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El suave roce de tu pelo – Fernando de Cea

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alta y desgarbada figura caminando, más como James Stewart que como Henry Fonda, mientras atravesaba el garaje; su mirada clara con los mismos ojos azules que la
enamoraron nada más verlos; su exagerada nuez que se movía sola, como si con los años se hubiera descontrolado —eso a ella le daba risa—, y su determinación, su
seguridad, al intentar abrir un coche que no era el suyo —volvían las risas—. Ese era su marido, el amor de su vida.
Volvió al salón, pero no salió a la terraza, se paró antes en el escritorio de caoba y abrió el cajón de la derecha para sacar un conjunto de folios grapados. Con ellos
en una mano y la taza de café en la otra, aún descalza, atravesó la puerta de cristal corredera y se acomodó de nuevo en el asiento de mimbre del ático.

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Le mataba la curiosidad por leer lo que su marido había estado escribiendo los últimos días. Lo había visto muy concentrado en ese proyecto y apenas le había
comentado de qué se trataba. En realidad, casi no habían hablado de nada desde que su tiempo libre lo pasaba en el ordenador tecleando sin parar, como un escritor
cuando por fin le llega la inspiración después de un largo período de sequía literaria. Desde luego, parecía haberse tomado muy en serio la invitación de la Academia de
Policía de Ávila para dar una conferencia a los alumnos del último año. Sólo le adelantó a su mujer que tenía muy claro de qué les iba a hablar: de uno de los casos más
difíciles con los que le tocó lidiar cuando era inspector en Sevilla.
Ojeó los folios y vio que no eran demasiados. En un par de horas lo habría leído todo. Luego se encargaría de arreglar la casa y preparar una suculenta comida para
sus hijas. Las gemelas llegaban desde Turín para las vacaciones de Semana Santa. ¡Cómo había pasado el tiempo! Daba la impresión de que habían dejado la guardería
directamente para irse al extranjero a disfrutar de la beca ERASMUS.
Con ese pensamiento, le dio el último sorbo al café que ya estaba frío y dejó la taza en una mesita redonda de cristal, con el armazón y patas también de mimbre.
Después, se sumergió en una lectura sorprendente que la atrapó desde el principio:
Capítulo I
Recuerdo perfectamente la primavera del 86, hasta los detalles más nimios; y eso que no me considero una persona con muy buena memoria. Como la mayoría de la
gente, tengo mejor capacidad de retentiva en aspectos que me interesan, en aquellos que ejercito más de lo habitual por estar obligado a ello o porque me gustan
especialmente. Memoria selectiva, dicen. En mi caso, recuerdo mucho mejor lo que se refiere al
trabajo, de igual forma que memorizo sin dificultad todo lo relacionado con mi afición preferida, el cine.
Soy especialmente bueno en retener el rostro de una persona. Si me enseñan la fotografía de un sospechoso, o el retrato robot de un delincuente, y esa cara la he
visto anteriormente, en, pongamos, uno de los álbumes de la comisaría de personas fichadas por robo a mano armada, es muy normal que me acuerde del tipo. Algo que
me sirve para adelantar muchas horas de oficina, aunque más tarde lo tenga que confirmar. Lo mismo sucede si me preguntan, por ejemplo, por la película ganadora del
Óscar en 1960, o por el reparto de tal o cual cinta de Howard Hawks o Stanley Kubrick. No suelo fallar porque me gusta leer sobre el tema, porque poseo miles de
películas en VHS o DVD que reviso una y otra vez. Raro es el día que no veo un filme después de cenar. A partir de ahora, ya jubilado, podré dedicarme casi a tiempo
completo a ordenar mi colección y a ver más largometrajes.
El cine, además, me sirve como referencia en el tiempo para situar ciertos acontecimientos que han significado algo en mi vida. El suceso del que les voy a hablar
ocurrió el mismo año en el que vi por primera vez una película de John Ford en la gran pantalla; por supuesto se trataba de un reestreno debido a un ciclo que
proyectaban en un cine club del centro. Precisamente fue en ese año, 1986, en el que surgió mi interés por el séptimo arte, una afición que tomé prestada de otra persona
y que me cambió completamente la vida.
El caso que les cuento sucedió a primeros de abril. Por aquel entonces yo salía con Conchita que era mi novia formal, eso significaba que pasaba horas y horas en su
domicilio, como si ya estuviéramos casados. Recuerdo que las veladas en casa de Conchita se me hacían eternas porque, daba la casualidad, de que también era la
vivienda del comisario Castillo, mi jefe. ¿Hay algo peor que un suegro que al mismo tiempo es tu superior en el trabajo?
Conchita era suave, es la palabra que mejor la definía, joven y suave. Era rubia y graciosa, con la nariz respingona y con unos ojos del color del cielo despejado a
mediodía. En aquellos años de noviazgo, hace casi tres décadas, su cuerpo dibujaba ligeras curvas que perfilaban una figura esbelta y sensual. Yo la deseaba, pero su
padre no debía fiarse mucho de mí, o eso o ella estaba chapada a la antigua, o yo estaba muy ocupado, o tenía mala suerte, o todo a la vez. El caso es que apenas
encontrábamos tiempo y espacio para estar a solas. Yo me cansé de aquella situación que sólo podía tener un final: el matrimonio.
Pedirle a Castillo la mano de su hija se me antojaba tan duro como subir al Everest en bicicleta por la cara norte. Me imaginaba la escena: primero yo en silencio,
aguantando las reprimendas del comisario por llegar tarde, por el retraso en la entrega de algún informe, o por cualquier otro motivo derivado de mi despiste
generalizado; después, al finalizar la bronca, con un valor merecedor de la medalla al mérito policial, yo atragantado, con voz ronca e insegura pronunciando las palabras
que me iban a atar de por vida a Conchita —y a Castillo—, balbuceando la terrible frase: «Quiero casarme con su hija.» Cuando pensaba en ello, me entraban sudores y
siempre concluía lo siguiente: ¡mejor esperamos al mes que viene!
Mientras me armaba de valor, transcurrieron los años, y en el 86 ya llevábamos casi un lustro de tonteo sin compromiso formal. Castillo seguía invitándome a su
casa, pero ya me miraba mal.
Desde luego, el padre de Conchita infundía mucho respeto. Era toda una institución en el cuerpo de policía. Castillo no hablaba mucho, y cuando lo hacía era para
lanzar una sentencia que los demás nos encargábamos de enmarcar para tenerla siempre presente. Grueso, de escaso pelo cano y mirada firme, llevaba viudo muchos
años y nadie recordaba la última ocasión en que lo vieron reírse. Fumaba sin parar en un pipa gastada por el uso, con la boquilla tan mordisqueada que hacía tiempo que
había perdido el color.
Me acuerdo de lo incomodo que me sentía en casa de Conchita en las sesiones futboleras previas al mundial de México. Allí estaba sentado en una silla, como un
invitado en la casa de un Lord inglés a tomar té y pastas, sin poder exteriorizar gritos, pataletas, insultos al árbitro y demás aspavientos propios del hincha apasionado
que era —ahora lo soy menos—; algo que sí hacía en compañía de mis colegas cuando organizábamos reuniones improvisadas en torno al televisor, en la sala de recreo
de la residencia de la policía. Al final se convertían en meriendas-cenas o comilonas a base de bocadillos y regadas con litros y litros de cerveza.
Veladas en las que también participaba el recién llegado agente Yáñez —hoy flamante comisario jefe de la policía autonómica de Andalucía—. Pedro Yáñez era
entonces alumno en prácticas de la escala ejecutiva del cuerpo de policía, y estaba destinado en la comisaría bajo mi supervisión. Yáñez era el menor de una familia de
agricultores de Los Palacios cuya vida giraba en torno al aceite de girasol. Contra todo pronóstico, fue el único que abandonó el campo para dedicarse a un oficio
radicalmente distinto. Se adaptó pronto a la ciudad, demasiado pronto en realidad: para lo joven que era, se movía como pez en el agua por ella. Todo lo contrario que
yo, que no pasaba de mi barrio, excepto en las ocasiones en las que acudía a otros vecindarios cuando el trabajo así lo requería.
En aquel tiempo, Yáñez tenía un pelo negro tan terco — supongo que ahora lo echará de menos, dada la alopecia galopante que sufre— que el barbero de la
comisaría era uno de sus amigos más íntimos. Lo llevaba siempre cortado al cepillo, en especial en sienes y nuca, como un marine. El blanco de la zona recién pelada
contrastaba con su tez, tan morena como la de un saharaui. Corpulento y simpático, algo bruto en su manera de expresarse, Yáñez hablaba por los codos; no era muy
alto, pero tenía la mandíbula de hierro, cuadrada, y estudiaba taimado a las personas desde unos agudos ojos oscuros. Ni mucho menos aparentaba la edad que tenía.
Dicen que la gente de campo envejece mucho antes, en el caso de Yáñez desde luego se cumplía el dicho. Yáñez era muy abierto, demasiado, y tenía la mala costumbre
de tomarse excesivas confianzas, sobre todo conmigo. La culpa no era de él, fui yo que no le paré los pies en su día porque, la verdad, me hacía bastante gracia y no me
importaba que me llamase “patrón” y que me tratara como a un amigo, más que como a un superior.
La aportación de Yáñez, su punto de vista, el propio de un agente novel que aún no se había maleado por el desengaño de duros años de servicio, resultó crucial para
resolver el extraño caso que se nos presentó. Un asunto que, sin duda, cambió radicalmente mi vida cuando despertaba la primavera del 86.
Precisamente, fue Yáñez con aquella cara de sorpresa continua, como la de un novio al que le dejan plantado en el altar, el que me dio la noticia:
—Patrón, han encontrado asesinado a un hombre en un piso del Porvenir.
Capítulo II
El crimen tenía pinta de ser pura rutina, eso me dijo Castillo con desdén cuando me despedí de él en la comisaría. Un comentario que pronto advertí era de lo más
irónico, dado lo estancado del caso. El inspector que se había encargado de las diligencias previas me puso al día cuando ya comenzaba la segunda semana desde el
hallazgo de la víctima. Me dijo que las investigaciones se encontraban en un
punto tan muerto como el finado. Al parecer el viejo —el fallecido era un hombre mayor, ya jubilado— vivía con la persona que descubrió el cadáver,

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1 Comment

  1. Es una novela policiaca que mezcla con gran habilidad la investigación policial y la importancia del instinto y la fuerza del amor. Resulta una lectura placentera y su brevedad favore que se devore de un tirón. Totalmente aconsejable.
    Saludos

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