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El último anarquista – Gastón Avale

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El paı́s estaba tranquilo. Tranquilo es una forma de decir ya que siempre habı́a algo para contar y un periodista está al acecho de todo lo que pueda
considerar noticia. En realidad lo único que sucedı́a en el paı́s era lo que pasaba en Buenos Aires. Del resto de las provincias nadie sabı́a nada. En la Ciudad
Autónoma de Buenos Aires, sobre todo, las noticias abarcaban desde accidentes de tránsito, robos a mano armada, paro de subtes, paro de docentes y
lı́neas de colectivo, paro de taxis, bancarios, etc. Parecı́a un inierno constante. Lo inexplicable es que la gente preiere ir a vivir ahı́ en vez de escaparse de

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lo que parece ser el peor lugar del mundo. ¿Por qué lo eligen tanto los extranjeros? Ahı́ está la cultura del argentino, la historia hecha vida, dı́a a dı́a. Y es
verdad, nuestra historia es un caos. Y por eso amamos el sufrimiento de viajar cuatro horas en tren todos los dı́as para ir a trabajar, amamos las odiseas
que se presentan, lo inesperado de las reacciones del otro. Todo puede suceder. Inundaciones con cada lluvia, reclamos de todo tipo a los gobernantes, en
fin, lo usual y cotidiano. No nos queda otra cosa que amar eso. Sino, no seríamos nosotros.
Tenemos el goce incrustado en el placer de sufrimiento. Amar sufrir no es nada. Es simplemente la condición sine qua non de los que
prefieren vivir en la capital.
Los dı́as se estaban volviendo cada vez más frı́os y el invierno que se avecinaba era mucho más crudo que los años anteriores. Sufrı́a mucha
gente con las heladas. Gripes, neumonías y, por sobre todo, el granizo que caía del cielo y hacía desastres por doquier.
Hasta el momento, Guillermo habı́a hecho todo lo que estaba a su alcance luego de perder contacto con Basilis. Hacı́a varios meses que no tenı́a
noticias tan increı́bles como la del Anarquista, que seguı́a suelto y sin establecer comunicaciones de ningún tipo. Ya no habı́a videos, no habı́a llamados. Eso
le daba a entender que habı́a estado cerca de encontrarlo, de verlo. Era casi un encuentro del primer tipo: el avistamiento de un OVNI en una noche
nublada. Habı́a visto algo, habı́a sentido algo, pero no estaba seguro qué era eso, ya que la distancia que habı́a mantenido el Anarquista hacı́a que todo
fuera algo difı́cil de creer. Guillermo ahora vivı́a solo. No se acostumbraba a tener la casa a su entera disposición. Todas las noches se comunicaba con su
mujer, que todavı́a preferı́a mantener la distancia. Que el Anarquista no se comunicara más con él, no era indicio de que todo se habı́a terminado. Y él lo
sabía muy bien.
Dejaba que ella hiciera las compras y se las llevara a su casa, como siempre lo habı́a hecho. De vez en cuando le dejaba comida preparada y
alguna nota con un «te amo» y un corazón debajo, dejaba todo en orden y se marchaba.
Por otra parte, Milos no había dejado de observar por todos lados, cumpliendo su trabajo, vigilando cualquier movimiento extraño que pudiera
delatar al Anarquista desaparecido. Le cobraba a Kurt todo ese trabajo de espera mientras que el suboicial lo único que pretendı́a era que le diera
información, para dejar de perder dinero en una búsqueda que no lo estaba llevando a nada. Varias veces habı́a pensado en suspenderle el trabajo pero, si
lo suspendı́a, no iba a ser para nada bueno. Por lo menos iba a esperar que se cumpliera el contrato verbal que habı́an hecho. Si no lo cumplı́a podı́a
perder un informante que siempre le habı́a dado excelentes resultados. Quizás mejores que los que Tonny, el busca recompensas, le hubiera
proporcionado alguna vez al comisario Barrionuevo.
El Anarquista estaba cerca y Kurt sabı́a que, en cierta medida, eso era cierto. No habı́a desaparecido, todo lo contrario, estaba vigilándolos de
cerca. El «jugador del silencio», como a Kurt le gustaba llamar a Milos, tenı́a en claro que el próximo movimiento iba a ser muy importante. Un gran
acercamiento, lo veı́a venir y por lo menos serı́a del segundo tipo o del tercer tipo. Era hora de mostrarse. «Eso excita a los asesinos: mostrarse en público
intentando ingir que son iguales que el resto de los mortales. Como si pertenecieran a la misma raza humana. Comen en restaurantes, acuden a lugares
públicos, plazas y parques, ingiendo ser enteramente normales. Gritando por dentro “soy un asesino” “soy el Anarquista” “Aquı́ estoy, hombres ciegos. ¿No
pedı́an tanto por mi cabeza? ¿Acaso ahora no me quieren matar? ¿Qué es lo quieren? Son máquinas del Estado, engranajes del Gobierno de turno,
estúpidos, mediocres, gente sin cerebro, gente sin futuro, gente que no sabe para qué vive y quieren que le digan incluso eso. Ası́ no piensan. Ustedes
tienen el mismo discurso que lo que muestran las pantallas de televisión. Utilizan los mismos discursos ajenos. Nada suyo les es propio. Se han consumido.
Se han extinguido. Son cerebros muertos. Ya no existe gente viva. Nos hemos quedado sin stock”. ¿Ustedes no pedı́an por mi cabeza y por justicia? Hagan
justicia por mano propia, como yo.»
Es hora de aparecer, de dar la cara. De salir de las sombras, así como también de abandonar el silencio.
Se respiraba el último aire de otoño, esos pequeños momentos en los que el clima cambia y sale el sol que luego, minuto a minuto, se va
escondiendo detrás de las nubes. El frı́o por las mañanas, las noches tempranas, las bufandas cubriendo los

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