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Libro El templo del jazmín – Corina Bomann

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PDF Descargar Esa mañana el mar estaba muy tranquilo. Las olas rompían con cadencia y empujaban algunas algas y unas cuantas conchas hasta la playa. El cielo, en sintonía con
esa delicada sensación, estaba cubierto de unos velos de bruma rosa claro. Las rocas descollaban como oscuros vigías en el espejo del mar. Melanie inhaló ese aire cálido
y con olor a algas, y sonrió. Aquello era un auténtico paraíso.
–¿Melanie? –La suave voz oscura que siempre le recordaba al terciopelo color azul medianoche la sacó de su ensimismamiento.
Se volvió hacia un lado y lo vio, de pie, unos pasos detrás de ella. Su cuerpo, esbelto y atlético, vestido con pantalones color caqui y una camisa blanca; esa barba que
le confería a sus rasgos marcados un carácter audaz. El viento de la mañana le había alborotado la corta cabellera rizada. Con el palafito y el suave cielo matutino al

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fondo, parecía un modelo dispuesto a extasiar al universo femenino desde una revista de papel cuché.
Melanie sonrió, le dio la espalda al mar y corrió hacia él. Se besaron, y entonces Robert dijo:
–Tenemos que ir al ferry. No querrás que zarpe sin nosotros, ¿verdad?
Ya en el muelle, vio a otros pasajeros que también querían embarcar. Había una gran aglomeración.
–No te preocupes, yo estoy contigo –dijo Robert mientras le aferraba la mano y tiraba de ella entre el gentío–. No vamos a perdernos tan pronto.
Poco después apareció el ferry. El barco atracó en el muelle y los tripulantes lanzaron las amarras, pero el pasaje no desembarcó. Algo conmocionó entonces a la
muchedumbre.
Melanie no podía ver qué ocurría, solo que la gente se dejaba llevar por el pánico. Algunos intentaban alcanzar la embarcación, otros parecían haber cambiado de idea
y querer dar marcha atrás. Empezaron a tirar de ella con tal fuerza que temió perder a Robert.
–¡Sujétame fuerte! –le gritó, pero aunque la mano de él estaba bien cerrada sobre la suya, al final lograron separarlos.
A pesar de que Melanie quería llegar al barco, los que empujaban en dirección a tierra firme la arrastraban consigo. La cabeza de Robert desapareció entre la multitud.
Ella lo llamaba, pero de su garganta no salía ningún sonido, y no hacían más que empujarla hacia tierra mientras que Robert se perdía en el interior del ferry con el resto
de la gente. ¿Acaso no se daba cuenta de que le había soltado la mano? ¿O es que no podía dar marcha atrás? Presa del pánico, Melanie intentó abrirse camino entre la
muchedumbre, pero, cuando por fin consiguió llegar, el barco ya había zarpado. Vio a Robert en cubierta, que le hacía señales y le decía algo que ella, no obstante, no
entendía. Desesperada, alargó una mano hacia él, pero ya lo había perdido.
–¿Señora Sommer?
Melanie despertó sobresaltada de su sueño cuando alguien le tocó el hombro. Confusa, levantó la mirada. Habían pasado las horas, era por la tarde y el sol había

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conseguido ahuyentar el gris de la lluvia, pero había tardado demasiado y ya se estaba poniendo por detrás de los edificios del hospital. Ante ella tenía a la enfermera de
recepción. Justo entonces comprendió que no se encontraba en el aeropuerto, como había supuesto en un principio, sino en la sala de espera de urgencias. ¿Cuántas
horas había dormido?
La enfermera parecía preocupada.
–¿Se encuentra usted bien?
Melanie asintió con la cabeza.
–El señor Michaelis acaba de salir de quirófano y ahora está en cuidados intensivos. Al doctor Paulsen, el médico que lo ha atendido, le gustaría hablar con usted.
Esas palabras la sacudieron como una descarga eléctrica.
–Entonces, ¿está vivo? ¿Cómo se encuentra?
–Debería hablar con el doctor Paulsen, él se lo explicará todo mucho mejor… –La enfermera le hizo un gesto de ánimo con la cabeza y después señaló una puerta.
–Gracias.
Melanie se levantó, agarró la cazadora y echó a correr.
Guiada por la enfermera responsable, pasó por delante de varias puertas cerradas tras las que se oían pitidos de diferentes tonalidades entreverados con chasquidos y
resuellos de máquinas diversas. En una de estas habitaciones se encuentra Robert, pensó de súbito, y justo entonces se le cerró la garganta y empezó a dolerle otra vez
el estómago.
La enfermera condujo a Melanie hasta una sala de consultas y le pidió que esperara allí. Unos minutos después apareció el médico, un hombre muy alto vestido con
ropa de quirófano.
–¿Señora Sommer? –Le ofreció la mano, que olía a jabón y desinfectante. Tenía el pelo algo canoso en las sienes, y sus ojos castaños la miraban con afabilidad–. Soy
el doctor Paulsen. Yo he atendido y operado al señor Michaelis.
Melanie asintió con la cabeza, pero no fue capaz de pronunciar un «Encantada de conocerlo». Por suerte, el médico tampoco parecía esperar una respuesta.
–¿Cómo…? ¿Cómo está? –preguntó con el corazón encogido mientras el hombre tomaba asiento tras el escritorio.
–En estos momentos es difícil decir nada. Está vivo, pero su estado reviste mucha gravedad. –Abrió el historial clínico de Robert–. Nos lo han traído sobre las ocho,

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con numerosos traumatismos y una fractura en el cráneo. Las radiografías han mostrado una hemorragia cerebral causada por las heridas, que hemos tenido que tratar
mediante la operación.
A las ocho. Más o menos a esa hora ella iba en el autobús, encajonada entre los demás pasajeros.
Melanie se alegró de estar sentada.
–¿Ha…? ¿Ha sufrido daños cerebrales?
–Sí, entre otras cosas. La hemorragia le ha provocado una gran presión bajo la bóveda craneal y no queríamos que el cerebro acabara más perjudicado aún, de modo
que nos hemos encargado de descongestionarla.
Melanie cerró los ojos. No era capaz de imaginar con claridad una herida tan grave en la cabeza, pero todo eso de la presión en la bóveda craneal, la hemorragia y la
descongestión sonaba muy mal.
–¿Y en qué estado se encuentra ahora?
–Por el momento, estable. Pero en esta fase pueden producirse imprevistos. Hacemos todo lo que está en nuestra mano para que recupere la salud.
Esta vez no supo qué contestar. A sus oídos, lo que decía el doctor Paulsen sonaba como una frase sacada de una serie de médicos, de esas que, cuando aparecían en
la tele, cambiaba de canal.
Un peso insoportable parecía comprimir de pronto su pecho y lastrar sus hombros, y al mismo tiempo se sentía extrañamente entumecida.
–¿Puedo verlo?
El doctor Paulsen asintió.
–Sí, pero solo un momento. Está en cuidados intensivos y bajo vigilancia constante. También debería saber que ha quedado en coma, así que no podrá hablar con él.
Esas palabras fueron como una bofetada.
–¿En coma? ¿Se refiere a un coma inducido?

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–El coma se ha producido de forma espontánea. Su cuerpo ha reaccionado así a las heridas.
–¿Y cuándo despertará? –Melanie, desesperada, buscó en su recuerdo cualquier información que hubiera recopilado en algún momento sobre los comas, pero no le
venía nada a la cabeza.
–Es probable que cuando su cuerpo esté preparado para ello. De momento, el coma le sienta bien. Ayuda todo lo posible al organismo en su recuperación.
–Y… ¿sufrirá daños permanentes? –preguntó Melanie con inseguridad, aunque al instante se reprendió a sí misma. ¡Alégrate de que siga vivo!
–Eso todavía no podemos decirlo, es demasiado pronto. Le sugiero que vuelva a venir por aquí mañana o pasado, o que llame por teléfono. Tal vez sepamos ya algo
más. En caso de que se produjera algún cambio, enseguida la avisaríamos, por supuesto.
Unos minutos después, Melanie salía del hospital como si estuviera anestesiada. No notó el frío que le cortaba el rostro al ir hacia el aparcamiento. No oyó los

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crujidos de la nieve helada que crepitaba bajo sus botas. La imagen de Robert inmóvil y con el cuerpo conectado a varios aparatos le ardía ante los ojos; las palabras del
médico eran lo único en lo que podía pensar en esos momentos. Robert estaba gravemente herido y en coma. Nadie sabía cuánto tiempo seguiría así, y solo las estrellas
podían decir si llegaría a recuperarse algún día.
Ese estúpido sueño… El ferry… ¿Qué significaba? ¿Quería advertirle que había perdido a Robert? ¿Que él se encontraba ya de camino al otro mundo? ¡No, no podía
ser! ¡Robert no podía abandonarla, ni en ese momento ni nunca!
Apenas consiguió llegar hasta su coche antes de que las rodillas dejaran de sostenerla. El miedo le atenazaba la garganta. Se desplomó en el asiento del conductor,
puso las manos en el volante y entonces, por fin, llegaron las ansiadas lágrimas.
1
ABRIL
Amor mío:
Hace tres meses que no estás conmigo. Es decir, por supuesto que estás aquí. Veo tu cuerpo en el hospital, conectado a las máquinas que te mantienen con vida
mientras duermes. Pero no oigo tu voz, no siento el tacto de tus manos y ya no me miras.
¿Dónde estás? ¿Andas quizá perdido por un laberinto del que no puedes encontrar la salida? Sí, así me imagino tu coma. Como un laberinto que te tiene prisionero.
Tal vez buscas una salida; o tal vez te has rendido a tu destino y ya solo vives agazapado en un rincón, demasiado débil para seguir adelante.
Yo misma me siento cada día más débil y no sé cuánto tiempo podré seguir soportando todo esto.
¿Oyes quizá mi voz? ¿Intentas ir hacia ella? Por si acaso, continuaré llamándote todos los días. Intento no perder la esperanza de que encontrarás la fuerza para
regresar de nuevo.
Seguro que recuerdas que queremos casarnos este verano, ¿verdad? Sin duda lo sabes, y faltan todavía cuatro meses. Tiempo suficiente, ¿a que sí? Tiempo
suficiente para que encuentres el camino. Yo intentaré aguantar.
Si puedes, hazme una señal que me diga qué hacer para sacarte de ahí. Lo cierto es que ahora duermo muy mal, pero tal vez podrías encontrar un hueco entre mis
sueños.
Vuelve conmigo, por favor. Te añoro muchísimo.
Te quiere,
tu Mel
En la villa no había cambiado nada. Sus muros rojos y blancos, sobre los que descollaba una pequeña torre, se alzaban entre un mar de vegetación. Las primeras
hojas verde claro brotaban ya en los árboles, y en las praderas brillaba el amarillo de incontables dientes de león.
Melanie redujo la velocidad del coche para contemplar el lago que limitaba con la propiedad y que tenía casi una tercera parte de su superficie cubierta de nenúfares.
Un cisne trazaba majestuosos círculos sobre el agua. Las nubes vespertinas parecían algodones rosados que se reflejaban en él. Por primera vez en meses sintió que la
invadía un sentimiento de calidez. ¡Cuánto hacía que no visitaba aquel lugar! Recordaba días de vacaciones y fines de semana felices, las fiestas navideñas en el gran
vestíbulo y las incontables noches de tormenta que había pasado despierta hasta que los truenos habían cesado.
Seguramente su madre tenía razón y pasar unos días con su bisabuela le sentaría bien. Al principio, Melanie se había resistido, pero luego reconoció que sería mejor
poner un poco de distancia. Los últimos meses habían sido un infierno. Se había pasado casi todos los días sentada junto a la cama de Robert con la esperanza de que
sucediera algo. Sin embargo, el coma seguía teniendo a su prometido tan preso como el primer día. A los médicos no les parecía extraño, pero la esperanza de Melanie de
poder volver a mirarlo a los ojos y decirle que lo amaba disminuía un poco cada día que pasaba.
Después de bordear el lago, enfiló el camino de grava y dejó atrás el cartel del Museo de la Moda de Blumensee. Lo habían fundado su bisabuela y su abuela hacía
unos quince años. Por aquel entonces, las dos acababan de regresar de Vietnam después de haber montado allí una fábrica textil. Ellas necesitaban un nuevo proyecto y
dio la casualidad de que la villa de Blumensee, en las afueras de una pequeña localidad de Brandeburgo, buscaba nuevo propietario.
Tras la reunificación de Alemania, el edificio había acabado en ruinas y rehabilitarlo era una tarea enorme para dos mujeres ya mayores y solas. Sin embargo, Hanna y
Marie, haciendo oídos sordos a los vecinos del lugar, que al principio se habían reído de sus intenciones, consiguieron contra todo pronóstico imponer su voluntad. Les
habían dado una lección a todos. Hacía unos cinco años que el museo estaba en marcha… ¡y el número de visitantes iba en aumento!
Melanie dejó el coche en el aparcamiento que había junto al edificio principal, alcanzó la maleta del asiento de atrás y se apeó. La grava crujió bajo sus zapatos y el
aroma de las primeras flores de la primavera llegó hasta ella. Unas espesas matas de jazmín separaban el jardín de delante del de atrás, cuyo acceso estaba restringido
para las visitas. En esos momentos el museo estaba cerrado y el recinto completamente vacío. Solo el ruido de un cortacésped zumbaba a lo lejos. Subió los peldaños
que conducían a la entrada principal y llamó al timbre. La bisabuela Hanna había mandado restaurar la vieja campanilla, y su maravilloso soniquete anticuado se oía
también desde el exterior. Mientras esperaba, contempló la vieja fuente decorativa que había en el centro de la rotonda formada por el camino de entrada. A causa de las
elevadas facturas del agua, solo la ponían en marcha durante el horario de apertura. Los vistosos arriates de flores que bordeaban el camino estaban muy bien cuidados.
Entonces resonaron unos pasos en el vestíbulo y una figura delicada apareció
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