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Libro El seductor, la chica y el coche – Lola Valladolid PDF

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El estrépito inmisericorde del teléfono me devolvió
de mi momentáneo ensimismamiento a las deslucidas
tareas de mi negocio: una pequeña tienda y estudio de
fotografía. Recibí el timbrazo igual que si me hubieran
dado un puñetazo en la boca del estómago.
Instintivamente me doblé y, con verdadera pesadumbre
y una fatiga casi infinita, descolgué el teléfono que
tenía sobre el mostrador. Caía ya la tarde y estaba a
punto de cerrar y marcharme a casa cuando al otro
lado de la línea escuché la voz de Tito.
—¡Álvaro!
Me llamaba para recordarme que le había
prometido pasarme por el centro cívico el viernes por
la tarde para ver la exposición. Exponía, junto a otros
participantes en un curso recién terminado sobre la
técnica de la acuarela, sus últimas obras y creaciones;
y no quería, evidentemente, que me lo perdiese. La
ansiedad propia del artista: ¡aún estábamos a
miércoles!
Tito, además de un aficionado a las bellas artes, era
un viejo amigo, mi amigo más fiel después de haberme
ido quedando prácticamente sin ninguno por mi
acendrado cultivo de la soledad y la soltería. Mis
relaciones con el resto de amigos se habían ido
diluyendo en la mutua indiferencia. Proceso, había
observado, que siempre se iniciaba a partir de un
mismo acontecimiento: cada vez que alguno de ellos se
echaba novia, se emparejaba o terminaba casándose.
De repente se hacía difícil, cuando no imposible,
encontrar alguna ocasión o excusa para quedar como
antes, y no digo ya para corrernos una juerga, ni
siquiera para hablar: ellos estaban demasiado
felizmente distraídos y yo no quería ensombrecer su
cielo sin nubes. Solo Tito continuó brindándome su
amistad, buscando la ocasión para llamarme o quedar,
incluso después de haberse casado él también. Esto
había ocurrido tan solo cuatro años atrás. Hasta
entonces siempre lo había considerado un solterón
empedernido como yo; y la razón por la cual,
obviamente, habíamos prolongado durante bastante
más tiempo nuestra relación. Lo curioso era que mi
amigo Tito mantenía sobre las mujeres unas
expectativas completamente distintas a las mías.
Mientras que yo buscaba un amor apasionado de vaga
y vaporosa inspiración romántica, un enamoramiento
cuando menos de película, como las que admiraba —lo
que me llevaba de aventura en aventura—, él me
aseguraba que deseaba encontrar una compañera para
el resto de sus días. Generalmente esto lo decía
cuando ya estaba bastante cargado de alcohol, y yo
consideraba tal expresión, por tanto, un desahogo
extemporáneo y más bien patético. Nunca lo tomé
entonces en serio ni me preocupé de averiguar si
realmente era sincero. Me limitaba a arrastrarlo por los
bares de copas con más marcha de la ciudad en busca
de algún ligue ocasional. Tito se resistía: “Somos ya
dos carcamales para estos ambientes tan juveniles”,
me decía. Pero yo lo animaba: “Con tu planta, Tito, si
fueras más decidido, serías el terror de las
veinteañeras”. Probablemente, más bien, era a mí
mismo a quien dirigía aquellas exhortaciones, y con las
que intentaba exorcizar precisamente cualquier asomo
de decrepitud. Pero lo cierto es que mi amigo Tito
empezó, por así decir, a lanzar a diestro y siniestro
proposiciones más o menos serias a cuantas mujeres
ocasionalmente se cruzaban con él, sin desesperar de
que alguna de ellas le dijera que sí cada vez que les
proponía matrimonio. Hasta que una de esas noches de
farra se cruzó en la vida de Tito una funcionaria del
catastro algunos años más joven que él —muy
simpática, dicho sea de paso—, que le vino, al poco
tiempo, a decir que sí. Lucía y Tito se casaron a los
pocos meses y yo tuve ese sobresalto con el que se
imponen las certidumbres más crudas: que me quedaba
sin el último amigo y, esta vez sí, solo de verdad.
Reconozco que aquella impetuosa e irreflexiva
decisión de Tito me sorprendió. Supongo que por
alguna razón preconcebida me costaba admitir que
tuviera talento alguno para la vida matrimonial. Pero
me equivoqué. Pasado casi un lustro mi amigo me
había demostrado que no le había faltado la inspiración:
tenía una esposa encantadora, Lucía, una niña de tres
años adorable, Laurita, y una hipoteca con el banco
que hacía presumir una relación entrañable con el
director de la sucursal de su barrio. Sin embargo, no
perdí al amigo. Con Tito, a diferencia de lo que me
había pasado con otros, nuestra amistad no encalló en
el olvido. He de reconocer, de todos modos, que
siempre fue él quien pese a sus nuevas ocupaciones y
distracciones, hizo por mantenerme en la órbita de su
amistad, y aun de su familia. Asistí a su boda, por
supuesto, al bautizo de Laurita, desde luego, y a no
pocos cumpleaños y celebraciones a las que tanto Tito
como Lucía tenían a bien invitarme. Además, como
fotógrafo profesional, recurrieron y confiaron en mí
para que dejara gráfica constancia de varios de
aquellos felices acontecimientos. Quizá porque yo no
tenía familia (no tuve hermanos, mi padre murió muy
joven y mi madre hacía un par de años) acabé
aceptando que no podía perder también ese cálido y
amable sucedáneo que Tito me ofrecía al invitarme a
participar en cuanto eventos afectaban a la suya.
Además, desde el principio, Lucía me dispensó un
trato muy cordial; creo que no solo me consideraba un
buen amigo de su marido, sino que me apreciaba
sinceramente; tal vez, de no haber sido yo tan

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reservado, me hubiera dado cuenta de que casándose
Tito con ella no solo no perdía a un amigo sino que
ganaba una amiga. Lucía era una mujer franca y
espontánea. Pronto observé que mi obstinada decisión
de permanecer soltero despertaba en ella la curiosidad,
y, aunque supongo que Tito la puso al corriente de mi
carácter solitario y mi mentalidad contraria al
matrimonio, me pareció que Lucía no descartaba que
tarde o temprano acabara yo también como mi amigo.
Quizá fueran aprensiones mías, pero comencé a
sospechar que trataba de emparejarme con alguna
amiga soltera suya cada vez que me invitaban y me
hacían coincidir con alguna conocida de Lucía. En esos
casos siempre tuve la precaución de no intentar
siquiera acostarme con ninguna de ellas. No quería que
luego Lucía pudiera reprocharme nada.
Siempre estuvo muy lejos de mí cualquier intención
de compromiso. Además había algo que incluso Tito,
mi mejor amigo, no había llegado a descifrar sobre mí,
y por tanto, imposible que se lo hubiera trasladado a
Lucía. Al margen de que me considerara un seductor
—cada vez venido a menos, ciertamente—, yo no
tenía ninguna imagen halagüeña del matrimonio. Había
conocido el fracaso del de mis padres, y no quería, al
margen de que por temperamento fuera poco proclive
a tales asociaciones, repetir semejante experiencia.
Asistí a la muerte de mi padre, víctima de una
enfermedad mortal, cuando solo era un adolescente,
pero lo que nunca entendí es que mi madre no
estuviera allí con nosotros, ni siquiera en aquellos
momentos: quizá porque años atrás, cuando todavía era
un niño, tampoco le había perdonado que nos
abandonara. Supongo que eso me llevó después a
preguntarme muchas cosas sobre quienes intentan
compartir sus vidas y no acumulan, sin embargo, más
que fracasos y rencores. Pero aquello siempre fue
territorio reservado del que nunca hablé ni siquiera con
un amigo íntimo como Tito. Para él, a modo de
fachada, usaba de mi sentido del humor. Le proponía el
ejemplo de las comedias cinematográficas: una cosa
era asistir como espectador durante hora y media a las
peripecias de los dos protagonistas que pese a enredos
y desavenencias terminan juntos o incluso casándose, y
otra cosa muy distinta aguantar uno personalmente las
vicisitudes cotidianas de la convivencia. Tito solía
decirme que yo no me tomaba en serio el matrimonio;
le aseguraba entonces que lo que jamás se me
ocurriría sería lo contrario: tomármelo a broma.
No obstante, no dejaba de reconocer que a veces
me producía una cierta envidia el ambiente familiar que
rodeaba a mi amigo y del que yo era testigo merced a
las ocasiones que me brindaban para que compartiera
con ellos muchos buenos ratos. En esta sociedad
familiar tenían también un protagonismo indiscutible los
padres de Tito, Eugenio y Lourdes, los abuelos
paternos de Laurita. Siempre estaban al quite: tras la
llegada de la nieta se aprestaron con entusiasmo a
echar una mano al matrimonio quedándose con la niña
mientras sus padres trabajaban —Lucía en la oficina
del catastro y Tito en el pequeño negocio que
regentaba: una copistería— o llevándola y trayéndola a
la guardería después. Aunque yo ya los conocía, aún
tuvimos más oportunidades de trato tras las numerosas
veces que coincidí con ellos durante las celebraciones
familiares a las que solía invitarme mi amigo. Siempre
me cayeron bien Eugenio y Lourdes; además de
simpáticos, era uno de eso matrimonios mayores que
visto desde fuera inspiraban esa sana envidia de
quienes desearían llegar a su misma edad siendo
todavía capaces de afrontar la vida juntos con sincero
afecto y sentido del humor. Eugenio era dicharachero
y hablador, y Lourdes lo amonestaba con esa
severidad en el fondo dulce y benévola de quien
conoce de años los excesos del otro y está
acostumbrada a sus bromas y burlas. Probablemente,
si es que los instintos conyugales se heredan, Tito los
había hecho valer en su matrimonio con Lucía, y no
aspirara sino a reproducir esa vida tan aparentemente
bien concertada de sus padres, de Eugenio y Lourdes.
Supongo que el que yo no me viese capaz de un
proyecto de vida así no quitaba para que otros
confiaran en conseguir llevarlo con buen pulso hasta el
final.De lo que no me libraba en esas reuniones, claro
está, era de las insinuaciones o preguntas abiertamente
indiscretas que Eugenio, amparado en el trato cordial y
la confianza que habían ido surgiendo entre nosotros,
me lanzaba con ánimo de sonsacarme y averiguar si,
aunque fuese en lontananza, se adivinaba un futuro
cambio en mi estado civil. Yo capeaba el temporal
como podía contestando con el mayor ingenio del que
era capaz. Cada vez que salía el tema o Eugenio lo
propiciaba, solía responder, con decisión y
convencimiento, que yo no tenía ningún talento para el
matrimonio, que era un arte que lo requería y mucho.
“¡Qué jodido, Álvaro!”, solía espetarme Eugenio todo
campechano. A veces, por supuesto, a las indirectas
sobre mi soltería se sumaba también Tito: acaso
porque se les tornaba irresistible a dos hombres tan
bien casados como ellos el tratar de minar las
convicciones de un soltero declarado como yo. Nunca
me tomé a mal sus comentarios, incluso sus burlas,
aunque yo procuraba no dejarlos menos burlados. No
obstante, no sé si apreciaban que con mi declaración
expresaba asimismo mi admiración por el mérito que
tenía un matrimonio de tantos años como el de Eugenio
con Lourdes, así como mi reconocimiento, pese a mis
dudas del principio, de ese mismo talento a mi amigo
Tito. Seguro que si asistía a la exposición el viernes
tendría que vérmelas una vez más con alguna pregunta
o comentario pertinente al caso. Pero no podía
defraudar a mi amigo. Aunque Tito se ganaba la vida
con la copistería —con la que contribuía junto a Lucía
a pagar los gastos crecientes de su empresa
matrimonial— su verdadera pasión era la pintura,
aunque de momento tuviera que conformarse con
exponer en el salón del centro cívico de su barrio. Me
repitió varias veces el horario y tuve que confirmarle
reiteradamente que asistiría ese viernes por la tarde a
la exposición.
Mientras lo escuchaba, miré el reloj que tenía
colgado en la pared, frente al mostrador de mi pequeña
tienda y estudio de fotografía, y me animé pensando
que se había hecho la hora del cierre. A través del
escaparate contemplé luego las últimas luces de la
tarde y ahora me desanimó comprobar que seguía
lloviendo. Estábamos en la última semana de
septiembre y llevábamos varios días de lluvias y
vientos en Valladolid. No era normal que lloviera tanto
y tan a principios del recién estrenado otoño. Valladolid
—a casi setecientos metros sobre el nivel del mar y a
más de doscientos cincuenta kilómetros de la costa
más cercana— era una ciudad más bien de
precipitaciones concentradas y escasas, de nieblas en
invierno, y de calores secos en verano; y no sé si era
por ello por lo que el Pisuerga, a su paso, siempre me
pareció un río socarrón y riente: os aguantáis, parecía
decirnos: y ahí estábamos, en esos días
excepcionalmente lluviosos, ¡días de agua y aguantar!
A mí, desde luego, no me quedaba otra. Aquí tenía mi
negocio, mi trabajo de fotógrafo… y mi pequeño
refugio de soltero: una buhardilla.
—¡Ah!, por cierto, me pasé ayer por el despacho
de Jandra —dijo de pronto Tito, cambiando
bruscamente de conversación cuando ya creí que iba a
colgar—. Ya he terminado su retrato. Prometí
llevárselo al trabajo en cuanto regresara de sus
vacaciones por México.
Hacia finales del mes de junio yo les había
presentado a Jandra. Apenas llevábamos saliendo
juntos un par de semanas desde que nos conocimos e
hicimos aquella excursión en coche. Jandra era
forastera: se había trasladado desde Madrid a
Valladolid por motivos de trabajo y no conocía a nadie
en la ciudad, así que me pareció oportuno presentarle a
mis mejores —y únicos— amigos. Desde el principio,
tanto Lucía como Tito, la acogieron con verdadera
devoción, y tampoco fue menor la simpatía que ellos
dos suscitaron en Jandra. Fue tal la relación de amistad
que surgió espontáneamente entre ellos que, sin
necesidad de mi intermediación, se veían o se hacían
favores: Jandra, por ejemplo, a menudo le encargaba
trabajos a Tito en la copistería, mientras que ella y
Lucía solían intercambiar arduas cuestiones técnicas y
se hacían consultas sobre sus respectivos trabajos.
Aunque lo que contribuyó todavía más a crear ese
fuerte vínculo entre Jandra y mis amigos fue la ocasión
que dio para el trato entre ellos la ocurrencia de Tito, al
poco de haberles yo presentados, de proponerle que
posara para él. Quería, me dijo, hacerle un retrato.
Presentándose como un gran aficionado a los pinceles
y el caballete y escudado en su amistad conmigo, Tito
convenció a Jandra, que aceptó a su vez no menos
llevada porque el artista fuera amigo mío como por su
propia generosidad y simpatía. Allí, en casa de Lucía y
Tito, durante las sesiones que Jandra posó para dejarse
retratar, debió de acabar fraguando esa amistad entre
los tres que pronto cobró un aire de confidencialidad
entre las dos mujeres y de mutuo aprecio entre el
pintor y la modelo. También compartimos muchos
ratos las dos parejas: cenas en algunos restaurantes —
aprovechando que los abuelos, Eugenio y Lourdes, se
quedaban con Laurita— y, en aquel buen tiempo de
verano, hasta una barbacoa con otros matrimonios

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amigos de Lucía en una casa grande que tenía uno de
ellos a las afueras, y a la que tuvieron la gentileza de
invitarnos.
Además, Jandra despertó en ellos desde el primer
instante ese interés que proporcionan siempre los
forasteros. En cuanto supieron que era madrileña
quisieron escuchar cuanto pudiera contarles del
ambiente de la capital y hasta todo tipo de cotilleos
sobre famosos y políticos. Pero Jandra a quien más
echaba de menos era a su familia, y no el ajetreo social
supuestamente más estimulante de la capital. Había
aceptado dirigir la delegación vallisoletana de la mutua
donde trabajaba porque era un puesto de mayor
responsabilidad; pero muchos fines de semana
regresaba a Madrid en tren para pasarlos junto a los
suyos, junto a sus padres, Antonio y María, ya
jubilados, y, sobre todo, para ver a sus sobrinos, los dos
niños pequeños de su hermana Isabel. Salvo ellos, nada
le hacía añorar la capital. Aseguraba incluso a mis
amigos, sin ánimo de adularlos, que encontraba la
capital castellana bastante acogedora y, para ciertos
aspectos de la vida cotidiana, incluso más cómoda que
Madrid. Era también especialmente con Lucía, que le
preguntaba con total naturalidad y confianza, con quien
más se explayaba hablando de la familia. Su padre,
Antonio, se había jubilado como ingeniero, y su madre,
María, como profesora de música en un colegio. Su
hermana, Isabel, la mayor, era abogada y había
conocido a su marido precisamente en el bufete para el
que ahora trabajaban los dos. Isabel se había casado
joven y tenía dos niños, de tres y cinco años. Los
sobrinos eran la debilidad de Jandra y no perdía la
ocasión para ir a verlos; incluso negándose algunos
fines de semana a hacer planes conmigo para poder
regresar a Madrid. Enseguida aprecié que debía de
sentir una especial inclinación por los críos, a tenor de
lo cariñosa que se mostraba también con Laurita, la
hija de tres años de mis amigos. En fin, durante esas
conversaciones, en las que yo apenas intervenía,
pensaba que a la gente le gusta hablar de la familia si
tenía algo bueno que contar, y Jandra parecía muy
encariñada con los suyos.
Inevitablemente también, durante aquellas semanas
de verano, mi relación con Jandra se fue convirtiendo
en un codiciado objeto de curiosidad para mi amigo y
su mujer, que no disimulaban en proyectar sobre
nosotros venturosos augurios como pareja. Incluso, con
esa pizca de adulación maliciosa con que sazonaban su
sincero y cariñoso aprecio, nos lo hicieron saber muy
pronto: “Hacéis una pareja estupenda”, nos decían.
Estoy convencido de que tanto Tito como Lucía
seguramente debieron de pensar que yo, su buen
amigo Álvaro, había por fin encontrado en Jandra a la
mujer que me haría sentar la cabeza, con la que
acabaría de dar ese paso que nos llevaría a formalizar
nuestra relación mediante el consabido contrato civil o
canónico. Cierto que les presenté a Jandra como mi
pareja en su momento, pero mis intenciones o motivos
nada tenían que ver con tales expectativas. Considero
que hay muchas personas todavía —entre las que
incluyo a mis amigos Tito y Lucía— a las que se les
antoja que todas las relaciones sentimentales están
abocadas a seguir un cierto curso y alcanzar un fin
práctico. No es que creyera que me incumbía
personalmente desmentirlo, pero desde luego mis
simpatías estaban más con todos aquellos otros
individuos que han demostrado, en la realidad o en la
ficción —como los personajes de algunas de mis
películas preferidas—, la gratuidad de sus devociones
amorosas. Más que de los enlaces yo era devoto de los
desenlaces —de los definitivos, como el olvido o el
abandono— y de afrontar el desgarro doloroso que
conlleva siempre la pasión.
Seguramente mi amigo Tito se hubiera merecido
que le aclarase la naturaleza de mi relación con Jandra,
aunque solo fuese por evitar situaciones equívocas y
falsas interpretaciones. Quizá, embelesado con su feliz
vida matrimonial —y no deseando también sino lo
mejor para mí—, había decidido pasar por alto la
consideración que él mismo tenía de mí: un donjuán no
más. Desde luego, lo que jamás mostré fue ningún
interés en buscar una esposa con la que fundar un
emporio empresarial y burocrático como el que tenía él
con Lucía. De un amigo esperaba que respetara mis
convicciones; solo que esta vez su adhesión
incondicional hacia Jandra fue, a la postre, incluso
mayor que la que me profesaba a mí como su más
íntimo amigo. Creo que ello llevó a Tito a convertirse
en un conspirador a favor de una causa con la que yo
no comulgaba; incluso encontró pronto en ello una
afición sobrevenida: la de casamentero.
Como vio que no había ninguna respuesta por mi
parte, que no le preguntaba sobre su encuentro con
Jandra en el despacho, se limitó a decirme desde el
otro lado del teléfono:
—Bueno, ya te contaré el viernes…
¿Qué tendría que contarme?
Capítulo 3
Joven atractiva encuentra a hombre
maduro y solitario
Ese miércoles, por la noche, cuando llegué a mi
buhardilla no cené: no tenía hambre. Me puse el
pijama, la bata y las zapatillas y me dispuse a ver una
película en el vídeo: tampoco tenía sueño. Solo tomé
una manzana del frutero que

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