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Libro El secreto de Arunda – José Barroso

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El asaltado duda un
instante, recompone su porte y contesta:
—El mismo, César Batista.
¿De qué nos conocemos?
—No somos conocidos,
pero sé que acortásteis la agonía de mi
padre antes de su ejecución —explica el
desconocido mientras devuelve la bolsa
con las monedas intactas. ―Toda
Sevilla reconocería a la única buena
persona que sirve al obispo.
—Me alegra oír eso, pero
yo no sirvo al obispo, sirvo a Dios —
responde Batista, mientras aparta la cara
en un intento por alejar la halitosis.
El desconocido desaparece
tan sigilosamente como llegó, a la vez
que Batista continua su camino por las
callejuelas aledañas a la plaza del
obispado.
La fachada del obispado está
decorada con unas impresionantes
gárgolas entre demoníacas y divinas. Se
dice que fueron encargadas para la
catedral, pero que el obispo, al ver su
belleza, decidió quedárselas para su
propio palacio, colocando en la catedral
las que siempre habían decorado su
residencia. El edificio tiene tres pisos.
En la planta superior se observan quince
ventanas de varios pies[1] de altura, sin
rejas, y de ninguna de ellas sale luz
alguna. La fachada del primer piso la
forman diez ventanas como las
superiores, pero con enrejado forjado y
un gran balcón central. Pertenecen a la
vivienda privada del obispo y puede
advertirse luz y movimiento a través de
algunas de ellas. La planta baja la
forman una gran puerta central con otras
dos aledañas simultaneadas con cuatro
ventanas igualmente enrejadas pero con
distinta forja a las superiores. Aquí se
encuentran los salones de audiencias,
varios despachos, una pequeña capilla
ricamente decorada y el tesoro del
obispado.
En una esquina, unos
hombres con el uniforme del rey don
Fernando, probablemente borrachos,
discuten cualquier trivialidad. Desde
junio, cuando los reyes pasaron revista a
más de setenta mil hombres para la
campaña contra Granada, esperan la
llamada a las armas en distintas
ciudades del reino de Castilla, aunque la
mayoría se encuentra cerca de Sevilla.
Batista procura pasar
desapercibido, pensando que ya van
bastantes sobresaltos por esta noche.
Llega ante las impresionantes puertas de
pino de Flandes del obispado y golpea
las aldabas con discreción.
Al momento la puerta es
entreabierta por el secretario del
obispo, verdadero ejecutor de todas las
atrocidades atribuidas a su insigne
representado, y además es el confesor
de los reyes cuando están en Sevilla,
dado que también es sacerdote. Es un
hombre más bien corto de estatura,
obeso, algo jorobado, tonsurado, de ojos
hundidos y nariz aguileña, y siempre
viste de negro. La única nota de color es
la gran Cruz de Santiago roja que
mancilla su pecho y que da fe de su
pertenencia a la recién creada Santa
Inquisición[2] o Santo Oficio como sus
componentes prefieren llamarlo.
—Buenas noches, Batista,
el obispo os espera. ¿Qué tal la familia?
Sin duda, el indeseable ya
se ha hecho eco de que un hermano de
César ha sido ahorcado en plena calle
esa misma tarde sin juicio previo, por un
delito menor. Batista no contesta y pasa
al interior intentando permanecer
impasible, al tiempo que el secretario se
aleja pidiéndole que espere.
En el recibidor del palacio
cuelgan unos impresionantes tapices con
escenas de caza firmadas por artistas
italianos. Con lo que costó tan solo uno
de ellos, se le hubiese quitado el hambre
a Sevilla durante un mes. El suelo
simula un tablero de ajedrez con grandes
losas de mármol blanco y negro; no hay
muebles en esa sala. Los techos son muy
altos y sus vigas de madera están
talladas con motivos geométricos.
El secretario del obispo
irrumpe de nuevo en la estancia.
—Seguidme —espeta
secamente.
Los dos hombres entran en
un salón aún más impresionante que el
anterior. Las paredes son púrpuras y de
ellas cuelgan lienzos de varios artistas
entre los que se encuentra un retrato,
bastante favorecedor, del obispo. Los
muebles, de maderas nobles todos ellos,
están rematados con el sello del
obispado, señal de estar hechos por
encargo y a medida. Al fondo, bajo un
cuadro de la reina Isabel montando a

caballo, está el obispo, don Álvaro de
Sila, en un trono que haría palidecer al
mismísimo rey don Fernando. Tiene el
alzacuellos desabrochado para facilitar
el paso de aire por su colgante papada,
dado que, incluso de pie, le cuesta
respirar. A su derecha un escribano hace
cuentas en lo que parecen números
arábigos, disciplina que Batista
desconoce, ya que los médicos aún usan
los números romanos a pesar de que el
modelo musulmán se impone por su
mayor facilidad. Sobre el pecho del
obispo y junto a la Cruz de Santiago, la
insignia papal, fruto de su viaje de casi
tres meses a Roma para conocer al
recién nombrado Inocenzo VIII. Aún no
ha reparado en su invitado, y cuando lo
hace, sus ojos saltones e inyectados en
sangre muestran alegría e
inmediatamente suena su voz ronca y
ahogada:
—Batista, acercaos.
Este lo hace, se arrodilla
ante él y besa el anillo cardenalicio,
percibiendo el extraño olor de la piel de
aquel obeso ministro de Dios. El obispo
habla de nuevo.
—¿Qué deseáis? ¿Por qué
tanta prisa en esta audiencia?
—Monseñor, deseo ser
relevado de mis obligaciones para con
el obispado.
—¿A qué se debe esa
decisión?
—Sin duda estaréis al tanto
de los desagradables acontecimientos
acaecidos esta misma mañana. —Batista
miró al secretario y se produjo un
incómodo silencio, tras el cual continuó.
—Necesito alejarme de la ciudad y ya
hace tiempo que pretendo ir a Lisboa.
Allí, marineros y comerciantes hablan
de nuevas técnicas en la medicina y
nuevas culturas que conocer.
—También yo he oído esos
rumores, pero sois ya un médico
experimentado a pesar de vuestros
escasos treinta años. No necesitáis
ampliar conocimientos para servir a
Dios y a este humilde obispo. —El final
de la frase casi sonó con sorna.
—Monseñor, agradezco
vuestros cumplidos pero preferiría
abandonar Sevilla lo antes posible —
replicó Batista seguro y convencido de
su nueva empresa.
—Si es lo que deseáis…
Pero esperad al menos a que os

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encuentre un sustituto…
—Tendremos sustituto en
unos días —interrumpió el secretario—.
Tengo informes de varios candidatos
formados en el obispado de Toledo que
estarían dispuestos a venir a Sevilla.
—Pues no se hable más —
sentenció el obispo—. Quedaréis libre
del servicio en cuanto llegue ese doctor
toledano. Batista, os haré un
salvoconducto para que viajéis con
garantías por las tierras de Nuestro
Señor.
—Gracias, monseñor —
dijo Batista mientras se alejaba
caminando hacia atrás, entre extrañado y
agradecido por el repentino apoyo del
secretario.
—Volved algún día a
Sevilla —se despidió el obispo.
Al salir del palacio se sintió
aliviado. Los soldados seguían en la
plaza, jaleando más, si cabe. Las calles
estaban igual de oscuras pero Batista
volaba por las callejones; no se dirigía a
su casa, sino a la de su madre.
Llamó a la puerta. Una sirvienta
abrió la puerta, y sin mediar palabra
Batista subió al primer piso, ansioso por
ver a su madre. La encontró junto a una
chimenea casi apagada. La mujer
permanecía absorta con la mirada
perdida en ninguna parte. La estancia
olía a anciano y Batista pensó que si
visitase más a su madre no percibiría
aquel olor.
—Madre.
La mujer no contestó.
—Madre, el obispo me ha
dado su beneplácito para abandonar
Sevilla. Me iré en cuanto llegue un
sustituto.
—¿Voy a perder a mis dos
hijos en el mismo día? —dijo la mujer
con un hilo de voz.
—A tu hijo menor lo
perdiste hace mucho tiempo, cuando
decidió hacerse maleante.
—No hables así de tu
hermano. La vida le trató mal y la
muerte le acogió temprano.
Una sirvienta interrumpió la
tensa situación, ofreciendo un caldo
caliente al recién llegado. Batista lo
rechazó, ayudó a levantarse a su madre y
la acompañó a la cama.
Al salir buscó al ama de
llaves.
—Que la señora doña
Luisa esté vigilada toda la noche; no
descansará hasta que no bajen el
cadáver mañana y sea enterrado.
—No se preocupe, señor,
no estará sola en ningún momento.
—Si hay algún problema
mandad a alguien a mi residencia.
«A veces se desea hablar y
es del todo imposible. La impotencia
producida por las palabras de un madre
que añora a un hijo ladrón frente a su
otro vástago, licenciado este en
Salamanca y que es todo virtud, provoca
una sensación de congoja indescriptible.
¿Hay algo que pueda hacer un hijo para
perder el amor de su madre?» —
pensaba Batista al abandonar la
residencia de su progenitora.
Doña Luisa de Batista era una mujer
extremadamente fuerte. Perdió a su
marido en una razzia[3] sin sentido
contra los árabes a la que acudió
borracho y con un caballo prestado al
que no pudo controlar en un apuro, cayó
al suelo y, aunque era diestro con la
espada, no soportó ni el primer envite
musulmán. Solo contaba con dos hijos, y
la nueva ley promulgada por doña Isabel
para que las viudas pudiesen heredar,
hizo que al menos uno de ellos fuese
enviado años después a Salamanca. De
no haber sido así, el mayor de los
vástagos lo hubiese heredado todo y el
menor habría tomado los votos. Doña
Luisa nunca consintió volver a
desposarse; permaneció viuda y con el
tiempo feliz hasta que la vida le asestó
otro golpe, la muerte del benjamín.
Nunca un hijo debería morir antes que
sus progenitores. Por desgracia en
Castilla solo llegaban a los cinco años
dos de cada tres recién nacidos, y de
eso, entre los nobles y la burguesía, de
lo que ocurría al respecto en el tercer
Estado, nadie quería estar enterado.
21 de octubre de 1484
La mañana no era fría. A su llegada
a la prisión, Batista vio salir al
secretario del obispo con sangre sobre
sus ropas. La cárcel estaba en un gran
recinto aledaño al obispado, y contenía
un edificio de dos plantas preparado

para albergar a trescientos presos. En
este momento había más de
cuatrocientos. En su fachada se

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vislumbraban algunos ventanucos
dispersos correspondientes a las celdas
más humanizadas. La entrada estaba
flanqueada por dos guardias con
uniforme de campaña, casco, cota de
malla, botas altas y casaca mostaza
ribeteada en grana, frente a una débil
reja que cortaba unos muros de cien
años de alto y miles de muertos de
ancho, que presagiaban los horrores que
se vivían en el interior en nombre de
Dios. Tras la reja, un amplio patio en el
que se apilaba leña, y al fondo se veían
tres puertas: una para el servicio, otra
que daba a las mazmorras y otra más
para las dependencias de los soldados.
En esta última Batista no había entrado
jamás. A través de la puerta de servicio
se accedía al patio de ejecuciones. Se
dirigió directamente a las mazmorras. Al
entrar percibió el nauseabundo olor que
reinaba en toda la estancia y que
obligaba a untarse con naftalina la nariz,
ya que por mucho tiempo que se
estuviese allí, el olor persistía. En el
primer pasillo, estrecho, oscuro y con el
techo abovedado, cada diez o doce
pasos se encontraba una antorcha, pues

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la ausencia de luz natural era absoluta.
Batista se cruzó con dos guardias
desarmados y sudorosos que
transportaban sin ningún respeto un
cadáver, con probabilidad dueño de la
sangre que manchaba al secretario.
Detuvo a los hombres y examinó un
instante el cuerpo. Su identidad era
irreconocible, la forma de la muerte no,
por desgracia. El cráneo semiaplastado
y la cavidad torácica reventada hacían
entrever que el desgraciado había caído
bajo el peso de las tablas de la ley de
Dios, una de las torturas preferidas del
secretario, que consistía en depositar
lentamente una losa de algo más de un
quintal[4] de peso sobre el cuerpo del
reo. Algunos conseguían vivir unas
horas, durante las cuales su pecho se iba
hundiendo lentamente hasta asfixiarles y
cada intento del torturado por conseguir
aire se convertía en costillas rotas,
aumentando así el dolor. Sin embargo, la
mayoría, simplemente reventaba bajo la
tremenda presión a la vez que inundaba
de sangre los alrededores. Sin duda el
secretario pensó que este preso
aguantaría un rato la tortura y se quedó
demasiado cerca pensando que se
divertiría hasta la extenuación de aquel
muchacho. Esta forma de morir tan cruel
solo se aplicaba a los infieles, ya fuesen
judíos o musulmanes.
Batista comenzó a repasar
mazmorras. La mayoría de ellas estaban
llenas de judíos debido a las deudas
contraídas por los nobles con ellos y
que ahora eran incapaces de pagar. Una
acusación de propagación del judaísmo,
delito penado con la muerte, acababa
con las deudas de un plumazo, así como
con sus costosos intereses compuestos.
En cualquier caso solo había pequeños
prestamistas; nadie se atrevía con los
judíos más ricos, y solo en algunas
ocasiones habían sido acusados de usura
y condenados a devolver los intereses.
Además, este colectivo seguía
financiando la guerra contra el reino
nazarí de Granada, consciente de que
cuando negasen su ayuda, dejarían de
ser imprescindibles y serían
aniquilados.
Batista se dirigió a la celda
de uno de los presos más recientes, un
musulmán acusado de propagación del
Islam. El día anterior le dejó muy débil,
desnudo y casi inconsciente sobre las
losas de su oscura mazmorra. Aparte de
los castigos físicos que sufrían, los
presos debían aguantar el tremendo
calor sevillano de casi todo el año, que
dejaba las paredes resecas y convertía
cada celda en un horno donde la
propagación de enfermedades estaba a
la orden del día. Aquel infeliz tenía
síntomas de peste y no llevaba el
suficiente tiempo en prisión como para
haberse contagiado allí. Si sus temores
eran ciertos tenía otra razón para
abandonar Sevilla: la última epidemia,
en 1457, arrasó más de cien mil vidas en
todo el Reino de Castilla.
Al acercarse a la celda vio
la pesada puerta abierta. Dentro, dos
soldados que se habían desprendido de
sus cascos y sus cotas de malla,
limpiaban las paredes y los suelos con
algo que desprendía un fuerte olor y que
no pudo identificar. Uno de los hombres
se volvió y preguntó:
—Dice el secretario que
tenía la peste, ¿es cierto?
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