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El último narciso – Nathaly Melendez

El último narciso – Nathaly Melendez

El último narciso – Nathaly Melendez

Descargar El último narciso En PDF El sonido del despertador indicó que mis vacaciones de verano habían finalizado, me asomé por la ventana y el cielo parecía indicar que no sería otro día soleado.
Me apresuré a tomar una ducha fría para acabar de despertarme. De pie frente a mi armario, donde no cabía ni un calcetín más, intenté sacar de él las prendas indicadas
para armar el conjunto perfecto que usaría en mi glorioso primer día de clases.
—Mi penúltimo primer día —no sonaba tan bien cuando lo decía en voz alta. Pero no me detuve a divagar al respecto, no contaba con mucho tiempo, así que
traté de elegir correctamente mi atuendo, siempre atraía las miradas sin importar el lugar al que fuese, por lo tanto, debía lucir lo mejor posible.
Luego de media hora por fin logré decidirme, elegí unos bellísimos botines de color cobrizo con tacón aguja, los cuales había comprado hacía apenas dos días y
aún no tenía la oportunidad de usar. Los combiné con un tejano desgastado que hacía destacar mis curvas, pero, no demasiado, junto con una blusa color blanco y una
cazadora que hacía juego con mi calzado. Dudando acerca de cómo debía lucir mi cabello, terminé alisando las puntas y maquillándome tan solo un poco, el frío era
abrumador.
Me detuve por un momento a observar mi reflejo en el espejo, y como de costumbre, no me agradó lo que vi. No era mi aspecto lo que me desagradaba, era lo
hueca que me sentía por dentro.
Desde hacía un año mis emociones y estado de ánimo habían sido un torbellino de oscuros sentimientos. Cuando dejamos a Taylor viviendo con papá, una
soledad abrazadora se instaló en mi alma, me sentía vacía y más sola que nunca. ¿Cómo era posible sentirse así cuando lo tienes todo para ser feliz? Posees todo lo que
deseas: ropa, accesorios, móvil, dinero, pero nada lo llena. Sentía que algo faltaba, que algo en mi interior no terminaba de cuadrar. Aún cuando contaba con unas amigas
que siempre han estado para mí, quienes eran como mis hermanas, las cuales complementaban mi familia; familia que desde hace un año prácticamente solo ellas
conformaban. Mi mamá y yo no es lo que precisamente podrías llamar una familia. No es que no la amara, pero sin Tay ya ni siquiera pasábamos tiempo juntas. Su
trabajo y mis clases nos mantenían distanciadas, lo suficiente para olvidar el qué se siente cenar en familia. El cómo es ser una familia.
Mi hermana, Taylor, era mayor por un año, antes de que se fuera, parecíamos siamesas incluso teníamos la misma estatura, siempre andábamos juntas, aunque
parecía que no compartiésemos parte del mismo código genético. Sus cabellos negros se deslizaban hasta su barbilla simétricamente a ambos lados de su perfilado
rostro, sus ojos color roble centellaban cada vez que un plan perfecto cruzaba por su mente y su tez morena era tan hermosa como las arenas del desierto. Era tan
divertido estar con ella todo el tiempo. Siempre se le ocurrían nuevas aventuras que experimentar, nuevas locuras que vivir juntas. Este último año había sido una tortura
sin ella a mi lado.
Cuando Tay regresó hace más de un mes pensé que todo cambiaría, que nunca más me sentiría sola de nuevo, que la soledad se volvería una simple mancha, pero
no sucedió de esa manera. Ella se mostraba diferente, incluso podía llegar a afirmar que un tanto misteriosa una parte del tiempo, con una reciente afición a textos y
libros antiguos que aún no terminaba de entender. Seguía estando ahí para mí, continuaba siendo esa chispa que le agregaba esa diferencia a nuestras vidas, creí que con
su regreso todo mejoraría. Eso no fue exactamente lo que sucedió. El sentimiento seguía ahí y mis constantes sueños con ese ser fuera de la realidad no ayudaban a
disminuirlo. Con cada sueño mi preocupación aumentaba, me sentía temerosa ante algo que desconocía. No lucía como un sueño cualquiera, pero no le encontraba una
explicación más realista.
Salí de mi habitación y bajé las escaleras a toda prisa, por poco evitando tropezar mientras limpiaba una lágrima que se deslizaba por mi mejilla amenazando con
arruinar mi maquillaje. Recobrando el aliento me dirigí a la cocina, mamá y Taylor me esperaban desesperadas, siempre tardaba horas arreglándome, así que como era de
esperarse, se hacía tarde para llegar a clases.
Mi madre y yo no nos parecíamos mucho, únicamente en el carácter tan terco y orgulloso. Ella no era muy alta, sus cabellos castaños se ondulaban al finalizar en
sus mejillas; sus ojos color miel, los cuales alguna vez no tuvieron esas arrugas apergaminadas a su alrededor, lucían hermosos a la luz del sol; su tez blanca rosácea era
quizás la única característica física que compartíamos. Por el contrario, mis largos cabellos, eran de un oscuro caoba a un paso de ser negros como el carbón, se
deslizaban por mi espalda hasta llegar a la cintura en un corte asimétrico, mis ojos chocolate variaban en tonalidad dependiendo de mi estado de ánimo, se oscurecían
más cuando estaba enojada.
Aún de pie en la cocina, no logré desayunar, el tiempo no me favorecía, aunque de igual manera los nervios me tenían el estómago vuelto un nudo. Por increíble
que pareciera, yo, Zoe Logliobini, ¡estaba nerviosa! Nunca antes me había sentido así en mis largos dieciséis años de existencia. No estaba segura del porqué de este
sentimiento, pero tenía la fuerte sensación de que algo ocurriría esa mañana.
Como de costumbre en los años anteriores, mi madre nos dejó en la entrada de la preparatoria, la mejor de toda la ciudad, a la que teníamos “el gran privilegio de
asistir gracias al fruto del esfuerzo de mis padres”, era lo que ellos siempre repetían cuando alguna inventaba excusas para así por un día poder descansar de las
ajetreadas clases.
Aunque Taylor era un año mayor, las dos cursábamos el mismo año ahora, debido a que había perdido un curso al decidir irse a vivir y disfrutar España con
nuestro padre, quién hacía más de seis años se había separado de mamá por “diferencias irreconciliables”, solían decir ellos. Desde entonces las cosas habían cambiado
mucho, algunos pensarían que a nuestro favor, pero ni la ropa, los viajes o el auto nuevo que papá nos envió podían competir con lo que muchos tenían, una familia.
Debido a la distancia, mi padre muy pocas veces nos visitaba, además de las vacaciones y algunas celebraciones, esporádicas llamadas eran lo que nos mantenían en
contacto con él.
Aún podía recordar ese día, el día en que nuestras vidas cambiaron para siempre. El día en que nuestro mundo dio un vuelco que dejó un vacío que nadie más que
él podría llenar jamás. Esa noche en que se marchó, me quedé dormida llorando al lado de la cama que en aquel entonces pertenecía a mis padres, sintiéndome
abandonada y desvalida. No lograba entender lo que sucedía, era solo una niña de ocho años. Recuerdo que todo iba bien entre mis padres, nunca fueron de esas parejas
que discuten y se pelean, al contrario, se entendían como nunca lo había notado en otra pareja; el clima en nuestro hogar siempre fue lleno de paz y serenidad.
Días antes de que él se marchara las cosas habían estado tensas, no entre ellos, sino como si estuviesen esperando a que algo malo fuese a suceder. Con Taylor
no habíamos asistido a clases esa semana y mi madre no había ido a trabajar. Ella se asomaba todo el tiempo por las cortinas cerradas temiendo al exterior. Mi hermana
y yo bromeábamos respecto a la locura de mi madre o que quizás se trataba de una invasión alienígena. Pero, los platillos voladores nunca llegaron, en su lugar, tres días
después una mujer apareció en la puerta. Y al día siguiente, mi padre se marchó; con su partida, todo regresó a la normalidad y nunca hablaron de ello con nosotras. Fue
como si nada hubiese sucedido.
De regreso a la realidad, nos encontrábamos caminando hacia la entrada, nos percatamos que nuestras mejores amigas, Anahí y Summer, nos esperaban en el
jardín como de costumbre. Vistas desde la distancia no lucían muy especiales, pero al acercarte podías notar la sorprendente sonrisa de Ani, sus cabellos rubios como
ricitos de oros y algo alborotados a la altura de sus omoplatos, su piel siempre sonrojada que encajaba a la perfección con la delicadez de su figura. Por otro lado, Summ
tenía un bronceado californiano junto con unas sedosas ondas color marrón rojizas que caían hasta sus mejillas, ella era ligeramente más baja que yo, pero sumamente
preciosa. Ese día, había algo muy particular en ellas, se encontraban inmensamente inquietas, mucho más de lo normal.
Cuando la distancia que nos separaba se redujo a unos escasos metros, se acercaron casi corriendo, al mismo tiempo que repetían juntas un sin fin de cosas que
no lográbamos entender, por lo que tuvimos que mandarlas a callar de inmediato.
—¡Ani y Summ cállense! —exigimos con rudeza.
—Si hablan al mismo tiempo y a tal velocidad no entenderemos una sola palabra de lo que quieren decirnos —dije.
Inoportunamente, en ese preciso instante, la campana que anuncia el comienzo de clases, se hizo escuchar en todas las instalaciones de la preparatoria;
interrumpiendo así la intrigante conversación. Pero aprovechando la oportunidad, insistimos en que prosiguieran con la conversación.
—Bueno, chicas, apresúrense terminen de decirnos, ¡casi no tenemos tiempo! –dije.
—Estoy segura que tenemos el suficiente para enterarnos de eso tan importante —exclamó Tay.
—Parece un adonis, se ve tan perfecto, no, no, es más que eso, es… —Summ ahogó un grito. Anahí por otra parte dijo que era el chico más hermoso sobre la faz
de la tierra

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—Bueno, al menos de toda la escuela. Es, diferente, hay algo en él que lo hace… especial.
—¿En serio? ¿Es tan perfecto así? Tengo que conocerlo, debo conocerlo. ¡Estoy segura que en cuanto me vea caerá a mis pies! —dijo Taylor, quien como
siempre no se perdía una oportunidad.
—No les creas todo Taylor, deben estar exagerando.
Era lo único que podía haber sucedido. Dudaba que existiera alguien tan “perfecto” y que casualmente estuviera asistiendo a nuestra escuela.
No tiene mucho sentido, pensé en ese momento.
Summ no hizo caso a mi comentario, continuó diciendo—: Es que no les contamos la mejor parte. No se trata de un solo chico.
En ese momento sí me asombré.
—¿No?
—¡No! Mejor aún —hizo una pausa—. Tres fantásticos chicos acaban de inscribirse en esta escuela. Y para seguir con la perfección, los susodichos asistirán a
nuestro mismo curso; con excepción de algunas materias, claro, pero eso es lo de menos. ¿No les parece genial? Aunque, lamentablemente no logré enterarme de cuáles
serían esas excepciones.
—Qué pena. Pero con que asistan a al menos a una de nuestras clases me conformo —rió Taylor.
—Tú como siempre. ¡No tienes remedio! —dijeron las chicas uniéndose a las risas de Taylor.
En ese momento hubo un silencio y Ani prosiguió—: ¡Ay! Pues como siempre tengo que hacer las cosas yo para obtener toda la información —dijo mientras
sacudía dramáticamente su rubia cabellera—. Así que, convencí a Tom, el nerd, quien va a ser su guía esta semana, para que me contara todo. Nuestros nuevos visitantes
tomarán todas las mismas clases que cursamos, con la excepción de uno de los chicos, que tomará matemática avanzada, álgebra y una electiva.
No sé porqué, pero en ese momento sentí que algo estaba a punto de comenzar.
—¿Estás segura? Son las mismas clases adicionales que tomaré este año. Qué extraño —dije.
De repente, el director apareció a nuestro lado y se limitó a informar, con tono de autoridad—: ¡Chicas! Ya dejen de parlotear y diríjanse de inmediato a sus
clases, ya tendrán suficiente tiempo para conversar cuando finalice el día.
—¡Sí, señor Conrad! —dijimos todas al unísono.
Después de ser interrumpidas por el director del instituto todas nos dirigimos a clases sin decir una palabra, estábamos bastante malhumoradas ante el hecho de
haber sido entorpecida nuestra conversación.
Era lunes, y a la primera hora nos tocaba clases con el señor Sillister, de Biología. La clase empezó bastante tediosa, como todos los años, el primer día consistía
en presentarnos y describir nuestras expectativas para este curso. Y como siempre, todo el mundo mentía, para salir del paso lo más rápido posible.
Justo en el momento que era mi turno de hablar, el director interrumpió la clase para presentar a tres nuevos alumnos. Para mi sorpresa y la de todas las chicas,
Anahí, tenía razón una vez más, “ellos” asistirían con nosotros a casi todas las materias y los tres eran asombrosamente hermosos, que digo hermosos, eran…
¡Perfectos!
Cuando el director terminó de dirigirles sus tan repetidas palabras de bienvenida, se retiró del aula y los tres visitantes procedieron a ubicarse en los únicos
asientos disponibles, dos de ellos al final de la fila y el otro justo a mi lado. Al principio no me pareció nada del otro mundo, claro, además de ser hermosamente
perfecto, nada en él parecía ser relevante o interesante.
Minutos después, la clase procedió, pero sin que mi turno llegara. El señor Sillister se enfocó en los tres recién llegados, quienes ahora eran sus juguetes; nuevas
mentes que debía fertilizar para cosechar grandiosos frutos, esa era la manera en que pensaba acerca de todos los nuevos estudiantes. Actuaba de la misma forma que
cuando nosotras ingresamos hace años al instituto.
Al sonar la campana salimos apresuradamente de ahí, no teníamos clase la siguiente hora así que, aprovecharíamos al máximo el tiempo para hablar de nuestros
nuevos compañeros. Cuando nos encontrábamos ya en el jardín camino a la cafetería, me percaté que mi libro de álgebra no estaba, probablemente como nos habíamos
marchado de inmediato, lo pude haber dejado en la clase de biología. Así que, decidí regresar a buscarlo mientras las chicas se adelantaban a la cafetería.
Ya el salón, este se encontraba vacío, o eso creía, así que tomé el libro sin fijarme en los alrededores y justo en el instante cuando dejaba el lugar un ruido me
detuvo; en realidad, una voz terriblemente encantadora, que extrañamente me sonó familiar.
—¡Huy! —se escuchó—. Disculpa, soy nuevo aquí, no sé dónde están mis hermanos y tengo la siguiente clase en… veinte minutos. ¿Te molestaría ayudarme?
Por cierto, mi nombre es Caleb.
Me giré para responder, y quedé prendada, no por su belleza sino porque algo en él, o mejor dicho, todo en él, me resultaba extrañamente familiar, muy familiar.
Sus cabellos oscuros y sedosos en ligeras ondas que caían a la altura de su barbilla en un corte desprolijo y a la vez atractivo; su piel hermosamente blanca y radiante,
como la más fina porcelana. Y sus penetrantes y cautivadores ojos de un verde como esmeralda. Parecía tan perfecto, tan… conocido…
—Disculpa, ¿te pasa algo? Por tu silencio podría decir que dije algo que incomodó o ¿me equivoco?
—No, no… no, para nada —fue lo único que mi cerebro estuvo dispuesto a articular después de semejante deslumbramiento.
—¿Segura? Porque tu rostro no parece decir lo mismo —dijo con un tono elevado, algo alarmado al parecer.
—Estoy bien, gracias. Mi nombre es Zoe, mucho gusto.
—Caleb —extendió la mano para estrechar la mía—, el gusto es todo mío Zoo.
—¿Zoo? —dije algo disgustada por semejante apodo, ni que fuera una mascota, pensé—, bueno, creo que si nos apresuramos puedes llegar a tu clase, vamos.
Te daré un recorrido veloz por el instituto.
Apresuradamente, le mostré los pasillos principales, señalando los lugares claves, la cafetería, el comedor, las canchas deportivas y las áreas verdes.
—Última parada, clase de…
—Pintura —respondió Caleb.
—¿Pintura? —No podía creerlo, incluso me causó tanta gracia que estuve a punto de carcajearme en ese momento, no parecía de ese tipo de chico.
—Sí, es un pasatiempo. Cuando me siento solo, molesto o frustrado, trato de canalizarlo y plasmarlo en… el arte.
—Guau, en realidad eso es muy… interesante —me burlé en voz baja.
—¿Algún comentario que quieras decirme? —dijo como si no hubiese escuchado muy bien—. ¿O es que acaso no te parezco del tipo de chico que es capaz de
apreciar el buen arte? —Se aceró frunciendo el ceño, aparentando estar algo molesto—. ¿No puedo estar interesado en las obras de Van Gogh, Picasso —siguió
aproximándose dando cada paso con determinación sin apartar sus profundos ojos de mí—, Da Vinci, Miguel Ángel, Edvard Munch, El Greco, Boticelli e incluso
Botero, con su interés particular por las curvas del cuerpo femenino? —Sonrió acariciando estas últimas palabras con un interés particular. Uno que me incomodó de
inmediato, al igual que su proximidad que invadía mi espacio personal. Y nadie invadía mi espacio personal.
—No, ninguno —reí interrumpiéndome con una tos suave—. Me tengo que ir, mis amigas me están esperando. Eh, suerte en tus clases —comencé a alejarme—,
espero que te guste el instituto. Nos vemos, en algún lugar, adiós.
No volteé para saber si seguía mirándome, ni me preocupé en la sensación de alarma que se había despertado desde que violó mi espacio personal. Estaba muy
concentrada, en descubrir por qué me resultaba tan conocido. Me encontraba tan sumida en mis pensamientos, que no me percaté que había llegado a la cafetería, donde
se encontraban las demás. Al sentarme, detuvieron inmediatamente su conversación de vestidos y maquillaje, y preguntaron preocupadas qué era lo que me había
ocurrido. Había tardado mucho, no regresé con el libro de álgebra y según, mi rostro parecía indicar que me desmayaría.
—Zoe, reacciona —mi hermana chasqueó los dedos frente a mi rostro.
—¿Qué ocurre? —preguntaron todas sacudiéndome al ver que no respondía.
—¿Qué? ¿Qué les pasa? —Me solté de sus demandantes manos—. Nada pasó, simplemente me encontré con Caleb, uno de los estudiantes nuevos y lo llevé
hasta su próxima clase porque estaba perdido y sus hermanos desaparecieron. Eso es todo —dije con tono cortante.
—¡Eso es todo! ¿Y de que más hablaron? ¿Dónde estaban sus hermanos? ¿Qué más ocurrió? —Las palabras salían a tropelladas a toda velocidad de sus labios.
—Relájense. Nada más ocurrió, y no sé dónde están sus tontos hermanos. Dejen la ansiedad. Solo se trata de tres chicos nuevos.
Ni que fueran los príncipes de Cannes, pensé.
—Es muy cierto. Creo que hacía mucho tiempo que estudiantes nuevos no ingresaban al instituto dándole algo de diversión a este lugar. Nos descontrolamos un
poco. Y si les interesa saber, sus hermanos se fueron. Al parecer, debían recibir a los de la mudanza o algo así —mencionó Ani.
—Bueno cambiemos de tema —les pedí dándole una mordida a la manzana que mi hermana había traído.
—Mientras estabas buscando tu libro, que por cierto no trajiste de regreso, el director pasó la noticia de que mañana, como todos los años, se celebrará la fiesta
de bienvenida. Que tendrá lugar en el gimnasio —explicó Summer dándole un sorbo a su té de limón.
—Bueno, ahora como ya ven hay temas más importantes que discutir ¿qué usaremos? —pregunté intentando sonar seria y en ese momento todas empezamos a
reír. Había tenido suficiente de tanto revoloteo por tres chicos que no tenían nada más especial que cualquier otro chico.
El tiempo transcurrió y nosotras concentradas en la ropa que llevaríamos esa noche, el maquillaje y todo lo demás. A la final mi hermana y Summer acabaron
convencidas de que necesitaban un vestido nuevo, Anahí necesitaba unos zapatos que fueran a juego con su atuendo y yo, bueno no necesitaba una excusa para ir de
compras. Cuando nos percatamos de la hora, ya era tarde y al parecer llevaba media hora de retraso para la clase de álgebra. Salí corriendo de la cafetería para dirigirme a
mi clase, mientras que las chicas se marchaban a sus respectivas clases.
Al llegar al aula, era demasiado tarde. Ya no había nadie ahí e incluso se encontraba cerrado con llave. Me senté en el suelo, decepcionada por haberme perdido la
primera clase, cuando, en ese momento, escuché su voz. Que aunque me costara aceptarlo era una melodiosa voz. Como escuchar a los querubines cantar en el cielo,
deseché ese último pensamiento. No estaba siendo para nada objetiva.
—Descuida. Al parecer, el profesor… no recuerdo bien su nombre, enfermó y avisó a la coordinación que no asistiría el día de hoy. Te has salvado —rió Caleb
—. Tal vez, tengas un ángel guardián que no permite que te pierdas una sola clase —dijo mostrando una sonrisa de trescientos voltios, que hizo que se me erizara la
piel.
—No necesito de ningún ángel guardián para eso. Siempre soy muy puntual, bueno, la mayor parte del tiempo lo soy. Es que hoy me entretuve hablando acerca
de… ¿por qué te estoy dando explicaciones? Ese no es tu problema. Nos vemos, tengo cosas importantes que hacer, en lugar de perder el tiempo hablando contigo —me
levanté y giré sobre mis talones para marcharme de ahí y alejarme lo más que pudiera de ese ser que no hacía más que sacarme de quicio.
—Gracias Caleb por avisarme, ¡eres un buen chico! —dijo en un intento de imitar mi voz—. Creo que alguien debe aprender a agradecer y un poco de buenos
modales también —otra vez la sonrisa de trescientos voltios.
Le dirigí una mirada asesina y me marché, mientras él sonreía con esa deslumbrante sonrisa que hacía que sintiera como si lo conociera desde hace tanto tiempo.
Aunque fuese imposible que lo hiciera.
Cuando me dirigía a mi siguiente clase, el director anunció que debido a que hubo un problema con las tuberías del agua, las clases serían suspendidas por el resto
de la jornada, y que disfrutáramos de nuestro día. Gracias a la maravillosa noticia del director, esperé a las chicas y nos dirigimos a mi casa para decidir qué usaríamos y
cómo lo llevaríamos la siguiente noche.
¿Qué usaríamos esa noche? El dilema que nos tocaba enfrentar ahora.
Capítulo 2
Nuevos vecinos
Tardamos más de lo normal en llegar a casa, Summ nos llevó en su auto, un corvette año noventa y dos color celeste. Sin embargo, el tráfico había decidido
hacerse insoportable ese día. No parábamos de planificar e imaginar en el camino, cómo sería el desenlace de esa noche, los posibles inconvenientes que podrían surgir y
el tema de conversación central de toda la fiesta, ¡nuestros deslumbrantes recién llegados!
Después de casi una hora llegamos a nuestro destino, mi casa. Nos encontrábamos en mi habitación desordenando el armario, más bien ellas lo hacían, mi
habitación era un caos con ropa por todos lados, en el suelo, la cama y el escritorio. Mi madre apareció en la puerta, venía a avisarnos que saldría y llegaría tarde esa
noche. Quería que tomáramos precauciones, que si las chicas se quedarían avisaran a sus padres y que si no, no se marcharan tan tarde para evitar accidentes. Se
disponía a salir de la habitación cuando se detuvo.
—¿Saben que la casa de al lado finalmente tiene dueño?
—¿En serio? ¿La que lleva tres años en venta? —preguntó mi hermana sin abandonar su misión de probarse mis zapatos.
—Dos años —le corrigió mi madre—. Y sí, al parecer el camión de mudanza llega mañana junto con los nuevos dueños. Luego de tanto tiempo, tendremos
vecinos —anunció animadamente mi madre.
Los antiguos dueños se habían marchado a América del Sur y desde que pusieron la casa en venta no hubo ninguna oferta hasta ahora, por lo que la venta se
concretó de inmediato. Mi madre había mantenido una muy buena relación con nuestros antiguos vecinos por lo que su partida le había entristecido. Era evidente que la
posibilidad de mantener una relación igual de cercana con estos nuevos vecinos, le causaba ilusión.
Toda nuestra tarde transcurrió de esa manera. Las chicas se marcharon entrada la noche, luego de ordenar pizza y devorar el helado del refrigerador. Estaba
devolviéndole el orden a mi habitación, cuando observé por la ventana a la casa contigua. Recordé las noches transcurridas durante los pasados dos años. Pasaba al
menos tres noches a la semana en esa casa. Trasladaba mis lienzos o algún bloc de dibujo junto con mi reproductor de música e invertía horas dibujando o pintando. Era
un lugar solitario, perfecto para dejar a la deriva mis pensamientos para así poder dejar surgir la creatividad que inspiraba mis creaciones. No podía creer que luego de
esa noche no tendría de nuevo la oportunidad de disfrutar de aquel espacio solitario, pero a su vez lleno de tantos recuerdos y de tanta vida plasmada en esas paredes.
Terminé de ordenar mi habitación y sin poder reprimir el deseo de disfrutar de una noche más en aquella casa solitaria. Salí de la casa y me colé por la ventana de
una de las habitaciones. Junto a la casa había un árbol que daba justo frente a la ventana, no representaba mucho esfuerzo trepar por él y aunque detestaba las alturas,
no era una que pudiese matarme, así que valía el riesgo.
Al entrar en la habitación un escalofrío recorrió mi cuerpo, nunca antes había tenido aquella sensación al pisar esa casa. Sin embargo, no le presté mucha
atención. Me senté en el suelo con los audífonos en mis oídos y comencé a dibujar las sombras que se colaban por la ventana. La escasa iluminación y las sombras que
esto producía le daban un aspecto algo tétrico pero hermoso.
Estaba tan concentrada en mi dibujo que cuando escuché el sonido de algo estrellarse contra una superficie dura. Quedé petrificada. Nadie debía llegar hasta el día
siguiente. Vi pasar una sombra por el pasillo, lo que hizo que me asustara aún más. Apagué mi reproductor, tomé los lápices del suelo y me lleve el bloc de dibujos
conmigo.
Me acerqué a la puerta de manera silenciosa, mirando a ambos lados del pasillo antes de salir de la habitación. Revisé cada habitación sin encontrar nada que
justificara aquel sonido. Bajé por la escalera. Todo se encontraba en penumbras y en un total silencio. Podía escuchar el sonido de mi propia respiración agitada, el
martilleo de mi pulso en los oídos y el latir de mi corazón desbocado. Al llegar a la sala me encontré con un ave negra, parecía ser un cuerpo, no se movía. No había
ningún olor de putrefacción, así que debía ser reciente. Era muy extraño.
Decidí marcharme, ya era pasada la medianoche y no quería terminar volviéndome paranoica gracias a esas películas de terror que Taylor me obligaba a ver con

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ella. Salí por la puerta de atrás para que en caso de que si a algún vecino se le hubiese ocurrido dar un paseo por la calle a esas horas de la noche, no me viera allanando
una casa. Cuando estaba por salir del todo de la propiedad tropecé con algo que hizo que cayera de bruces entre las hojas secas sobre la grama. Me giré para ver lo que
me había hecho tropezar y ahogué un grito.
Se trataba de un par de animales, sus cuerpos estaban tiesos, había una gato blanco con manchas negras, un mapache y un pequeño perro que hacía días habían
reportado como perdido. Me horroricé, no me parecía que fuese casualidad que aquellos cuerpos de animales muertos se encontraran en el mismo lugar. Luego recordé el
pájaro muerto dentro de la casa y un escalofrío me hizo retroceder. Un escalofrío similar al que sentí al poner un pie en esa habitación. Salí corriendo dejando atrás todo
eso. No me sentí tranquila hasta que estuve detrás de la puerta de mi habitación. Escuché llegar a mi madre unos minutos después de eso.
Esa noche no soñé con aquel bello ser. En su lugar, mi sueño estuvo plagado de animales muertos en bosques oscuros y casa abandonadas.
* * *
Al día siguiente en el instituto todo resultó aburrido, rutinario como es el tener que asistir a él. Me apunté al equipo de porristas y al club de periodismo, me
postulé a presidenta de la clase y como tutora para los de primer año. Quería mantenerme ocupada y ganar los suficientes méritos para poder optar el siguiente año por
un cupo en las mejores universidades con programas de diseño.
Ese día no vi a ninguno de los estudiantes nuevos. Pensé que tendría que soportar una vez más los comentarios sarcásticos e inapropiados de Caleb, pero para
mi sorpresa y satisfacción, no fue necesario. Ese día ninguno dio señales de vida. No podía estar más contenta por ello.
Fuimos de compras esa tarde, por los vestidos de Taylor y Summer, junto con los zapatos de Anahí. Yo vería que me compraba. Entramos a una tienda de ropa,
las chicas veían los vestidos del fondo mientras yo observaba los zapatos, fue en ese momento cuando escuché a unas chicas hablar mientras pagaban en la caja.
—Fue de lo más extraño en verdad. Nunca había visto algo así —dijo una de ellas.
—¿Y estás segura que estaba bien la noche anterior? —le preguntó la otra.
—Completamente. Le dimos de comer al señor Bigotes —quien parecía ser un gato—, luego desapareció como siempre lo hacía todas las noches, así que nos
fuimos a dormir despreocupados. Y cuando nos levantamos al día siguiente lo encontramos en el jardín con los ojos cerrado y el cuerpo yacía ahí inerte.
—Eso es horrible.
—Lo sé. Mi madre lloró toda la mañana. El señor Bigotes estaba con nosotros desde que mi hermano nació, de eso ya hacían siete años.
—Escuché que algo similar le ocurrió a la mamá de mi novio, pero fue con su perro. Apareció así una tarde en su porche.
Las chicas se fueron luego de eso. Eso me dejó muy confundida. Esos animales eran los que había visto la noche anterior a las afueras de la casa junto a la mía. El
mapache de seguro era un animal salvaje, por lo que nadie había notificado nada sobre él o acerca del cuervo.
Me quedé el resto de la tarde pensando en lo que les había escuchado decir. Lo comenté con las chicas pero no le atribuyeron la menor importancia. Claro, obvié
la parte en la que había allanado una casa.
Regresamos a mi casa, dado que nos arreglaríamos todas allá porque resultaba más sencillo para movilizarnos hasta el instituto, puesto que el auto que usábamos
Taylor y yo, era el que mi madre se encontraba utilizando por el momento. Debido a que el suyo estaba en el taller, por las revisiones usuales.
Todo iba muy bien hasta que mi madre irrumpió en mi habitación, para pedirnos que fuéramos a darles la bienvenida a los nuevos vecinos, quienes al parecer, se
instalarían en la casa contigua a la nuestra.
—Debemos ser buenas vecinas y demostrar que se trata de un buen vecindario —expresaba mi madre en un intento de convencernos—. Debe ser difícil llegar a
una ciudad donde no conoces a nadie. Lo menos que podemos hacer es ser amables.
—No recuerdo que nos hayan mostrado esa clase de amabilidad cuando llegamos aquí hará hace unos ocho años —me quejé.
—Ese no es el punto. El punto es ser buenas personas y dar una buena impresión a los nuevos vecinos —depositó en mis brazos una cesta de frutas dando por
terminada aquella conversación. Todo eso me resultaba innecesario.
Malhumoradas por la interrupción, no nos quedó otra opción que ir a dar la bienvenida a los recién llegados. Mi madre nos obligó a llevar una cesta de frutas
variadas porque eso aparentemente es lo que se hace para dar la bienvenida a alguien nuevo y así con ello hacerle sentir el apoyo de la comunidad. Aunque no recordaba
que eso hubiesen hecho con nosotras y eso que cuando nos mudamos a este lado de la ciudad yo tenía un poco más de cuatro años.
Al salir del patio delantero y caminar hacia la casa de al lado, ¿cuál es mi sorpresa y la de las chicas al ver a los nuevos nuevos vecinos?
El camión de la mudanza se marchaba, dejando al descubierto esos ojos esmeralda y esa insoportable sonrisa muy particular de Caleb, quien se encontraba junto
con Sebastián y Darious, sus dos hermanos, que ya se acercaban a saludar. No podía creerlo, si acaso el destino existía me estaba jugando una mala pasada. ¿Qué hacía él
ahí? Y ¿por qué cuando lo miraba sentía que nos conocíamos desde antes? Me encontraba absorta en toda mi confusión cuando su voz me regresó a la tierra.
—¡Una cesta de frutas! Qué consideradas, no se hubiesen molestado, aunque hubiese preferido un almuerzo casero —dijo con ese tono irónico, pero
lamentablemente igual de encantador que antes ya había escuchado.
No me había percatado hasta entonces de los intimidantes que también resultaban los otros dos chicos. Su belleza era cuanto menos, comparable con la de los
grandes adonis griegos. Sebastián era el más alto y con apariencia atlética, de músculos definidos y espalda ancha, tenía el cabello corto ligeramente castaño con ojos tan
celestes que parecían un zafiro, pero su seriedad actuaba como una especie de muralla que impedía que cualquiera se acercara aunque fuese un poco. Pude sentir el peso
de su mirada a través de mí; una extraña corriente eléctrica me recorrió cuando nuestras miradas se encontraron. Casi me quita el aliento, no pude soportar la intensidad
de su mirada por lo que la desvié a un sitio más seguro. Darious compartía con los otros la tez de porcelana, sus cabellos algo despeinados y rubios hacían juego con ese
rostro aniñado y sus ojos extremadamente grisáceos y algo excitantes. Todo esto hacía que quisieras hablarle o compartirle algo, tenía una especie de energía que te
atraía.
Me perdí por un instante en esa nube de emociones que este trío súper poderoso emanaba; que no me percaté que estamos entrando a su casa para la
inauguración. En ese momento explotó mi burbuja, justo cuando Caleb y yo nos quedamos solos en la sala.
Traté de articular palabra alguna pero parecía como si las cuerdas vocales hubiesen sido paralizadas. El ambiente se tornó algo silencioso; tenía miedo de decir
algo y romper el silencio, pero al mismo tiempo no deseaba seguir callando. No podía resultar más incómoda la situación, entonces unas risas se escucharon del extremo
opuesto de la habitación y al girar encontré a mis dos amigas y a mi hermana con los nuevos vecinos, observando y conversando por lo bajo mientras nos observaban.
Sebastián se limitaba a observarme en silencio, haciendo oídos sordos a las conversaciones de los demás, tuve que evitar soltar un respiro. Las risas detrás de él me
devolvieron a la realidad.
Resultó muy vergonzoso, pero a la vez gratificante porque disminuyó aquel silencio incómodo. Sin embargo, me preguntaba, ¿sabrían algo de Caleb que yo
desconocía? Era algo que necesitaba averiguar, pero ese no era el momento correcto. Ignorando a nuestros espectadores Caleb se acercó a mí.
—Luces desconcertada. ¿Acaso algo te preocupa? ¿Puedo ayudarte en algo? —sonrió divertido con mi expresión de incomodidad.
En este momento no dejé que su sonrisa me intimidara.
—No, no creo que nada que venga de ti logre ayudarme, pero en esta ocasión quisiera saber ¿por qué tus hermanos secreteaban mientras nos miran? —me limité
a decir con algo de desaire.
Su sonrisa disminuyó, aunque continuaba sonriendo no era “mi sonrisa”, la sonrisa que odiaba tanto pero al mismo tiempo adoraba porque se me hacía tan
familiar, se volvió más superficial y sombría.
—En realidad no estoy seguro, puede ser acerca de mi cabello que está un poco empapado por el sudor o quizás sean mis pantalones, se rasgaron mientras
descargábamos la mudanza —esa que era mi sonrisa, iluminó nuevamente su rostro. Al parecer quería desviar el tema pero no lo dejaría pasar.
—Puede que tengas razón —comencé a decir, pero entonces no me estuvieran mirando como si me estuviesen midiendo detalladamente—. Tal vez, es porque
estás loco por mí y quieren saber si haríamos una pareja perfecta. Pero lamento decepcionarlos —dije alzando la voz mientras lo miraba directo a esas esmeraldas
verdes—. No me interesa Caleb, no es para nada mi tipo, no cumple los… requisitos.
En ese momento, un grito de dolor fingido salió de la boca de los chicos, pero a Caleb no pareció afectarle, simplemente sonrió y se acercó hasta el punto de
quedar a un centímetro de mis labios para decir—: No te preocupes, tampoco eres mi tipo, prefiero a las chicas como Taylor.
Algo dentro de mí pareció romperse, no era mi corazón sino algo mucho más importante y valioso, mi orgullo. Una llamarada de furia y celos brotaron desde lo
más hondo de mi ser, pensé que explotaría. ¿Por qué me sentía así por un chico que apenas acababa de conocer y que hacía lo imposible por sacarme de mis cabales? No
exploté, me dirigí a Darious con esa mirada dulce que derretía a todos los chicos del instituto.
—Darious, ¿quisieras ir conmigo a la fiesta de bienvenida? Serías una muy buena compañía —añadí con tono insinuante.
Los ojos del chico se exaltaron y abrieron como platos, dirigió una mirada rápida a Caleb, en una especie de solicitud de permiso para avanzar o algo por el
estilo, pero no obtuvo respuesta de su hermano. Entonces se limitó a responder con un tono de timidez—: Claro, sería un honor acompañar a una chica tan hermosa
como tú.
La atmósfera de tensión se desvaneció luego de un minuto cuando el estómago de Sebastián gruñó. Todos reímos, era claro que no nos habíamos percatado de la
hora, quién sabe cuánto tiempo habíamos estado allí y ellos no habían almorzado. En ese momento decidimos dejarlos para que siguieran con sus obligaciones, ya nos
quedaba muy poco tiempo para arreglarnos y ni siquiera sabíamos qué usaríamos. Pero algo estaba claro, ¡esta noche comenzaba la cacería!
Al llegar a la casa subimos rápidamente a la habitación, había mucho de qué hablar y mucho por hacer. Ya dentro de la habitación Anahí, Summer y Taylor me
miraron con desaprobación, sentí como si fuera una emboscada, pensé en salir de allí con alguna excusa pero era demasiado tarde, las palabras salieron de sus bocas
como si se tratara de un bombardeo.
—¿Te volviste loca? Definitivamente perdiste la cabeza. Es la estupidez más grande que has cometido, y eso ya es decir mucho —agregó mi querida hermana.
—Se suponía que nadie te atraía, ¡y menos Darious! ¡Quien ni habías notado! —dijo Anahí con tono de preocupación—. Ahora me has dejado sin novio, bueno
futuro novio —trató de corregirse.
Respiré profundo, tenía que calmarlas, era claro que no habían entendido, no tenía ningún interés en Darious, pero esta vez mi plan era algo diferente, no buscaba
un trofeo más, él parecía ser especial, no quería aceptarlo, sin embargo, existía una química innegable con Caleb, una fricción que me hacía flaquear las piernas, pero
debía dejar eso a un lado y pensar con cabeza fría.
—Chicas —comencé—. No me gusta Darious, es lindo, pero nada más. Así que no te preocupes Ani no pretendo nada con él o algo así —ya no estaba segura
—. Me alejaré de ellos por un tiempo, si así lo deseas, además, no quiero tener ninguna relación con nadie en estos momentos y menos con alguno de ellos.
Y más tarde tendría razón en no querer.
Pero, algo va mal, pensé, es como una fuerza gravitatoria que trata de hacer que me acerque a él, a Caleb, aunque no quiera, no es voluntaria.
—Si a ti no te interesa, creo que intentaré algo con Caleb entonces, es un chico muy apuesto, y tiene ese toque de peligro que a todos les hace falta. Claro,
siempre y cuando no tengas sentimientos por él.
—¡Pueden casarse si así lo quieres! —Me enfadaba que quisiera salir con él, aunque no supiera el porqué. Por otro lado, sería lo mejor por el momento. Me alejé
de ella evitando decir algo de lo que podría arrepentirme después, aislándome como de costumbre y cerrándome en mí misma.
Comenzamos a arreglarnos, la habitación era un total caos, ropa y zapatos cubrían la cama y casi todo el suelo sin dejar mucho espacio para desplazarse por el
lugar. Aún así, cada quién se movía de acuerdo a sus necesidades para estar listas a tiempo.
Cuando ondulaba mi cabello decidí telefonear a Darious, había cambiado de opinión con respecto a algo. Las chicas habían intercambiado números telefónicos
con Sebastián y Darious mientras yo había tenido esa particular conversación con Caleb, así que tomé el teléfono de mi hermana y le marqué.
—Hola, Darious.
—Hola, ¿quién habla? —preguntó. Recordé que era del teléfono de Taylor de donde llamaba, mi voz debía resultar extraña.
—Es Zoe.
—Hola, Zoe, lo siento no reconocí tu voz —se excusó—, ¿qué ocurre?
—Disculpa que te llame a tan poco de la fiesta, pero… me preguntaba si ¿podrías llevar a Anahí en mi lugar? —hubo un silencio, y de pronto su voz se
emocionó.
—¡Claro que la llevaré! Nada sería mejor —se escuchaba realmente emocionado—. Aunque, también hubiese sido un honor acompañarte —agregó. Pero,
resultaba más que obvio que le emocionaba más llevarla a ella y no me molestó, quién no la querría si ella era dulcemente encantadora. Quedamos que la recogería en mi
casa a las nueve en punto y el resto de nosotros iríamos en la camioneta de Sebastián, dado que era más espacioso que el llamativo deportivo de Caleb.
Colgué el teléfono e inmediatamente les comuniqué a las chicas la nueva distribución de parejas, o acompañantes por así decirlo. Anahí estaba que no cabía en la
habitación de lo feliz que se encontraba, si bien intentaba disimularlo. No era la más emotiva de las cuatro o como nosotras decíamos, Anahí era los oídos y la reina de
las influencias, Taylor la destreza y voluntad, Summer el corazón y la sensibilidad obvio y yo el razonamiento, la mente fría y calculadora detrás de los planes.
Juntas éramos pura dinamita.
Capítulo 3
La fiesta de bienvenida
Justo a las nueve en punto se escuchó el timbre, al asomarnos por la ventana notamos los dos lujosos automóviles, uno era una camioneta plateada y el otro un
deportivo negro. Bajamos apresuradamente las escaleras, pero nos sorprendimos al encontrarlos en la sala a mi mamá atosigándolos con miles de preguntas. Siempre que
salíamos con un chico solía hacerlo, dado que no estaba mi padre, que era a quien verdaderamente le correspondía actuar ese papel, mi madre entonces se hacía cargo del
trabajo.
Al bajar el último escalón tres pares de ojos se posaron en nosotras, a diferencia de la costumbre que expresaban los de mi madre, ellos se encontraban atónitos a
pesar de que solo se trataba de unos sencillos vestidos de cóctel, nada muy formal, pero tampoco que nos dejara pasar desapercibidas. A juzgar por sus expresiones, al
parecer lucíamos muy bien, puesto que ninguno de ellos podía apartar la mirada.
En ese momento sentí una fuerte mirada, y al dirigir mi vista hacia ella me asombró lo que encontré. Al principio pensé que se trataba solamente de Caleb que me
miraba como quien pone un vaso de vodka frente a un recién recuperado alcohólico, una mirada fuerte y apasionada. Pero, más atrás se encontraba Sebastián mirándome
diferente, sí, de manera algo especial que hizo que mi corazón se estremeciera; nunca antes me habían mirado de esa forma, con un gran grado de admiración e
incredulidad, como si estuviese frente a la más valiosa obra de arte, justo así me sentí cuando él me miró.
La intimidad de nuestras miradas al encontrarse y toda esa atmósfera de conexión que se había producido, fue interrumpida cuando Darious explicó con tono
alarmante que ya íbamos tarde así que él se adelantaría con Ani en el auto de Caleb, justo como lo acordamos. Nosotros hicimos lo mismo, nos despedimos rápidamente
y los chicos de manera educada le agradecieron a mamá por la hospitalidad y mencionaron que nos traerían sanas y salvas. No sé por qué esa acotación, para mí no tenía
mucho sentido, íbamos a una fiesta no a una misión de la CIA.
Sebastian abrió la puerta trasera y nos ayudó a mí y a Summer a subir, lo cual Caleb repitió de manera mecánica con Taylor y la puerta trasera del lado del
copiloto.
Minutos después, rompiendo el sepulcral silencio, Caleb se dedicó a pasar de una estación de radio a otra enfurecido por la falta de gusto musical en esta ciudad.
Fue entonces cuando detallé en la ropa que llevaban esa noche, Caleb casi todo de negro con excepción de unas delgadas y casi imperceptibles líneas blancas en la camisa
negra debajo de la cazadora de cuero, perfectamente combinada con unos pantalones de diseñador y zapatos a juego. A diferencia de él, Sebastián llevaba más color, un
suéter cerúleo debajo de un blazer marrón que hacía resaltar los zafiros que tenía por ojos, junto con un tejano oscuro también de diseñador y zapatos marrones, todo se
ajustaba perfectamente en él de manera casi predestinada, como si la hubiesen diseñado para su uso exclusivo. No pude evitar apartar la mirada y espiarlo durante todo
el trayecto, memorizando cada rasgo, cada expresión de su rostro de adonis. En una de esas oportunidades me atrapó mirándolo por el espejo retrovisor y pude
vislumbrar una diminuta sonrisa de esas que se forman cuando solo se levanta una de las comisuras de la boca, curvándose hacia arriba, justo así o más adorable.
Cuando llegamos al gimnasio del instituto donde tendría lugar la celebración, la mayoría de las personas nos miraban con recelo pero al mismo tiempo tratando
de disimularlo. Los chicos, intimidados por el trío súper poderoso, los recién llegados. Y las chicas, con muchos más motivos para odiarnos, ahora que según ellas no
tendrían oportunidad con los muchachos debido a nuestra especial compañía.
Ignoramos todos los comentarios que levemente se escuchaban y nos limitamos a entrar al gimnasio. Desde lejos vimos a Darious y Ani, quienes al parecer se
divertían mucho mientras bailaban. Caleb invitó a bailar a Taylor dirigiéndome una mirada que aspiraba le concediera la próxima pieza. Estuve a punto de ir a bailar con
Sebastián cuando me percaté de lo incómoda que se sentía Summ.
—¡Es injusto que nunca tenga pareja! Y ustedes se divierten, ríen y comparten con tres chicos maravillosos, en cambio yo estoy aquí sintiéndome como un farol
o la tercera pata de la mesa. Aunque bueno en este caso, sería la séptima pata de esta mesa de comedor —exclamaba exasperada.
—No tengo muchas ganas de bailar por el momento —le dije a Sebastián que se encontraba con la mano extendida—. Summ por su parte es una magnífica
bailarina —ella me dedicó una sonrisa de agradecimiento y se dirigió a la pista con él.
Se sentía extraño, nunca me había quedado sola fuera de la pista de baile en una fiesta, era algo nuevo para mí. Me dirigí a buscar algo de ponche y seguidamente
salí a tomar aire fresco, caminé unos minutos alejándome del ruido proveniente del gimnasio y me senté bajo un gigantesco árbol de cedro.
Pensándolo mejor, se sentía bien estar sola un rato, no sé por qué, pero no estaba de muchos ánimos en ese momento. Cerré los ojos unos segundos, sintiendo la
brisa fría acariciar mi rostro y el olor a grama húmeda inundar mis fosas nasales; al abrirlos me encontré con Sebastián a mi lado mirándome con ojos llenos de
preocupación. Al principio me asusté y me levanté de un salto, pero luego me tomó del brazo y me tranquilizó.
—Tranquila no voy a hacerte daño, simplemente no te vi allí adentro y quise saber si algo te había ocurrido.
Levemente respiré y volví a sentarme a su lado.
—Estoy bien —mentí—. Solo necesitaba algo de aire, hace mucho ruido allí adentro, tanto queEl sonido del despertador indicó que mis vacaciones de verano habían finalizado, me asomé por la ventana y el cielo parecía indicar que no sería otro día soleado.
Me apresuré a tomar una ducha fría para acabar de despertarme. De pie frente a mi armario, donde no cabía ni un calcetín más, intenté sacar de él las prendas indicadas
para armar el conjunto perfecto que usaría en mi glorioso primer día de clases.
—Mi penúltimo primer día —no sonaba tan bien cuando lo decía en voz alta. Pero no me detuve a divagar al respecto, no contaba con mucho tiempo, así que
traté de elegir correctamente mi atuendo, siempre atraía las miradas sin importar el lugar al que fuese, por lo tanto, debía lucir lo mejor posible.
Luego de media hora por fin logré decidirme, elegí unos bellísimos botines de color cobrizo con tacón aguja, los cuales había comprado hacía apenas dos días y
aún no tenía la oportunidad de usar. Los combiné con un tejano desgastado que hacía destacar mis curvas, pero, no demasiado, junto con una blusa color blanco y una
cazadora que hacía juego con mi calzado. Dudando acerca de cómo debía lucir mi cabello, terminé alisando las puntas y maquillándome tan solo un poco, el frío era
abrumador.
Me detuve por un momento a observar mi reflejo en el espejo, y como de costumbre, no me agradó lo que vi. No era mi aspecto lo que me desagradaba, era lo
hueca que me sentía por dentro.
Desde hacía un año mis emociones y estado de ánimo habían sido un torbellino de oscuros sentimientos. Cuando dejamos a Taylor viviendo con papá, una
soledad abrazadora se instaló en mi alma, me sentía vacía y más sola que nunca. ¿Cómo era posible sentirse así cuando lo tienes todo para ser feliz? Posees todo lo que
deseas: ropa, accesorios, móvil, dinero, pero nada lo llena. Sentía que algo faltaba, que algo en mi interior no terminaba de cuadrar. Aún cuando contaba con unas amigas
que siempre han estado para mí, quienes eran como mis hermanas, las cuales complementaban mi familia; familia que desde hace un año prácticamente solo ellas
conformaban. Mi mamá y yo no es lo que precisamente podrías llamar una familia. No es que no la amara, pero sin Tay ya ni siquiera pasábamos tiempo juntas. Su
trabajo y mis clases nos mantenían distanciadas, lo suficiente para olvidar el qué se siente cenar en familia. El cómo es ser una familia.
Mi hermana, Taylor, era mayor por un año, antes de que se fuera, parecíamos siamesas incluso teníamos la misma estatura, siempre andábamos juntas, aunque
parecía que no compartiésemos parte del mismo código genético. Sus cabellos negros se deslizaban hasta su barbilla simétricamente a ambos lados de su perfilado
rostro, sus ojos color roble centellaban cada vez que un plan perfecto cruzaba por su mente y su tez morena era tan hermosa como las arenas del desierto. Era tan
divertido estar con ella todo el tiempo. Siempre se le ocurrían nuevas aventuras que experimentar, nuevas locuras que vivir juntas. Este último año había sido una tortura
sin ella a mi lado.
Cuando Tay regresó hace más de un mes pensé que todo cambiaría, que nunca más me sentiría sola de nuevo, que la soledad se volvería una simple mancha, pero
no sucedió de esa manera. Ella se mostraba diferente, incluso podía llegar a afirmar que un tanto misteriosa una parte del tiempo, con una reciente afición a textos y
libros antiguos que aún no terminaba de entender. Seguía estando ahí para mí, continuaba siendo esa chispa que le agregaba esa diferencia a nuestras vidas, creí que con
su regreso todo mejoraría. Eso no fue exactamente lo que sucedió. El sentimiento seguía ahí y mis constantes sueños con ese ser fuera de la realidad no ayudaban a
disminuirlo. Con cada sueño mi preocupación aumentaba, me sentía temerosa ante algo que desconocía. No lucía como un sueño cualquiera, pero no le encontraba una
explicación más realista.
Salí de mi habitación y bajé las escaleras a toda prisa, por poco evitando tropezar mientras limpiaba una lágrima que se deslizaba por mi mejilla amenazando con
arruinar mi maquillaje. Recobrando el aliento me dirigí a la cocina, mamá y Taylor me esperaban desesperadas, siempre tardaba horas arreglándome, así que como era de
esperarse, se hacía tarde para llegar a clases.
Mi madre y yo no nos parecíamos mucho, únicamente en el carácter tan terco y orgulloso. Ella no era muy alta, sus cabellos castaños se ondulaban al finalizar en
sus mejillas; sus ojos color miel, los cuales alguna vez no tuvieron esas arrugas apergaminadas a su alrededor, lucían hermosos a la luz del sol; su tez blanca rosácea era
quizás la única característica física que compartíamos. Por el contrario, mis largos cabellos, eran de un oscuro caoba a un paso de ser negros como el carbón, se
deslizaban por mi espalda hasta llegar a la cintura en un corte asimétrico, mis ojos chocolate variaban en tonalidad dependiendo de mi estado de ánimo, se oscurecían
más cuando estaba enojada.
Aún de pie en la cocina, no logré desayunar, el tiempo no me favorecía, aunque de igual manera los nervios me tenían el estómago vuelto un nudo. Por increíble
que pareciera, yo, Zoe Logliobini, ¡estaba nerviosa! Nunca antes me había sentido así en mis largos dieciséis años de existencia. No estaba segura del porqué de este
sentimiento, pero tenía la fuerte sensación de que algo ocurriría esa mañana.
Como de costumbre en los años anteriores, mi madre nos dejó en la entrada de la preparatoria, la mejor de toda la ciudad, a la que teníamos “el gran privilegio de
asistir gracias al fruto del esfuerzo de mis padres”, era lo que ellos siempre repetían cuando alguna inventaba excusas para así por un día poder descansar de las
ajetreadas clases.
Aunque Taylor era un año mayor, las dos cursábamos el mismo año ahora, debido a que había perdido un curso al decidir irse a vivir y disfrutar España con
nuestro padre, quién hacía más de seis años se había separado de mamá por “diferencias irreconciliables”, solían decir ellos. Desde entonces las cosas habían cambiado
mucho, algunos pensarían que a nuestro favor, pero ni la ropa, los viajes o el auto nuevo que papá nos envió podían competir con lo que muchos tenían, una familia.
Debido a la distancia, mi padre muy pocas veces nos visitaba, además de las vacaciones y algunas celebraciones, esporádicas llamadas eran lo que nos mantenían en
contacto con él.
Aún podía recordar ese día, el día en que nuestras vidas cambiaron para siempre. El día en que nuestro mundo dio un vuelco que dejó un vacío que nadie más que
él podría llenar jamás. Esa noche en que se marchó, me quedé dormida llorando al lado de la cama que en aquel entonces pertenecía a mis padres, sintiéndome
abandonada y desvalida. No lograba entender lo que sucedía, era solo una niña de ocho años. Recuerdo que todo iba bien entre mis padres, nunca fueron de esas parejas
que discuten y se pelean, al contrario, se entendían como nunca lo había notado en otra pareja; el clima en nuestro hogar siempre fue lleno de paz y serenidad.
Días antes de que él se marchara las cosas habían estado tensas, no entre ellos, sino como si estuviesen esperando a que algo malo fuese a suceder. Con Taylor
no habíamos asistido a clases esa semana y mi madre no había ido a trabajar. Ella se asomaba todo el tiempo por las cortinas cerradas temiendo al exterior. Mi hermana
y yo bromeábamos respecto a la locura de mi madre o que quizás se trataba de una invasión alienígena. Pero, los platillos voladores nunca llegaron, en su lugar, tres días
después una mujer apareció en la puerta. Y al día siguiente, mi padre se marchó; con su partida, todo regresó a la normalidad y nunca hablaron de ello con nosotras. Fue
como si nada hubiese sucedido.
De regreso a la realidad, nos encontrábamos caminando hacia la entrada, nos percatamos que nuestras mejores amigas, Anahí y Summer, nos esperaban en el
jardín como de costumbre. Vistas desde la distancia no lucían muy especiales, pero al acercarte podías notar la sorprendente sonrisa de Ani, sus cabellos rubios como
ricitos de oros y algo alborotados a la altura de sus omoplatos, su piel siempre sonrojada que encajaba a la perfección con la delicadez de su figura. Por otro lado, Summ
tenía un bronceado californiano junto con unas sedosas ondas color marrón rojizas que caían hasta sus mejillas, ella era ligeramente más baja que yo, pero sumamente
preciosa. Ese día, había algo muy particular en ellas, se encontraban inmensamente inquietas, mucho más de lo normal.
Cuando la distancia que nos separaba se redujo a unos escasos metros, se acercaron casi corriendo, al mismo tiempo que repetían juntas un sin fin de cosas que
no lográbamos entender, por lo que tuvimos que mandarlas a callar de inmediato.
—¡Ani y Summ cállense! —exigimos con rudeza.
—Si hablan al mismo tiempo y a tal velocidad no entenderemos una sola palabra de lo que quieren decirnos —dije.
Inoportunamente, en ese preciso instante, la campana que anuncia el comienzo de clases, se hizo escuchar en todas las instalaciones de la preparatoria;
interrumpiendo así la intrigante conversación. Pero aprovechando la oportunidad, insistimos en que prosiguieran con la conversación.
—Bueno, chicas, apresúrense terminen de decirnos, ¡casi no tenemos tiempo! –dije.
—Estoy segura que tenemos el suficiente para enterarnos de eso tan importante —exclamó Tay.
—Parece un adonis, se ve tan perfecto, no, no, es más que eso, es… —Summ ahogó un grito. Anahí por otra parte dijo que era el chico más hermoso sobre la faz
de la tierra
—Bueno, al menos de toda la escuela. Es, diferente, hay algo en él que lo hace… especial.
—¿En serio? ¿Es tan perfecto así? Tengo que conocerlo, debo conocerlo. ¡Estoy segura que en cuanto me vea caerá a mis pies! —dijo Taylor, quien como
siempre no se perdía una oportunidad.
—No les creas todo Taylor, deben estar exagerando.
Era lo único que podía haber sucedido. Dudaba que existiera alguien tan “perfecto” y que casualmente estuviera asistiendo a nuestra escuela.
No tiene mucho sentido, pensé en ese momento.
Summ no hizo caso a mi comentario, continuó diciendo—: Es que no les contamos la mejor parte. No se trata de un solo chico.
En ese momento sí me asombré.
—¿No?
—¡No! Mejor aún —hizo una pausa—. Tres fantásticos chicos acaban de inscribirse en esta escuela. Y para seguir con la perfección, los susodichos asistirán a
nuestro mismo curso; con excepción de algunas materias, claro, pero eso es lo de menos. ¿No les parece genial? Aunque, lamentablemente no logré enterarme de cuáles
serían esas excepciones.
—Qué pena. Pero con que asistan a al menos a una de nuestras clases me conformo —rió Taylor.
—Tú como siempre. ¡No tienes remedio! —dijeron las chicas uniéndose a las risas de Taylor.
En ese momento hubo un silencio y Ani prosiguió—: ¡Ay! Pues como siempre tengo que hacer las cosas yo para obtener toda la información —dijo mientras
sacudía dramáticamente su rubia cabellera—. Así que, convencí a Tom, el nerd, quien va a ser su guía esta semana, para que me contara todo. Nuestros nuevos visitantes
tomarán todas las mismas clases que cursamos, con la excepción de uno de los chicos, que tomará matemática avanzada, álgebra y una electiva.
No sé porqué, pero en ese momento sentí que algo estaba a punto de comenzar.
—¿Estás segura? Son las mismas clases adicionales que tomaré este año. Qué extraño —dije.
De repente, el director apareció a nuestro lado y se limitó a informar, con tono de autoridad—: ¡Chicas! Ya dejen de parlotear y diríjanse de inmediato a sus
clases, ya tendrán suficiente tiempo para conversar cuando finalice el día.
—¡Sí, señor Conrad! —dijimos todas al unísono.
Después de ser interrumpidas por el director del instituto todas nos dirigimos a clases sin decir una palabra, estábamos bastante malhumoradas ante el hecho de
haber sido entorpecida nuestra conversación.
Era lunes, y a la primera hora nos tocaba clases con el señor Sillister, de Biología. La clase empezó bastante tediosa, como todos los años, el primer día consistía
en presentarnos y describir nuestras expectativas para este curso. Y como siempre, todo el mundo mentía, para salir del paso lo más rápido posible.
Justo en el momento que era mi turno de hablar, el director interrumpió la clase para presentar a tres nuevos alumnos. Para mi sorpresa y la de todas las chicas,
Anahí, tenía razón una vez más, “ellos” asistirían con nosotros a casi todas las materias y los tres eran asombrosamente hermosos, que digo hermosos, eran…
¡Perfectos!
Cuando el director terminó de dirigirles sus tan repetidas palabras de bienvenida, se retiró del aula y los tres visitantes procedieron a ubicarse en los únicos
asientos disponibles, dos de ellos al final de la fila y el otro justo a mi lado. Al principio no me pareció nada del otro mundo, claro, además de ser hermosamente
perfecto, nada en él parecía ser relevante o interesante.
Minutos después, la clase procedió, pero sin que mi turno llegara. El señor Sillister se enfocó en los tres recién llegados, quienes ahora eran sus juguetes; nuevas
mentes que debía fertilizar para cosechar grandiosos frutos, esa era la manera en que pensaba acerca de todos los nuevos estudiantes. Actuaba de la misma forma que
cuando nosotras ingresamos hace años al instituto.
Al sonar la campana salimos apresuradamente de ahí, no teníamos clase la siguiente hora así que, aprovecharíamos al máximo el tiempo para hablar de nuestros
nuevos compañeros. Cuando nos encontrábamos ya en el jardín camino a la cafetería, me percaté que mi libro de álgebra no estaba, probablemente como nos habíamos
marchado de inmediato, lo pude haber dejado en la clase de biología. Así que, decidí regresar a buscarlo mientras las chicas se adelantaban a la cafetería.
Ya el salón, este se encontraba vacío, o eso creía, así que tomé el libro sin fijarme en los alrededores y justo en el instante cuando dejaba el lugar un ruido me
detuvo; en realidad, una voz terriblemente encantadora, que extrañamente me sonó familiar.
—¡Huy! —se escuchó—. Disculpa, soy nuevo aquí, no sé dónde están mis hermanos y tengo la siguiente clase en… veinte minutos. ¿Te molestaría ayudarme?
Por cierto, mi nombre es Caleb.
Me giré para responder, y quedé prendada, no por su belleza sino porque algo en él, o mejor dicho, todo en él, me resultaba extrañamente familiar, muy familiar.
Sus cabellos oscuros y sedosos en ligeras ondas que caían a la altura de su barbilla en un corte desprolijo y a la vez atractivo; su piel hermosamente blanca y radiante,
como la más fina porcelana. Y sus penetrantes y cautivadores ojos de un verde como esmeralda. Parecía tan perfecto, tan… conocido…
—Disculpa, ¿te pasa algo? Por tu silencio podría decir que dije algo que incomodó o ¿me equivoco?
—No, no… no, para nada —fue lo único que mi cerebro estuvo dispuesto a articular después de semejante deslumbramiento.
—¿Segura? Porque tu rostro no parece decir lo mismo —dijo con un tono elevado, algo alarmado al parecer.
—Estoy bien, gracias. Mi nombre es Zoe, mucho gusto.
—Caleb —extendió la mano para estrechar la mía—, el gusto es todo mío Zoo.
—¿Zoo? —dije algo disgustada por semejante apodo, ni que fuera una mascota, pensé—, bueno, creo que si nos apresuramos puedes llegar a tu clase, vamos.
Te daré un recorrido veloz por el instituto.
Apresuradamente, le mostré los pasillos principales, señalando los lugares claves, la cafetería, el comedor, las canchas deportivas y las áreas verdes.
—Última parada, clase de…
—Pintura —respondió Caleb.
—¿Pintura? —No podía creerlo, incluso me causó tanta gracia que estuve a punto de carcajearme en ese momento, no parecía de ese tipo de chico.
—Sí, es un pasatiempo. Cuando me siento solo, molesto o frustrado, trato de canalizarlo y plasmarlo en… el arte.
—Guau, en realidad eso es muy… interesante —me burlé en voz baja.
—¿Algún comentario que quieras decirme? —dijo como si no hubiese escuchado muy bien—. ¿O es que acaso no te parezco del tipo de chico que es capaz de
apreciar el buen arte? —Se aceró frunciendo el ceño, aparentando estar algo molesto—. ¿No puedo estar interesado en las obras de Van Gogh, Picasso —siguió
aproximándose dando cada paso con determinación sin apartar sus profundos ojos de mí—, Da Vinci, Miguel Ángel, Edvard Munch, El Greco, Boticelli e incluso
Botero, con su interés particular por las curvas del cuerpo femenino? —Sonrió acariciando estas últimas palabras con un interés particular. Uno que me incomodó de
inmediato, al igual que su proximidad que invadía mi espacio personal. Y nadie invadía mi espacio personal.
—No, ninguno —reí interrumpiéndome con una tos suave—. Me tengo que ir, mis amigas me están esperando. Eh, suerte en tus clases —comencé a alejarme—,
espero que te guste el instituto. Nos vemos, en algún lugar, adiós.
No volteé para saber si seguía mirándome, ni me preocupé en la sensación de alarma que se había despertado desde que violó mi espacio personal. Estaba muy
concentrada, en descubrir por qué me resultaba tan conocido. Me encontraba tan sumida en mis pensamientos, que no me percaté que había llegado a la cafetería, donde
se encontraban las demás. Al sentarme, detuvieron inmediatamente su conversación de vestidos y maquillaje, y preguntaron preocupadas qué era lo que me había
ocurrido. Había tardado mucho, no regresé con el libro de álgebra y según, mi rostro parecía indicar que me desmayaría.
—Zoe, reacciona —mi hermana chasqueó los dedos frente a mi rostro.
—¿Qué ocurre? —preguntaron todas sacudiéndome al ver que no respondía.
—¿Qué? ¿Qué les pasa? —Me solté de sus demandantes manos—. Nada pasó, simplemente me encontré con Caleb, uno de los estudiantes nuevos y lo llevé
hasta su próxima clase porque estaba perdido y sus hermanos desaparecieron. Eso es todo —dije con tono cortante.
—¡Eso es todo! ¿Y de que más hablaron? ¿Dónde estaban sus hermanos? ¿Qué más ocurrió? —Las palabras salían a tropelladas a toda velocidad de sus labios.
—Relájense. Nada más ocurrió, y no sé dónde están sus tontos hermanos. Dejen la ansiedad. Solo se trata de tres chicos nuevos.
Ni que fueran los príncipes de Cannes, pensé.
—Es muy cierto. Creo que hacía mucho tiempo que estudiantes nuevos no ingresaban al instituto dándole algo de diversión a este lugar. Nos descontrolamos un
poco. Y si les interesa saber, sus hermanos se fueron. Al parecer, debían recibir a los de la mudanza o algo así —mencionó Ani.
—Bueno cambiemos de tema —les pedí dándole una mordida a la manzana que mi hermana había traído.
—Mientras estabas buscando tu libro, que por cierto no trajiste de regreso, el director pasó la noticia de que mañana, como todos los años, se celebrará la fiesta
de bienvenida. Que tendrá lugar en el gimnasio —explicó Summer dándole un sorbo a su té de limón.
—Bueno, ahora como ya ven hay temas más importantes que discutir ¿qué usaremos? —pregunté intentando sonar seria y en ese momento todas empezamos a
reír. Había tenido suficiente de tanto revoloteo por tres chicos que no tenían nada más especial que cualquier otro chico.
El tiempo transcurrió y nosotras concentradas en la ropa que llevaríamos esa noche, el maquillaje y todo lo demás. A la final mi hermana y Summer acabaron
convencidas de que necesitaban un vestido nuevo, Anahí necesitaba unos zapatos que fueran a juego con su atuendo y yo, bueno no necesitaba una excusa para ir de
compras. Cuando nos percatamos de la hora, ya era tarde y al parecer llevaba media hora de retraso para la clase de álgebra. Salí corriendo de la cafetería para dirigirme a
mi clase, mientras que las chicas se marchaban a sus respectivas clases.
Al llegar al aula, era demasiado tarde. Ya no había nadie ahí e incluso se encontraba cerrado con llave. Me senté en el suelo, decepcionada por haberme perdido la
primera clase, cuando, en ese momento, escuché su voz. Que aunque me costara aceptarlo era una melodiosa voz. Como escuchar a los querubines cantar en el cielo,
deseché ese último pensamiento. No estaba siendo para nada objetiva.
—Descuida. Al parecer, el profesor… no recuerdo bien su nombre, enfermó y avisó a la coordinación que no asistiría el día de hoy. Te has salvado —rió Caleb
—. Tal vez, tengas un ángel guardián que no permite que te pierdas una sola clase —dijo mostrando una sonrisa de trescientos voltios, que hizo que se me erizara la
piel.
—No necesito de ningún ángel guardián para eso. Siempre soy muy puntual, bueno, la mayor parte del tiempo lo soy. Es que hoy me entretuve hablando acerca
de… ¿por qué te estoy dando explicaciones? Ese no es tu problema. Nos vemos, tengo cosas importantes que hacer, en lugar de perder el tiempo hablando contigo —me
levanté y giré sobre mis talones para marcharme de ahí y alejarme lo más que pudiera de ese ser que no hacía más que sacarme de quicio.
—Gracias Caleb por avisarme, ¡eres un buen chico! —dijo en un intento de imitar mi voz—. Creo que alguien debe aprender a agradecer y un poco de buenos
modales también —otra vez la sonrisa de trescientos voltios.
Le dirigí una mirada asesina y me marché, mientras él sonreía con esa deslumbrante sonrisa que hacía que sintiera como si lo conociera desde hace tanto tiempo.
Aunque fuese imposible que lo hiciera.
Cuando me dirigía a mi siguiente clase, el director anunció que debido a que hubo un problema con las tuberías del agua, las clases serían suspendidas por el resto
de la jornada, y que disfrutáramos de nuestro día. Gracias a la maravillosa noticia del director, esperé a las chicas y nos dirigimos a mi casa para decidir qué usaríamos y
cómo lo llevaríamos la siguiente noche.
¿Qué usaríamos esa noche? El dilema que nos tocaba enfrentar ahora.
Capítulo 2
Nuevos vecinos
Tardamos más de lo normal en llegar a casa, Summ nos llevó en su auto, un corvette año noventa y dos color celeste. Sin embargo, el tráfico había decidido
hacerse insoportable ese día. No parábamos de planificar e imaginar en el camino, cómo sería el desenlace de esa noche, los posibles inconvenientes que podrían surgir y
el tema de conversación central de toda la fiesta, ¡nuestros deslumbrantes recién llegados!
Después de casi una hora llegamos a nuestro destino, mi casa. Nos encontrábamos en mi habitación desordenando el armario, más bien ellas lo hacían, mi
habitación era un caos con ropa por todos lados, en el suelo, la cama y el escritorio. Mi madre apareció en la puerta, venía a avisarnos que saldría y llegaría tarde esa
noche. Quería que tomáramos precauciones, que si las chicas se quedarían avisaran a sus padres y que si no, no se marcharan tan tarde para evitar accidentes. Se
disponía a salir de la habitación cuando se detuvo.
—¿Saben que la casa de al lado finalmente tiene dueño?
—¿En serio? ¿La que lleva tres años en venta? —preguntó mi hermana sin abandonar su misión de probarse mis zapatos.
—Dos años —le corrigió mi madre—. Y sí, al parecer el camión de mudanza llega mañana junto con los nuevos dueños. Luego de tanto tiempo, tendremos
vecinos —anunció animadamente mi madre.
Los antiguos dueños se habían marchado a América del Sur y desde que pusieron la casa en venta no hubo ninguna oferta hasta ahora, por lo que la venta se
concretó de inmediato. Mi madre había mantenido una muy buena relación con nuestros antiguos vecinos por lo que su partida le había entristecido. Era evidente que la
posibilidad de mantener una relación igual de cercana con estos nuevos vecinos, le causaba ilusión.
Toda nuestra tarde transcurrió de esa manera. Las chicas se marcharon entrada la noche, luego de ordenar pizza y devorar el helado del refrigerador. Estaba
devolviéndole el orden a mi habitación, cuando observé por la ventana a la casa contigua. Recordé las noches transcurridas durante los pasados dos años. Pasaba al
menos tres noches a la semana en esa casa. Trasladaba mis lienzos o algún bloc de dibujo junto con mi reproductor de música e invertía horas dibujando o pintando. Era
un lugar solitario, perfecto para dejar a la deriva mis pensamientos para así poder dejar surgir la creatividad que inspiraba mis creaciones. No podía creer que luego de
esa noche no tendría de nuevo la oportunidad de disfrutar de aquel espacio solitario, pero a su vez lleno de tantos recuerdos y de tanta vida plasmada en esas paredes.
Terminé de ordenar mi habitación y sin poder reprimir el deseo de disfrutar de una noche más en aquella casa solitaria. Salí de la casa y me colé por la ventana de
una de las habitaciones. Junto a la casa había un árbol que daba justo frente a la ventana, no representaba mucho esfuerzo trepar por él y aunque detestaba las alturas,
no era una que pudiese matarme, así que valía el riesgo.
Al entrar en la habitación un escalofrío recorrió mi cuerpo, nunca antes había tenido aquella sensación al pisar esa casa. Sin embargo, no le presté mucha
atención. Me senté en el suelo con los audífonos en mis oídos y comencé a dibujar las sombras que se colaban por la ventana. La escasa iluminación y las sombras que
esto producía le daban un aspecto algo tétrico pero hermoso.
Estaba tan concentrada en mi dibujo que cuando escuché el sonido de algo estrellarse contra una superficie dura. Quedé petrificada. Nadie debía llegar hasta el día
siguiente. Vi pasar una sombra por el pasillo, lo que hizo que me asustara aún más. Apagué mi reproductor, tomé los lápices del suelo y me lleve el bloc de dibujos
conmigo.
Me acerqué a la puerta de manera silenciosa, mirando a ambos lados del pasillo antes de salir de la habitación. Revisé cada habitación sin encontrar nada que
justificara aquel sonido. Bajé por la escalera. Todo se encontraba en penumbras y en un total silencio. Podía escuchar el sonido de mi propia respiración agitada, el
martilleo de mi pulso en los oídos y el latir de mi corazón desbocado. Al llegar a la sala me encontré con un ave negra, parecía ser un cuerpo, no se movía. No había
ningún olor de putrefacción, así que debía ser reciente. Era muy extraño.
Decidí marcharme, ya era pasada la medianoche y no quería terminar volviéndome paranoica gracias a esas películas de terror que Taylor me obligaba a ver con
ella. Salí por la puerta de atrás para que en caso de que si a algún vecino se le hubiese ocurrido dar un paseo por la calle a esas horas de la noche, no me viera allanando
una casa. Cuando estaba por salir del todo de la propiedad tropecé con algo que hizo que cayera de bruces entre las hojas secas sobre la grama. Me giré para ver lo que
me había hecho tropezar y ahogué un grito.
Se trataba de un par de animales, sus cuerpos estaban tiesos, había una gato blanco con manchas negras, un mapache y un pequeño perro que hacía días habían
reportado como perdido. Me horroricé, no me parecía que fuese casualidad que aquellos cuerpos de animales muertos se encontraran en el mismo lugar. Luego recordé el
pájaro muerto dentro de la casa y un escalofrío me hizo retroceder. Un escalofrío similar al que sentí al poner un pie en esa habitación. Salí corriendo dejando atrás todo
eso. No me sentí tranquila hasta que estuve detrás de la puerta de mi habitación. Escuché llegar a mi madre unos minutos después de eso.
Esa noche no soñé con aquel bello ser. En su lugar, mi sueño estuvo plagado de animales muertos en bosques oscuros y casa abandonadas.
* * *
Al día siguiente en el instituto todo resultó aburrido, rutinario como es el tener que asistir a él. Me apunté al equipo de porristas y al club de periodismo, me
postulé a presidenta de la clase y como tutora para los de primer año. Quería mantenerme ocupada y ganar los suficientes méritos para poder optar el siguiente año por
un cupo en las mejores universidades con programas de diseño.
Ese día no vi a ninguno de los estudiantes nuevos. Pensé que tendría que soportar una vez más los comentarios sarcásticos e inapropiados de Caleb, pero para
mi sorpresa y satisfacción, no fue necesario. Ese día ninguno dio señales de vida. No podía estar más contenta por ello.
Fuimos de compras esa tarde, por los vestidos de Taylor y Summer, junto con los zapatos de Anahí. Yo vería que me compraba. Entramos a una tienda de ropa,
las chicas veían los vestidos del fondo mientras yo observaba los zapatos, fue en ese momento cuando escuché a unas chicas hablar mientras pagaban en la caja.
—Fue de lo más extraño en verdad. Nunca había visto algo así —dijo una de ellas.
—¿Y estás segura que estaba bien la noche anterior? —le preguntó la otra.
—Completamente. Le dimos de comer al señor Bigotes —quien parecía ser un gato—, luego desapareció como siempre lo hacía todas las noches, así que nos
fuimos a dormir despreocupados. Y cuando nos levantamos al día siguiente lo encontramos en el jardín con los ojos cerrado y el cuerpo yacía ahí inerte.
—Eso es horrible.
—Lo sé. Mi madre lloró toda la mañana. El señor Bigotes estaba con nosotros desde que mi hermano nació, de eso ya hacían siete años.
—Escuché que algo similar le ocurrió a la mamá de mi novio, pero fue con su perro. Apareció así una tarde en su porche.
Las chicas se fueron luego de eso. Eso me dejó muy confundida. Esos animales eran los que había visto la noche anterior a las afueras de la casa junto a la mía. El
mapache de seguro era un animal salvaje, por lo que nadie había notificado nada sobre él o acerca del cuervo.
Me quedé el resto de la tarde pensando en lo que les había escuchado decir. Lo comenté con las chicas pero no le atribuyeron la menor importancia. Claro, obvié
la parte en la que había allanado una casa.
Regresamos a mi casa, dado que nos arreglaríamos todas allá porque resultaba más sencillo para movilizarnos hasta el instituto, puesto que el auto que usábamos
Taylor y yo, era el que mi madre se encontraba utilizando por el momento. Debido a que el suyo estaba en el taller, por las revisiones usuales.
Todo iba muy bien hasta que mi madre irrumpió en mi habitación, para pedirnos que fuéramos a darles la bienvenida a los nuevos vecinos, quienes al parecer, se
instalarían en la casa contigua a la nuestra.
—Debemos ser buenas vecinas y demostrar que se trata de un buen vecindario —expresaba mi madre en un intento de convencernos—. Debe ser difícil llegar a
una ciudad donde no conoces a nadie. Lo menos que podemos hacer es ser amables.
—No recuerdo que nos hayan mostrado esa clase de amabilidad cuando llegamos aquí hará hace unos ocho años —me quejé.
—Ese no es el punto. El punto es ser buenas personas y dar una buena impresión a los nuevos vecinos —depositó en mis brazos una cesta de frutas dando por
terminada aquella conversación. Todo eso me resultaba innecesario.
Malhumoradas por la interrupción, no nos quedó otra opción que ir a dar la bienvenida a los recién llegados. Mi madre nos obligó a llevar una cesta de frutas
variadas porque eso aparentemente es lo que se hace para dar la bienvenida a alguien nuevo y así con ello hacerle sentir el apoyo de la comunidad. Aunque no recordaba
que eso hubiesen hecho con nosotras y eso que cuando nos mudamos a este lado de la ciudad yo tenía un poco más de cuatro años.
Al salir del patio delantero y caminar hacia la casa de al lado, ¿cuál es mi sorpresa y la de las chicas al ver a los nuevos nuevos vecinos?
El camión de la mudanza se marchaba, dejando al descubierto esos ojos esmeralda y esa insoportable sonrisa muy particular de Caleb, quien se encontraba junto
con Sebastián y Darious, sus dos hermanos, que ya se acercaban a saludar. No podía creerlo, si acaso el destino existía me estaba jugando una mala pasada. ¿Qué hacía él
ahí? Y ¿por qué cuando lo miraba sentía que nos conocíamos desde antes? Me encontraba absorta en toda mi confusión cuando su voz me regresó a la tierra.
—¡Una cesta de frutas! Qué consideradas, no se hubiesen molestado, aunque hubiese preferido un almuerzo casero —dijo con ese tono irónico, pero
lamentablemente igual de encantador que antes ya había escuchado.
No me había percatado hasta entonces de los intimidantes que también resultaban los otros dos chicos. Su belleza era cuanto menos, comparable con la de los
grandes adonis griegos. Sebastián era el más alto y con apariencia atlética, de músculos definidos y espalda ancha, tenía el cabello corto ligeramente castaño con ojos tan
celestes que parecían un zafiro, pero su seriedad actuaba como una especie de muralla que impedía que cualquiera se acercara aunque fuese un poco. Pude sentir el peso
de su mirada a través de mí; una extraña corriente eléctrica me recorrió cuando nuestras miradas se encontraron. Casi me quita el aliento, no pude soportar la intensidad
de su mirada por lo que la desvié a un sitio más seguro. Darious compartía con los otros la tez de porcelana, sus cabellos algo despeinados y rubios hacían juego con ese
rostro aniñado y sus ojos extremadamente grisáceos y algo excitantes. Todo esto hacía que quisieras hablarle o compartirle algo, tenía una especie de energía que te
atraía.
Me perdí por un instante en esa nube de emociones que este trío súper poderoso emanaba; que no me percaté que estamos entrando a su casa para la
inauguración. En ese momento explotó mi burbuja, justo cuando Caleb y yo nos quedamos solos en la sala.
Traté de articular palabra alguna pero parecía como si las cuerdas vocales hubiesen sido paralizadas. El ambiente se tornó algo silencioso; tenía miedo de decir
algo y romper el silencio, pero al mismo tiempo no deseaba seguir callando. No podía resultar más incómoda la situación, entonces unas risas se escucharon del extremo
opuesto de la habitación y al girar encontré a mis dos amigas y a mi hermana con los nuevos vecinos, observando y conversando por lo bajo mientras nos observaban.
Sebastián se limitaba a observarme en silencio, haciendo oídos sordos a las conversaciones de los demás, tuve que evitar soltar un respiro. Las risas detrás de él me
devolvieron a la realidad.
Resultó muy vergonzoso, pero a la vez gratificante porque disminuyó aquel silencio incómodo. Sin embargo, me preguntaba, ¿sabrían algo de Caleb que yo
desconocía? Era algo que necesitaba averiguar, pero ese no era el momento correcto. Ignorando a nuestros espectadores Caleb se acercó a mí.
—Luces desconcertada. ¿Acaso algo te preocupa? ¿Puedo ayudarte en algo? —sonrió divertido con mi expresión de incomodidad.
En este momento no dejé que su sonrisa me intimidara.
—No, no creo que nada que venga de ti logre ayudarme, pero en esta ocasión quisiera saber ¿por qué tus hermanos secreteaban mientras nos miran? —me limité
a decir con algo de desaire.
Su sonrisa disminuyó, aunque continuaba sonriendo no era “mi sonrisa”, la sonrisa que odiaba tanto pero al mismo tiempo adoraba porque se me hacía tan
familiar, se volvió más superficial y sombría.
—En realidad no estoy seguro, puede ser acerca de mi cabello que está un poco empapado por el sudor o quizás sean mis pantalones, se rasgaron mientras
descargábamos la mudanza —esa que era mi sonrisa, iluminó nuevamente su rostro. Al parecer quería desviar el tema pero no lo dejaría pasar.
—Puede que tengas razón —comencé a decir, pero entonces no me estuvieran mirando como si me estuviesen midiendo detalladamente—. Tal vez, es porque
estás loco por mí y quieren saber si haríamos una pareja perfecta. Pero lamento decepcionarlos —dije alzando la voz mientras lo miraba directo a esas esmeraldas
verdes—. No me interesa Caleb, no es para nada mi tipo, no cumple los… requisitos.
En ese momento, un grito de dolor fingido salió de la boca de los chicos, pero a Caleb no pareció afectarle, simplemente sonrió y se acercó hasta el punto de
quedar a un centímetro de mis labios para decir—: No te preocupes, tampoco eres mi tipo, prefiero a las chicas como Taylor.
Algo dentro de mí pareció romperse, no era mi corazón sino algo mucho más importante y valioso, mi orgullo. Una llamarada de furia y celos brotaron desde lo
más hondo de mi ser, pensé que explotaría. ¿Por qué me sentía así por un chico que apenas acababa de conocer y que hacía lo imposible por sacarme de mis cabales? No
exploté, me dirigí a Darious con esa mirada dulce que derretía a todos los chicos del instituto.
—Darious, ¿quisieras ir conmigo a la fiesta de bienvenida? Serías una muy buena compañía —añadí con tono insinuante.
Los ojos del chico se exaltaron y abrieron como platos, dirigió una mirada rápida a Caleb, en una especie de solicitud de permiso para avanzar o algo por el
estilo, pero no obtuvo respuesta de su hermano. Entonces se limitó a responder con un tono de timidez—: Claro, sería un honor acompañar a una chica tan hermosa
como tú.
La atmósfera de tensión se desvaneció luego de un minuto cuando el estómago de Sebastián gruñó. Todos reímos, era claro que no nos habíamos percatado de la
hora, quién sabe cuánto tiempo habíamos estado allí y ellos no habían almorzado. En ese momento decidimos dejarlos para que siguieran con sus obligaciones, ya nos
quedaba muy poco tiempo para arreglarnos y ni siquiera sabíamos qué usaríamos. Pero algo estaba claro, ¡esta noche comenzaba la cacería!
Al llegar a la casa subimos rápidamente a la habitación, había mucho de qué hablar y mucho por hacer. Ya dentro de la habitación Anahí, Summer y Taylor me
miraron con desaprobación, sentí como si fuera una emboscada, pensé en salir de allí con alguna excusa pero era demasiado tarde, las palabras salieron de sus bocas
como si se tratara de un bombardeo.
—¿Te volviste loca? Definitivamente perdiste la cabeza. Es la estupidez más grande que has cometido, y eso ya es decir mucho —agregó mi querida hermana.
—Se suponía que nadie te atraía, ¡y menos Darious! ¡Quien ni habías notado! —dijo Anahí con tono de preocupación—. Ahora me has dejado sin novio, bueno
futuro novio —trató de corregirse.
Respiré profundo, tenía que calmarlas, era claro que no habían entendido, no tenía ningún interés en Darious, pero esta vez mi plan era algo diferente, no buscaba
un trofeo más, él parecía ser especial, no quería aceptarlo, sin embargo, existía una química innegable con Caleb, una fricción que me hacía flaquear las piernas, pero
debía dejar eso a un lado y pensar con cabeza fría.
—Chicas —comencé—. No me gusta Darious, es lindo, pero nada más. Así que no te preocupes Ani no pretendo nada con él o algo así —ya no estaba segura
—. Me alejaré de ellos por un tiempo, si así lo deseas, además, no quiero tener ninguna relación con nadie en estos momentos y menos con alguno de ellos.
Y más tarde tendría razón en no querer.
Pero, algo va mal, pensé, es como una fuerza gravitatoria que trata de hacer que me acerque a él, a Caleb, aunque no quiera, no es voluntaria.
—Si a ti no te interesa, creo que intentaré algo con Caleb entonces, es un chico muy apuesto, y tiene ese toque de peligro que a todos les hace falta. Claro,
siempre y cuando no tengas sentimientos por él.
—¡Pueden casarse si así lo quieres! —Me enfadaba que quisiera salir con él, aunque no supiera el porqué. Por otro lado, sería lo mejor por el momento. Me alejé
de ella evitando decir algo de lo que podría arrepentirme después, aislándome como de costumbre y cerrándome en mí misma.
Comenzamos a arreglarnos, la habitación era un total caos, ropa y zapatos cubrían la cama y casi todo el suelo sin dejar mucho espacio para desplazarse por el
lugar. Aún así, cada quién se movía de acuerdo a sus necesidades para estar listas a tiempo.
Cuando ondulaba mi cabello decidí telefonear a Darious, había cambiado de opinión con respecto a algo. Las chicas habían intercambiado números telefónicos
con Sebastián y Darious mientras yo había tenido esa particular conversación con Caleb, así que tomé el teléfono de mi hermana y le marqué.
—Hola, Darious.
—Hola, ¿quién habla? —preguntó. Recordé que era del teléfono de Taylor de donde llamaba, mi voz debía resultar extraña.
—Es Zoe.
—Hola, Zoe, lo siento no reconocí tu voz —se excusó—, ¿qué ocurre?
—Disculpa que te llame a tan poco de la fiesta, pero… me preguntaba si ¿podrías llevar a Anahí en mi lugar? —hubo un silencio, y de pronto su voz se
emocionó.
—¡Claro que la llevaré! Nada sería mejor —se escuchaba realmente emocionado—. Aunque, también hubiese sido un honor acompañarte —agregó. Pero,
resultaba más que obvio que le emocionaba más llevarla a ella y no me molestó, quién no la querría si ella era dulcemente encantadora. Quedamos que la recogería en mi
casa a las nueve en punto y el resto de nosotros iríamos en la camioneta de Sebastián, dado que era más espacioso que el llamativo deportivo de Caleb.
Colgué el teléfono e inmediatamente les comuniqué a las chicas la nueva distribución de parejas, o acompañantes por así decirlo. Anahí estaba que no cabía en la
habitación de lo feliz que se encontraba, si bien intentaba disimularlo. No era la más emotiva de las cuatro o como nosotras decíamos, Anahí era los oídos y la reina de
las influencias, Taylor la destreza y voluntad, Summer el corazón y la sensibilidad obvio y yo el razonamiento, la mente fría y calculadora detrás de los planes.
Juntas éramos pura dinamita.
Capítulo 3
La fiesta de bienvenida
Justo a las nueve en punto se escuchó el timbre, al asomarnos por la ventana notamos los dos lujosos automóviles, uno era una camioneta plateada y el otro un
deportivo negro. Bajamos apresuradamente las escaleras, pero nos sorprendimos al encontrarlos en la sala a mi mamá atosigándolos con miles de preguntas. Siempre que
salíamos con un chico solía hacerlo, dado que no estaba mi padre, que era a quien verdaderamente le correspondía actuar ese papel, mi madre entonces se hacía cargo del
trabajo.
Al bajar el último escalón tres pares de ojos se posaron en nosotras, a diferencia de la costumbre que expresaban los de mi madre, ellos se encontraban atónitos a
pesar de que solo se trataba de unos sencillos vestidos de cóctel, nada muy formal, pero tampoco que nos dejara pasar desapercibidas. A juzgar por sus expresiones, al
parecer lucíamos muy bien, puesto que ninguno de ellos podía apartar la mirada.
En ese momento sentí una fuerte mirada, y al dirigir mi vista hacia ella me asombró lo que encontré. Al principio pensé que se trataba solamente de Caleb que me
miraba como quien pone un vaso de vodka frente a un recién recuperado alcohólico, una mirada fuerte y apasionada. Pero, más atrás se encontraba Sebastián mirándome
diferente, sí, de manera algo especial que hizo que mi corazón se estremeciera; nunca antes me habían mirado de esa forma, con un gran grado de admiración e
incredulidad, como si estuviese frente a la más valiosa obra de arte, justo así me sentí cuando él me miró.
La intimidad de nuestras miradas al encontrarse y toda esa atmósfera de conexión que se había producido, fue interrumpida cuando Darious explicó con tono
alarmante que ya íbamos tarde así que él se adelantaría con Ani en el auto de Caleb, justo como lo acordamos. Nosotros hicimos lo mismo, nos despedimos rápidamente
y los chicos de manera educada le agradecieron a mamá por la hospitalidad y mencionaron que nos traerían sanas y salvas. No sé por qué esa acotación, para mí no tenía
mucho sentido, íbamos a una fiesta no a una misión de la CIA.
Sebastian abrió la puerta trasera y nos ayudó a mí y a Summer a subir, lo cual Caleb repitió de manera mecánica con Taylor y la puerta trasera del lado del
copiloto.
Minutos después, rompiendo el sepulcral silencio, Caleb se dedicó a pasar de una estación de radio a otra enfurecido por la falta de gusto musical en esta ciudad.
Fue entonces cuando detallé en la ropa que llevaban esa noche, Caleb casi todo de negro con excepción de unas delgadas y casi imperceptibles líneas blancas en la camisa
negra debajo de la cazadora de cuero, perfectamente combinada con unos pantalones de diseñador y zapatos a juego. A diferencia de él, Sebastián llevaba más color, un
suéter cerúleo debajo de un blazer marrón que hacía resaltar los zafiros que tenía por ojos, junto con un tejano oscuro también de diseñador y zapatos marrones, todo se
ajustaba perfectamente en él de manera casi predestinada, como si la hubiesen diseñado para su uso exclusivo. No pude evitar apartar la mirada y espiarlo durante todo
el trayecto, memorizando cada rasgo, cada expresión de su rostro de adonis. En una de esas oportunidades me atrapó mirándolo por el espejo retrovisor y pude
vislumbrar una diminuta sonrisa de esas que se forman cuando solo se levanta una de las comisuras de la boca, curvándose hacia arriba, justo así o más adorable.
Cuando llegamos al gimnasio del instituto donde tendría lugar la celebración, la mayoría de las personas nos miraban con recelo pero al mismo tiempo tratando
de disimularlo. Los chicos, intimidados por el trío súper poderoso, los recién llegados. Y las chicas, con muchos más motivos para odiarnos, ahora que según ellas no
tendrían oportunidad con los muchachos debido a nuestra especial compañía.
Ignoramos todos los comentarios que levemente se escuchaban y nos limitamos a entrar al gimnasio. Desde lejos vimos a Darious y Ani, quienes al parecer se
divertían mucho mientras bailaban. Caleb invitó a bailar a Taylor dirigiéndome una mirada que aspiraba le concediera la próxima pieza. Estuve a punto de ir a bailar con
Sebastián cuando me percaté de lo incómoda que se sentía Summ.
—¡Es injusto que nunca tenga pareja! Y ustedes se divierten, ríen y comparten con tres chicos maravillosos, en cambio yo estoy aquí sintiéndome como un farol
o la tercera pata de la mesa. Aunque bueno en este caso, sería la séptima pata de esta mesa de comedor —exclamaba exasperada.
—No tengo muchas ganas de bailar por el momento —le dije a Sebastián que se encontraba con la mano extendida—. Summ por su parte es una magnífica
bailarina —ella me dedicó una sonrisa de agradecimiento y se dirigió a la pista con él.
Se sentía extraño, nunca me había quedado sola fuera de la pista de baile en una fiesta, era algo nuevo para mí. Me dirigí a buscar algo de ponche y seguidamente
salí a tomar aire fresco, caminé unos minutos alejándome del ruido proveniente del gimnasio y me senté bajo un gigantesco árbol de cedro.
Pensándolo mejor, se sentía bien estar sola un rato, no sé por qué, pero no estaba de muchos ánimos en ese momento. Cerré los ojos unos segundos, sintiendo la
brisa fría acariciar mi rostro y el olor a grama húmeda inundar mis fosas nasales; al abrirlos me encontré con Sebastián a mi lado mirándome con ojos llenos de
preocupación. Al principio me asusté y me levanté de un salto, pero luego me tomó del brazo y me tranquilizó.
—Tranquila no voy a hacerte daño, simplemente no te vi allí adentro y quise saber si algo te había ocurrido.
Levemente respiré y volví a sentarme a su lado.
—Estoy bien —mentí—. Solo necesitaba algo de aire, hace mucho ruido allí adentro, tanto que

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