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El último del Maine – Hugo Calleja

El último del Maine – Hugo Calleja

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—Lo anclaron allí a propósito —se
dijo Niels Jensen mientras observaba la
bahía—, en el sitio exacto donde fondeó
el otro.
Encendió un cigarrillo de tabaco
oscuro, dio una calada profunda sin
importarle el contumaz carraspeo que le
acosaba y miró alrededor, buscando las
referencias familiares. Contemplaba el
mar nocturno, como tantas otras veces,
apoyado en la puerta y con un pie sobre
el estribo del Packard azul estacionado
en la Avenida del Puerto, en el punto
donde termina la bocana. A la izquierda,
acompañando las intermitencias del
faro, estaba el contorno voluminoso del
Castillo de los Tres Reyes del Morro.
Enfrente dormitaba desaliñado Casa
Blanca, con unas cuantas luces
marcando la ruta sinuosa de las calles.
A la derecha y a través de la bahía,
lejanos, se adivinaban los rumbos de
Regla.
Esa noche, en esa dirección, había
algo diferente interrumpiendo el reflejo
de la luna: la silueta oscura y ominosa
del navío de guerra, desafiante a pesar
de tener los cañones envueltos en fundas
de lona, y en cuya popa colgaba
indolente la bandera con barras y
estrellas. La imagen del buque inmóvil
agitó recuerdos en Niels, las memorias
que aparecían cuando, inesperados en
los somnolientos atardeceres habaneros,
se colaban sigilosos los cuervos, las
negras aves llevando a remolque los
espectros.
Arrojó al pavimento el rescoldo del
cigarrillo y derramó encima el líquido
tibio que mantenía en un vaso. Dio la
espalda a la bahía y apoyó los brazos
entrecruzados sobre el techo del
vehículo mientras una brisa perezosa le
llevaba el olor salobre del mar. Se
dedicó, meditativo, a observar las
fachadas en la acera opuesta, la mayoría
comercios con las bombillas apagadas y
portones asegurados con pestillo. Sólo
de un portal, a un par de escalones sobre
la acera, brotaba amortiguada la
cadencia del bongó; en la planta alta de
vez en vez se encendían luces detrás de
ventanas encortinadas.
Un súbito aumento en la intensidad de
la música y del zaguán iluminado
surgieron la filipina y la sonrisa blancas
de Bernardo, quien caminaba ligero con
un vaso en cada mano.
―¡Eh, Rojo, mi hermano! ―llamó
con voz alegre, mostrando en alto el
vaso que llevaba en la zurda―. Éste
viene con mucho, mucho hielo, tal como
te gusta.
―Mientras más, mejor ―respondió
Niels tomando la bebida que le ofrecían
y olfateó, reconociendo con agrado el
olor dulzón del ron agrícola destilado de
guarapo. Llevaba mucho tiempo
viviendo en la isla; treinta y dos años,
cinco meses y nueve días, contados
desde la lluviosa madrugada de febrero
en la cual puso pie en La Habana.
Hablaba español con acento de nativo,
pero lo delataban como extranjero la
estatura elevada y el cabello que, a
pesar de la edad, todavía conservaba
mucho del color rojizo de su juventud.
Debido a ello, sus amigos, muy pocos,
se tomaban la libertad de apodarle Rojo;
los demás lo conocían como el Sueco.
Se ganaba la vida transportando
turistas en el Packard, al Casino de la
Playa en las mañanas, al Español por las
noches, a los lupanares en los barrios
antiguos de la ciudad durante las
madrugadas. Mientras aguardaba en la
calle, paciente al lado del automóvil,
siempre le hacían llegar un trago para
acortar la espera. Él agradecía, pero las
más de las veces evitaba beberlo. No es
que no le gustara, todo lo contrario, pero
mucho tiempo atrás había aprendido que
nunca se sabe cuándo será necesario
tranquilizar los ánimos de una reyerta o
conducir el automóvil más allá del
amanecer. Prefería mantener la cabeza
serena cuando estaba en el trabajo y se
contentaba con disolver despacio los
hielos en la boca.
Removió la hierbabuena que
sobresalía del vaso y recordó sin
nostalgia el vodka de su juventud: una
bebida incolora y más bien insípida, de
alta graduación y a tono para combatir
los inviernos nórdicos, pero con un
ánimo de tarde anubarrada; seco y de tan
poco aroma que sólo conducía a la
embriaguez. Con el ron era otra cosa.
Beberlo era permanecer atrapado por
largas horas en el regocijo y a menudo
conducía marinos borrachos de burdel
en burdel, con el alcohol resudándoles
por los poros. En esta ocasión los
pasajeros eran oficiales del acorazado,
dedicados a la seria responsabilidad
marinera de una noche de parranda.
―¡Salud, mi hermano! Hoy tenemos
americanos. ¡Hay dólares para todos!
―dijo Bernardo y bebió un trago
generoso.
―Vienen del acorazado ―replicó
Niels, escueto, señalando con un
movimiento de cabeza la sombra a mitad
de la bahía.
Bernardo encendió un cigarrillo del
paquete de Niels y examinó con minucia
el contorno del navío, adoptando
gratuitamente aires de conocedor.
―Un barco grande, de dos chimeneas
y ocho cañones de los grandes. Con
cañones de ese tamaño pocos valientes
habrá para ponerse enfrente. Rojo, tú
fuiste marino, ¿no es cierto?
―Sí ―contestó Niels con parquedad,
por lo general reacio a comentar eventos
de su pasado, pero Bernardo tenía
privilegios de antigüedad: se conocían
desde que al Packard le brillaba la
pintura, la tapicería de los asientos
conservaba el olor a cuero y él se
iniciaba en el negocio de pastorear
turistas a lo largo del malecón.
―¿Alguna vez estuviste en un barco
de guerra? ¿Uno tan grande como éste?
―También.
―¿Los barcos suecos son así de
grandes, con ocho cañones? Yo no
recuerdo ningún barco de guerra sueco,
nunca los he visto por acá.
―No sé. Yo estuve en un buque
americano.
―¿Tú, Rojo, en un barco americano?
―pregunto Bernardo con sorpresa
genuina―. Las cosas que hay que ver,
mi hermano. ¿Qué hacía un sueco en un
barco de guerra americano?
¿Cómo explicar lo que hacía un sueco,
o un danés, en un acorazado americano?
¿Qué hacía él en La Habana? Niels hizo
girar los hielos en el vaso, mientras
cavilaba en la respuesta.
Sorbió con lentitud, recordando.

1
El Maine estaba anclado muy cerca, a
poco menos de trescientas yardas. Era
un crucero muy especial: el primero
totalmente diseñado y construido por la
Marina. No fue fácil; habían
transcurrido casi ocho años desde que el
Congreso autorizara la construcción.
Pretextos para justificar los retrasos no
faltaron: un día las calderas no estaban
listas; al siguiente, el metal para el
blindaje no era el adecuado. El colmo
fue cuando se discutió quiénes se harían
cargo de la instalación eléctrica: faltaba
más, los burócratas de la oficina de
suministros argumentaron que les
correspondía por derecho: siempre
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