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El silencio de la escritura – Emilio Lledó

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Para preparar esta edición de EL
SILENCIO DE LA ESCRITURA, volví a leer
el libro con el apasionamiento exigido
por un escrito que incitaba a su autor a
ampliarlo y enriquecerlo. Me parecía
que algunos de los problemas que se
plantean en él tocan un punto vital de la
cultura contemporánea. El sentirme
estimulado por mis propias páginas no
se debía, por supuesto, a la pericia del
escritor, sino a las perspectivas que me
abría y a los retos teóricos frente a los
que me situaba.

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Pero después de esa lectura
percibí, con bastante claridad, el sentido
del viejo dicho sobre el destino de los
libros, y de su particular y singular
historia. Alargar alguno de sus
capítulos, extenderme en análisis e
indicaciones bibliográficas sobre
trabajos que leí cuando lo preparaba o
que he estudiado posteriormente no
añadía nada demasiado nuevo a sus
páginas. Sólo me he permitido
completar con una referencia a Schlegel
los capítulos sobre la «fórmula
hermenéutica». Además, el sentimiento
de que el libro necesitaba ser
completado —ese libro escrito en un
momento concreto de la vida de su autor
— no tiene ya casi justificación. Es
cierto que la comunicación y el len guaje
son cuestiones fundamentales en nuestro
tiempo y que la reflexión sobre ello
puede ayudarnos a seguir pensando y a
seguir viviendo. Pero el marco en el que
se recoge aquí EL SILENCIO DE LA
ESCRITURA es suficientemente amplio
como para oír, dentro de él, otros
silencios y para escuchar algunas de las
voces que lo llenan.
Me ha parecido también que el
libro dibujaba, con cierta nitidez, el
perfil de una serie de cuestiones que
delimitan el territorio donde construir un
ejercicio de crítica textual que ayude a
percibir mejor la voz del pasado. Y al
lado de esta tarea interpretativa, que se
vierte hacia la ladera de la literatura y
de toda la tradición escrita, hay un
dominio en el que se instalan todos los
mensajes de nuestro presente. Mensajes
que, muchas veces, no iluminan la
inteligencia, sino que la manipulan, la
desorientan y la aniquilan. Precisamente
porque son tantos los canales, tantas las
vías de información, sus autopistas y
redes, podría olvidarse que la
racionalidad y la cultura no dependen de
esas señalizaciones y vías de superficie,
sino de la tierra profunda que las
sostiene. Un ejercicio, pues, de
creatividad sobre las posibilidades del
pensamiento humano desde el horizonte
de su propia historia, de la historia de la
literatura, del arte, de la ciencia, de la
filosofía. Un cultivo que debe
extenderse también a esclarecer la
mirada con una proyección crítica que
impida el que esos canales de
información acaben empujándonos, sin
luz y sin memoria, hacia el dique seco
de la barbarie.
PRÓLOGO
Es posible que se convierta en un
asunto urgente el reflexionar sobre la
memoria y la escritura. No sólo porque
la presión de un espacio social
sobresaturado de informaciones y
noticias, en buena parte manipuladas,
acaba por encerrar a los hombres en la
absorción, sin disfrute y provecho, de un
presente cada día más electrónico y más
efímero, sino por la ideología que llega
a teñir insensiblemente esos hechos.
En unas recientes declaraciones a
la prensa, un personaje instalado en

sistemas educativos, por difícil que ello
resulte, tienen que dejar de reproducir el
pasado y hasta el presente, para
anticiparse al futuro». Dicho en estos
términos, parecería que este consejo
manifiesta la preocupación porque los
habitantes del planeta seamos,
efectivamente, hijos de nuestro tiempo.
Pero me temo que, más o menos
conscientemente, detrás de tal
amonestación se oculta una absoluta
frivolidad e incoherencia, que no
merecería la pena ser mencionada si no
fuera porque una nueva generación de
tecnócratas agujereados participan,
desde determinadas instituciones, en
semejantes principios ideológicos.
No es fácil entender, entre las
muchas objeciones que se pueden hacer
a semejante teoría, qué quiere decir esa
anticipación del futuro que, sin pasado
ni presente, parecería más bien un
grotesco salto en el vacío. Pero, además,
esa obsesión por borrar el pasado
colectivo y quién sabe si individual,
aparte de interpretaciones
psicoanalíticas, podría ser una clave
para justificar cualquier vileza del
presente con la impunidad de saber que
nunca será recordado.
Todo lo que hacemos y, por
supuesto, todo lo que vive nuestro
cuerpo, se sostiene, entiende y justifica
sobre el fondo irrenunciable de lo que
hemos sido. Ser es, esencialmente, ser
memoria. Por ello no deja de sorprender
esa negación del propio ser que,
paradójicamente, no podría tener futuro
alguno si no se funda sobre el presente y
el pasado. Ante esos futurólogos de la
nada, no parece, pues, anacrónico el
intento de dar algunas pautas para una
posible investigación que abra un poco
más la entreabierta puerta de la
memoria. La gran tradición escrita, que
constituye la mayor riqueza de eso que
se suele llamar el espíritu humano, no
puede suprimirse por la
irresponsabilidad de las doctrinas
funambulescas que, entre otras cosas,
cierran la posibilidad de oír otros
lenguajes que aquellos del presente e
impiden prestar atención a otras voces

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