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Libro PDF El suave susurro de los sueños de Christina Courtenay

El suave susurro de los sueños de Christina Courtenay

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varios documentos dispuestos en
montones ordenados. Madeline Browne
y su hermana pequeña, Olivia, ocupaban
los dos sillones de enfrente y esperaron
en silencio a que continuara.
—Sí, ¿y…? —Olivia, tan impaciente
como siempre, le instó a que prosiguiera
en cuanto no lo hizo de inmediato.
—Bueno, hay un pequeño detalle que
todavía tengo que revelaros —dijo al fin
—, aunque no afecta en absoluto al
asunto de la herencia. —Se le veía
claramente incómodo y tuvo que
aclararse la garganta un par de veces.
Una mosca zumbó en la ventana
intentando escapar hacia la libertad que
proporcionaba el exterior. Maddie
deseó poder hacer lo mismo, pero tuvo
que conformarse con tragarse las
lágrimas que amenazaban con volver a
desbordarse. Toda aquella horrible
situación la estaba sobrepasando.
—Vuestros padres añadieron un
codicilo en el testamento según el
cual… Bueno… Tengo que deciros
que… En resumidas cuentas, ellos
creían que debíais saber que no sois
hermanas de sangre —dijo de sopetón.
Inmediatamente después añadió—:
Maddie, eres adoptada.
Maddie soltó un jadeo y miró al
abogado.
—¿Adoptada?
—Sí, así es. —El señor Parker hizo un
gesto de asentimiento para dar mayor
énfasis a su revelación y se dispuso a
ordenar una pila de papeles que estaba
perfectamente alineada.
—¿Pero qué…? Quiero decir, ¿por
qué…? —Maddie no podía creerse lo
que estaba oyendo y a su cerebro le
costó horrores procesar la información.
Tenía una extraña sensación en el
estómago, como si se hubiera tragado
una bolsa llena de cubitos de hielo y se
le hubiera entumecido la parte superior
del torso. Sabía que la lectura del
testamento sería dolorosa, pero aquello
era algo del todo inesperado. ¿Cómo
podían sus padres haber mantenido un
secreto así durante tanto tiempo? ¿Por
qué demonios no se lo dijeron? Tenía
veintisiete años, ya no era ninguna niña.
Como si le estuviera leyendo el
pensamiento, el señor Parker dijo:
—Me temo que no sé por qué no te lo
quisieron decir antes. Tal vez pensaron
que era lo mejor para ti. —Se encogió
de hombros—. Nunca me contaron nada
sobre este asunto.
Otro silencio, esta vez mucho más
incómodo. El señor Parker se movió
nervioso en el sofá y se inclinó hacia
delante para volver a ordenar los
papeles. Maddie se había quedado
paralizada, incapaz de mover ni un solo
músculo, aunque las siguientes palabras
de su hermana la sacaron de aquel
trance.
—Si Maddie no es mi hermana de
verdad, ¿por qué tiene derecho a la
mitad del dinero de mis padres?
—¡Olivia! —El abogado abrió los
ojos claramente escandalizado por tal
pregunta, pero Maddie ni siquiera
pestañeó. Es más, aquello casi le
arrancó la primera sonrisa desde que le
comunicaron la noticia del accidente de
tráfico de sus padres. La pregunta era un
claro ejemplo de la forma retorcida y
egoísta en que funcionaba la mente de su
hermana. Nadie la conocía mejor que
ella.
—Como hija adoptiva de tus padres,
Maddie tiene los mismos derechos que
tú, Olivia. Todos los documentos están
en orden. —El abogado tenía los labios
apretados en una tensa línea y el ceño
fruncido en un gesto que mostraba su
profunda desaprobación, pero aun así
Olivia ni se inmutó y se limitó a enarcar
las finísimas y depiladas cejas sobre sus
maquillados ojos intentando fingir una
expresión de cándida inocencia.
—Pero si no tenemos ninguna relación
de consanguinidad, ¿no debería por lo
menos llevarme la parte más cuantiosa?
—Bajo la espesa capa de maquillaje
Olivia mostraba una expresión fría, de
total indiferencia. No había ningún
atisbo de dolor por el fallecimiento de
sus padres. Ni rastro de culpa por
querer despojar a su hermana de la
herencia. Nada que indicara que
entendía la crueldad de lo que estaba
diciendo. El señor Parker abrió la boca
incrédulo.
—¡Olivia, en serio, esto está
completamente fuera de lugar! —Se
volvió hacia Maddie con una mirada de
disculpa. Se notaba que aquel giro de
los acontecimientos le había pillado
desprevenido. Empezó a juguetear con
una elegante pluma estilográfica,
quitándole y poniéndole el capuchón. —
Me he quedado sin palabras —añadió
de forma innecesaria.
Maddie decidió que ya era hora de
acudir en su ayuda. Mientras escuchaba
las preguntas de Olivia, se vio invadida
por una furia contenida. Se dio cuenta de
que no se trataba de algo que hubiera
surgido de repente. No, la ira había ido
creciendo con los años, pero siempre se
había controlado por respeto a sus
padres. Ahora, sin embargo, ya no había
ninguna razón que le impidiera dejarla
salir y esa rabia le dio la fuerza
suficiente para lidiar con aquello de una
vez por todas.
—No se preocupe, señor Parker. —Se
inclinó hacia delante para colocar una
mano sobre su manga, intentando
tranquilizarle—. Como bien puede
imaginarse, esta noticia me ha causado
un gran impacto, pero también me ha
hecho ver una cosa muy clara. Olivia no
es y nunca ha sido una hermana para mí.
A pesar de lo mucho que he luchado por
que tuviéramos una relación más
cercana, no lo he conseguido. Siempre
me he preguntado por qué, pero hoy me
acaba de dar la respuesta. Gracias.
—Ya estás haciéndote la santa, como
siempre —susurró Olivia en tono
despectivo.
Maddie no mordió el anzuelo. Años de
práctica le habían enseñado a ignorar
las pullas de su hermana para evitar dar
un disgusto a sus padres, que detestaban
las confrontaciones de cualquier tipo.
Además, no iba a ganar nada
contraatacando. Olivia tenía la piel más
dura que un armadillo y al final, no
sabía muy bien cómo, siempre se salía
con la suya.
—Tus padres te adoptaron porque
creyeron que no podrían tener hijos
propios —intervino el abogado—. Los
he conocido durante años y siempre te
quisieron como si fueras hija de su
propia sangre. Y eso no cambió cuando
fueron bendecidos… —vaciló
ligeramente y lanzó una mirada dudosa
en dirección a Olivia— …con una hija
biológica.
—Lo sé, señor Parker. —Maddie alzó
una mano para detenerle. Todo era muy
reciente, todavía seguía con las
emociones a flor de piel y prefería no
seguir hablando. Lo único que ansiaba
era salir de esa estancia, de esa casa y
alejarse de Olivia—. Estoy de acuerdo
con usted, no he podido tener mejores
padres. Me dieron lo que más necesitaba
cuando estaban vivos: su amor. Ahora
no quiero nada más de ellos. Deje que
Olivia se quede con todo. No me
importa.
—Pero Maddie, claro que importa.
Estamos hablando de una cantidad
considerable de dinero. —El rostro del
abogado volvía a tener la misma
expresión de incredulidad de antes.
—No. Lo digo en serio. La conozco
mejor que nadie. —Ahora fue el turno
de Maddie de mirar a Olivia—. Y sé
que no parará hasta que no se salga con
la suya.
Olivia apartó la vista y se dedicó a
estudiar sus perfectamente pintadas
garras como si la discusión no fuera con
ella o no hubiera sido la culpable de
meter al zorro en el gallinero. Maddie
apretó los dientes.
—No hay nada que Olivia pueda hacer
al respecto —protestó el señor Parker
—. Todo está en regla.
—No me importa. Ni siquiera quiero
volver a verla o hablar con ella. Así
que, si es tan amable de ayudarme a
recoger algunos objetos personales y
recuerdos, puede quedarse con lo
demás. Se encargará usted del papeleo
necesario, ¿verdad? —Maddie estaba
que echaba humo, incluso podía sentir
sus emociones al rojo vivo burbujeando
en su interior y dispuestas a salir como
llamas incandescentes en cualquier
momento, pero estaba decidida a
controlarse. Ya lloraría más tarde,
cuando estuviera sola. Ahora, sin
embargo, saldría de aquel lugar de la
manera más digna posible y no se
molestaría en mirar atrás. Nunca
regresaría. Era la única forma de
hacerlo.
Olivia, que había estado escuchando
sus últimas palabras con una sonrisa de
satisfacción en los labios, frunció el
ceño de repente y la miró de forma
sospechosa.
—¿Qué es lo que vas a recoger? No se
te ocurra llevarte el mejor…
—¡Olivia! —ladró el señor Parker con
una voz que le recordó a la de un
director recriminando su
comportamiento a un alumno difícil. Si
los padres de Olivia hubieran intentado
ir por ese camino en alguna ocasión, lo
más seguro es que no hubieran tenido
que mantener esa conversación ahora—.
Te sugiero que des las gracias por la
suerte que has tenido —continuó el
abogado, fulminando con la mirada a su
hermana— y dejes que Maddie se lleve
lo que quiera. Si no, haré todo lo
posible para conseguir que acepte su
parte de la herencia. No vayas a creerte
ni por un momento que no soy capaz de
hacerlo. O incluso, si es necesario,
puedo retener un fideicomiso en favor
de sus futuros hijos. —Se le veía tan
determinado por lograr su objetivo que
Olivia asintió en silencio.
—No te preocupes, Olivia —Maddie
esbozó una tensa sonrisa—. Nunca
hemos tenido los mismos gustos, así que
lo más probable es que no me lleve nada
a lo que le tengas mucho aprecio. —Se
puso de pie y se dirigió hacia la puerta.
—Ya veremos —masculló Olivia
mientras seguía a la que hasta ahora
había sido su hermana fuera de la
estancia con los brazos cruzados sobre
el pecho de forma beligerante.
El señor Parker cerraba la comitiva
con la ira e incredulidad reflejadas en su
rostro. Cuando alcanzó a las dos
hermanas, Maddie vio su expresión
confundida y le susurró:
—En serio, señor Parker, es mejor así.
Ahora seré libre para siempre. Confíe
en mí, merecerá la pena.
Al señor Parker no le quedaba más
remedio que creerla.

—¡K
Capítulo 2
ayla! Qué alegría verte.
Muchas gracias de nuevo por
dejar que me quede habiéndote avisado
con tan poco tiempo.
Maddie abrazó a su amiga Kayla
Marcombe e intentó contener las
lágrimas que amenazaban con
desbordarse. Allí, por lo menos, se
sentía bienvenida y eso bastaba para
abrir el dique de sus ojos, aunque se las
arregló para volver a cerrarlo.
—Oh, Maddie, sabes que estamos
encantados de tenerte con nosotros
siempre que te apetezca. Es normal que
quieras alejarte de Londres después de
lo que ha pasado estas últimas semanas.
—Kayla le rodeó los hombros con el
brazo, a pesar de que Maddie era casi
una cabeza más alta, y tiró de ella hacia
la gran escalera de caracol—. ¿Tan
malo fue?
—Ni te lo imaginas. —Se estremeció
ante los recuerdos y siguió a su menuda
amiga por las escaleras sin apenas darse
cuenta del esplendor que la rodeaba.
Kayla se había casado con un baronet y
vivía en Devon, en Marcombe Hall, una
mansión del s. XVII. Sin embargo, como
visitaba con frecuencia a la pareja, la
magnificencia de la vivienda había
dejado de impresionarla. Para ella,
ahora solo era la casa de Kayla.
—Anda, ven y cuéntamelo todo —
instó Kayla mientras la llevaba hacia
una de las habitaciones de invitados.
Esta en particular estaba decorada con
tonos amarillos y lilas, aunque le
hubiera dado igual que fuera naranja
fosforito. En lo que a ella concernía,
hasta un dormitorio espartano en un
convento de monjas hubiera sido
preferible a su apartamento

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