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Libro En el Olimpo no hay Diosas, tan sólo putas Crimen Perfecto 4 – Domingo Plumaroja

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temblaba más el pulso, y sentía como
que no conseguía centrar la vista. Pero
es que mi trabajo era nocturno y,
además, de club en club. Y ahí no sirven
panchitos, sólo whisky.
Hacía ya ocho años que había
abandonado el cuerpo, o, mejor dicho,
que me habían expulsado de él por la
puerta de atrás. Trabajar en el País
Vasco de policía tenía muchos
problemas, pero también sus ventajas.
Tenía mucho tiempo libre, y un hombre
sin moral como yo, pero con un arma,
podía hacer dinero fácilmente.
Vendí mi brazo armado al mejor
postor, y pronto me surgieron ofertas de
trabajo. Empecé a proteger a pequeños
traficantes, clubs nocturnos, poniendo
orden en la noche bilbaína, en los
garitos del puerto, y pronto me hice con
un nombre. En los clubs donde trabajaba
no había conflictos con los chulos de las
rameras. Todos ganaban su parte y los
clientes podían estar tranquilos en ellos,
follando sin sobresaltos.
Decidí resolver los problemas de
forma expeditiva. Recuerdo
perfectamente la primera vez que me
llamaron de uno de mis clubs. Una de
las chicas estaba borracha y la habían
echado a la calle porque insultaba a los
clientes. Cuando llegó su chulo a
buscarla montó bronca.
Cuando entré, la mayoría de los
clientes se habían marchado. El
camorrista estaba sentado en una mesa,
bebiendo tranquilamente con su chica.
Había lanzado alguna botella contra la

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cristalera, y dentro de la barra había
licor y cristales rotos procedentes del
botellero destrozado.
Me senté enfrente de él. No quería
dialogar. Sabía que, si resolvía aquel
problema, seguramente me evitaría otros
en el futuro. Me quedé mirándole
fijamente. Estaba borracho.
– ¿Qué pasa, gilipollas? ¿Quieres que te
reviente la cara?
No le dejé hablar más. Saqué la
pistola, y sin mediar palabra, le pegué
con ella en la cara. Sentí cómo se
quebraban los huesos de su nariz con el
primer golpe. Empezó a sangrar, pero no

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paré ahí, seguí dándole hasta que cayó al
suelo.
Su puta se quedó quieta, muy
asustada. Ayudado por el camarero, lo
saqué al callejón trasero del club. Por
allí no pasaba nadie. Lo dejamos tirado
entre unos contenedores de basura.
Luego entré y saqué a la zorra tirándola
de los pelos, dejándola sentada junto a
su protector, que estaba inconsciente
sobre las bolsas de desperdicios.
Me llamó la atención la frialdad con
la que actué. Fue un momento muy
violento, y sé que mi reacción en aquella
situación fue la que la resolvió sin que
sufriera ningún daño.
Mi fama después de aquella paliza
se propagó entre los bajos fondos de la
ciudad muy rápidamente, tanto que no
tardó en llegar a oídos de mis
superiores. Me quisieron llamar al
orden, con un castigo disciplinario y un
traslado, pero yo no estaba por la labor.
Llegué a un acuerdo rápidamente con
el cuerpo, y me despidieron. En
realidad, ya no les necesitaba. Tenía un
nuevo trabajo mucho mejor remunerado.
Y ellos tampoco a mí. Mis
excompañeros mantenían sus trapicheos,
frutos de la ociosidad de nuestro
trabajo, pero de forma discreta, y la
fama que había alcanzado interfería con
sus intereses.
Desde entonces mi vida había
consistido en hacer una ronda todas las
noches por los clubs que protegía. Era
importante mi presencia, que se supiera
que ese local contaba con mi seguridad.
Pero eso también tenía sus hándicaps.
Accedía a las chicas gratis, y eso me
había traído como consecuencia más de
un disgusto en forma de enfermedad
venérea leve. Pero lo peor venía del
hecho de pasarme todas las noches en

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esos locales, tomándome más de una
copa en ellos.
De seguir así iba a acabar
alcoholizado, y eso no era bueno para el
negocio. Pero un matón de puticlub no
podía tomar refrescos, no resultaba
creíble. Esto no era una mala película
americana, era la puta realidad.
Estaba en casa, preparándome para
salir cuando sonó el móvil.
– Juan, esta mañana han asaltado el club.
– ¿Cómo ha sido?
– Miguel, mi camarero, había
recogido el local. Cuando salía le han
asaltado tres cabrones. Le han dado una
paliza y le han quitado la recaudación.
– ¿Alguna pista de quien ha podido
ser?
– No, eso es cosa tuya.
– ¿Cuánto se han llevado?
– Cerca de 6.000 €, la recaudación de la
semana.
Así pues, ese día tenía trabajo. Al
parecer el asaltado estaba en el hospital.
No iría a verle a no ser absolutamente
necesario. Sería peligroso aparecer por
allí, seguro que la policía estaba
vigilante. Además, no creía me fuera a
aportar demasiada información. Sería
más fácil encontrarla en la calle.
Quienes lo habían hecho sabían que ese
día se sacaba el dinero, por tanto,
mantendrían algún tipo de relación con
el club.
Capítulo 2
El club asaltado estaba en Muskiz, pero
el dueño tenía varios pisos de citas
en la zona de Recalde. No sabía por
qué, pero intuía que el asalto se había
preparado en ese barrio. Me acerqué a
uno de los bares de la zona baja de
Betolaza. Andaba buscando al Gorri, un
camello de poca monta, pero que se
enteraba de todo lo que pasaba en la
zona. Al Gorri le conocía de mi época de
policía. Gorri en vasco quería decir
rojo, pero su mote venía más por gorrión
que por su ideario político, algo que
para quien vive al día, no sirve para
nada. Lo encontré en el fondo del bar.
Estaba jugando con el móvil sentado en
una mesa. En la de al lado, un grupo de
chavales bebían cerveza mientras
jugaban a las cartas. Seguro que esa
noche acabarían liándola.
Pedí dos cervezas en la barra y con
ella fui a la mesa del pequeño traficante.
Me senté frente a él y le puse la cerveza
delante, mientras bebía un trago largo a
la mía.
– Hola, Gorri, cuanto tiempo.
– Juan, ¡Qué sorpresa! ¿Qué haces por
aquí? No es tu zona.
– No, estoy de paseo. Echaba de menos
este barrio y a su gente. Y me he dicho,
voy a ver al Gorri, que hace mucho que
no charlamos.
– Pues ya me has visto, ya hemos
charlado, ya puedes volverte para casa.
– Shhhh, Gorri, no me toques los
cojones, que acabamos de empezar. El
camello se echó para atrás en la silla,
mirando hacia la barra. Uno de los
chavales de la mesa de al lado se
levantó y se sentó con nosotros.
– ¿Qué pasa, Gorri? ¿Este tío te está
molestando?
– Gorri y yo somos antiguos amigos, y
estamos charlando de los viejos
tiempos, ¿verdad, Gorri? – le dije
mirándole a los ojos, y separando un
poco mi americana, dejando ver la
culata de mi pistola.
El joven se retiró a su mesa, y le
seguí con la mirada. Cuando se iba a
sentar le hice un gesto con la cabeza,
negando, y le señalé a la puerta. Les dijo
algo a sus amigos y se levantaron,
saliendo del bar.
– Bien, Gorri. Te cuento. Ayer en el
Olimpo, en la carretera de Muskiz, tres
macarras asaltaron al responsable y le
levantaron una pasta. Me da que ha sido
gente de aquí. Seguro que te has
enterado de algo.
– No sé nada, pero si me entero de algo,
te llamaré, no te preocupes.
Le agarré del cuello del jersey y lo

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atraje hacia mí, violentamente. La
cerveza se derramó sobre la mesa y le
cayó sobre la ropa. Estaba muy
asustado. Intentó decir algo, pero no
podía nada más que balbucear.
– Escúchame, Gorri. Tú no has hecho
nada, y no creo que debas pringar por
esos tres hijosdeputa. No te la juegues,
seguro que sabes algo, sé que sabes
algo.
– No sé nada, de verdad – se quedó
pensando un segundo – bueno, había un
tío que me debía bastante pasta, y me ha
pagado todo, y me ha pedido una
cantidad bastante fuerte de farlopa,
parece que quiere montar una fiesta.
Me dijo quién era el que había
saldado sus cuentas, y dónde podría
encontrarle. Cuando en esos barrios se
dispone de dinero fresco, se gasta
rápidamente y, sobre todo,
públicamente. Había tenido suerte. Por
una intuición y a la primera ya tenía un
sospechoso.
En mi mundo no se necesitaban
demasiadas pruebas para condenar a un
desgraciado, y la sentencia no estaba
relacionada tanto con el delito cometido
sino más bien con el escarmiento que se
deseaba dar al resto de la gente. Así
pues, cuando se rompían las piernas a
alguien que no pagaba una deuda, no era
para obligarle a pagar, sino para que
otros que debían dinero no se
convirtieran en morosos. Los tres
ladrones recibirían un castigo. Deberían
devolver el dinero, para que el puticlub
quedara satisfecho, y les daría un
castigo, para que otros como ellos se lo
pensaran dos veces antes de atracar a un
local de los que yo protegía.
Al salir me encontré con los
chavales que estaban en el bar. Llevaban
bates de béisbol, por lo que supuse que
estaban con ganas de montar bronca. No
tenía demasiado tiempo que perder, así
saqué la pistola y le apunté a la cabeza a
uno de ellos.
– No sé, ¿tenéis algún problema? Porque
yo tengo prisa y no me apetece perder el
tiempo con gilipollas como vosotros.
– Te has metido con el Gorri, y es
nuestro colega.
– No seáis imbéciles. Al Gorri le
importáis una mierda, ¿os la vais a jugar
por ese camello de tres al cuarto?
Se apartaron y me dejaron pasar. En
media hora se habrían olvidado de lo
que había ocurrido y estarían
apostándose a ver quién se traía desde
Bilbao al barrio el mejor coche robado.
Aquellos pringados tenían equipos
electrónicos capaces de quebrar el
sistema de seguridad del mejor de los
Mercedes y en muchos casos ellos los
programaban.
Si esos conocimientos los emplearan
para hacer algo productivo seguro que
conseguían salir de esa mierda, pero no,
lo más seguro era que acabaran
estrellándose a toda hostia en un coche
robado o muertos por una sobredosis o
una mala cuchillada en algún callejón
perdido.
No era mala suerte, era lo que se lo
habían buscado.
Ahora me tocaba buscar a los
ladrones. Cuanto antes lo hiciera, mejor.
Daría un mensaje muy claro
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