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Libro El signo del dragón Trilogía del Zodiaco 1 – Ricardo Alia

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PDF Descargar Inhaló el aire de la estancia y el olor a
sangre le hizo sonreír. Deslizó la mano
derecha, aquella que decían que era la
buena aunque para él era la mala, por el
hueso frontal de las calaveras que
circundaban la guarida, acariciándolas
con pleitesía, y su sonrisa se acentuó. Se
encontraba de vuelta al origen de su
nacimiento como ser, y todo lo que se
revelaba ante sus ojos carmesíes le
agradaba: la mesa, las sillas, las
antorchas… Pero enseguida la sonrisa se
le borró del rostro al reconocer el trozo
de punta de lanza abandonado encima de
la mesa. Estaba cubierto de polvo, pero
ahí seguía, donde su hermano lo había
dejado tras amenazarle. Lo agarró y lo
estrujó con la mano buena. Notó la
punta en la palma y cómo la sangre
buscaba una salida entre los nudillos. Se
acordó de aquel día que había
pretendido borrar de su memoria y
apretó con más fuerza. El pasado
también era obstinado y siempre se
obcecaba en hacerle recordar. Fue
durante los malos tiempos, la huida al
frío, lejos de la familia. Se convirtieron
en unos proscritos que se escondían y
ocultaban el poder del Dragón, como
habían hecho sus antepasados.
Percibió un ruido y miró hacia el
techo. Una tormenta descargaba sobre la
ciudad, lo sabía a pesar de no haber
ventanas por las que mirar, oía la lluvia
caer y adivinaba los relámpagos que
alumbraban la noche. Aferró la punta de
lanza casi partida en dos y aguantó el
dolor. Arriba la vida se imponía a la
muerte, un nuevo curso universitario se
abría en el horizonte, cientos de
estudiantes pululando por los pasillos de
la facultad, cada uno a lo suyo,
inconscientes de lo que les deparaba el
destino. Cuando llegase el tiempo del
ansia no existiría plegaria que lo
detuviese, aunque su hermano se

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empeñara y siguiera poniendo velas a
los santos. Volverían las carreras, los
gritos, las persecuciones, y la sombra se
mostraría ante la luz hasta que las
tinieblas los envolviesen a todos en un
manto fúnebre.
ENERO
Martes 24
Cuando giró el volante del coupé al
salir de una curva cerrada y vio un
coche de la Ertzaintza, una ambulancia
de Osakidetza y una unidad móvil de la
Policía Científica supo que había
llegado. En la entrada, tras una valla de
madera, un ertzaina de uniforme lo
saludó llevándose una mano a la
txapela. Max redujo la velocidad y
continuó hasta detenerse en la misma
puerta de aquel caserío que parecía
abandonado y que tanto le había costado
encontrar. Leyó las grandes letras negras
estampadas en la fachada sobre la
pintura blanca y corroída por la
humedad: VILLA OLAETXEA. También le
llamó la atención un gran escudo de
armas esculpido en piedra que había a la
altura del balcón de madera de la
segunda planta. El antiguo escudo de
Oiartzun, supuso. Al salir del coche y
poner un pie en el suelo pisó un charco.
E l txirimiri caía con insistencia, y el
olor a tierra y a hierba mojada
impregnaba el ambiente. Ataviado con
su sempiterna gabardina, a juego con el
cielo plomizo, se dirigió con calma
hacia los soportales del caserío, cuyos
laterales despuntaban como si fuesen las
dos grandes alas de un ave y el edificio
entero se preparase para emprender el
vuelo. Bajo el techo de madera tallada
se refugiaba un agente: Asier Agirre, un
orondo ertzaina con más pinta de
harrijasotzaile que de policía.
–Buenos días, inspector Medina –
saludó Asier.
Max sacó un puro fino del bolsillo de
la gabardina. Tardó unos segundos en
encenderlo con su antiguo mechero
Zippo. Después, con la intención de
secarlo un poco, se revolvió con una
mano el cabello corto y negro. Sus ojos
de color verde claro miraron al frente
con indiferencia. El conductor de la
ambulancia permanecía sentado al
volante, aburrido con la espera; su
compañero, en cambio, se movía cerca
de la ambulancia mientras asentía con el
móvil pegado a la oreja y daba cortas
caladas a un cigarrillo, ignorando la
llovizna.
–No es fácil de encontrar, ¿verdad? –
comentó Asier.
Max asintió. Oiartzun no formaba
parte de las localidades que conocía y,
al no ser vasco, la situación se había
agravado hasta acabar dando vueltas por
los diferentes pueblos que rodeaban San
Sebastián, muy parecidos entre sí, todos
con su iglesia y sus casas de piedra.
Anduvo perdido hasta que una señora
que paseaba un pastor vasco por un
camino del monte que bordeaba la
carretera le dio las indicaciones
oportunas en un castellano con marcado
acento vasco. Ni tenía navegador ni
pensaba hacerse con uno.
–¿Y Joshua? –preguntó Max.
–Ya está abajo.
Asier señaló el barranco que se abría
detrás del caserío, donde una cinta
policial delimitaba el amplio perímetro
de acción de los agentes de la Policía
Científica. Y como si de una revelación
se tratara, unos flashes iluminaron la
zona hacia donde señalaba Asier.
–¿Llevan mucho tiempo?
–Más de una hora, así que estarán a
punto de subir.
Max alzó la vista. Contempló los
montes cercanos y los tupidos árboles
de las laderas. Desconocía la orografía
de la región, pero tenía la impresión de
que el caserío estaba enclavado en un
valle entre montañas. Unas ovejas
pastaban tranquilas en una ladera
cercana, ajenas a los extraños invitados
que hoy acogía el valle. Se preguntó en
qué dirección estaría el mar, su gran
pasión desde que era niño. Allá donde
dirigía la vista solo veía monte, y el sol
se ocultaba entre nubes bajas y oscuras.
Sin darse cuenta planteó su duda en voz
alta.
–¿El mar Cantábrico? –dijo Asier
mientras se daba tiempo para pensar–.
Pues teniendo enfrente Peñas de Aia, yo
creo que el mar está detrás de nosotros.
–Los dos policías se giraron y miraron
por encima del caserío. El fornido
cuerpo de Asier desentonaba junto a la
silueta delgada de Max–. A unos diez
kilómetros en línea recta.
–Al norte, en dirección contraria a
Madrid…
–En efecto, y perdón si le ofendo,
pero no sé cómo la gente soporta vivir
en una ciudad sin mar.
–Tranquilo, no me ofendes, y sí, no sé
cómo pude aguantar tanto tiempo.
Evocó su estancia en la capital,
cuando pertenecía al Cuerpo Nacional
de Policía. Todo era tan diferente… De
eso hacía más de un lustro, y desde
entonces se encontraba destinado en San
Sebastián, Donosti, como decían los
autóctonos. Una ciudad de paisaje
bucólico dominada por la bahía de la
Concha y habitada en la Antigüedad por
una pequeña comunidad de pescadores

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que se protegía de los vientos del norte
gracias al monte Urgull. La población se
fue transformando con el paso de los
siglos en una ciudad burguesa dedicada
al comercio marítimo y cuya proximidad
con Francia y con el reino de Navarra la
hizo florecer y enriqueció a sus
habitantes. Una ciudad numerosas veces
incendiada e inmersa en múltiples
guerras debido a su situación
estratégica; una ciudad que destruyó las
murallas que le impedían expandirse;
una ciudad cuya lengua, el euskera, era
inclasificable, de raíces desconocidas y
considerado la lengua viva más antigua
de Europa. Y una ciudad de apenas
doscientos mil habitantes que él
consideraba terreno abonado para el
éxito policial tras la progresiva
desaparición de ETA; una ciudad a la
que él mismo solicitó el traslado,
cansado de las peleas con los
superiores, de batallar contra molinos
de viento. El jefe superior de la Policía
solo puso una condición: el traslado
también a la Ertzaintza. A quinientos
kilómetros y en otro cuerpo no
molestaría más. Del periplo en Madrid
lo único que le quedaba, aparte de su tío
y algunos recuerdos borrosos, era el
coupé, un Ford Mustang GT Cobra de
1968, negro y con dos rayas blancas que
cruzaban el techo y el capó, uno de los
muchos objetos confiscados en una
redada de drogas que él mismo
orquestó. Había sido propiedad de un
traficante ruso que coleccionaba
automóviles clásicos americanos, y tras
una subasta ficticia se convirtió por una
suma irrisoria en su gratificación
encubierta por el éxito de la operación.
Era otra época, «los buenos tiempos»,
decían los veteranos.
Leire Aizpurúa se dirigía a su lugar de
trabajo en su pequeño utilitario de
segunda mano. Durante los últimos
meses, su prima la acompañaba como
copiloto: Marta Zubia, que al final había
optado por seguir sus pasos y emprender
la carrera de Químicas a pesar de que
Leire había intentado disuadirla.
Marta vivía en el barrio de Amara y
no debía preocuparse por pagar un
alojamiento porque se refugiaba en el
hogar materno. Sin embargo, para Leire
todo resultaba diferente, tenía
veinticinco años, trabajaba como
becaria en la Facultad de Ciencias
Químicas y ganaba un exiguo sueldo que
destinaba al alquiler de un estudio en el
barrio del Antiguo, muy cerca de donde,
según los viejos del lugar, hubo un
monasterio, el primer asentamiento
documentado de San Sebastián. Nunca
llegó a convertirse en municipio a causa
de un fuero que trasladó el núcleo
urbano al puerto y su burgo amurallado
al pie del monte Urgull. No obstante,
seguía tratándose de una buena zona, con
gran actividad social y bien situada, a
media hora a pie del actual centro, la
playa de Ondarreta al cruzar la avenida
de Satrústegi y una euskal taberna
pegada al portal donde acostumbraba a
quedar con los amigos para tomar
pintxos regados con zuritos. Llevaba ya
tres años residiendo fuera de casa, sus
padres vivían en un caserío de Tudela, y
ahogaba la morriña con visitas
esporádicas y llamadas telefónicas.
Todo el mundo en la vida aspiraba a
mejorar, pero ella no podía quejarse.
En la radio, sintonizada en un canal
de clásicos del rock, sonaba Born to run
de Bruce Springsteen. Habitualmente
empleaba la música
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