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El valor de una condesa – Elena Bargues

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Descargar El valor de una condesa En PDF Conocía aquellas peñas como la
palma de su mano, no en vano había
nacido y se había criado allí. En medio
de la noche se movía como si fuera de
día y escogía los senderos más
pedregosos para evitar dejar huellas de
su paso. Era joven y ágil; sin embargo,
el que lo perseguía también conocía las
brañas, estaba acostumbrado al monte y
a las dificultades que éste presentaba.
Era perseverante en su acoso. Al abrigo
de una roca descansó un momento para
pensar con claridad.
Quien lo seguía estaba enterado de la
ruta, luego lo había vigilado en otras
ocasiones. ¿Habría descubierto el lugar
donde recogía los mensajes? Si así
fuera, no los habría encontrado
puntualmente. ¿Y si los había cambiado
para que no sospechase? Tampoco, en
Madrid se hubieran dado cuenta de las
falsas misivas. Lo habían detectado a él,
pero no el lugar del intercambio ni
cuándo debía acudir allí. Entonces,
¿cómo lo habían localizado?
Esas preguntas tendría que
responderlas más adelante, ahora lo que
le acuciaba era deshacerse de su
perseguidor. Si continuaba por el
margen de la corriente del Carranza, no
lo conseguiría. Recordó un ascenso
difícil y duro desde allí, la cara sur,
hasta el pico del Carlista. Había tramos
peligrosos que requerían trepar y, con un
poco de suerte, el perseguidor se
despeñaría.
Sin dudarlo, se lanzó adelante y al
amparo de los árboles comenzó el
ascenso, lento pero decidido. Le llevó
parte de la noche. Cuando llegó arriba,
tenía las manos despellejadas y
sangrantes, sudaba a pesar del frío y
sobre los montes se perfilaba el tenue
clareo del amanecer. Estaba a salvo, era
imposible que lo hubiera seguido hasta
arriba. Buscaría un refugio entre los
riscos para descansar y dormir un rato y,
a plena luz del día, regresaría a
Ramales. Nada más echar a andar, oyó
el ruido de un fusil al amartillarse. Un
estampido rasgó el silencio de los
montes. Sintió una quemazón en la nuca.
Luego, nada.
1
Día 12 de junio de 1871.
Juan aguardaba pacientemente en la
antesala del gabinete de Práxedes Mateo
Sagasta. Nunca imaginó, cuando
desembarcó en Cádiz, que sus pasos lo
llevarían hasta uno de los políticos más
carismáticos. En California, los padres
de la misión le habían informado del
devenir político en la península. El
hombre que lo había citado era un
reputado liberal que había participado
en la sublevación del cuartel de San Gil
para destronar a la reina Isabel II, había
sido detenido, juzgado y condenado a
muerte. Consiguió huir y se exilió en
Francia. Tras la revolución de 1868, que
consiguió destronar a la reina, regresó y,
desde entonces, había ocupado
diferentes cargos en el gobierno. Eran
tiempos revueltos. ¿Cómo había sabido
de él? ¿Qué necesitaba de un indiano
ajeno a la política de España?
—¿El señor don Juan Martín? —
preguntó un joven imberbe con unos
manguitos de tela oscura que le cubrían
desde la muñeca hasta el antebrazo. Juan
asintió—. Sígame, por favor.
Recogió el sombrero y disimuló su
sorpresa al comprobar que no era
recibido en el gabinete, sino que lo
conducían a otro lugar de la casa. El
escribano abrió una puerta, lo anunció y
lo invitó a pasar.
Se encontró en un saloncito bien
iluminado gracias a una amplia ventana.
Las paredes, enteladas en azul, hacían
juego con los cortinajes y las tapicerías
de las sillas. Sobre una mesa camilla
había un servicio de café. Sagasta, de
pie junto a la mesa, extendió una mano
para darle la bienvenida.
—Señor Martín, es un placer
conocerle.
Sagasta vestía impecablemente y
lucía una espesa cabellera morena y
peinada hacia atrás que contrastaba con
una poblada barba blanca; era de cara
ancha y nariz recta, algo prolongada
hacia la boca. Los ojos, vivos e
inteligentes, lo escrutaron sin disimulo.
Destilaba la seguridad de un hombre
acostumbrado a la política y a evaluar a
las personas que se presentaban ante él.
—El inesperado placer es mío —
respondió Juan cortésmente, a la vez que
le estrechaba la mano.
—Por favor, tome asiento. ¿Un café?
Juan asintió. Decidió seguir los
prolegómenos de la extraña entrevista;
además, mientras el propio Sagasta
servía el café, se le ofrecía la ocasión
de estudiarlo sin caer en la grosería.
Tomó la taza que le alargó y observó
cómo Sagasta retiraba los faldones del
chaqué antes de sentarse, revolvía el
café y apuraba un sorbo.
—Estará desconcertado por haber
sido invitado con tanta insistencia —
arrancó a hablar el político—. Sus
intenciones de asentarse en la península
y sus operaciones económicas en Cádiz
no han pasado desapercibidas para la
gente de mi partido.
—No comprendo cuál pueda ser el
interés del partido liberal sobre mi
persona. Carezco de familia en España y

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de abolengo, y a esto debo añadir que la
política no figura entre mis intereses.
—Si me concede unos minutos, le
desvelaré el misterio —rogó Sagasta.
Devolvió la taza de café a su plato y se
concentró en la conversación—.
Contactó con el gobernador, que es un
conocido mío. Sabía que yo estaba en un
aprieto y me propuso su persona. Ahora
que lo tengo ante mí, creo que ha estado
muy atinado. Es usted joven, decidido,
inteligente. Si no fuera por ese acento
que revela que está más acostumbrado a
otro idioma, pasaría por un burgués bien
acomodado. Es una agradable sorpresa,
estoy acostumbrado a indianos de
modales exagerados y forma de vestir
estrafalaria.
—Le agradezco el halago pero, a
pesar de mi inteligencia, sigo sin
discernir lo que desea de mí.
—Nos interesa la situación en la que
se encuentra. Busca tierras para
asentarse y dedicarse a la cría y doma
de caballos. De hecho, ha realizado una
importante compra en Jerez.
—Efectivamente, treinta yeguas y seis
sementales andaluces. Tendré caballos
de tiro, aunque me centraré más en los
de monta. ¿El gobierno necesita
abastecer al ejército?
—En absoluto —negó Sagasta, ante
la perplejidad de Juan—. Mi interés es
su necesidad: necesita tierras para la
cría y casa para acomodar a sus
hermanos, que están por llegar. Eso
requiere un tiempo del que no dispone.
Ya sé que con dinero todo se allana; sin
embargo, yo puedo cubrir esas
necesidades de forma inmediata y sin
costo.
—La vida me ha enseñado que no hay
nada gratuito.
—Así es. Tengo un problema que
puede serle beneficioso a usted. Verá,
en 1839, Espartero, con el abrazo de
Vergara, dio por concluido el problema
carlista. No obstante, en las recientes
elecciones de marzo, aunque mi partido
arrasó en las urnas, hemos comprobado,
con gran disgusto, que los
conservadores han perdido terreno a
favor del partido Comunión Católicomonárquico
de Cándido Nocedal.
—Defensor del carlismo —concluyó
Juan—. Desembarqué en abril y no se
habla de otra cosa a donde quiera que
vaya. Es el director del periódico
«Esperanza» y no es el único, Villoslada
dirige «El pensamiento español» de la
misma tendencia. No comprendo su
sorpresa.
—Está bien informado para no
interesarle la política —observó
Sagasta.
—La economía y la política corren
parejas, pero no aspiro a formar parte
de esa élite.
Sagasta asintió con un brillo en los
ojos, aunque su rostro permaneció
impasible.
—Muy loable —admitió el político
—. Regresemos a mi relato. Por aquel
entonces, los carlistas se extendieron
por tierras cántabras e intentaron llegar
a las astures. La batalla de Ramales, un
pequeño valle en la parte oriental
santanderina que linda con Vizcaya,
significó el fin de las aspiraciones
carlistas, que se replegaron a su feudo.
Aun así, quedaron algunos flecos sin
rematar. Uno de estos flecos es el conde
de Nogales, más concretamente la actual
condesa, ya que el conde falleció hace
más de un año. Begoña de Arriaga
contrajo matrimonio con Miguel
Hermosa de la Torre, conde de Nogales,
que poseía casa solariega y tierras en
Ramales y en Ampuero. Ella tenía
dieciocho años y él cincuenta.
—¡Puff! —resopló Juan incómodo.
Sagasta no se dio por enterado y
continuó.
—Los carlistas buscan retomar el
control de la zona oriental cántabra. El
conde de Nogales, fiel a los ideales de
su padre, carlista y exiliado, prometió
apoyo y su influencia sobre las
guarniciones y autoridades del lugar.
Por suerte para nosotros, el conde
falleció poco antes de las elecciones;
así que ahora nos encontramos con una
joven viuda con muchas tierras a la que
los carlistas ya le han buscado un
pretendiente afecto a la causa para
controlar la zona.
—¿No pretenderá que la seduzca por
un título y unas tierras? —rechazó Juan
incrédulo—. Mis necesidades no me
llevan a aceptar tan maquiavélico
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