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El secreto de Angela – Rodrigo Mendez

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olores de la noche: desde las notas dulces de los perales mezcladas con infusiones de canela, hasta el aliento evaporado del Río Magdalena que también roncaba a
placer.
Afuera, más allá del jardín de cerezos franqueado por los muretes de piedra, el mundo seguía impávido: las mujeres atravesaban el Puente del Altillo con la bolsa del
pan dulce en la mano; los ancianos se quitaban el sombrero al saludar, los adolescentes hambrientos se daban el último beso bajo las farolas y los niños perseguían
culebras de agua.
Recargada en la puerta de la capilla de San Antonio Panzacola, Madame Madeleine saludaba alegre a los transeúntes. Su sonrisa franca y enigmática era capaz de
borrar la tristeza del mundo. Era tan bella como prudente, con su largo cabello rojo y unos ojos llenos de candor que parecían haber salido de algún cuadro de esos que
ya no se pintan. Siempre con algún consejo que dar; una falda vieja a quien regalar o tricotando suéteres de punto para las niñas en tiempos de invierno. Aquella era un
alma desprendida de cualquier vicio o maldad.
La campana del templo comenzó a sonar tan fuerte que parecía que temblaba. Los niños abandonaron sus juguetes en el piso y entraron corriendo como tromba
hasta el sagrario; para ellos parecía un juego, pero no para Madame Madeleine que puso una cara seria y comenzó a gritar con desesperación:

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¡Ángela, ¿dónde estás?!
¡Ángela, regresa pronto!
¡Ángela, mi pequeña!
El viento comenzó a soplar más fuerte. Esta vez, el ventanal acalló los sonidos del otro mundo; poco faltó para que el vidrio se rompiera. Ángela despertó de forma
intempestiva y aferró los brazos al pecho. Sudaba de forma copiosa; las manos le temblaban y la respiración rugía entrecortada. De vuelta a la realidad. Se arrimó hacia
un extremo de la cama y prendió la lámpara del buró. Se levantó y se dirigió a la sala. Puso a caminar el tocadiscos y colocó un elepé de Françoise Hardy. Al menos por
instantes, la tenebrosa nada calló con aquella voz de mil primaveras arrojadas al cielo iluminándole el corazón:
Quand je me tourne vers mes souvenirs
je revois la maison où j’ai grandi.
Il me revient des tas de choses
je vois des roses dans un jardin.
Là où vivaient des arbres, maintenant, la ville est là
et la maison, les fleurs que j’aimais tant n’existent plus.
Cuando me vuelvo hacia mis recuerdos.
Veo nuevamente la casa en la que he crecido.
Y me vienen otra vez montones de cosas.
Veo rosas en un jardín.
Allí donde vivían árboles, ahora está la ciudad.
Y la casa, las flores que me gustaban tanto, ya no existen.
Primer canto
Afuera no reía nadie ni se escuchaba campana alguna; el reloj marcaba las dos de la madrugada, los gatos colgaban tiesos de las cornisas y no había rastro de Madame
Madeleine. El sueño había terminado.
Ángela se acordó de su muerte, de las últimas horas al lado de aquella buena mujer que se dedicó en cuerpo y alma a su educación y crianza. La abrazó junto al lecho
como una hija abraza a su madre, sin pronunciar palabra alguna, compartiendo la dicha de respirar en simultáneo las mismas flores, la misma vida, por última vez.
Ángela lo recordaba todo, hasta el más mínimo detalle. La caminata hasta el convento, los olores a incienso, los San Franciscos de cantera con los pájaros revoloteando
en su tazón con agua, las bancas del locutorio. El adiós a la infancia. El adiós a Oaxaca. La recibió Madame Daniela, –la madre superiora–, con el sabor a tragedia en los
labios y murmurando con pesar: –se nos muere, pequeña, se nos muere–. Ángela no pareció turbarse, más bien respondió con toda calma: –Se nos duerme, madre, se
nos duerme–.
La recámara destilaba perfumes frutales y esencias de sándalo, una atmósfera que ayudaba a desorientar los olores de la enfermedad, una burbuja protectora de paz
interior. Un crucifijo de madera contemplaba con misericordia a Ángela, un guardián de formas desiguales que parecía una obra de arte abstraccionista más que un objeto
de devoción.
A sus cuarenta y tres años, Madame Madeleine, conservaba una vitalidad que todavía se reflejaba en la frescura de su tez.
–Mamá, yo… no sé qué decir, estás muy bella –dijo Ángela con lágrimas en los ojos.
–Mi niña hermosa, así es como te llamé desde el principio y así es como te veo ahora. Recuerdo cuando cumpliste dos añitos, con tu dedito pulgar aferrado a la boca
y el ombligo de la pancita retumbando por tantas cosquillas –respondió Madame.
–Cierto que me hacías reír mucho, de eso no me he olvidado; todavía me duele el estómago de la última vez.
–¡Soledad!, ¡querida traviesa!, ¿dónde tramarás la siguiente fechoría?, ¡ven y dame un beso! Hace tanto tiempo que tocaste mi frente por última vez.
–Claro que sí, Madame; ya sabes que eres mi favorita en el mundo y no podría oponerme a tus deseos –contestó la bella tunante, que no se separaba de Ángela por
ningún motivo.
–Te traje una canasta, mamá; ya sé que las reglas son muy estrictas, pero no veo por qué la madre superiora tendría algo que objetar. Tiene algunas cremas, jabones
herbales, emplastos y ramitas de incienso de canela, tus favoritas –dijo Ángela, colocando su mano en el pecho de su madre, donde el oscuro mal la roía por dentro.
–No tenías que molestarte, hija; aquí tengo todo lo que necesito, pero te lo agradezco.
Después de varios minutos de recíproco intercambio de palabras amables, Madame Madeleine recargó su cuerpo sobre la cabecera de la cama, y con tono grave, dijo:
–Ha llegado el momento y no hay lugar para más preámbulos. Soledad, mi niña inquieta, hay un gran futuro por delante y una tarea muy importante por cumplir;
permanece incólume, siempre incólume, que el espíritu indomable que te ha acompañado desde el día que naciste te proteja y te cuide. Cuida a Ángela.
Ni una sola lágrima perturbó el rostro de Soledad. Aquella mujer era una estatua invicta, un símbolo de entereza esculpida con los granos de sal más resistentes del
mundo.
De nueva cuenta a un lado del lecho, se acercó a la moribunda y con palabras sencillas dijo:
–¡Eres la mejor, Madame!, ¡la mejor!, ¡nunca te olvidaré!
Ángela apretó los labios y tomó fuerzas de quién sabe dónde; su madre decía adiós. Se miraron a los ojos por una eternidad como se observa al mar en busca de
respuestas, entonces, Madame Madeleine interrumpió el silencio.
–Tu madre está viva, está esperándote del otro lado. Debes encontrarte con ella.
–¿Qué?, ¿cómo es eso posible? –respondió Ángela atónita.
–La foto, la foto del buró de mi cama, la foto que te llevaste cuando eras niña y que supongo guardaste en tu cajita de los secretos, la que al reverso dice con tinta
negra Mamá de Ángela, es tuya naturalmente; la hija debe volver a la colmena, así debe ser.
–¿Por qué ahora?, ¿por qué este silencio durante tantos años?, si de verdad mi mamá está viva, ¿por qué no me buscó? –dijo Ángela apretando la mano de Madame
Madeleine.
–No podía porque entonces tu vida habría corrido peligro; ha tenido que esperar en las tinieblas, esperando, esperando pacientemente los días y los años; hace tanto
tiempo que suspira por ti.
–¿Dónde buscar?, ¿dónde está ella ahora?
–No lo sé con certeza, su rastro se ha desvanecido; es como una criatura huérfana de la noche, llorando y suspirando por el dolor. Lo siento, pero era la única manera
de hacer cumplir mi promesa del pasado.
–¿Cuál promesa?
–La de volver a encontrarse contigo.
–¿Qué pasado?, ¿por qué no me dices todo de una vez?
–Porque no me pertenece, me lo he robado como la egoísta ladrona que soy. Solo he sido una depositaria temporal, una garantía a punto de expirar. Tenía que
protegerte, ocultarte del mundo, mantenerte a salvo; un abismo estaba cerca, muy cerca, no podía permitir que te pusiera las manos encima, pero ahora tienes que
regresar –murmulló Madeleine con las últimas fuerzas del cuerpo abandonándole casi por completo.
–¡No, mamá!, ¡no otra vez!, te lo pido por favor, soy yo, tu hija, el fruto de tus entrañas aunque no sean las del cuerpo.
–No lo olvides, Ángela. Recuerda: tienes que encontrarla, hagas lo que hagas no te desvíes del camino.
Un alarido invadió aquella maltrecha habitación donde madre sustituta e hija artificial se fundieron en un fuerte abrazo. Ángela se aferró a aquel cuerpo como si la
existencia del mundo dependiera de ello. No se dio cuenta cuando Madame Madeleine expiró, un susurro que alcanzó a rozar con su aliento dulce el borde de sus
párpados.
*
El teléfono hizo vibrar la casa y disipó los recuerdos de Ángela. El repique sonaba mortecino; a esa hora todas las llamadas parecen un anuncio de mal agüero, las
parejas rompen relaciones de años, la gente muere, los niños lloran. La voz se escuchaba entrecortada, cargada de ondas eléctricas y sollozos. Soledad era una madeja que
lloraba gruesos hilos de tristeza; al menos eso era lo que Ángela interpretó desde el otro lado de la línea. Hacía mucho que no lloraban juntas.
–¿Quién habla? –preguntó Ángela fingiendo sorpresa.
–Soy yo –respondió secamente Soledad.
–¿Qué ha ocurrido?
–Él me dejó.
–¿Por qué?
–Porque soy la persona que más lo amó.
–¿A dónde fue?
–¿Acaso eso importa?
–No ciertamente.
–¿Me acompañas a caminar?
–Sí.
Las dos se imaginaron recorriendo, codo a codo, una pasarela de agua tan larga que parecía fundirse con el infinito, hasta que amaneció.
Capítulo II
Lluvia
Sentado en la silla del comedor; sin rasurar, sin vestir, sin bañar, Alejandro fijaba sus pensamientos en una grabadora. La cabeza le daba vueltas; en el piso
sangraban las botellas de vino tinto, había libros de pasta desgastada subrayados con tinta negra y ristras de cebolla empapadas con salsa de tomate rancia. Acababa de
descubrir una verdad que se le revelaba como una sentencia condenatoria que amenazaba con desaparecerlo de la faz de la tierra. Tenía miedo de perder la memoria, le
obsesionaba que el mundo a su alrededor dejara de registrarlo como un ente de razón, como una sombra pasajera que pasa sin advertir su presencia.
Todos los días antes de salir a trabajar, Alejandro se dedicaba a espulgar; en los rincones de su mente, algún evento o acto digno de ser resaltado para reafirmarse en
la realidad. Pero su vida parecía no ser lo suficientemente interesante; pensaba que solo las cosas especiales o extraordinarias podían llenar ese vacío que la muerte se
encargaría de cubrir con su partida.
Se levantó de la silla y se dirigió a la cocina. Seguía aturdido pero consiguió asirse a este mundo por el gemido de sus entrañas; no había comido nada desde la tarde
anterior. Afuera, más allá del balcón donde un par de plantas secas yacían muertas de pie, el sol emitía una luz pobre, una sirena de ambulancia regurgitaba su fétido
aliento de enfermo sobre Avenida Cuauhtémoc, el silbato del afilador se unía a la campana del camión de basura en un desangelado concierto y los pájaros trinaban
melancólicos al vacío. Entonces tomó la grabadora y comenzó:
Corre el año de 1993, el mes es diciembre,
no hace un frío de perros, pero el mundo
jamás te pareció más gélido que ahora.
Abres el refrigerador y no encuentras calidez,
estás más jodido que un anacoreta del Tibet,
solo hay una Heineken y un queso provolone
echado a perder por los hongos verdes.
Piensas qué harían tus padres ahora,
quizá estarían en el cine o escuchando
una canción vieja por la sinfonola.
Los echas de menos, ¡claro!,
a pesar de que ya eres un hombre adulto
recuerdas las mañanas obscuras cuando
salías con tu padre a correr; también
de las noches de poesías de Mallarmé con tu madre.
Naturalmente, es la última imagen que te dejó feliz
porque fueron los momentos de rutina
que compartiste con ellos antes de morir,
los que valen la pena.
No los lloraste porque estabas
demasiado sorprendido como para comprender,
pero, con todo, el sepelio no fue un momento trágico.
Te acordaste de sus risas, sus momentos de debilidad,
sus regaños y la forma en la que se besaban;
jamás viste a pareja alguna hacerlo con tal emoción.
Por las mañanas, en tu mente infantil recuerdas
cómo se miraban por primera vez:
parecía que volvían a nacer.
Pasaron los meses y entonces sí te pusiste triste

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