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Libro El veneno de los templarios – David Lizandra

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PDF Descargar esa noche, se había marchado. Poco a poco me fui incorporando como si temiera romperme. Giré la cabeza a un lado, luego al otro y me tranquilicé, definitivamente
estaba solo. Durante un buen rato permanecí apoyado en el cabecero de la cama esforzándome en recordar como había vuelto a casa y qué había hecho la noche anterior,
pero no tuve demasiado éxito. Un insoportable dolor de cabeza y un dolor ardiente en la parte superior de la espalda a la altura de la base del cuello, tuvieron la culpa de
que no pudiera centrarme en buscar entre mis recuerdos recientes, al tiempo que me servían para confirmar que la noche debió ser agitada.
Únicamente cuando asumí el hecho de que mi dolor de cabeza no iba a remitir hasta que recibiera la inestimable ayuda de un analgésico, entendí que ese era el
momento apropiado para levantarse. Me senté en la cama, busqué con la mirada las pantuflas que siempre utilizaba para estar en casa y que tenían por costumbre
aparecer en los lugares más inaccesibles, pero que esa mañana por alguna extraña razón, se encontraban perfectamente alineadas frente a la mesilla de noche. Salí de la
habitación, miré detenidamente en la sala de estar, en el baño y para terminar, abrí la puerta del cuarto trastero y todo en la planta inferior parecía estar en orden.
Subí al piso de arriba sin prisa, directamente a la cocina y después de colocar la cafetera en el fuego, salí al salón. Allí también parecía estar todo en orden aunque
todavía no había encendido las luces y estaba sumido en una penumbra casi total. Aparté las cortinas, abrí las contraventanas y el sol lo iluminó todo. Mirando a través
de la ventana, pude ver como el sol apenas había traspasado el umbral de las montañas e inconscientemente pensé que debían ser sobre las nueve media. Cerré los ojos,
respiré hondo, sentí la tibieza de los rayos de sol de la incipiente primavera en la cara y me sentí bien, era reconfortante comenzar así el día. A mi derecha, en la
chimenea todavía quedaban rescoldos del día anterior, me acuclillé frente a ella y aticé las brasas para ayudar a dejar el ambiente más caldeado.
El silbido de la cafetera me sacó del trance, volví a la cocina, eché café en la taza, me tomé el paracetamol como me había propuesto en la cama y me dispuse a salir a
la calle. La llave no estaba sobre la mesa del salón, donde solía dejarla siempre en cuanto cerraba la puerta. Bajé la manecilla y la puerta estaba cerrada únicamente con el
resbalón. Era raro, no recordaba haberla dejado nunca sin echar la llave por la noche.
Fuera, la temperatura era de unos escasos diez o doce grados y era muy agradable recibir el abrazo del sol. Avancé unos pasos y me dirigí a mi derecha, hasta lo que
antiguamente fue una era y que ahora hacía las funciones de una rústica plaza. Las vistas desde ahí, aunque yo estaba acostumbrado a disfrutarlas todos los días desde
que tuve uso de razón, eran de una belleza inigualable. Apoyado en la valla de madera que delimitaba a la era, se podía ver el valle deslizando sus suaves formas hasta
llegar al río y comprobar como en el paisaje se iban alternando los diferentes tonos de verde al ir cambiando los tipos de vegetación. Para acabar de aliñar esta ensalada
de sensaciones y predominando por encima del resto de los sonidos naturales, se escuchaba el agua del manantial que corría unos metros por debajo de mí, en una caída
desde casi un metro hasta chocar contra las rocas del fondo del pequeño cauce. Cerré los ojos y respiré hondo un aire puro, intenso y cargado de matices. Sin hacer
ningún esfuerzo, podía distinguir el aroma acre de tierra mojada, el de hierba húmeda, el de los pinos cercanos y todos ellos, entremezclados con el familiar olor del
humo de la chimenea.
Esa casa había pertenecido a mi familia desde tiempos inmemoriales, su núcleo principal tenía más de ochocientos años, aunque durante el paso de los años se fue

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dividiendo entre los descendientes, se le añadieron estancias y se mejoraron las existentes, pero aún así, seguía emanando un halo de misterio. Había sido edificada en la
ladera de la montaña y tenía cuatro alturas a las que se accedía por dos puertas situadas a diferentes alturas y en diferentes fachadas. Por la puerta principal, accedíamos
al salón. Una gran chimenea lo presidía y desde allí cuatro puertas nos llevaban a una habitación, a la cocina, a un pasillo que llevaba hasta otras dos habitaciones y al
piso superior y finalmente, a la escalera que bajaba al piso inferior.
Del piso superior, poco que decir. Una planta totalmente diáfana, que albergaba todos los trastos que se habían ido acumulando durante las últimas generaciones.
Podíamos encontrar cualquier cosa inservible, desde una antigua bañera, hasta ventanas, pasando por viejos periódicos, azulejos, aperos de labranza de mis abuelos,
juguetes, muebles, sofás y un sin fin de trastos esperando allí el final de los tiempos.
El piso inferior y el sótano tienen más historia, pero será en otro momento.
El dolor de cabeza casi había remitido cuando abrí los ojos y de nuevo me sentía bien. Aunque había dejado de fumar hacía ya mucho tiempo, no me importa
reconocer que un cigarrillo en ése momento me habría sentado genial. Pase el tiempo que pase sin tragar humo, un fumador siempre seguirá siendo un fumador.
Me di la vuelta apoyando la espalda en la valla y fijé la vista en la casa. Estaba recién pintada de un blanco inmaculado y la parra de uva moscatel que mi padre,
pacientemente, fue llevando año tras año por la pared, estaba dando sus primeros brotes del año. Toda la parte inferior de la fachada, estaba recubierta de piedra gris
azulado, igual que el poyo que bordeaba la parte inferior de la pared. Desde esa perspectiva, desviando un poco la vista hacia la derecha, estaba el cobertizo que hacía
las veces de almacén de leña, garaje y de barbacoa dependiendo del momento. Justo frente a la puerta de la casa y en el lateral de ese cobertizo, había un pequeño jardín
con otra parra, que también se encargó mi padre de enredarla por la parte superior de la construcción y frente a la parra, un rosal velaba en silencio por la memoria de
mis padres. Aquella era la tierra de mis mayores y de alguna manera que no podría explicar, yo estaba ligado a ella de una forma muy especial.
-Daniel, tenemos que hablar- esas palabras pronunciadas a mi espalda con una voz fuerte y profunda, me sacaron de mi abstracción. No necesité girarme para saber

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a quien pertenecía esa voz. A mis casi 30 años de vida, la mayor parte pasada en ese pueblo, no recordaba haber cruzado más de cuatro palabras seguidas con Aurelio,
aunque era una visita habitual a la casa mientras vivieron mis padres y por ello, lo conocía desde siempre.
Me giré y ahí estaba. Su cuerpo era de constitución fuerte y sus movimientos, a pesar de tener más de 70 años, denotaban una agilidad felina. Tenía un semblante
solemne. Nunca, hasta hoy, me había fijado en sus duras facciones, en su rostro anguloso quemado por el sol, en la firmeza de su mirada, en sus manos grandes y

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fibrosas. Su voz retumbó de nuevo -Desde el mismo día en que murió tu padre, he estado esperando a que llegara este preciso momento. Ayer mismo se cumplió la
última condición y ahora espero poder estar a la altura que merece éste acontecimiento-
Esas palabras lograron captar mi atención y acabaron de raíz con la caraja de la mañana. Le señalé con el dedo índice la mesa que siempre teníamos dispuesta en la
calle -siéntate- dije -y espérame porque creo que esta conversación se va a alargar y tendremos que acompañarla-
En esta tierra, nunca se había considerado buena educación tener una conversación sin algo que echarse al estómago. Fui a la cocina y preparé un plato con queso y
otro con “frito”, una botella de vino de la tierra y dos vasos de barro cocido. El “frito”, era una ingeniosa y antigua forma de conservar la carne del cerdo de las matanzas
durante todo el año muy típica de la zona, primero se freía la carne y a continuación, se metía en tinajas de barro sumergido en aceite. Claro que aquello no era lo más
sano para mi incipiente colesterol, pero como tantísimas veces oí decir a mi madre, me dije -un día, es un día- y si alguna ocasión pintaba propicia para propasarse, no
tenía ninguna duda de que la estaba viviendo precisamente en ese momento.
Aurelio se había sentado en el poyo que había debajo de la parra, pegado a la casa. Tenía los codos apoyados en la mesa y las manos entrelazadas debajo del
mentón, con la mirada perdida en el infinito. Con toda seguridad, estaba eligiendo las palabras adecuadas para decirme aquello por lo que había venido.
Dejé los platos, los vasos y la botella sobre la mesa, serví vino en los vasos y me senté frente a él expectante.
-Daniel- su voz volvió a retumbar en mis oídos -¿desde cuándo nos conocemos?-
-No lo sé Aurelio, tengo la sensación de que has estado siempre ahí y que a pesar de que nunca hemos hablado demasiado, te conozco desde que tengo conciencia- le
contesté.
-Bien- prosiguió -las cosas no siempre han sido como las sientes….. Hubo un tiempo en el que tus antepasados comenzaron a dirigir el destino de las gentes de estas
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-En ése tiempo, un antepasado tuyo- levantó la vista hacia el cielo como si necesitara que el altísimo evaluara el significado de sus palabras y como no llegó la
respuesta, se auto-respondió complaciéndose -Sí, podemos definirlo de esa forma- bajó la vista hacia sus manos,

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