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Libro El universo en tus ojos – Anna Casanovas

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PDF Descargar Verona de vez en cuando. Además, teníamos un plan.
Jack y yo trabajaríamos en el taller mecánico y ahorraríamos hasta poder abrir el nuestro. Juntos cuidaríamos de Sandy. Lo teníamos todo previsto, solo teníamos
que esperar y seguir adelante con el plan. Quizá incluso entonces, cuando fuéramos mayores, podría comprarme uno de esos aparatos para ver las estrellas.
Atendí las mesas en el comedor, pasé de una a otra. Fingí que no veía ni oía a Silvio, uno de los matones del barrio, amenazar al señor Petrori antes de irse. Mi padre
siempre se hacía el ciego, decía que enfrentarse a la Mafia no era bueno para el negocio, yo sencillamente no quería hacer nada que pudiese hacer enfadar a papá.
Jamás me acercaría a la Mafia. En realidad, con mis catorce años, apenas sabía en qué consistía, pero sabía que era peligroso y que moría gente. No quería tener nada
que ver con eso, sentía una reacción visceral siempre que Silvio aparecía por La Bella Napoli y le insinuaba a papá que podría ganarse un dinero extra si le permitiera
hacer negocios en nuestro restaurante, y tenía arcadas cada vez que Silvio me miraba y le decía a papá que de acuerdo, que no haría nada en el restaurante, pero que tal
vez yo podría hacer recados para él de vez en cuando.
Papá se había negado.
Dudaba que lo hiciera siempre.
Tenía que irme de allí antes de que llegara el día en que papá aceptara la petición de Silvio y me pidiera que hiciera recados para él.
A Luca no se lo habrían permitido.
—No te quedes allí mirando las musarañas, Nicholas. Ayuda a la señora Micaela a ponerse el abrigo.
—Por supuesto, papá. —Dejé la escoba apoyada en la pared—. Perdóneme, señora Micaela, estaba distraído.
—No pasa nada, Nick. Yo a tu edad también soñaba despierta a todas horas.
La mujer me sonrió y la ayudé a levantarse y a ponerse el abrigo. Después, recogí su bastón, que se le había caído al suelo, y se lo acerqué. La señora Micaela era
viuda y tenía la piel más blanca y arrugada que había visto nunca. Tenía los ojos verdes, las cejas blancas y llevaba el pelo blanco, casi plateado, recogido en un moño.
De joven protagonizó todo un escándalo, me lo contó ella misma, se enamoró de un policía y vivió con él en pecado, término cuyo significado yo desconocía hasta que
ella me lo explicó. Al parecer él estaba casado, pero ni la señora Micaela ni el señor Detective (no sé su nombre, ella siempre lo llama así) ocultaron nunca su amor. Él
murió y la señora Micaela estuvo a punto, pero al final sucedió algo, algo misterioso, que la empujó a seguir viviendo.
La señora Micaela tenía dinero, probablemente procedía de su familia, de la que nunca hablaba, y vivía en una de las casas más bonitas de Little Italy. Todo el barrio
la respetaba, había gente que incluso le tenía miedo. Yo mismo lo había presenciado, aunque jamás entendería por qué una anciana causaba ese efecto. Sí, en ocasiones
era cascarrabias, pero nunca era cruel y era una de las personas más listas que conocía.
—¿Qué te pasa esta noche, Nicholas? —me preguntó mientras la acompañaba cogida del brazo hacia la puerta del restaurante.
—Nada, señora Micaela.
—¡Massimo! —llamó a mi padre—. ¿Os importa que Nicholas me acompañe a casa? Es tarde y estoy cansada.
Esa mujer nunca estaba cansada.
—Por supuesto que no, señora Micaela. Ponte el abrigo y acompaña a la señora, Nicholas —respondió papá acercándome la prenda—. Tu madre y yo cerraremos.
Nos vemos en casa.

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Eso significaba que iba a tener que dejar mi libro en la cocina, pero dudaba mucho que esa noche tuviese ganas de leer.
—De acuerdo, señor.
A mi padre no le gustaba que le llamase papá delante de los clientes.
La señora Micaela y yo caminamos en silencio durante un rato. El único sonido que nos acompañaba era el golpe seco que producía el bastón al rozar el suelo
rítmicamente. La señora Micaela solía ir acompañada de Camilo, algo así como un mayordomo, conductor y guardaespaldas, y de repente me percaté de su ausencia.
—¿Dónde está el señor Camilo?
—Me gustan tus modales, Nicholas. El señor Camilo está visitando a su hermana, le diré que has preguntado por él.
—No tendría que ir sola por la calle, señora Micaela.
—No voy sola, voy contigo. —Nos detuvimos en una esquina—. ¿Qué te pasa hoy, Nicholas?
—¿Usted sabe que hay dos san Nicolás?
—¿Solo dos? —Reanudamos la marcha—. Como si hay cientos, Nicholas, tú no eres ninguno de ellos. —No tendría que dolerme que esa señora se burlase de mí,
aunque supongo que no logré disimularlo—. Oh, vamos, no seas idiota, Nick. Realmente hoy estás raro. —La señora Micaela se detuvo en medio de la calle y me obligó
a hacer lo mismo—. Tú eres Nick y serás exactamente lo que quieras ser.
—¿Cómo lo sabe?
—Por tus ojos, Nick. —La señora Micaela era la única que me llamaba así a parte de Jack y Sandy—. Tus ojos tienen un brillo que conozco demasiado bien.
—¿Ah, sí? Con todo el respeto, señora Micaela, eso es una tontería.
La señora Micaela sonrió y me despeinó. Eso sí que no se lo permitía a casi nadie.
—Tienes toda la razón, Nick. Vamos, acompáñame a casa.
Me despedí de la señora Micaela y volví a casa mirando las estrellas. La sonrisa de la señora Micaela al decirme adiós me había dejado con una extraña sensación, esa
mujer creía que la edad le daba permiso para meterse dentro de mi cabeza y llenármela de incógnitas.
La mañana siguiente no fui al colegio, no había dormido en toda la noche. Solía ser capaz de cerrar los ojos y no pensar en nada o, cuando no lo conseguía, cogía un
libro y dejaba que mi mente se concentrase en esa información, la que fuese. Pero la noche anterior no había podido, sentía la presencia de Luca encima de mí como una
enorme losa que me impedía respirar y había estado a punto de ahogarme.
Abandoné la casa sin oír a papá o a mamá. Quizá no estuvieran, no sería la primera vez que se iban sin asegurarse de si yo había ido a la escuela.
—O si sigo respirando.
Cogí el abrigo de lana marrón y me aseguré de llevar en el bolsillo el cuaderno y un lápiz. Caminé por la calle, sabía adónde iba. Habría podido ir a buscar a Jack y a
Sandy; él estaría en el colegio o en el taller, había un taller en el barrio donde nos dejaban trastear de vez en cuando. Jack parecía tener un don para los coches. Sandy
seguro que estaba en la escuela, no estaría en clase, eso seguro, pero no tardaría en encontrarla en el desván sentada frente a ese viejo piano.
No fui a buscarlos, ellos no tenían la culpa de mi mal humor o de lo que fuera que me estaba pasando.
La librería del señor Belcastro apareció justo entonces. Verona era mi lugar preferido, un pequeño local lleno de estanterías repletas de libros a cuyo propietario no le
importaba que me pasase horas allí, leyendo en un rincón o quizá detrás del mostrador mientras él repasaba las cuentas y maldecía.
—Buenos días, Nicholas, no esperaba verte hoy —me saludó.
—Yo tampoco, señor Belcastro. —Me encogí de hombros y caminé directamente hacia un pasillo en concreto. Iba tan decidido que cuando vi que no estaba solo
tardé varios segundos en reaccionar—: Estás en mi pasillo.
Frente a mí había una niña, un niña con el pelo tan rubio que parecía blanco y con un abrigo tan limpio y tan perfecto que hacía que Verona pareciese mucho más vieja
y raída que de costumbre.

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Ella levantó la cabeza del libro que estaba sujetando y me miró con las cejas arrugadas.
—¿Tu pasillo?
Bajó la cabeza de nuevo hacia el libro, ahora abierto, y yo pensé que era imposible que existiesen unos ojos de ese azul tan oscuro. Eché los hombros hacia atrás, era
absurdo que me quedase allí plantado, y me acerqué a la estantería en busca de mi libro.
—¿Qué estás leyendo?
—El libro de la selva, son…
—Cuentos de animales —terminé la frase—. Tendrías que estar en el colegio —añadí con la autoridad que sin duda me confería ser mayor que ella.
—Tú también. —Cerró el libro y me miró igual que hacían las monjas cuando no prestaba atención—. ¿Cuántos años tienes?
—Catorce. —Me crucé de brazos—. ¿Y tú?
—Doce.
Sonreí. No solo era dos años más pequeña que yo sino que apenas me llegaba al pecho y era tan pálida que comparada conmigo parecía etérea.
—¿Juliet? —Una señora asomó por el pasillo acompañada del señor Belcastro—. Ah, estás aquí. Vamos, tenemos que irnos. Di adiós a tu amigo.
La señora era tan rubia como Juliet, el nombre era tan etéreo como su extraña propietaria, e iba elegantemente vestida. Me fijé en el color rosa de sus labios y en las
arrugas que tenía en las comisuras. Mamá jamás tendría arrugas de reír.
—¿Cómo te llamas? —la voz de la niña me sorprendió porque sonó justo delante de mí y entonces vi que ella había dejado el libro en la estantería y había eliminado
la distancia que nos separaba.
—Nick.

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Juliet volvió a arrugar las cejas. No lo entendí, mi nombre, a diferencia del suyo, era de lo más común y corriente. Como yo. Después, y sin abandonar la mueca de
confusión, extendió una mano.
—Adiós, Nick.
Sonreí, ella era la criatura más rara que había visto nunca, y acepté el apretón.
—Adiós, Juliet.
Las observé marcharse y cuando las campanillas que había colgadas encima de la puerta tintinearon fui en busca del libro sobre estrellas que llevaba tardes leyendo,
aunque de camino también cogí El libro de la selva. No sabía nada de él, excepto lo que le había dicho a Juliet y ese detalle de información había aparecido en mi mente
porque había escuchado al señor Belcastro hablar de los cuentos de Kipling.
Estuve unas horas leyendo, había empezado con mi libro sobre Astronomía y había acabado dejándolo a un lado para perderme en la selva.
—Es hora de comer —el señor Belcastro habló desde el mostrador de la entrada—. ¿Tienes hambre?
A juzgar por el ruido de mi estómago la tenía. Guardé los libros en sus respectivas estanterías y fui hacia el librero, que tenía dos platos preparados como si se tratase
de un restaurante.
—Gracias, señor Belcastro. —La pasta no olía ni de lejos tan bien como la que cocinaba mi padre, pero no era capaz de recordar la última vez que él me había
preparado un plato solo para mí.
—Come.
Me senté en la silla a la que el señor Belcastro había colocado dos cojines para que pudiera llegar a la altura del mostrador y vi que en la puerta de cristal de Verona
colgaba el cartel de cerrado.
—¿Quién era esa señora?
—Una irlandesa —respondió y se sirvió un poco de vino. En mi vaso había agua—. Está buscando un libro.
—Ya —sonreí—, ¿por qué si no habría venido a verlo, señor Belcastro
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