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Libro Elígeme – Verónica A. Fleitas Solich

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PDF Descargar Mi trabajo era simple, mantener las
copas llenas.
Me detuve y eché un vistazo al
espectáculo. Había tenido la
oportunidad de servir en numerosas
exposiciones pictóricas, escultóricas y
de fotografía, pero nada como esto. De
arte no entendía más que lo que le
resultaba agradable a mi vista. No tenía
ni idea de los nombres de las técnicas,
de la calidad del cincelado ni de
soldaduras; los nombres de algunos
tonos de óleo se me escapaban, y de
fotografía no entendía mucho más que lo
que podía controlar con la cámara de mi
teléfono móvil; sin embargo, lo que vi
me impactó.
Aquellas imágenes eran simples y
bellas, nada pretenciosas, y expuestas en
un entorno todavía menos artificial que
el que servía de marco a las mujeres
retratadas, sin más cobertura que la
propia piel y un manto de luz que
iluminaba lo justo y necesario para
remarcar una belleza que nada tenía que
ver con la perfección, sino más bien con
la naturalidad del cuerpo humano.
Había tenido la oportunidad de
espiar con anterioridad alguna que otra
esquina de esas obras, pero nada me
había preparado para la contemplación
plena de dichas gigantografías.
Pensaba que, siendo un fotógrafo
de moda quien había retratado a las
mujeres, la temática sería muy distinta.
Aquí el Photoshop brillaba por su
ausencia, al menos para borrar arrugas,
celulitis o para quitar peso. Las
imágenes eran tan reales como
impactantes.
Ni tan reales ni tan conmovedoras
me resultaron las personas que se
movían saltando de un foco de luz a
otro, para contemplar las imágenes
como quien se cree digno de juzgar al
ojo que le dio vida a la lente y,
posteriormente, a la esencia de la
imagen que supuse el fotógrafo deseaba
captar.
Lo primero que aturdió mi cerebro
fue el abrigo de piel color fucsia que
llevaba una mujer baja, delgada y de
cabello esmeradamente cuidado.
Tanto despliegue de exuberancia
provocó un cortocircuito en mis ojos.
Las imágenes plasmadas en las
fotografía resultaban tan plácidas en
comparación…
Inspiré hondo y mis pulmones se
llenaron de la mezcla resultante de los
perfumes que seguro que llevaban
muchos de los presentes.
Para mí, apestaba. Igual que tanta
falsa y pretendida perfección.
Una sala repleta de gente bella por
fuera. Sobraba maquillaje, accesorios y
demás trucos y artilugios. ¿Qué pueden
aportarte un par de zapatos o una cartera
de mil dólarese a tu personalidad, a tu
espíritu?
Se me escapó un suspiro y me
recordé que mi trabajo era rellenar
copas, no cambiarle la vida a nadie;
después de todo, cada cual elige cómo
vivir su vida. Y quizá lo mismo
opinasen ellos de mis tatuajes o de mi
cabello violeta. Retrocedí sobre mis

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pasos, disculpándome mentalmente por
tener pensamientos tan tontos.
—Ok —entoné en voz alta, aunqul
apenas se oyó debido al murmullo
general y a la música lounge—, allá
vamos.
Tomándome eso como lo que era,
un trabajo más, me interné en el grupo y
comencé a ofrecer bebida. La gente me
contestaba que sí, sin ni siquiera
mirarme a la cara. Mientras me paseaba
por allí, intentando disfrutar también de
las imágenes expuestas, capté
conversaciones en varios idiomas y
descubrí que, si bien en los retratos
faltaban modelos, allí sobraban. Con
más de una habría podido hacer un buen
trueque: «te doy un par de kilos y me los
cambias por un par de centímetros de
pierna.» Me reí sola por pensar aquello;
en realidad no tenía demasiados
problemas con mi cuerpo, pero, estar de
pie junto a una mujer de más de metro
ochenta plantada sobre tacones de
quince centímetros te hace sentir cual
pitufo; en mi caso, un pitufo violeta en
vez de celeste.
Menos de cinco minutos después, a
mi botella no le quedaba ni una gota. La
recambié una, dos… cinco veces, y luego
comenzó a llegarme el fastidio. A la
octava, hice una parada técnica en la
cocina a sabiendas de que Alonso se
encontraba en el salón conversando con
un montón de gente a la que, se notaba a
la legua, deseaba adular y, por supuesto,
ellos felices.
—¿Qué hay de comer? Me muero
de hambre.
—¿No deberías estar allí fuera?
—Chef, apiádese de mí, me muero
de hambre. He venido directamente de

disfrutarlo. Así como con las trufas, el
chef me había enseñado a degustar
muchas otras cosas que solía pensar que
eran, cuanto menos, repulsivas.
—Usted sí que sabe elegir, chef.
—Son años de experiencia.
Así era él; ese hombre llevaba

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trabajando en las mejores cocinas del
mundo desde sus tiernos diecisiete años.
Hoy era dueño de cinco restaurantes en
las ciudades gurmés más significativas
y, además, dirigía su propia empresa de
cáterin de eventos; gracias a ésta,
cocinaba para bodas de famosos en los
cinco continentes y también para la
galería que dirigía Alonso, cuando los
clientes así lo pedían, una de las
galerías de arte más importante de toda
Latinoamérica.
—Toma asiento cinco minutos,
necesito que le dediques a mi comida un
poco de respeto; no te atrevas a
engullirla de pie, de prisa y corriendo.
—No, chef, lo que usted mande.
—Si Alonso entra, yo se lo
explicaré. Te estoy enseñando, ¿hecho?
—Hecho.
Se había propuesto, como una de
sus metas en la vida, reformarme de mi
afición a la cocina no demasiado
elaborada, así como a mi gusto por las
hamburguesas y las patatas fritas de
McDonald’s.
Posé mi trasero sobre una banqueta
que parecía haber estado esperando por
mí toda su vida y comencé a comer.
Me metí el bocadillo de langosta
todo entero en la boca. Bastó que lo
masticara una única vez para que la
crujiente base se uniese con la crema y
los trozos de langosta para crear algo…
—Esto es orgásmico, chef —
articulé con la boca llena en el momento
exacto en que la música de la sala se
colaba en la cocina. Llegó a mi nariz el
perfume de los asistentes y el aire
acondicionado acarició mi nuca. Los
cabellos más cortos me hicieron
cosquillas en el cuello.
Moví la cabeza en dirección a la
puerta. Creí que me encontraría con
Alonso cruzado de brazos y listo para
soltarme un rosario de insultos. En vez
de eso, me topé con un metro ochenta
(estimado) de cuerpo masculino
enfundado en un traje de apariencia
cara.
El sujeto me miró.
Escaneo rápido: ojazos entre
celestes y verdes —indefinido—; bonita

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mirada, aunque en ese momento se le
notaba al menos un poco enfadado;
cabello castaño claro tirando a pelirrojo
zanahoria… sus patillas eran más
anaranjadas, igual que la barba que
comenzaba a percibirse en su muy
varonil mandíbula cuadrada. Pecho de
buen tamaño, buen tamaño de pies,
hermosos zapatos. Disimuladamente
pasé por su entrepierna: nada mal.
Su trasero quedaba fuera de mi
vista.
Sus manos…
Tragué el bocadillo de langosta.
Esas manos tenían apariencia de
ser manos que saben hacer lo suyo.
Mi alegría ante el espectáculo se
desinfló al descubrir el anillo de
casado.
Me entristecí un poco. No
importaba, se me pasaría con el resto de
la comida.
—Llevo media hora esperando a
que alguien se digne hacerme caso. ¿Tan
difícil es conseguir un vaso de agua? —
soltó hacia todos y hacia nadie en
particular, con voz calma y profunda que
de cualquier modo logró sonar
intimidante.
«Ochenta kilos de pedantería»,
pensé.
Roté los ojos e intenté recordar si
me había pedido a mí el agua. No, no se
me olvidaban los rostros y aún menos
uno así, menos si era el de un
malhumorado como ése.
—René, serías tan amable de darle
al señor una botella de agua —le pidió
el chef.
Otra vez el pobre René.
—He pedido agua al menos a cinco
camareros distintos.
—Disculpe usted.
El tipo me lanzó una mirada capaz
de consumir el infierno.
—Ya entiendo por qué, a pesar de
mi insistencia, no la he conseguido.
Le sostuve la mirada. ¿De verdad
ese hombre creía que lograría
intimidarme?
«¿Sabes dónde puedes meterte tus
bonitos ojitos?», le dije mentalmente e
introduje el bocadillo de quinoa en mi
boca. Masticándolo, le sonreí. A veces
los silencios dicen más que mil
palabras.
«Ahí tienes, guapo. Lidia con
esto.»
El sujeto no me quitaba los ojos de
encima y yo procuré apenas parpadear.
«¿Quieres ver quién gana?» Le
sonreí con malicia mientras seguía
comiendo.
No hubo ganador, por desgracia
apareció un vapuleado René, para
entregarle al señor Aires de actor de
cine su botella de Perrier.
—¿Vaso o pajita?
Una carcajada ahogada en quinoa
quiso salir de mi garganta como
resultado del ofrecimiento de René.
Pajita, ¿de verdad, René? El tipo no
tenía pinta de ser alguien que bebiese
con una pajita.
Si Aires de actor de cine antes me
había mirado mal, ahora quedaba claro
que ganas de matarme no le faltaban.
René se puso rojo.
—Trae un vaso, por favor, René —
pidió el chef.
René se lo acercó, pero el chef se
lo arrancó de las manos y se lo pasó al
tipo que tenía pinta de llevar muchos
años de mal humor acumulándose.
—Disculpe, señor, aquí tiene.
—Gracias.
Al menos tiene la delicadeza de
agradecer. Qué notable.
—¿Podemos serle de ayuda en algo
más?
El sujeto me miró otra vez. Por un
momento temí que pidiese que me
echara o algo así.
Sus ojos se desprendieron de los
míos para ascender más allá de mi
frente. «Está mirándome el cabello»,
pensé; por allí arriba andaba mi moño
rebelde y violeta.
«Sí, tengo el cabello violeta, y
qué», quise soltarle.
—No, estoy bien.
En vez de irse de una vez, pues la
cocina resultaba extraña con alguien
ajeno al grupo, el tipo se quedó
remoloneando sobre sus pies como si en
realidad no quisiese marcharse.
—Que disfrute de la velada, señor
—le deseó el chef, pero la mole no se
movió de su lugar.
Aproveché el momento y le lancé
una mirada a lo que me faltaba chequear.
Bonito trasero.
Volvió a mirarme a los ojos.
Tomé el cuadradito de queso y me
lo metí en la boca. Era demasiado
grande y me costó masticarlo. Pretendí
hacerme la dura, pero me salió mal. Me
moría de la risa otra vez mientras el
entrecejo entre esos dos ojos de color
indefinido se fruncía. Parecía estar
viendo una extraña bacteria dentro de
una placa de Petri. Y yo, con toda mi
desfachatez, procurando masticar un
bocado que era demasiado grande para
mi bocaza, le sostuve la mirada.
Si hasta René sonrió.
Al chef también se le escapó una
sonrisa.
Me entró tos y por poco lo escupo
todo.
El visitante se volvió hacia el chef,
le dio las gracias una vez más y salió de
la cocina, no sin antes echarme una
última mirada.
«Sí, corazón —quise decirle con
mis ojitos castaños que no tenían nada
que envidiar a los suyos—, la que ves
aquí tiene el cabello violeta y come
como se le antoja, y no te cuento todo lo
demás porque no te volveré a ver y,
además, los líos con casados no me
van.»
El sujeto dio media vuelta y se fue,
y, como si me hubiesen arrebatado un
juguete nuevo, me quedé allí sola
sentada, sin más comida que disfrutar.
Así, sin demasiada razón de ser, la falta
de aquellas dos cosas remarcó la
ausencia de otras y por una fracción de
segundos por poco me derrumbo, pero
no como para caerme de mi banqueta.
Me quité el desasosiego
demandando algo más de comer y
bromeando con René por el asunto de la
pajita. Luego no sé qué se prendió fuego
sobre una plancha y todo quedó atrás.
Todos regresamos al ritmo normal.
2. Algunas noches
Engullida mi cena, regresé al salón.
La celebración estaba en pleno apogeo.
Allí no cabía un alfiler, por lo que
resultaba difícil distanciarse y tener la
paz suficiente como para admirar las
fotografías. De cualquier modo, el
público presente ya no parecía
demasiado interesado en la muestra;
algún que otro asistente se tomaba un
segundo o dos para pasear sus ojos por
las imágenes, pero la mayoría de ellos
se concentraban en charlar y en beber;
más de uno llevaba una copita de más.
Las conversaciones habían subido de
volumen y también las carcajadas.
Con tanta modelo concentrada, eso
más se parecía a los bastidores de un
desfile de moda que a una exposición de
arte.
El trabajo no decaía, sino todo lo
contrario: la gente bebía y comía como
si llevasen años de ayuno; lo más
probable era que mi aseveración fuese
bastante acertada.
Comenzaban a dolerme las piernas
y los pies me mataban dentro de los
zapatos.
A ese ritmo, no sobraría ni una sola
botella de champán para llevarme a
casa.
Empecé a ponerme de mal humor;
en cuanto terminase allí, debía
incorporarme en el bar durante un par de
horas para compensar las que la noche
anterior no había trabajado para poder
quedarme toda la noche despierta
estudiando. En resumen, llevaba en pie
cerca de cuarenta y ocho horas y casi no
podía ni con el peso de mi alma. La lata
de bebida energética que me había
tomado al ir a la cocina a buscar la
botella que ahora sostenía entre las
manos no había conseguido hacer
demasiado por mí.
Íbamos y veníamos todos tan

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ajetreados atendiendo a toda esa gente
fashion y bonita que ni siquiera me
había dado tiempo de preguntarle a
Alonso quién era el artista. Había visto
a un par de hombres con cámaras al
cuello fotografiando a todos los
presentes, pero no creí que fuese
ninguno de ellos. En un momento dado,
distinguí a alguien con una cámara de
filmar acompañado de un muchacho que,
con una luz, iluminaba a un grupo de
personas —evidentemente estaban
grabándolos—; no logré distinguir a
quién, supuse, entrevistaban, pues su
alrededor se había llenado de curiosos.
No sé muy bien por qué tenía tantas
ganas de conocer al responsable de las
imágenes; sí, eran bonitas, pero lo más
bonito era lo que transmitían, un detalle
casi intangible y muy difícil de poner en
palabras.
Una señora de cabello blanco y
abrigo a lo Cruella de Vil me llamó con
un gesto bastante desagradable para
luego enseñarme la copa vacía que
sujetaba en su otra mano.
Por un momento me dieron ganas
de escupir dentro de la botella antes de
servirle. Me contuve; eso era culpa de
mi mal humor y odiaba que éste se
apoderase de mis actos de tan
despreciable y tonta forma.
Amablemente, le indiqué con un
gesto que iba hacia ella.
«Respira, respira, Paloma; piensa
en esa luz violeta. Tranquila, esto no es
más que un trabajo. Tómatelo con calma,
pronto pasará, hay cosas más
importantes que ésta.»
Cruella de Vil regresó a la charla
con las personas que la rodeaban,
olvidándose de mí.
Inspiré hondo y me dirigí hacia
ellos.
—Es como te decía, Selena, la
colección de Chanel no es lo mismo
sin… —La mujer siguió hablando y, sin
mirarme, me tendió la copa para que la
llenase.
Los escuché parlotear, mencionar a
un tal Karl y a un fotógrafo de nombre
muy latino que, por lo que entendí, no
era el responsable de la muestra.
La copa estuvo llena y, como era
de esperar, Cruella no se molestó en
darme las gracias.
Alcé los ojos.
Me topé con una mujer muy alta,
debía de rondar los cuarenta y era en
extremo hermosa y elegante.
Probablemente más elegante que
hermosa, pues tenía un porte tal que en
realidad hubiese lucido bien con un
tocado a lo Carmen Miranda sobre la
cabeza. Era de ese tipo de personas que
siempre está muy erguida, que tiene el
cuerpo de aspecto ágil y movimientos
gráciles.
A su favor tenía unos ojazos grises
que eran dos luceros. Su cabello rubio
era natural, a diferencia del de muchas
melenas que abundaban por allí.
—Me quedé impresionada con la
calidad de la confección y diseño de la
última temporada de Iris van Herpen.
Realmente estupenda.
Hasta la voz tenía elegante la dama,
porque eso era, una dama.
—No podría estar más de acuerdo
contigo, Selena.
—Ah, amor, ya has vuelto —
intervino la tal Selena ante la llegada de
don Aires de actor de cine.
Me sonreí. Imposible negarlo,
formaban buena pareja.
Ojos de color indefinido me miró;
no supe determinar el contenido de
aquel contacto.
—Miguel,

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