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Elegir al mentiroso – Clara Voghan

Elegir al mentiroso – Clara Voghan

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Paula escuchó el ruido del elevador
al detenerse y corrió hacia la cocina.
¿Sería posible? Apenas eran las siete
y media, y su horario acababa a las
ocho.
Encendió el monitor que tenía
enfrente.
Sí, era él. Resultaba fácil
reconocerlo… Y sí, como en las fotos, se
veía espectacular. Y sí, como era de
esperar de un hombre que vivía al borde

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del peligro, comenzaban a atacarlo allí
frente a sus ojos y a la cámara de
circuito cerrado de televisión, que por
supuesto él no ignoraba que lo estaba
enfocando. ¡Vaya escenita! ¿Para eso se
había molestado en construir esa
“pecera” a prueba de balas a la salida
del elevador? Por lo visto, no tanto para
protegerse, sino como para poder
empujar a la dama de turno contra ella
con violencia, sin que se hiciera
pedazos. ¿No podían esperar a llegar al
dormitorio, a esa cama inmensa de dos
metros por dos, que él tenía?… ¿Iban a
hacerlo allí?
Paula apagó el monitor. A diferencia
de otros circuitos cerrados de
vigilancia, aquel era a todo color y muy
nítido. Y lo último que le estaba
haciendo falta a esa altura de su soledad
era tener que contemplar una
“pornográfica” protagonizada por su
jefe. Se acomodó el cabello y volvió a
mirar el reloj. Las siete y treinta y
cinco… ¿Qué hacía? ¿Esperaba hasta las
ocho de la noche, o huía por la puerta de
atrás?… Le habían insistido tanto con lo
de “cumplir el horario”, que irse antes
de tiempo no parecía la mejor carta de
presentación ante un jefe que por fin iba
a conocer, luego de haber trabajado en
su casa por más de dos meses.
Pero aun desde allí, y con el monitor
apagado, podían escucharse los
gemidos, (¿gemidos?, ¡aullidos! ¡Vaya
perra!)
Buscó en el bolso y encontró su viejo
mp3. En él estaba grabado el texto del
artículo que había presentado en la
revista Perfiles y que, como todos los
demás, no le habían aceptado. Se calzó
los auriculares y volvió a escuchar su
propia voz. Sí, esa era la parte más
interesante… Lástima que nadie se había
tomado el trabajo de…
No pudo continuar. Una suave brisa
la obligó a mirar hacia la puerta que
comunicaba con la sala.
Y entonces lo vio.
No… No era como en las fotos. ¡Era
aun mejor! Ojos de un azul vibrante, piel
dorada por el sol, cabello corto de un
negro intenso, ¡y unos músculos!… Unos
músculos muy a la vista, porque, (¡qué
casualidad!), ya no llevaba camisa, (¡un
milagro que la señorita le hubiera
dejado puesto el pantalón!)
—¡¿Quién eres tú?! —preguntó
sorprendido, al verla.
—Soy Paula, su asistente
domiciliaria.
—¡¿Mi qué?!
—Asistente domiciliaria… Lavo,
cocino, limpio…
—¿Eres la criada? —preguntó
Ezequiel Cárdenas confundido.
—Sí, soy como una criada, pero
cobro mil pesos más.
Su jefe la observó atónito.
—¿Qué haces aquí a esta hora?
—Mi horario comienza a las diez de
la mañana y termina a las ocho de la
noche.
—También el de Berta, pero ella
nunca estaba aquí a esta hora.
—¿Prefiere que me retire? —
preguntó esperanzada.
—¡No!… Está bien… Tienes que
cumplir con el horario. Es que…
Volvió a observarla, pero esta vez
con la mirada insolente de

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