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El viejo muere, la niña vive Serie Bellón 4 – Julián Ibáñez

El viejo muere, la niña vive Serie Bellón 4 - Julián Ibáñez

El viejo muere, la niña vive Serie Bellón 4 – Julián Ibáñez

Descargar libro En PDF Un día Emilia le preguntó a su

el viejo y la niña
hermana qué hacía con su sueldo
que no le llegaba a fin de mes. Y
Bruna le confesó que yo le
cobraba treinta euros. Era cierto,
en realidad eran sesenta: treinta
los jueves por la noche cuando
Emilia estaba de guardia y treinta
los sábados después de comer
cuando Emilia dormía la siesta y
lo hacíamos en el suelo del cuarto
de baño. Es decir, sesenta euros a
la semana, o doscientos cuarenta
al mes. Era mi único sueldo fijo.
Aquella misma noche, nada más
entrar en casa, Emilia salió a mi
encuentro y me gritó que era un
chulo, un inútil y un haragán que
no servía para nada. Le arreé un
sopapo. Me arañó en el cuello y
yo le di otro sopapo que la tumbó
en el sofá. Cuando se repuso me
dijo que si no cogía toda mi
mierda y me largaba marcaría el
091.
Eran las doce pasadas,
demasiado tarde para buscar
habitación, por lo que me tocó
caminar hacia la estación. Pero
estaba cerrada. Caminé sin rumbo
hasta que vi que salía luz por la
puerta entornada de una iglesia.
Entré y me encontré con unas
cien personas, hombres y mujeres,
dándose la mano y cantando. El
altar estaba vacío. Me tumbé en
un banco al fondo de la nave. Con
la bolsa como almohada y el
gabán como manta, logré dormir
un poco, en realidad logré dormir
hasta las seis de la mañana.
Entresueños estuve escuchando
los cánticos de aquel grupo de
amigos, cánticos muy fúnebres
que me pusieron la carne de
gallina porque debía ser el
principio o el final de Semana
Santa.
Aquella misma mañana
alquilé una habitación en la
pensión Bellavista, en
Puertacuartos. Debía ya un par de
semanas y la vieja me
amenazaba todos los días con
llamar a su sobrino que era
policía si no le pagaba. Así que
andaba bien jodido.
Eran sólo las siete,
demasiado pronto para ver a
Magro. Por lo que me dediqué a
caminar sin rumbo a ver si
encontraba algún conocido,
aunque a aquella hora mis
conocidos estaban durmiendo y
sólo me cruzaba con fulanos que
iban al tajo y se movían
demasiado deprisa para verles
bien la cara.
Entré en un bar y pedí una
caña. Todo el mundo mojaba los
churros en el café. Me quedaban
doce euros, un billete de diez y
dos monedas de un euro. Cada
dos minutos metía la mano en el
bolsillo para comprobar que el
billete y las dos monedas
continuaban allí. Había un par de
máquinas y pensé que la Buena
Suerte podía estar en una de ellas
y podía reunir algo de capital
para moverme el resto del día.
Diez minutos y me había quedado
sin las dos monedas. Pagué la
cerveza y salí a la calle.
En el reloj de una farmacia
faltaban tres minutos para las
nueve y media por lo que me
tocaba esperar. Siempre me había
llamado la atención que Magro
tuviera el horario de una tienda
cualquiera, porque nadie va a una
gestoría a las nueve y media de
la mañana, demasiado tarde para
los que trabajan y demasiado
pronto para los que no hacen
nada.
Magro apareció un minuto
pasada la media y no mostró
ningún entusiasmo al verme, en
realidad actuó como si yo no me
encontrara allí, sabía a qué había
venido y cuanto menos
entusiasmo mostrara más
pequeña sería mi comisión. El
número habitual. El de un tipo
como de un metro noventa de
estatura y unos ciento veinte kilos
de peso; siempre vestido de
oscuro, con camisa blanca y sin
corbata, pero como si la llevara
en el bolsillo y hubiera olvidado
ponérsela. Quitó el candado, le
ayudé a levantar la persiana,
abrió la puerta y entramos. Todo
sin dirigirnos una palabra. Se
quitó el gabán, se colocó detrás
de su mesa y se puso a ordenar
papeles, como si esperara a que
yo desapareciera para sentarse.
Metí las manos en los bolsillos y

El viejo muere, la niña vive Serie Bellón 4 – Julián Ibáñez

me entretuve mirando las
paredes. Cuando terminó con los
papeles y mientras abría un
cajón, se dirigió a mí por primera
vez, todavía sin mirarme:
—… Todo anda mal.
Me lo podía haber dicho
nada más llegar. Que las cosas
andaban mal todo el mundo lo
sabía, o era el pretexto que todo
el mundo ponía, las cosas siempre
andaban mal, nunca se
arreglaban.
—¿Mal?
Ni me contestó ni negó con
la cabeza porque se había puesto
a estudiar otro papel y yo ya no
me encontraba allí. Se sentó.
Permanecí de pie junto a la
puerta haciendo tiempo para que
no pareciera que sólo había
venido a pedirle trabajo y no
para hacerle un poco de
compañía, aunque era seguro que
a él le daba igual.
Me disponía a abrir la
puerta para largarme cuando de
nuevo se dirigió a mí, aún sin
mirarme:
—… No es mucho.
Seguramente se acababa
de acordar. Se refería a algún
trabajo: cobrar un alquiler,
entregar un par de facturas, o
acompañarle a una subasta. Mi
mano no se retiró del pomo
dando a entender que
seguramente no me interesaba,
pero le miré para que viera que le
prestaba atención. Estaba
abriendo el portafolios que había
sacado del cajón. De nuevo habló
sin mirarme mientras revisaba el
contenido del portafolios:
—Se han retrasado. En
Fuenlabrada. Quince días.
Seguramente están de viaje, o el
banco ha olvidado hacer la
transferencia. A ver qué te dicen.
Sólo te puedo dar la mitad de la
comisión, son inquilinos que
pagan bien, nunca se han
retrasado. Sólo recordárselo —
hizo una pausa. Cerró el
portafolios y sacó otro del cajón.
Mi mano abandonó el pomo de la
puerta. Continuó—: El cuatro, no
puedo más. La factura es de
novecientos, te lo subiré a
cuarenta. Es todo lo que tengo.
Todo aquello sin mirarme.
Dejé el pomo y me acerqué a la
mesa.
Me dio una dirección y yo
me limité a memorizarla. Era un
chalet en una urbanización de
Fuenlabrada.
Mi destino era Las Colinas.
Otra urbanización de las muchas
que habían surgido mágicamente
en los alrededores de Madrid.
Nunca había estado antes allí
aunque había cruzado infinidad
de veces por la 413 y había visto
crecer los nuevos chalets.
Las aceras eran de sólo un
metro de anchura, con farolas y
bancos, así que había que
caminar por la calzada. Apenas
había coches aparcados. Las
parcelas eran pequeñas, de
doscientos o trescientos metros, y
los chalets eran todos iguales, de
dos plantas, con un porche
diminuto con farolillos de latón
colgando de las columnas, con
una chimenea con caperuza y
sobre ésta una paloma de
escayola y con tejado de tejas
planas.
Me había visto obligado a
tomar un par de autobuses y
preguntar tres o cuatro veces
antes de tener una idea
aproximada de hacia dónde se
encontraba la calle Gardenia, mi
destino. Los chalets parecían
todos habitados, los jardines
estaban cuidados aunque no se
veía a nadie barriendo las hojas o
tirando una pelota al perro,
tampoco había nadie por la calle,
como si todo el mundo hubiera
tomado la precaución de
encerrarse en el sótano antes de
que saliera el sol.
Apoyada en la pared de un
chalet vi una bicicleta de carreras.
Parecía una bicicleta profesional y
calculé que podía valer unos diez
o veinte billetes. Daba la
impresión de que el propietario la
había dejado allí para entrar en
la casa a beber un vaso de agua.
Pero había un tío en el jardín,
junto a un Peugeot azul oscuro
aparcado delante de la puerta del
garaje; iba de traje, usaba gafas
de armadura de pasta negra y
era más bien grande y con
barriga, así que hacía tiempo que
no montaba en la bici que ya no
podría con él; parecía a punto de
salir para Madrid para ejercer de
aprietamanos en cualquier
rascacielos de la Castellana.
Memoricé el número del chalet.
Otros tres o cuatro chalets
y, ya en el jardín del último de la
calle, que hacía esquina, vi al
segundo habitante de la
urbanización: un ama de casa.
Con rulos en la cabeza y cubierta
con una bata guateada, no
cubierta del todo porque había
olvidado abrocharse un par de
botones dejando entrever por el
escote un pijama amarillo pálido;
se encontraba en el porche, de
pie, fumando un pitillo, lo hacía
fuera de la casa porque no quería
que el salón oliera a taberna. Me
siguió con la mirada, pensé que
por un billete pequeño podía
quitarle los rulos, lo mismo que
hacía con Bruna.
La parcela del número 25 de
la calle Gardenia era el doble de
extensa que las otras parcelas,
tendría unos seiscientos o
setecientos metros, y también
hacía esquina. No podía ver el
chalet porque la tapia era de dos
metros y medio y la cancela tenía
soldada a los barrotes una chapa
negra de un par de metros de
altura. El nombre del chalet, La
Mandrágora, estaba grabado al
fuego en una gran viga de
madera que hacía de dintel, las
dos jambas eran de piedra
artificial. Quería echarle un
vistazo a la casa antes de llamar
al timbre así que necesité
levantarme a pulso de los
barrotes.
No era una construcción
estándar, era bastante mejor.
Tenía también dos plantas, con
una tercera abuhardillada y con
varios tejados a distinto nivel, con
un par de chimeneas y una veleta
con un gallo; todas las ventanas
eran ventanales. Lo primero que
pensé fue que la renta de
novecientos euros no estaba mal
en una urbanización como
aquella, en una ciudad dormitorio
como Fuenlabrada, donde Dios
había puesto a sus habitantes lo
suficientemente lejos la Sierra
para que sólo la vieran y no la
tocaran.
Me extrañó que los
inquilinos de aquel chalet de lujo
se hubieran demorado en el pago,
aunque había jetas que por
sistema no pagaban nunca, ni los
alquileres, ni los hoteles, ni al
sastre. Aunque eran inquilinos
veteranos porque según Magro
siempre habían pagado
puntualmente. Apreté un par de
veces el botón del telefonillo que
había en la jamba de la derecha y
esperé. Transcurrió un minuto y
no obtuve respuesta. No había
oído la chicharra porque estaría
en el interior de la casa y ésta se
encontraba como a unos treinta
metros de la cancela, pero podía
ser que no funcionara o que, por
alguna razón, la hubieran
desconectado. Había un buzón,
era grande, de color negro con la
tapa amarilla. A la pieza de
plástico que protegía la tarjeta le
faltaba uno de los remaches y
estaba un poco caída. En la
tarjeta venían dos nombres:
Antonio Albarán y María del Pilar
Gomila. Levanté la tapa del
buzón, metí la mano y me pareció
que estaba vacío. Magro no me
había dado el nombre de los
inquilinos, ni una factura, sólo
tenía que darles un toquecito en
el hombro susurrándoles que
habían olvidado pagar el alquiler.
Me cogí de nuevo de los
barrotes y me levanté a pulso. La
puerta del garaje estaba
entornada y en el interior no se
veía ningún coche. Todas las
persianas de la casa estaba
subidas y un par de ventanales
en la fachada de levante estaban
abiertos como si estuvieran
ventilando la casa. No había
rejas, eso daba a entender que el
dueño del chalet, y también los
inquilinos, eran gente confiada.
Podía suponer que había un ama
de casa haciendo la limpieza, con
rulos en la cabeza y una bata
guateada desabrochada
mostrando el pijama, quizás
también desabrochado, pensé
que podía pedirle un vaso de
agua, o preguntarle por una calle.
Pero las personas que pagan de
renta novecientos al mes tienen
una o dos mujeres para limpiarles
la casa. No era una buena hora
para cobrar la renta.
A la derecha de la cancela
estaba la puerta de servicio, con
los mismos barrotes de lanza y la
misma chapa negra de la cancela;
estaba cerrada con llave. La
chapa de la cancela tenía una
abertura cuadrada, de una palmo
de lado, para abrir o cerrar desde
el exterior el candado del cerrojo.
Metí la mano y comprobé que el
candado no estaba echado. Así
que descorrí el cerrojo, empujé la
cancela y ésta se abrió sin ningún
chirrido.
Durante unos segundos
permanecí sin moverme, luego
empujé un poco más y entré.
Lo primero que hice fue
silbar, podía haber un perro
suelto por allí, aunque ya me
habría oído, pero yo no había
visto ningún perro ni oído ningún
ladrido. Resultaba extraño que el
candado no estuviera cerrado,
quizás el ama de casa había
salido a hacer algún recado por
allí cerca y no le había merecido
la pena cerrarlo, o el rey de la
casa al salir camino de la oficina
se había olvidado echarlo porque
tenía la mente puesta en aquel
par de noruegas que hacía diez
meses le habían hecho auto stop
cuando se dirigía al trabajo y él
les había dicho que podía
llevarlas hasta Oslo porque no
tenía nada que hacer.
En el garaje no había
ningún coche como me había
parecido desde la calle, lo que
podía indicar que no había nadie
en la casa, aunque habían dejado
la cancela abierta.
Allí no había nada de
especial valor, en realidad estaba
casi vacío, lo que podía dar a
entender que hacía poco que los
inquilinos ocupaban el chalet, sin
ninguna bicicleta o juguete a la
vista porque no debían tener
hijos, sólo había una escalera de
mano de aluminio que parecía
nueva, era extensible, de tres
cuerpos, la utilizarían para subirse
al tejado, aunque yo había visto
un par de claraboyas en la parte
abuhardillada de la casa.
Tampoco en el jardín había
grandes árboles y los setos no
levantarían más de medio metro
por lo que me confirmaba que el
chalet hacía poco que estaba
habitado. A la derecha de la
puerta y pegados a la pared
había un par de bidones de agua
mineral y una caja de
herramientas que parecía nueva
y con toda la pinta de contener
sólo un destornillador.
La puerta de la casa no
tenía timbre ni aldaba, era
blindada por lo que me pareció
que no merecía la pena llamar
con los nudillos. Así y todo llamé
un par de veces, pero la puerta
era gruesa, de buena madera, y
sólo se produjo un sonido sordo y
apagado, para oírme tendría que
haber al otro lado una oreja
pegada a la madera. Pensando
que me podían sorprender
merodeando dentro de la parcela,
me moví deprisa hacia la fachada
de levante buscando uno de los
ventanales abiertos. Sólo
pretendía echar un vistazo al
interior de la casa.
La ventana, el ventanal, se
encontraba a sólo un metro de
altura de la acera y estaba
abierto de par en par invitando a
colarse adentro. La habitación que
tenía delante debía ser el salón
principal. Era amplia, con muchos
muebles que parecían de calidad
y también cuadros en las paredes
que a lo mejor eran auténticos. El
centro lo ocupaba una gran mesa,
pero no era una mesa de salón,
sino de despacho; había media
docena de sillas, estas sí eran de
salón, de madera rojiza y
tapizadas, y también un sofá con
un tapizado brillante y algunos
otros muebles de madera rojiza
brillante.
—¡¿Hay alguien?!
No quería que me tomaran
por un merodeador, aunque ya lo
era. Permanecí a la escucha como
medio minuto pero no obtuve
respuesta. Grité de nuevo, más
fuerte, aunque sabía que no me
iban a responder. No quería que
me sorprendieran al pie de
aquella ventana abierta, lo
primero que pensarían era que
me estaba preparando para
entrar en la casa. Si los inquilinos
tenían escopeta me pegarían un
tiro, o dos, y volverían a cargar la
escopeta. Así que grité de nuevo,
esta vez haciendo bocina con las
manos.
—¡¡Eh!! ¡¿Hay alguien?!
Medio minuto y nada.
Desde donde me
encontraba veía un montón de
papeles sobre la mesa, carpetas y
portafolios de diversos colores.
También un ordenador portátil
con la pantalla encendida y, al
otro lado del ordenador, lo que
parecía una caja metálica, de las
que se emplean para guardar
papeles importantes o dinero.
Estaba cerrada.
Al parecer utilizaban el
salón de despacho, quizás porque
llevar un negocio en casa
resultaba más económico que
alquilar una oficina. Ni siquiera la
silla delante del ordenador era de
despacho.
En cualquier momento el
ama de casa podía aparecer en la
cancela, con una bolsa en la mano
o arrastrando el carrito de la
compra. Le diría, en un tono algo
duro, como de fastidio, que había
entrado porque la cancela estaba
abierta y había creído que el
timbre no funcionaba, que venía
a cobrar la renta porque se
habían demorado en el pago y
los administradores se estaban
poniendo nerviosos. No sonaba
mal como excusa. Así que, sin
más, me levanté a pulso sobre el
alfeizar, di un impulso y me colé
en la casa.
Lo único que el salón tenía
de despacho era la mesa con los
papeles y el ordenador. No se
veía por allí un archivador, una
fotocopiadora, o algo parecido.
Los inquilinos debían ser gente
poco preocupada por las
apariencias. Si tenían amigos a
cenar seguro que dejaban el
ordenador y los papeles en un
rincón y ponían los platos en la
mesa de despacho.
Alguien había estado
trabajando allí aquella mañana,
el ordenador estaba encendido y
los papeles dispersos, daba la
impresión de trabajo interrumpido
por alguna razón. La silla tenía un
cojín de color granate con las
huellas de un culo, deduje que era
un culo de mujer. El resto de la
habitación estaba bastante
ordenado, sin papeles o vasos
sobre los muebles. Éstos no tenían
polvo y las botellas de un
pequeño mueble bar tenían los
precintos sin romper, como si los
inquilinos las hubieran comprado
para una fiesta que al final no se
había celebrado.
La pantalla del ordenador
estaba llena de nombres y cifras,
unas de color rojo y otras verde,
alguna cifra se iluminaba y subía
o bajaba, me pareció que eran
cotizaciones de bolsa en tiempo
real, pero a lo mejor eran otra
cosa. Y los mismos nombres y
cifras en el folio que había
delante del ordenador sobre una
carpeta de gomas, aunque sólo en
negro sobre blanco. A la izquierda
del ordenador había una taza
mediada de café, sin platillo ni
cucharilla, pero con medio pitillo
de rubio apagado y doblado por
la mitad. Ni el pitillo ni la taza
tenían manchas de carmín. Toqué
la taza y comprobé que estaba
fría. Estaba sobre un portafolios
amarillo pálido. Escrito con
rotulador, con grandes letras,
ponía: “El viejo y la niña” y,
debajo, muy grande: A—108. Quité
la taza y abrí el portafolios. Sólo
contenía un papel, escrito con
rotulador negro, con grandes
letras, ponía: “El viejo ha muerto,
la niña vive todavía”.
Hasta entonces mis ojos
habían evitado la caja metálica,
como si no la hubieran visto,
considerándola la frontera del
territorio prohibido. Me
movíalrededor de ella sin mirarla.
La llave no estaba puesta en la
cerradura pero adivinaba que no
estaba cerrada.
Me detuve en medio del
salón a la escucha de cualquier
sonido que pudiera provenir del
interior de la casa. Continuaba el
silencio absoluto, ni siquiera se
oía el tráfico de la autovía que se
encontraba como a unos
doscientos metros.
Levanté la tapa. La caja
estaba vacía. Por eso no estaba
cerrada con llave. Lo primero que
me pregunté fue qué hacía allí
aquella caja vacía.
Ni un papel, unas llaves, o
una joya. Nada. No comprendía
que utilidad podía tener, allí,
sobre la mesa, a la derecha del
ordenador. La levanté pero
debajo tampoco había nada,
ningún papel, nada. Seguramente
habían sacado los papeles que
contenía que serían los que
estaban delante del ordenador.
Pero eran folios que se
guardaban dentro de la carpeta
que había debajo que era más
larga que la caja. Pensé que a lo
mejor contenía el dinero que el
ama de casa había cogido para ir
a la compra, o para ingresarlo en
el banco. Me pregunté qué clase
de negocio llevarían desde casa.
Entre los dos ventanales
había un aparador de cuatro
cajones. Los abrí. Dos de ellos
tenían más papeles, casi todo
carpetas azules. Los otros dos
contenían lo que parecían
mantelerías envueltas en papel
de celofán, como si no las
hubieran estrenado todavía.
Había sentido cierta
frustración al encontrar la caja
vacía. Aunque no había entrado a
robar, sólo a curiosear
aprovechando la ventana abierta.
Pero en lo más profundo de mi
cerebro había visto un montón de
fajos en su interior. Me había
visto metiéndomelos en el bolsillo
y escapando por la ventana.
Mis pies, siguiendo el
impulso de mi cerebro, cruzaron
la puerta que comunicaba con el
pasillo.
Los apliques estaban
apagados y el pasillo se
encontraba en penumbra. El
diseño del pasillo era de casa
antigua, con puertas a ambos
lados y otra al fondo, entornada,
por la que salía algo de luz. El
arquitecto no había derrochado
imaginación porque calculé que el
chalet no tendría más de veinte
años. Avancé con cautela hacia la
puerta entornada. Cada tres
pasos me detenía y escuchaba. El
pasillo era ancho y había un par
de muebles de madera oscura. No
tenía alfombra ni moqueta, el
suelo era de baldosas. Abrí con
cuidado los cajones de los
muebles pero, o estaban vacíos, o
su contenido no me decía nada. El
pasillo se ensanchaba donde
partía la escalera que llevaba a la
planta superior. Miré hacia arriba
y sólo vi la barandilla de madera
y el techo vano. En la pared,
debajo de la escalera, había una
diana de dardos, con tres dardos
clavados en ella en el pequeño
redondel del centro. La escalera
era de madera y el travesaño
mostraba algunos agujeros como
de carcoma, sin duda alguno de
los jugadores bizqueaba más de
la cuenta y confundía la escalera
con la diana.
La puerta entreabierta del
fondo era la de la cocina. La abrí
un poco más y asomé la cabeza.
Se habían gastado la pasta
montándola, tenía mucho mármol
y los electrodomésticos y los
armarios estaban forrados de
madera. En la pared de la
izquierda había un gran reloj
redondo, los números eran
zanahorias y pepinos, indicaba las
once y diez y el segundero
avanzaba ajeno a todo.
Comprobé que la cafetera sobre
la vitrocerámica conservaba
todavía algo de calor y estaba
mediada de café.
A la izquierda, al fondo,
había una puerta de cristal que
daba a lo que parecía el patio de
la parte posterior de la casa. A
través del cristal se veían las
cuerdas de tender la ropa con
sólo unos pantalones cortos de
color granate colgados en ellas.
Pensé si el ama de casa no
andaría por allí, por el patio, sin
pantalones, fumándose un pitillo.
No había visto ceniceros pero
recordé la colilla apagada en la
taza de café. Traté de abrir la
puerta pero estaba cerrada con
llave .
Decidí echar un vistazo a la
planta superior. Ya estaba casi
seguro de que no había nadie en
la casa, de que me podía mover
sin tomar ninguna precaución.
La escalera de tono nogal
era demasiado ancha, no tenía
alfombra pero los escalones no
crujían. Desembocaba en un
rellano en el centro de un pasillo
al que se abrían más puertas a
derecha e izquierda. Eodo el suelo
era de madera y estaba encerado.
El cuarto de baño era
amplio, con las paredes de
mármol negro veteado hasta el
techo y el suelo de grandes
baldosas azul oscuro; todo muy
elegante, aunque tenía que ser
como ducharse en un panteón. El
lavabo tenía el tamaño de una
piscina. Había un juego de toallas
azul oscuro con una rayita
amarilla. Todo estaba muy limpio
y recogido. Había una báscula
para pesarse, como las de las
farmacias, con un brazo oscilante
y una pesa móvil detenida en los
setenta y cinco kilos. Me pregunté
a quién correspondería ese peso,
si al rey o a la reina de la casa.
En lo que parecía ser el
dormitorio principal, la cama de
matrimonio estaba sin hacer, pero
sólo un lado de la cama, como si
sólo una persona hubiera
dormido en ella. No podía saber si
había sido el hombre o la mujer
porque no había ni pijama ni
camisón. Sobre la cómoda había
una foto dentro de un marco de
madera oscura: un hombre y una
mujer, en la treintena, de buena
presencia, ella tirando a guapa, se
adivinaba un buen cuerpo debajo
de su traje de chaqueta; él era un
tipo grande, lucía el uniforme de
marino, sin barba, sin pipa y sin
barco, su sonrisa era franca,
parecía uno de esos tipos que te
insultan a la cara sonriéndote con
tanta naturalidad que no te
sientes ofendido, le calculé unos
noventa kilos; ella no pasaría de
los sesenta. La sonrisa de ella no
parecía tan espontánea, como si
el fotógrafo le hubiera ordenado
que sonriera y ella hubiera
sacado del bolso la última sonrisa
que le quedaba. Los dos
enlazados por la cintura y
sonriendo a la cámara porque tía
Ángela acababa de aparecer por
la puerta. Era de suponer que
eran los habitantes de la casa, los
inquilinos a los que se les había
olvidado pagar la renta.
Cerca del ventanal, cerrado,
había unas prendas bien
ordenadas sobre uno de esos
tinglados de caoba donde se deja
la ropa cuando te vas a meter en
la cama, con una plataforma para
los zapatos. Las prendas eran de
mujer: una falda azul marino, una
blusa blanca, unos zapatos negros
de poco tacón, también un
sujetador blanco que estaba
sobre la falda porque era lo
último que la mujer se había
quitado antes de ponerse el
pijama y lo primero que se iba a
poner cuando se lo quitara.
Ninguna prenda de hombre.
Podía suponer que la mujer se
había puesto otra ropa para salir
a la calle, ropa elegante no la de
andar por casa porque tenía
algún asunto importante que
resolver, lo que podía indicar que
tardaría en regresar y no había
cerrado el candado porque era
una persona confiada, o
descuidada. Pero no se veía el
pijama o el camisón por ninguna
parte, lo que podía indicar que
todavía no se había vestido, a
pesar de la hora, y que le gustaba
trabajar y tomar el café en bata.
Y que todavía podía encontrarse
en la casa. Y que quizás estaba
sorda porque no había
respondido a mis llamadas.
Había otro montón de ropa
tirada en un rincón. Era de
hombre. Un jersey, una camisa
azul y unos vaqueros. Asomaba
una correa fina. Moví la ropa con
el pié y apareció un correaje, con
una cartuchera y una pistola.
Volví la cabeza para mirar sobre
los dos hombros en un
movimiento mecánico. Me
encontraba solo en la habitación.
Durante unos segundos
permanecí sin moverme, también
sin respirar. Era uno de esos
momentos en los que no sabes
qué camino tomar, como si te
encontraras en un cruce rodeado
por una bruma densa. Me agaché
y saqué la pistola de la
cartuchera. Era negra y pesaba
bastante. No entendía de pistolas,
no había disparado nunca. El
único arma que había empleado
eran los puños, también la porra
un par de veces. Yo pegaba
fuerte, tenía las manos grandes y
si le estrujaba a un tipo los
huevos podía olvidarse de volver
a utilizarlos. Pero eso era todo.
Nada de armas, era un escalón
elevado fuera de mi alcance, de
momento. La metí en el bolsillo de
la chupa sin saber por qué lo
hacía, quizás para que no la
cogiera el dueño si aparecía de
repente.
Permanecí en medio del
pasillo sin moverme, escuchando.
Continuaba sin oírse nada, ni
siquiera el tic tac del reloj de la
cocina ni el gruñido del frigorífico.
Decidí salir de la casa.
Ahora estaba casi seguro de que
había una mujer en cualquier
habitación o en el sótano y no
quería que me sorprendiera
merodeando por allí. Y quizás
también el dueño de la pistola.
Les daría un susto de muerte y lo
primero que harían sería marcar
el 091. Suponía que el recibidor y
la puerta de entrada se
encontrarían en el otro extremo
del pasillo. Había una puerta
entornada a mi derecha. La abrí
un poco más y asomé la cabeza.
Se trataba de una salita con un
par de muebles y un enorme
aparato de televisión. Ya
impaciente, entré y abrí todos los
cajones de los dos muebles. En
uno de ellos había un billete de
cincuenta. Sólo eso, un billete de
cincuenta y el resto del cajón
vacío, como si hubiera estado
repleto de billetes y al recogerlos
lo hubieran dejado porque ya no
cabían más en el saco. Lo cogí y
lo eché al bolsillo. Sobre el mismo
mueble había un pequeño reloj
de mesa, ovalado, muy bonito, o
más que bonito elegante, con un
marco fino de madera rojiza, la
marca era Cartier, recordé el
nombre y me pareció que aquel
reloj no era quincalla. Lo eché
también al bolsillo.
La puerta principal de la
casa estaba cerrada con llave que
no estaba puesta. Era una puerta
blindada con tres cerraduras,
imposible salir por allí.
Regresé a la cocina.
Recordé que la puerta de cristal
estaba también cerrada y habían
quitado la llave. Tendría que salir
por el mismo ventanal por donde
había entrado.
En la misma cocina, me
llamó la atención ahora una
pequeña puerta en la que antes
no había reparado porque estaba
chapada con la misma madera
que los electrodomésticos. Estaba
entornada. Eran una puerta como
de unos setenta centímetros de
anchura, con una celosía de un
palmo en su parte superior, debía
ser la puerta de una despensa, o
la del cuarto de los artilugios de la
limpieza. Pensé en el sótano. La
casa tenía sótano porque el
garaje ocupaba sólo la mitad de
la planta baja, ya lo había
advertido, y aquélla podía ser la
puerta que comunicaba con el
garaje o con el sótano. Si había
alguien en la casa podía
encontrarse allí.
Permanecí escuchando, con
la vista en la pequeña puerta
entornada. Continuaba sin oírse
nada. Advertí que había cierta
claridad en la celosía, como si al
otro lado hubiera una luz
encendida. Antes no debía de
estar encendida porque lo hubiera
advertido. La abrí con cuidado y
asomé la cabeza.
A la izquierda había una
escalera que descendía, eran unos
quince escalones de gres. La luz
provenía de una bombilla al pie
de la escalera. Sin duda la
escalera conducía al garaje y al
sótano porque había una puerta
a la derecha y otra a la izquierda.
Ahora se oía algo: agua.
Parecía el agua de una ducha. El
sonido provenía de la puerta,
también estrecha, que tenía
enfrente, a sólo metro y medio
delante de mí. Estaba pintada de
blanco y estaba entornada. Por la
rendija salía algo de luz. Debía ser
un servicio y, si había alguien en
la casa, se estaba duchando en
aquel servicio. Me pregunté la
razón de que la puerta principal y
la de la cocina estuvieran
cerradas con llave y los
ventanales abiertos de par en par.
Pensé ahora en una criada
porque los dueños de la casa se
ducharían en uno de los cuartos
de baño de la planta superior.
Empujé la puerta con la punta de
los dedos e, inmediatamente, en el
espejo sobre un lavabo a mi
izquierda, vi reflejada la imagen
de un hombre y una mujer
duchándose.
Mejor dicho, adiviné la
mancha difusa de sus cuerpos al
otro lado de la cortina de plástico.
Era un servicio diminuto, con una
taza, un lavabo y la ducha, era de
suponer que se trataba del
servicio de la criada. Me pregunté
quienes eran aquel par de
personas que utilizaban el servicio
de la criada para ducharse. Se me
ocurrió que la mujer podía ser la

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