—. Tal vez no sea mala
idea poner algunas ratoneras ahí abajo también. Espere un minuto.
Garabateó una nota en un bloc que sacó del bolsillo interior de la chaqueta (cada
hoja llevaba en bastardilla la inscripción De la mesa de Sitian Ullman), arrancó la
hoja y la dejó en el espacio marcado «Salidas» en la bandeja donde quedó con
aspecto solitario. El bloc volvió a desaparecer en su bolsillo, como si acabara así
algún truco de magia. Mira chico, ahora lo ves ahora no lo ves. Este tipo es un
verdadero artista.
Estaban de nuevo en la posición del principio, Ullman detrás del mostrador y Jack
frente a el entrevistador y entrevistado solicitante y patrón reacio. Ullman entrecruzó
sus pulcras manecitas sobre el papel secante y miró directamente a Jack, Ullman era
un hombrecillo menudo y calvo, con traje de banquero y discreta corbata gris. La flor
que lucía en la solapa estaba contrapesada por una pequeña insignia del lado opuesto
sobre la que se leía simplemente en menudas letras doradas PERSONAL.
—Le seré completamente franco, señor Torrance. Albert Shockley es un hombre
muy poderoso que tiene grandes intereses en el «Overlook»…
que por primera vez en su historia ha dado ganancias en la última temporada. El
señor Shockley pertenece también al Consejo de Administración pero no es hombre
de hostelería y él sería el primero en admitirlo. Ahora bien en lo que respecta a este
asunto del vigilante, ha expresado claramente sus deseos: quiere que le contratemos a
usted, y así lo haré. Pero de haber tenido libertad de acción en esta cuestión, yo jamás
le habría admitido.
Sudorosas, luchando una con otra, las manos de Jack se trababan tensamente.
Empleaducho engreído, empleaducho engreído, empleaducho…
—No creo que a usted le importe mucho mi opinión, señor Torrance, ni a mí me
importa la suya. Y sin duda sus sentimientos hacia mí no tienen nada que ver en mi
convicción de que no es usted el hombre para este trabajo. Durante la temporada que
va del 15 de mayo al 30 de setiembre, el «Overlook» emplea a ciento diez personas
en dedicación completa; una por cada habitación del hotel, podríamos decir. No creo
que haya entre ellos muchos a quienes yo les caiga simpático, y sospecho que algunos
me consideran un poco odioso. Puede que tengan razón al opinar así de mi carácter;
para administrar este hotel de la manera que se merece, tengo que ser un poco odioso.
Miró a Jack en espera de algún comentario, pero éste volvió a desplegar su
sonrisa de «relaciones públicas», amplia e insultantemente llena de dientes.
—El «Overlook» —explicó Ullman— fue construido entre los años 1907 y 1909.
La ciudad más próxima es Sidewinder, a sesenta y cinco kilómetros al este de aquí,
por carreteras que desde fines de octubre o noviembre quedan cerradas hasta abril. Lo
construyó un hombre que se llamaba Robert Townley Watson, el abuelo de nuestro
actual encargado de mantenimiento. Aquí se han alojado los Vanderbilt, los
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Rockefeller, los Astor y los Du Pont. Y la suite presidencial la han ocupado cuatro
presidentes: Wilson, Harding, Roosevelt y Nixon.
—De Harding y de Nixon yo no estaría tan orgulloso —murmuró Jack.
Ullman frunció el ceño, pero continuó indiferente.
—Para el señor Watson fue demasiado, de manera que vendió el hotel en 1915. Se
volvió a vender en 1922, 1929 y 1936, y estuvo vacante hasta fines de la Segunda
Guerra Mundial. Entonces fue adquirido y completamente renovado por Horace
Derwent, millonario inventor, piloto, productor de cine, empresario.
—Le conozco de nombre —comentó Jack.
—Claro. Parecía que todo lo que él tocaba se convertía en oro… a excepción del
«Overlook». Se gastó en él más de un millón de dólares antes de que el primer
huésped de posguerra atravesara sus puertas, para convertir esa reliquia decrépita en
un lugar de moda. Fue Derwent quien hizo instalar las canchas de roque que le vi a
usted admirar cuando llegó.
—¿De roque?
—Un antepasado británico de nuestro croquet, señor Torrance. El croquet es un
roque bastardeado. Según cuenta la leyenda, Derwent aprendió el juego de su
secretario social y quedó completamente prendado de él. Es posible que la nuestra sea
la mejor cancha de roque en Norteamérica.
—No me cabe duda —asintió seriamente Jack. Una cancha de roque, un jardín
ornamental en que los arbustos por allí esparcidos estaban recortados en forma de
animales… ¿qué más? Una figura de tamaño natural de Uncle Wiggly tras el cobertizo
para los equipos del juego. Empezaba a cansarse del señor Stuart Ullman, pero era
obvio que éste no había terminado. Iba a decir lo que se había propuesto, hasta la
última palabra.
—Después de perder tres millones, Derwent se lo vendió a un grupo de
inversionistas californianos, cuya experiencia con el hotel fue igualmente mala. No
eran gente de hostelería, simplemente.
»En 1970, el señor Shockley y un grupo de sus asociados compraron el hotel y
me confiaron su administración. También nosotros hemos seguido teniendo números
rojos varios años, pero me alegro de decir que la confianza que me tienen los actuales
propietarios jamás se ha debilitado. El año pasado no tuvimos pérdidas. Y este año,
por primera vez, en casi siete décadas, las cuentas del «Overlook» se escribieron con
tinta negra.
Jack se imaginaba que el orgullo del hombrecillo estaba justificado, pero después
el desagrado del primer momento volvió a inundarle en una oleada.
—No veo relación entre la historia del «Overlook», realmente interesante, lo
admito, y la sensación suya de que no valgo para el puesto, señor Ullman —señaló.
—Una de las razones de que el «Overlook» haya perdido tanto dinero consiste en
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la depreciación que se produce todos los inviernos, y que reduce el margen de
ganancias mucho más de lo que podría usted creer, señor Torrance. Los inviernos son
de una crudeza increíble. Para hacer frente al problema contraté a un vigilante
permanente, para que mantuviera encendidas las calderas y fuera rotando diariamente
las partes del hotel que reciben calefacción. Para que fuera reparando las averías que
se produjeran, de manera que los elementos no pudieran ganarnos. Para que estuviera
constantemente alerta a todas y a cada una de las contingencias posibles.
Durante nuestro primer invierno tomé a una familia, en vez de contratar a un
hombre solo, y se produjo una tragedia. Una tragedia horrible.
Ullman miró a Jack con mirada fría.
—Cometí un error, y no tengo inconveniente en admitirlo. El hombre era un
borracho.
Jack sintió que en su boca se dibujaba una mueca áspera y lenta, la total antítesis
de la sonrisa de «relaciones públicas» llena de dientes.
—¿Conque era eso? Me sorprende que Al no se lo haya dicho. Yo he dejado la
bebida.
—Sí, el señor Shockley me dijo que ya no bebía usted. Y me habló también de su
último trabajo… de su último cargo de responsabilidad, digámoslo así. Usted
enseñaba inglés en una escuela preparatoria de Vermont, y tuvo un arranque de mal
genio… creo que no es necesario que sea más explícito. Pero es que, casualmente, yo
creo que el caso de Grady tiene cierta relación, y por eso he traído a la conversación
el tema de su… historia anterior. Durante el invierno del 70 al 71, después de la
restauración del «Overlook», pero antes de nuestra primera temporada, contraté a
ese… ese desdichado que se llamaba Delbert Grady, y que ocupó las habitaciones que
ahora compartirá usted, con su mujer y su hijo. Él tenía mujer y dos hijas. Yo tenía
mis reservas, entre las cuales las principales eran el rigor de la estación invernal y el
hecho de que los Grady se pasarían de cinco a seis meses aislados del mundo exterior.
—Pero eso, en realidad, no es así, ¿verdad?. Aquí hay teléfono y probablemente
también alguna radio de aficionado. Además, el Parque Nacional de las Montañas
Rocosas está dentro del alcance de vuelo de un helicóptero, y estoy seguro de que con
una extensión tan grande deben tener uno o dos de esos aparatos.
—Eso no lo sé —admitió Ullman—. El hotel tiene un emisor y receptor de radio
que el señor Watson le enseñará, y le dará también una lista de las frecuencias en que
debe transmitir si necesita ayuda. Las líneas telefónicas con Sidewinder todavía son
aéreas, y casi todos los inviernos se caen en algún punto; entonces es probable que
queden por el suelo entre tres semanas y un mes y medio. En el cobertizo hay
también un vehículo para la nieve.
—Entonces, el lugar no está realmente aislado.
El señor Ullman parecía apenado.
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—Imagínese que su mujer o su hijo se cayeran por las escaleras y se rompieran el
cráneo, señor Torrance. ¿Pensaría usted entonces que el lugar no está aislado?
Jack comprendió a qué se refería. Un vehículo para la nieve, a toda velocidad, le
permitiría a uno llegar a Sidewinder en una hora y media… con suerte. Un helicóptero
del servicio de rescate de los parques podría llegar en tres horas… en condiciones
óptimas. Pero si había una tormenta de nieve no podría despegar, ni se podía contar
con ir a toda velocidad en un vehículo de esos, aunque se arriesgara uno a salir con
una persona gravemente herida, afrontando temperaturas que podían ser de
veinticinco grados bajo cero… o de cuarenta y cinco, teniendo en cuenta el viento
como factor de enfriamiento.
—En el caso de Grady —continuó Ullman—, yo me hice el mismo razonamiento
que aparentemente se ha hecho el señor Shockley en el caso de usted. La soledad en
sí misma puede ser peligrosa. Es mejor que un hombre tenga consigo a su familia. Si
hay algún problema, pensé, lo más probable es que no sea algo tan urgente como una
fractura de cráneo o un accidente con alguna de las herramientas mecánicas o un
ataque epiléptico.
Un caso grave de gripe, una neumonía, un brazo roto… incluso una apendicitis.
Cualquiera de esas cosas habría dejado tiempo suficiente.
»Sospecho que lo que sucedió fue consecuencia de un exceso de whisky barato
(del cual, sin que yo lo supiera, Grady había hecho una abundante provisión) y de una
extraña reacción a la que antes solían llamar fiebre de encierro. ¿Conoce usted la
expresión? —preguntó Ullman con una sonrisita de suficiencia, dispuesto a explicarla
tan pronto como su interlocutor hubiera admitido su ignorancia; pero Jack, ni corto ni
perezoso, le respondió con rápida precisión:
—Es la forma popular de denominar una reacción claustrofóbica que puede darse
cuando varias personas se encuentran encerradas durante un tiempo prolongado. La
sensación de claustrofobia se exterioriza como aversión hacia la gente con quien uno
se encuentra encerrado. En los casos extremos puede dar como resultado
alucinaciones y violencia, que pueden llevar al asesinato por motivos tan triviales
como una comida quemada o una discusión sobre a quién le toca lavar los platos.
Ullman le miró un tanto perplejo, de lo cual Jack se sintió muy feliz.
Decidió llevar un poco más lejos su ventaja, mientras silenciosamente prometía a
Wendy que conservaría la calma.
—Me imagino que se equivocó usted en eso. ¿Grady les hizo daño?
—Las mató, señor Torrance, y después se suicidó. Asesinó a las pequeñas con un
hacha y a su mujer con una pistola, y con ésta se suicidó.
Tenía una pierna rota. Indudablemente, estaba tan borracho que se cayó por las
escaleras.
Ullman separó ambas manos, mientras miraba virtuosamente a Jack.
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—¿Qué estudios tenía, secundarios?
—En realidad, no —respondió Ullman con cierta rigidez—. Yo pensé que un
hombre… menos imaginativo, digamos, sería menos susceptible a los rigores, a la
soledad…
—Pues ése fue su error —declaró Jack—.Un hombre necio es más propenso a la
fiebre de encierro, de la misma manera que tiene más propensión a matar a alguien
por una partida de naipes o a cometer un robo siguiendo el impulso del momento.
Porque se aburre. Cuando nieva, no se le ocurre otra cosa que mirar la TV o hacer
solitarios, y hacerse trampa cuando no puede sacar todos los ases. No tiene otra cosa
que hacer que quejase a su mujer, reñir a los niños, y beber. Le cuesta dormirse sin oír
más que el silencio. Entonces se emborracha para dormirse; y después se despierta
con resaca. Se pone quisquilloso. Y para colmo se queda sin teléfono y el viento le
tira la antena de televisión y no puede hacer nada más que pensar y hacer trampas en
el solitario y ponerse cada vez más y más quisquilloso. Y por último… bum, bum,
bum.
—¿Y en cambio un hombre más culto, como usted, digamos?
—A mi mujer y a mí nos gusta leer. Yo estoy escribiendo una obra de teatro,
como tal vez le haya dicho Al Shockley. Danny tiene sus rompecabezas, sus libros
para colorear y su radio de galena. Yo tengo idea de enseñarle a leer y también a usar
las raquetas para la nieve. A Wendy también le gustaría aprender a manejarlas. Sí,
creo que podríamos mantenernos ocupados y no tirarnos los trastos a la cabeza unos a
otros si se nos averiara la TV —hizo una pausa—. Y Al le dijo la verdad cuando le
contó que yo había dejado de beber. Lo hice, antes, y la cosa llegó a ser grave; pero
en los últimos catorce meses no he probado ni un vaso de cerveza. No tengo la
intención de traer aquí ni una gota de alcohol, ni pienso que haya oportunidad de
conseguirlo después de que empiece a nevar.
—En eso tiene usted toda la razón —aceptó Ullman—. Pero mientras estén aquí
ustedes tres, los problemas posibles se multiplican. Yo se lo advertí al señor
Shockley, y él me dijo que asumía la responsabilidad. Ahora ya se lo he advertido a
usted y, al parecer, está también dispuesto a asumiría.
—Así es.
—De acuerdo. Lo aceptaré, ya que no tengo otra opción. Pero así y todo, yo
preferiría tener un joven universitario sin familia que quisiera tomarse un año de
descanso. En fin, es probable que usted lo haga bien.
Ahora lo llevaré a ver al señor Watson, que le enseñará el sótano y los terrenos
adyacentes al hotel. A menos que tenga usted que hacerme alguna pregunta.
—No, ninguna.
Ullman se puso de pie.
—Espero que no queden entre nosotros resentimientos, señor Torrance. En las
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cosas que le he dicho no hay nada personal. Lo único que quiero es lo que sea mejor
para el «Overlook». Es un gran hotel, y quiero que siga siéndolo.
—Claro que no hay ningún resentimiento —le aseguró Jack, de nuevo con la
sonrisa de «relaciones públicas», pero se alegró de que Ullman no le ofreciera la
mano. Vaya, si había resentimientos. De todas clases.
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2. BOULDER
Al mirar por la ventana de la cocina lo vio sentado en el borde de la acera, sin jugar
con los camiones ni el vagón, ni siquiera con el planeador de madera de balsa que
tanto le había divertido durante toda la semana anterior, desde que Jack se lo llevó.
Simplemente estaba ahí sentado, esperando que apareciera el descolorido
«Volkswagen», con los codos apoyados en las piernas para sostenerse el mentón con
ambas manos: un chiquillo de cinco años que esperaba a su padre.
De pronto Wendy se sintió mal, casi a punto de llorar.
Colgó el paño de la barra que había junto al fregadero y bajó la escalera mientras
se abotonaba los dos botones superiores de la bata. ¡Jack y su orgullo! Eh, no, Al no
necesito un adelanto. Voy tirando por ahora. Las paredes del pasillo estaban llenas de
rayaduras, de marcas de tiza y de lápices, de pintura. La escalera, empinada, llena de
astillas. El edificio entero olía a rancio, y ¿qué lugar era ese para Danny, después de
la pulcra casita de ladrillos de Stovington? Los que vivían encima, en el tercero, no
estaban casados y, por más que a Wendy eso no le preocupara, la inquietaban en
cambio las peleas, constantes, rencorosas. Le daban miedo. El hombre se llamaba
Tom, y cuando los bares cerraban y ellos regresaban a casa, empezaban las peleas en
serio… en comparación, el resto de la semana se les iba en preliminares. Las «peleas
nocturnas de los viernes» como las llamaba Jack; pero no eran ninguna broma. La
mujer, que se llamaba Elaine, terminaba siempre entre lágrimas, repitiendo una y otra
vez: «No, Tom. Por favor, no. Por favor, no.» Y él le gritaba. Una vez habían llegado
incluso a despertar a Danny, que dormía como una piedra. A la mañana siguiente,
Jack se había encontrado con Tom al salir y había estado un rato hablando con él en
la acera. Tom empezó a fanfarronear, Jack le dijo algo más, en voz demasiado baja
para que Wendy lo oyera, y el otro se limitó a sacudir hoscamente la cabeza y se
marchó. Había sido la semana pasada y durante unos días las cosas fueron mejor,
pero desde el fin de semana habían vuelto otra vez a la normalidad… mejor dicho, a la
anormalidad. Y eso era malo para el niño.
La sensación de congoja volvió a inundarla, pero ya había llegado a la acera y la
dominó. Alisándose el vestido, se sentó junto a su hijo en el bordillo de la acera.
—¿Qué pasa, doc[1]?
El chiquillo le sonrió, pero superficialmente.
—Hola, ma.
Tenía el planeador entre los pies, calzados con playeras, y Wendy advirtió que
una de las alas estaba rajada.
—¿Quieres que vea si puedo arreglártelo, cariño?
Danny había vuelto a quedarse con los ojos fijos en la calle.
—No, papá me lo arreglará.
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—Es probable que papá no vuelva hasta la hora de la cena, doc. Estos recorridos
de montaña son muy largos.
—¿Tú crees que se romperá el cacharro?
—No, eso no.
Pero el niño le había dado un nuevo motivo de preocupación. Gracias, Danny.
Era lo que me hacía falta.
—Papá dijo que era posible —le informó Danny con tono realista, casi aburrido
—. Dijo que la bomba de la gasolina se iba a la mierda.
—No digas eso, Danny.
—¿Bomba de la gasolina? —lo preguntó con auténtica sorpresa.
Wendy suspiró.
—No, «se iba a la mierda». No digas eso.
—¿Por qué?
—Es vulgar.
—¿Qué es vulgar, ma?
—Es como cuando te hurgas la nariz en la mesa o vas a hacer pis y no cierras la
puerta del baño. O decir cosas como «se iba a la mierda». Mierda es una palabra
vulgar. La gente educada no la dice.
—Papá la dice. Mientras miraba el motor del coche dijo: «Cristo, la bomba de la
gasolina se va a la mierda.» ¿Papá no es gente educada?
— ¿Cómo te metes en estas cosas, Winnifred? ¿Las practicas?
—Claro que sí, pero además es una persona mayor, y tiene mucho cuidado de no
decir cosas así en presencia de personas que no las entenderían.
—¿Cómo el tío, Al, quieres decir?
—Sí, exactamente.
—Y cuando yo sea mayor, ¿puedo decirlo?
—Me imagino que sí, aunque a mí no me guste.
—¿A qué edad?
—¿Qué te parece a los veinte, doc?
—Es mucho tiempo para esperar.
—Sí, creo que sí, pero inténtalo.
—Bueno.
El niño volvió a quedarse mirando la calle. Sus músculos se contrajeron un poco,
como si fuera a levantarse, pero el coche que venía era mucho más nuevo y de un
rojo más brillante. Volvió a descansar. Wendy pensaba en lo difícil que debía de haber
sido para él la mudanza a Colorado. Aunque el niño no hubiera dicho una palabra, a
ella le preocupaba el tiempo que pasaba solo. En Vermont, tres de los colegas de Jack
en la facultad tenían niños de la edad aproximada de Danny —y además, estaban las
clases—, pero en este barrio el chico no tenía con quién jugar. La mayoría de los
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apartamentos estaban ocupados por estudiantes universitarios, y de los pocos
matrimonios que vivían en Arapahoe Street, eran muy escasos los que tenían hijos.
Wendy había visto tal vez una docena que estarían ya en la escuela secundaría o al
término de la primaria, tres bebés y nada más.
—Mami, ¿por qué se quedó sin trabajo papá?
Arrancada bruscamente de su ensueño, Wendy buscó desesperadamente una
respuesta. Ella y Jack se habían planteado distintas maneras de hacer frente a esa
pregunta de Danny, que iban desde la evasión hasta la verdad pura y simple, sin
adornos. Pero el pequeño jamás había hecho la pregunta. Y se la hacía ahora,
justamente cuando ella estaba deprimida y menos preparada que nunca para recibirla.
El niño la miraba, leyendo tal vez la confusión en su rostro y formándose sus propias
ideas sobre el asunto. Pensó que, para los niños, los motivos y las acciones de los
adultos deben parecer tan enormes y amenazadores como los animales peligrosos que
se vislumbran entre las sombras de un bosque, en la oscuridad. Y que deben sentirse
llevados y traídos como marionetas, sin tener más que muy vagas nociones del por
qué. La idea la llevó otra vez peligrosamente al borde de las lágrimas, y mientras
luchaba contra ellas, se inclinó a recoger el planeador y empezó a darle vueltas entre
las manos.
—Papá dirigía el grupo de controversia, Danny. ¿Te acuerdas de eso?
—Claro —respondió el niño—. «Discutir es disputar, pero por gusto»,
¿era eso?
—Eso mismo.
Con los ojos fijos en la marca («SPEEDOGLIDE») y en las calcomanías azules
de las alas, sin dejar de dar vueltas y más vueltas al planeador, Wendy se encontró
contándole a su hijo la verdad exacta.
—En el grupo había un muchacho que se llamaba George Hatfield, a quien papá
tuvo que excluir, porque no era tan bueno como los demás.
George dijo que papá lo había excluido porque le tenía antipatía, no porque él no
sirviera. Y después hizo algo muy feo. Creo que eso tú lo sabes.
—¿Fue él quien nos pinchó los neumáticos del coche?
—Sí, eso es. Fue después de clase, y papá lo pilló haciéndolo —Wendy volvió a
vacilar, pero ya no era cuestión de evasiones; la alternativa se reducía a decir la
verdad o mentir—, Papá… a veces hace cosas que lamenta después. No piensa como
debería. No es que le suceda muy a menudo, pero a veces sí.
—¿Hizo daño a George Hatfield como la vez que yo le desparramé todos sus
papeles?
A veces…
(Danny con un brazo escayolado.)
…hace cosas que lamenta después.
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Wendy parpadeó furiosamente para hacer retroceder las lágrimas.
—Algo así, cariño. Papá golpeó a George para que dejara de pincharle los
neumáticos, y éste le dio un golpe en la cabeza. Entonces las personas que dirigen la
escuela decidieron que George no podía seguir siendo alumno y que papá no podía
seguir siendo profesor —ya sin palabras, se detuvo, aterrorizada, en espera del
diluvio de preguntas.
—Ah —murmuró Danny, y volvió a quedarse mirando la calle.
Aparentemente, el tema se había agotado. Ojalá ella pudiera darlo tan fácilmente
por terminado.
Se levantó.
—Voy arriba a preparar una taza de té, cariño. ¿Quieres un par de galletas y un
vaso de leche?
—Prefiero esperar a papá.
—No creo que llegue a casa mucho antes de las cinco.
—Tal vez venga temprano.
—Tal vez —coincidió Wendy—. Tal vez sí.
Se alejaba ya por la acera cuando el niño la llamó.
—¿Mami?
—¿Qué hay, Danny?
—¿Tú quieres que nos vayamos a vivir a ese hotel todo el invierno?
Y ahora, ¿cuál de las cinco mil respuestas darle? ¿La que había sentido ayer, o
anoche, o esta mañana? Todas eran diferentes, abarcaban todo el espectro, desde el
rosado más feliz a un negro mortal.
—Si eso es lo que papá quiere, yo estoy de acuerdo —hizo una pausa—. ¿Y tú?
—Supongo que sí —contestó finalmente el niño—. Aunque no hay mucha gente
con quien jugar allí.
—Echas de menos a tus amigos, ¿no es eso?
—A veces echo de menos a Scott y a Andy. Y casi a ninguno más.
Wendy volvió junto a su hijo para besarlo, y le alborotó el pelo rubio que
empezaba a perder la sedosidad de la infancia. Era un muchachito muy solemne, y en
ocasiones Wendy se preguntaba cómo se las arreglaba para sobrevivir teniéndolos a
ella y a Jack como padres. ¡Con tantas esperanzas como habían empezado, para verse
reducidos a ese sórdido edificio de apartamentos en una ciudad que no conocían! La
imagen de Danny escayolado volvió a alzarse ante ella. En el Servicio de
colocaciones de Dios, alguien se había equivocado, y a veces Wendy temía que fuera
un error que jamás se podría rectificar y que tendría que pagar el más inocente de
todos.
Abrazó fuertemente al niño y le dijo:
—Cuida de no bajarte a la calle, doc.
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—Sí, mami.
Wendy volvió a subir, entró en la cocina y puso a calentar el agua para el té. Dejó
un par de galletas en un plato, por si Danny decidía subir mientras ella estaba
recostada. Con el gran tazón de cerámica frente a ella, se sentó a la mesa y volvió a
mirar al niño por la ventana; seguía sentado al borde de la acera, con sus tejanos y la
camisa de color verde oscuro de la escuela, demasiado grande para él. El planeador
estaba caído a su lado. Las lágrimas que le habían amenazado durante todo el día la
invadieron súbitamente y Wendy, envuelta en el vapor rizado y fragante de la tetera,
estalló en llanto. Llanto de dolor y pérdida por el pasado, de terror ante el futuro.
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3. WATSON
Tuvo usted un arranque de mal genio, había dicho Ullman.
—Bueno, pues aquí está el horno —dijo Watson mientras encendía una luz en la
oscura habitación que olía a humedad. Era un hombre musculoso, de pelo alborotado,
camisa blanca y pantalones verde oscuro.
Abrió una puertecilla enrejada que había en la panza del horno y él y Jack se
inclinaron para mirar dentro.
—Ésta es la luz piloto.
Un incesante chorro azul blancuzco se elevaba con un silbido; fuerza destructiva
canalizada, pensó Jack, pero la palabra clave era destructiva, no canalizada: si metía
uno la mano ahí dentro, en tres segundos o menos la tendría asada.
Un arranque de mal genio.
(Danny, ¿estás bien?)
El horno, indudablemente el más grande y el más viejo que Jack había visto en su
vida, llenaba todo el recinto.
—El piloto tiene un seguro —le explicó Watson—. Este pequeño automático que
hay aquí mide el calor. Si baja de cierto punto, el automático acciona un timbre que
suena en sus habitaciones. Las calderas están al otro lado de la pared. Ahora se las
enseñaré.
De un golpe cerró la puertecilla enrejada y, por detrás del férreo bulto del horno,
condujo a Jack hacia otra puerta. El hierro irradiaba hacia ellos un calor abrumador y,
sin saber por qué, Jack pensó en algún enorme gato que dormitara. Watson hizo
tintinear las llaves, mientras silbaba.
Un arranque de…
(Cuando volvió a entrar en su despacho y vio a Danny allí, de pie, vestido sólo
con unas bragas y una sonrisa, una roja y lenta nube de rabia le había eclipsado la
razón. En el fondo de su alma pensó que todo había ocurrido lentamente, pero de
hecho debió ocurrir en menos de un minuto.
Esa presunta lentitud debía ser la misma que induce a pensar que son lentos
algunos sueños. Las pesadillas. Parecía como si, en el rato que estuvo fuera, todas las
puertas y los cajones de su despacho hubieran sido saqueados. Y el armario, los
estantes, la biblioteca de puertas corredizas. Todos los cajones de la mesa aparecían
abiertos. Su manuscrito, la comedia en tres actos sobre la que venía trabajando
lentamente, basada en una novela corta escrita siete años atrás, antes de graduarse,
estaba desparramada por todo el suelo. Jack estaba bebiéndose una cerveza mientras
corregía el segundo acto, cuando Wendy le dijo que lo llamaban por teléfono, y
Danny le había volcado sobre las páginas la lata de cerveza. Para ver la espuma,
probablemente. Para ver la espuma, para ver la espuma: las palabras se repetían y se
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repetían en su mente como un acorde que alguien tocara mal en un piano desafinado,
cerrando el circuito de su rabia. Lentamente avanzó hacia su hijo de tres años que lo
miraba con sonrisa complacida, encantado con lo que acababa de hacer, con pleno
éxito, en el despacho de papá; Danny empezó a decir algo y en ese momento le aferró
la mano y se la dobló para hacerle soltar la goma de borrar y el lápiz portaminas que
tenía en ella. Danny había dado un gritito… no… no… a decir verdad, fue un chillido.
¡Qué difícil era recordarlo todo a través de la bruma de cólera, el golpe seco y
desafinado de ese único acorde! Wendy preguntando desde alguna parte qué pasaba…
Con voz debilitada, amortiguada por la bruma interna. Eso era cuestión entre ellos
dos. Jack había hecho girar a Danny para darle unos azotes mientras los gruesos
dedos del adulto se hundían en la delicada carne del pequeño antebrazo, apretando
hasta cerrar el puño. El chasquido del hueso al romperse no había sido muy fuerte,
no; bueno sí, había sido muy fuerte, ENORME, pero fuerte no. Como ruido, apenas lo
suficiente para abrirse paso como una flecha a través de la bruma roja; pero en vez de
dejar entrar la luz del sol, ese ruido había dejado paso a las nubes oscuras del
remordimiento y la vergüenza, del terror, de la angustiosa convulsión del espíritu. Un
ruido preciso, que dejaba de un lado el pasado y todo el futuro del otro, un sonido
como el que hace un lápiz cuando se quiebra, o una astilla para el fuego, cuando uno
la rompe contra la rodilla. Hubo un momento de espantoso silencio en el otro lado, tal
vez por respeto hacia el futuro que comenzaba, hacia todo el resto de su vida. Ver
cómo el rostro de Danny se vaciaba de color hasta ponerse como el papel, verle los
ojos, grandes, agrandándose más aún, poniéndose vidriosos, y estar seguro de que se
desplomaría muerto en el charco de cerveza y de papeles; y su propia voz, débil y
ebria, farfullando, procurando hacer que todo retrocediera, buscando una manera de
esquivar ese ruido no demasiado fuerte de hueso que se quiebra y de volver al
pasado, como si hubiera un statu quo en la casa, preguntando: Danny, ¿estás bien? El
alarido de Danny por respuesta y después Wendy, aterrada, boquiabierta al
acercárseles y ver ese ángulo tan raro que formaba el antebrazo de Danny con el
codo; en el mundo de las familias normales no había brazos que articularan así. El
grito de ella al abalanzársele para tomarlo en brazos y el balbuceo insensato: Oh
Dios, Danny, oh Dios querido, oh santo Dios, tu pobre bracito; y él parado, aturdido,
estúpido, tratando de comprender cómo podía haber sucedido una cosa así. Siguió allí
parado y sus ojos se encontraron con los de su mujer y en ellos vio que Wendy lo
odiaba.
En ese momento no se le ocurrió lo que podía significar prácticamente ese odio;
sólo más adelante cayó en la cuenta de que esa noche ella podría haberle abandonado,
haberse ido a un motel, haber presentado una demanda de divorcio a la mañana
siguiente; o haber llamado a la Policía. Lo único que vio fue que su mujer lo odiaba y
eso le hizo sentirse abrumado, completamente solo. Horriblemente mal. Es lo que se
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sentía al acercársele a uno la muerte. Después, Wendy corrió hacia el teléfono para
marcar el número del hospital, con el vociferante hijo común sostenido en el nido del
brazo, sin que él se moviera; se quedó parado, en medio de su despacho en ruinas,
oliendo a cerveza y pensando…)
Tuvo un arranque de mal genio.
Ásperamente, se pasó la mano sobre los labios y siguió a Watson al cuarto de
calderas. Allí había humedad, pero no era solamente la humedad lo que le cubrió de
un sudor enfermizo y pegajoso la frente, el vientre, las piernas. Era el recuerdo, esa
cosa total capaz de hacer que aquella noche de hacía dos años pareciera un momento,
hacía dos horas. No había distancia en el tiempo. Volvieron la vergüenza y la
repulsión, la sensación de no valer nada, esa sensación que le empujaba a tomar un
trago, lo cual era motivo de una desesperación aún más negra. ¿Habría alguna vez
una hora, no digamos una semana ni un día siquiera, nada de eso, una simple hora de
vigilia en que la ansiedad de beber no lo tomara así, por sorpresa?
—La caldera —anunció Watson. Se sacó del bolsillo de atrás del pantalón un
pañuelo azul y rojo, se sonó las narices con un bocinazo y volvió a hacer desaparecer
el pañuelo, no sin mirarlo brevemente para ver si encontraba algo interesante.
La caldera se erguía sobre cuatro bloques de cemento; era un largo depósito
cilíndrico de metal, recubierto de cobre y remendado en muchas partes. Se extendía
bajo una confusión de cañerías y conductos que zigzagueaban hacia arriba hasta
perderse en el techo del sótano, alto y decorado de telarañas. A la derecha de Jack,
dos grandes tubos de calefacción atravesaban la pared que los separaba del horno
colocado en la habitación contigua.
—Aquí está el manómetro —Watson le dio un golpecito—. Mide en libras por
pulgada cuadrada. Me imagino que eso ya lo sabe. Ahora lo tengo en cien, y por la
noche las habitaciones están un poco más frías, pero no hay muchos clientes que se
quejen, qué demonios. De todas maneras, en setiembre se enloquecen por venir.
Aparte, esta nena está vieja. Tiene más remiendos que un mono conseguido en la
seguridad social —de nuevo asomó el pañuelo. Bocina. Mirada. Desaparición.
—Me pesqué un maldito resfriado —le confió Watson—, como me pasa siempre
en setiembre. Primero aquí abajo con esta vieja puta, después afuera cortando el
césped o rastrillando esa cancha de roque. Primero enfriamiento, después resfriado,
solía decir mi anciana madre, que Dios bendiga. Murió hace seis años, de cáncer.
Cuando lo agarra a uno el cáncer, más vale que vaya haciendo testamento.
»Necesitará mantener la presión en no más de cincuenta o sesenta. El señor
Ullman dice de calentar un día el ala oeste, al siguiente el ala central, un día después
el ala este. ¿No está chiflado? Qué odio le tengo a ese cabrón. Ladrando todo el día lo
mismo que uno de esos perritos que le muerden a uno en el tobillo y después se
ponen a correr por ahí meando toda la alfombra. Si los sesos fueran pólvora, no le
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alcanzarían para volarse la nariz. Es una lástima, las cosas que hay que ver cuando
uno tiene un arma.
»Fíjese aquí. Este registro se abre y se cierra con estas anillas. Yo lo tengo todo
marcado. Todas las cañerías que tienen etiquetas azules van a las habitaciones del ala
este. Las de etiqueta roja van al medio, las amarillas al ala oeste. Cuando vaya a
calentar el ala oeste tiene que acordarse que es la parte del hotel que sufre realmente
el clima. Cuando sopla viento, esos cuartos se ponen peor que una mujer frígida con
un cubo de hielo ya sabe dónde. Cuando sopla el viento del oeste ya puede llevar la
presión a ochenta. Es lo que haría yo, en todo caso.
—Los termostatos de arriba… —empezó a decir Jack, pero el otro sacudió
vehementemente la cabeza. El pelo, esponjoso, le ondulaba sobre el cráneo.
—No están conectados. No están ahí más que de adorno. Alguna de la gente que
viene de California no está conforme si no tiene calor suficiente para cultivar
palmeras en los jodidos dormitorios. Todo el calor viene de aquí abajo. Pero tiene que
vigilar la presión. ¿Ve cómo va subiendo?
Dio un golpecito sobre el dial principal, que de cien libras por pulgada cuadrada
había pasado a marcar ciento dos durante el soliloquio de Watson.
Jack sintió que un escalofrío le recorría rápidamente la espalda y tuvo una
premonición funesta. Después Watson dio una vuelta al regulador de presión, para
hacer bajar la caldera. Se produjo un silbido y la aguja cayó bruscamente a noventa y
uno. Watson cerró la válvula y el silbido se extinguió, como de mala gana.
—Ya ve que se sube —continuó Watson—. Pero dígaselo a ese gordo de Ullman,
con cara de pájaro carpintero, y lo único que hará será sacar sus libros y pasarse tres
horas demostrándole que hasta 1982 no se puede comprar otra. Le aseguro a usted
que el día menos pensado todo esto va a volar hasta el cielo, y espero que ese gordo
cabrón esté aquí para montar en el cohete. Dios, ojalá pudiera ser yo tan caritativo
como era mi madre. Ella sí que era capaz de ver algo bueno en todos. Lo que es yo,
soy tan bueno como una serpiente con sarna. Qué demonios, uno no puede ir en
contra de su naturaleza.
»Bueno, tiene que acordarse de bajar aquí dos veces por día y otra vez, por la
noche antes de meterse en la piltra. Tiene que comprobar la presión. Porque si se
olvida, irá subiendo y subiendo y lo más probable es que usted y toda su familia se
despierten en la maldita Luna. Con que la baje un poquito ya no tendrá problemas.
—¿Cuál es el límite?
—Bueno, está regulada para dos cincuenta, pero mucho antes de llegar a tanto
habrá volado. No me haría usted bajar y estarme junto a ella si esa aguja estuviera
marcando ciento ochenta.
—¿No tiene interruptor automático?
—No, qué va a tener. Cuando construyeron esto no se exigían esas cosas. Ahora
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el gobierno se mete en todo, ¿no? El FBI le abre las cartas, la CIA le llena la casa de
malditos micrófonos… y mire lo que le pasó al Nixon.
¿No fue un espectáculo penoso?
»Pero con que baje usted regularmente a vigilar la presión, andará estupendo. Y
acuérdese de alternar los conductos esos como él quiere. No quiere que ninguna de
las habitaciones esté a mucho más de diez grados, a no ser que tengamos un invierno
asombrosamente suave. Y el apartamento de ustedes lo puedan mantener a la
temperatura que quieran.
—Y de las cañerías, ¿qué hay?
—Sí, a eso iba. Es por aquí, pasando este arco.
Entraron en una habitación rectangular que daba la impresión de tener kilómetros
de largo. Watson tiró de un cordón y una sola bombilla de 60 vatios arrojó un
resplandor enfermizo y vacilante sobre el lugar donde se hallaban. Hacia delante
estaba el fondo del pozo del ascensor, con sus cables cubiertos de grasa que se
deslizaban sobre poleas de seis metros de diámetro

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