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El vínculo perfecto – Carolina Solé

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¡Qué idiotez! Ahora se daba cuenta de cuán equivocada había estado. Nada podía protegerla de sus errores, nada. Y últimamente no dejaba de cometerlos. Hacerse
cargo de la finca había sido el mayor de todos. Pasar tanto tiempo en el valle, aunque fuese protegida por esos muros, resucitaba sensaciones de su adolescencia que
creía superadas. La cercanía de los suyos despertaba el agrio recuerdo de antiguos agravios de la adolescencia que avivaban con fuerza la misma necesidad casi dolorosa
de alejarse de allí, de huir de cuantos la habían decepcionado, de los que pretendían controlar su vida o continuaban juzgándola. Y nada podía librarla de eso excepto la
vida que había construido lejos y que ahora estaba perdiendo por Dana y lo que protegían esos muros. Veinte años después seguía atada al valle y a todo lo que tanto
odiaba cuando se había ido. Y el instinto le decía que debía hacer algo pronto o se quedaría atrapada para siempre.
Por más que le daba vueltas no encontraba la salida. Los problemas económicos por los que pasaba la propiedad habían convertido su existencia en un sinvivir. La
semana que tenía por delante debía preparar la documentación para la renovación del crédito, la agenda de pagos a los proveedores e intentar cobrar los pupilajes
pendientes de la hípica. Los problemas de dinero por los que estaban pasando le sorbían la energía como sanguijuelas insaciables, impidiéndole pensar en una solución
global o en cualquier otra cosa. Eso le recordó la carta de la Barraquer que llevaba dos semanas en su maletín y en la que les daban fecha para el trasplante doble de
córnea que necesitaba Dana. Algo que ni siquiera le había mencionado a ella. ¿De dónde se suponía que iban a sacar los catorce mil euros que les pedían?
3
COMISARÍA DE PUIGCERDÀ
La comisaria Magda Arderiu colgó el teléfono de su despacho en la sede de la policía de Puigcerdà y clavó la mirada en el caporal que tenía sentado enfrente. Si
Arnau Desclòs no fuese hijo de quien era le tendría haciendo guardias nocturnas hasta el apocalipsis. Tiró de un pañuelo de la caja que acostumbraba a tener sobre la
mesa y se secó la palma con la que había sujetado el auricular. No estaba dispuesta a soportar más conversaciones como la que acababa de mantener con el alcalde de
Montellà, se dijo mientras convertía el papel en una bola húmeda y cogía otro. Y menos aún por unas cabras perdidas. Había puesto a Arnau en el caso porque tenía
contactos, era de la zona, y su padre, el juez Desclòs, compartía mesa con el edil en el Consejo Regulador de la Cerdanya (CRC). Estaba claro que el incompetente
caporal ni siquiera había conseguido hacer comprender al alcalde que resolver el asunto de sus cabras era cosa de los forestales. Y eso la había obligado a contenerse, en
lugar de ponerle en su sitio cuando el edil la había amenazado con denunciar al cuerpo.
Magda echó los pañuelos a la papelera y estudió de reojo a Desclòs, entretenido intentando borrar con la uña del pulgar una mancha en la manga de su uniforme.
Rodeada de incompetentes, así estaba. Y lo peor era que contra este ni siquiera podía tomar medidas represivas. Por lo menos no mientras su padre presidiese el CRC,
la entidad que controlaba en la sombra las transacciones de tierras y usos de agua en la zona, en cuyas reuniones se tomaban las decisiones realmente importantes del
valle.
El lobby había perdido recientemente a uno de sus miembros, todos importantes propietarios de la zona, y en un par de semanas se llevaría a cabo la votación para
ocupar la codiciada vacante que había ocasionado su muerte. En el valle ese puesto era el espaldarazo definitivo para la consolidación social de cualquiera, además de la
llave de acceso a ciertos círculos. Y con ese objetivo, cinco meses atrás, en el mismísimo funeral del exconsejero Jaime Bernat, Magda ya había iniciado su particular
campaña para ocuparla.
Desde entonces había recabado apoyos, pergeñado encuentros y sembrado favores a los socios que ahora esperaba recoger en la votación. Quería ese puesto y sería
suyo. Ser la primera mujer en ocupar una de sus sillas era un buen aliciente, pero no el único. La verdadera motivación irresistible era Vicente. El alcalde de Puigcerdà
llevaba tantos años intentando hacerse con una de esas sillas que Magda apenas podía contener la emoción al pensar en el momento de darle la noticia.
Un movimiento del caporal captó su atención y la llevó de vuelta al asunto de las cabras. Imposible cesarle ni apartarle del caso, a riesgo de que le fuese con el
cuento a su padre. Y a pocos días de la votación no era el mejor momento para un desencuentro con un miembro del Consejo, pues todos tenían derecho a voto. Así que
lo mejor sería asignar el asunto a alguien capaz de resolver el conflicto de una maldita vez y sin hacer ruido.
Pulsó el manos libres con el índice y, mientras esperaba la respuesta, observó con agrado la impecable manicura francesa.
—Montserrat, mándeme a Silva de inmediato —ordenó finalmente sin esperar al sí de la secretaria.
Desclòs se removió incómodo en su asiento y Magda soltó el pulsador satisfecha. No podía cesarle, pero había otras formas de brear a alguien en comisaría. Y JB
Silva era una de ellas.
Dos toques en la puerta y un adelante precedieron la entrada en el despacho del único hombre a su cargo que la incomodaba. A pesar de su escaso metro setenta, la
actitud displicente cuando le hablaba y unos silencios que la obligaban de forma irritante a continuar la conversación, Magda era consciente de que JB Silva ni pasaba de
todo ni era inofensivo. Solo había que ver el modo en el que lo miraban los caporales, a medias entre la curiosidad, el recelo y la admiración. Y es que no era habitual ver
a alguien con su aspecto en una comisaría rural, por muy principal

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