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El secuestro de las misses – Ricardo López

El secuestro de las misses – Ricardo López

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una especie de tanque de guerra, un
submarino rodante. El hombre que la
había interceptado en el camerino iba a
su lado. Frente a ellas, los otros
captores acompañaban a sus
compañeras.
Pasadas algunas horas, uno de ellos
aconsejó:
―Lo mejor que pueden hacer es
dormirse. No les haremos nada.
Tranquilícense.
El acompañante de Miss Zulia
asintió, y dijo:
―Mi compañero tiene razón. No
hay de qué alarmarse. Es una lástima
que ustedes no puedan ver el paisaje.
Pese a la oscuridad de la noche,
recorremos la ruta hacia un lugar
hermoso, único en el mundo.

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Miss Aragua volvió a repetir, esta
vez más calmada, aunque con la voz
ronca y distante:
―¿A dónde nos piensan llevar?
―Vamos al fin del mundo –dijo su
acompañante, con una sonrisa divertida
en su rostro recién afeitado y unas risas
inexplicables.
El que iba al lado de Miss Zulia,
que parecía ser el jefe de la banda, hizo
un gesto con la mano para callarle, y
añadió:―
Nos dirigimos a un lugar de la
selva amazónica. Alguien muy poderoso
nos ha pedido que vengamos a
buscarlas, justo en este momento. El
secuestro era la única forma de sacarlas
del concurso. Sé que se trata de un
recurso violento, pero esperamos no
haberlas maltratado. Pese a lo que
puedan creer, nosotros somos hombres
decentes. Somos unos caballeros.
El mismo tono de voz pausado y
amable pareció terminar de calmar a las
chicas. Miss Zulia, por alguna razón,
pensaba en el día en que decidió probar
suerte inscribiéndose en el concurso de
belleza más prestigioso del mundo. No
se trataba de una decisión frívola o
impulsada por la vanidad. Quería,
simplemente, demostrarse a sí misma
que era capaz de ganar algo en su vida.
Aún podía escuchar la voz de su madre,
una peluquera a domicilio con una
cartera de clientas pudientes,
recordándole una y mil veces que jamas
llegaría a ganar. «Eres demasiado
delgada». «Tus nariz no es lo
suficientemente perfecta». «No vas a
ganar, quédate tranquila». «Tú no serás
nunca como mi madre: ella sí era una
reina de la belleza». Por fin, un sueño
ligero, salpicado de pesadillas cortas, la
obligó a cerrar los ojos.
3
Cuando la limusina se detuvo, las
misses estaban rendidas de sueño,
miedo y cansancio. Pocos minutos
después de haber sido secuestradas, sus
captores, amables dentro de lo que
cabía, habían cubierto sus ojos con
pañuelos de seda negra. El viaje debió
durar varias horas; era difícil saberlo.
De cualquier modo, cuando las puertas
del vehículo se abrieron y ellas
descendieron con cierta dificultad,
trastabillando con sus tacones de vértigo
y ya sin los ojos cubiertos, contemplaron
atónitas la vista de un soberbio palacio
de aires de cuento de hada en mitad de
una selva amazónica.
―Trabajamos para alguien muy
poderoso. Dentro de poco descubrirán
sus nuevas vidas. Yo soy Iván, y ellos
son Simón y David.
Hablaba el que indudablemente era
el jefe de los secuestradores. Había algo
que no cuadraba; aquellos hombres
parecían sacados de una telenovela
mexicana. Demasiado bien parecidos;
demasiado corteses. Demasiado ¿falsos?
―No se les ocurra oponer
resistencia y mucho menos escapar. Los
terrenos que rodean el palacio de la
Duquesa están estrictamente controlados
–dijo Iván.
La Duquesa. ¿Quién era? ¿Se
trataba de ese “alguien muy poderoso”,
de la persona que había encargado el
secuestro?
―Antes de conocer a su anfitriona
será imprescindible que se cambien. El
desfile en traje de noche lo harán en
realidad a la hora del desayuno.
Bienvenidas a Villa Rocamora.
Las misses cayeron en la cuenta de
que habían hecho aquel viaje en traje de
baño. Y pensaron al mismo tiempo en el
desfile al que nunca asistieron:
―No piensen que esto va a durar
mucho tiempo –dijo Miss Zulia–. La
policía habrá descubierto que no
estuvimos en el desfile; los
organizadores del concurso sabrán que
hemos sido secuestradas. De alguna
manera, nos encontrarán.
Miss Zulia hablaba con valor,
aunque las piernas le temblaban.
Iván no disimuló una sonrisa casi
compasiva:
―La policía nunca sabrá que
ustedes están aquí. Nadie sabe ni
siquiera que ustedes fueron
secuestradas. En realidad, ustedes sí
estuvieron en el desfile. Tres
impostoras que trabajan para nosotros, y
que físicamente son la imagen exacta de
ustedes, ocuparon sus lugares. Y creo
que ellas lo han hecho demasiado bien.
Las misses se miraron con cara de
desamparo. Iván dirigió una mirada a
Miss Nueva Esparta:
―Anoche usted fue coronada como
la nueva Miss Venezuela.
Los tres hombres soltaron unas
sonoras carcajadas mientras conducían a
las misses a aquel palacio imposible en
la selva más verde del mundo.
4
Iván condujo a Miss Zulia por una
escalera de mármol. Simón y David se
llevaron a Miss Nueva Esparta y Miss
Aragua por una puerta lateral, apenas
oculta por unos pesados cortinajes.
―¿A dónde se las llevan esos
desgraciados? –preguntó Miss Zulia.
Iván, sonriente, dijo detrás de su
oreja:―
Una miss no habla con esos
modos.―
Déjeme en paz.
―En unos instantes.
Ambos avanzaron por una amplia
galería de espejos. Unos ventanales, que
alcanzaban el alto techo, dejaban ver el
verdísimo paisaje de la selva. Unas
guacamayas, posadas sobre una rama de
pasionaria, abrían sus esplendidas alas
en el justo momento en el que Iván abría
una puerta, y decía con su misma voz de
galancito seductor:
―Señorita, ésta es su habitación.
Usted no podrá salir de aquí a menos
que alguien venga a buscarla. Dentro de
poco conocerá las reglas de esta casa.
Por ahora, tenga la amabilidad de darse
prisa. La Duquesa la espera para
desayunar. En el armario encontrará lo
que tiene que ponerse. Hasta ahora.
Miss Zulia avanzó unos pasos
mientras la puerta se cerraba
silenciosamente detrás de ella. Se
escuchó el ruido del cerrojo. Una cárcel.
Una cárcel, sí, pero con todos los lujos
posibles. Una cama señorial, adornada
con un elegante mosquitero, ocupaba el
centro de la estancia. Todo era buen
gusto y refinamiento. Había un espejo de
cuerpo entero y un armario enorme,
pesado. A un lado, otra puerta que
conducía a la sala de baño, espaciosa
también, imponente, con una bañera
dorada justo debajo de una ventana de

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