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En las fauces del león – Anne Holt & Berit Reiss-Andersen

En las fauces del león - Anne Holt & Berit Reiss-Andersen

En las fauces del león – Anne Holt & Berit Reiss-Andersen

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Una mujer vestida de azul esperaba
frente al despacho de la primera
ministra. Su ansiedad iba en aumento
mientras fijaba la vista alternativamente
en el teléfono y en las puertas dobles.
Vestía una elegante chaqueta de corte
clásico, falda a juego y un pañuelo de
colores algo excesivos. A pesar de que
estaba finalizando una larga jornada
laboral, iba perfectamente peinada, con
un corte estiloso aunque algo pasado de
moda que hacía que aparentara más
edad. Podía dar la sensación de que era
intencionado, de que esas sienes
despejadas y el recogido alto pretendían
darle una dignidad que sus cuarenta y
tantos años no le aseguraban. Tenía
mucho que hacer, pero en contra de lo
que era habitual en ella, no conseguía
acabar nada. Durante un largo rato se
limitó a estar allí sentada. La creciente
sensación de que algo iba terriblemente
mal se intuía únicamente en sus dedos.
Eran largos, bien cuidados, con las uñas
pintadas de un rojo intenso y dos anillos
de oro en cada mano. A intervalos
regulares las levantaba hasta tocarse las
sienes como si quisiera alisar unos
invisibles cabellos rebeldes. Luego
golpeaba rítmicamente la mesa
produciendo un ruido sordo, como una
serie de disparos de pistola con
silenciador. Se levantó de golpe y se
acercó a la ventana que daba al oeste.
Estaba oscureciendo. Parecía que
abril iba a ser tan impredecible como en
su día lo deseó Bjørnstjerne Bjørnson.
Dieciséis pisos más abajo podía ver
gente que se apresuraba por la calle
Aker aterida de frío, mientras otros
caminaban en círculos esperando
irritados un autobús que tal vez no
llegaría nunca. En el bloque 5 del
distrito gubernamental la ventana del
despacho de la ministra de Cultura aún
estaba iluminada. A pesar de la
distancia, la mujer del traje azul pudo
ver cómo la secretaria entraba en el
despacho de su jefa llevando un montón
de papeles. Observó cómo la joven
ministra lanzaba una sonrisa a la mujer
mayor y se apartaba el cabello rubio de
la cara. Era demasiado joven para el
puesto. Y tampoco era lo bastante alta.
Un vestido de gala no le queda bien a
una mujer que no ha cumplido los
sesenta. Por si fuera poco, la ministra
encendió un cigarrillo y dejó el cenicero
encima de los documentos apilados.

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«No debería fumar en ese despacho —
pensó la mujer de azul—. Hay auténticos
tesoros artísticos colgados de las
paredes. No puede ser bueno para los
cuadros. Decididamente, no puede ser
nada bueno.»
Agradeció sentirse indignada. Por un
momento sirvió para reprimir el
desasosiego que estaba a punto de
convertirse en una desconocida y
preocupante sensación de angustia.
Habían pasado dos horas desde que la
primera ministra Birgitte Volter le dijera
con decisión, casi con antipatía, que no
debían molestarla para nada. Así lo
dijo: «para nada».
Gro Harlem Brundtland nunca hubiera
dicho «para nada». Habría dicho «bajo
ninguna circunstancia», o tal vez se
hubiera conformado con indicar que no
quería ser molestada. Y aunque los
diecisiete pisos de la sede
gubernamental hubieran estado en
llamas, nadie molestaría a Gro Harlem
Brundtland si ella así lo había pedido.
Pero Gro había dejado su puesto el 25
de octubre del año anterior y ahora
corrían nuevos tiempos, nuevas
costumbres, una nueva forma de
expresarse, aunque Wenche Andersen se
guardaba sus sentimientos para ella y
seguía haciendo su trabajo como
siempre, de forma efectiva y discreta.
El juez del Supremo Benjamin Grinde
se había marchado hacía algo más de
una hora. Vestía un traje italiano de
color gris acero y se despidió de la
primera ministra con una inclinación de
cabeza mientras cerraba la puerta. Con
una media sonrisa, había dejado caer un
cumplido sobre el nuevo traje chaqueta
de Wenche Andersen, y luego
desapareció escalera abajo con su
portafolio de piel burdeos bajo el brazo,
camino del ascensor del piso quince.
Fiel a su costumbre, ella se había puesto
de pie para llevarle un café a Birgitte
Volter, pero afortunadamente, en el
último momento, recordó que había
pedido que la dejaran en paz.
Se estaba haciendo muy tarde. Los
secretarios de Estado y los asesores
políticos ya se habían marchado, al igual
que el resto del personal administrativo.
Wenche Andersen estaba sola en la
planta dieciséis de la sede del gobierno
un viernes por la noche, y no sabía qué
hacer. Del despacho de la primera
ministra salía un silencio atronador.
Pero tal vez no fuera tan extraño; al fin y
al cabo, las puertas eran dobles.
19.02 Calle Odin, 3
Definitivamente, algo fallaba en el
contenido de la sencilla copa con forma
de tulipán. La tenía levantada para
observar cómo incidía la luz en el color
rojo. Intentó tomarse su tiempo, dejar
hablar al vino, relajarse y disfrutar del
rotundo burdeos como se merecía. La
cosecha del 83 tendría que ser agradable
y seductora. Este vino tenía un sabor
demasiado intenso. Frunció los labios en
un gesto de desagradable sorpresa
cuando comprobó que el aroma final de
ninguna manera se correspondía con el
precio que había pagado por la botella.
Dejó la copa con un gesto brusco y
agarró el mando a distancia de la
televisión. El informativo ya había
empezado y carecía de cualquier interés,
las imágenes pasaban ante sus ojos sin
que se fijara en otra cosa que en el
perfecto mal gusto con que vestía el
presentador. Estaba claro que los
hombres no pueden llevar americanas
amarillas.
Tuvo que hacerlo. No tenía otra
alternativa. Ahora, cuando todo había
pasado, no sentía nada. Había esperado
una especie de liberación, una
oportunidad de respirar profundamente
después de tantos años.
Deseaba sentir alivio, pero le invadió
una soledad desconocida. De repente los
muebles que le rodeaban resultaban
extraños. El viejo y pesado aparador de
roble al que se subía de niño y que lucía
en el salón en todo su esplendor, con sus
parras talladas y la colección de
exclusivas miniaturas netsuke tras las
puertas de cristal, ahora parecía triste y
amenazador.
Sobre la mesa, delante del televisor,
descansaba un objeto. No entendía por
qué lo tenía allí. Era incompresible que
se lo hubiera llevado.
Se estremeció e hizo desaparecer al
hombre del informativo presionando con
un dedo. Al día siguiente sería su
cumpleaños. Llegaba a los cincuenta. Se
sintió mucho más viejo al levantarse
entumecido del sofá Chesterfield para ir
a la cocina. Haría el paté esa noche.
Tenía que hacerse esa noche. Estaría en
su mejor momento tras veinticuatro
horas en el frigorífico.
Por un momento consideró la
posibilidad de abrir otra botella de vino
en lugar del burdeos estropeado.
Descartó la idea y se conformó con un
coñac que se sirvió con generosidad en
otra copa. El coñac del cocinero.
Tampoco en la cocina encontró alivio
alguno.
19.35 Gabinete de la primera
ministra
El peinado ya no estaba tan perfecto.
Un rizo teñido y tieso caía sobre sus
ojos, y notó que tenía perlas de sudor en
el labio superior. Agarró nerviosa el
bolso y lo abrió para sacar un pañuelo
recién planchado. Lo apretó primero
contra sus labios y luego sobre la frente.
Iba a entrar. Tal vez hubiera sucedido
algo. Birgitte Volter había desconectado
el teléfono, así que tendría que llamar a
la puerta. Puede que la primera ministra
se encontrara indispuesta. Últimamente
parecía bastante estresada. Aunque
Wenche Andersen tenía serios prejuicios
sobre su estilo algo descuidado e
informal, no podía dejar de reconocer
que era muy amable. En cambio, esa
semana había actuado de forma casi
arisca, daba la impresión de estar medio
enfadada y se irritaba con facilidad.
¿Estaría enferma? Iba a entrar. Ahora.
Pero, en lugar de molestar a la primera
ministra, fue otra vez al cuarto de baño.
Se tomó su tiempo delante del espejo.
No había nada que mejorar. Se lavó las
manos de forma lenta y pausada y sacó
un tubo pequeño de crema del armarito
que había debajo del lavabo. En
realidad no le hacía falta y le dejaba las
manos pegajosas, pero eso le llevaría un
rato. Se frotó concienzudamente los
dedos, notando cómo su piel absorbía la
crema. Sin querer, volvió a mirar la hora
y respiró con dificultad. Solo habían
pasado cuatro minutos y medio. Las
pequeñas manecillas de oro estaban casi
paradas. Volvió a su sitio, preocupada y
desesperada. Hasta el sonido de la
puerta del cuarto de baño que se cerraba
tras ella le dio miedo.
Ahora tenía que entrar. Wenche
Andersen se incorporó a medias, dudó
un poco y volvió a sentarse. La orden
había sido meridianamente clara.
Birgitte Volter no quería ser molestada.
«Para nada.» Pero la primera ministra
tampoco le había dicho que pudiera irse
a casa, y sería impensable dejar el
despacho antes de que se lo indicaran.
Ahora entraría. Tenía que entrar.
Con la mano sobre el pomo, acercó el
oído a la puerta. Ni un sonido. Golpeó
con cuidado la madera con el dedo
índice. Seguía sin oírse nada. Abrió y
repitió el gesto en la puerta interior. No
sirvió para nada; nadie dijo «Entre» o
«No moleste». Nadie dijo nada, y a
Wenche Andersen ya no le sudaba solo
el labio superior. Con cuidado y
titubeando, reservándose la posibilidad
de cerrar a la velocidad del rayo si la
primera ministra estuviera
profundamente concentrada en algo de
gran importancia, entreabrió la puerta.
Pero, al abrirla apenas unos diez
centímetros, no vio más que una parte
del rincón para las visitas con su mesa
redonda.
Por fin, Wenche Andersen se sintió
invadida por la decisión que le había
faltado durante horas y abrió la puerta
de par en par.
—Discúlpeme —dijo en voz alta—,
siento molestar pero…
No tenía sentido decir nada más.
La primera ministra Birgitte Volter
estaba sentada en su silla con el cuerpo
caído sobre el escritorio. Recordaba a
una estudiante en una lujosa sala de
lectura de una biblioteca bien entrada la
noche en época de exámenes. Solo
quería dormir unos instantes, descansar.
Wenche Andersen estaba en la puerta, a
unos seis metros y medio de distancia,
pero podía verla de todas formas: la
sangre, que había formado un gran lago
estancado sobre la propuesta de
colaboración con el espacio Schengen,
era muy visible. Tanto que Wenche
Andersen ni siquiera se acercó a su jefa
muerta para intentar ayudarla, llevarle
un vaso de agua u ofrecerle un pañuelo
para que limpiara esa porquería.

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En lugar de eso, cerró con mucho
cuidado, pero ahora sí, con gran
determinación, las puertas que daban al
despacho de la primera ministra. Dio la
vuelta a su mostrador y descolgó el
teléfono que tenía línea directa con la
comisaría central de Oslo y su unidad
operativa. Sonó una sola vez antes de
que contestara una voz de hombre.
—Deben venir inmediatamente —dijo
Wenche Andersen con voz apenas
temblorosa—, la primera ministra ha
muerto. Le han disparado. Birgitte Volter
ha sido asesinada. Tienen que venir.
Colgó y cogió otro teléfono para
hablar con la central de vigilancia.
—Llamo del gabinete de la primera
ministra —dijo ya más tranquila
—.Cierren el edificio. Que no entre ni
salga nadie. Solo la policía. No olviden
el garaje.
Cortó la comunicación sin esperar
respuesta y marcó otro número de cuatro
cifras.
—Planta quince —contestó el hombre
que se encontraba una planta más abajo,
en la jaula de cristal antibalas, la
esclusa que daba paso al recinto más
sagrado: las oficinas del primer ministro
del reino de Noruega.
—Llamo del gabinete de la primera
ministra —dijo una vez más—. La
primera ministra ha muerto. Pongan en
marcha el plan de emergencia.
Y así Wenche Andersen continuó
cumpliendo con su deber como siempre
lo había hecho: de forma sistemática y
sin cometer errores. Lo único que podía
delatar que ese viernes por la noche
había ocurrido algo extraordinario eran
dos manchas violáceas que se iban
haciendo cada vez más grandes en sus
mejillas, y que pronto cubrirían su rostro
por completo.
19.50 Redacción del diario
Kveldsavisen (KA)
Los padres de Liten Lettvik bautizaron
a su niñita rubia con el nombre de Lise
Anette, a pesar de que tenía una hermana
un año mayor que sin lugar a dudas lo
contraería en «Liten». Poco sospechaban
entonces que cincuenta y tres años más
tarde pesaría noventa y dos kilos y
fumaría veinte puritos al día. O que
bebería whisky a diario, justo al límite
de lo que su castigado hígado podía
resistir. Todo en ella incitaba a la burla,
desde su melena gris sobre un rostro
marcado por treinta años de trabajo en
la redacción, hasta su fidelidad al
derecho adquirido en los años setenta de
no llevar sujetador. Pero nadie se reía
de Liten Lettvik. Al menos, no en su
presencia.
—¿Qué coño hace un magistrado del
Supremo con la primera ministra un
viernes por la noche? —murmuró para
sí mientras se colocaba los pechos que
se deslizaban hacia sus axilas y
finalmente encontraban apoyo sobre sus
bien acolchadas caderas.
—¿Qué has dicho?
El chaval que tenía delante era su
perrito faldero. Estaba esquelético,
medía un metro noventa y seis y todavía
tenía acné. Liten Lettvik despreciaba a
la gente como Knut Fagerborg. El chico
estaba haciendo unas prácticas de seis
meses en el KA. Esos jovenzuelos eran
los periodistas más peligrosos del
mundo y Liten Lettvik lo sabía. Ella
también había sido becaria, y aunque
hacía ya mucho tiempo y las
circunstancias en la prensa noruega de
aquella época eran muy distintas,
reconocía el tipo. Pero Knut le resultaba
útil. Como todos los demás, le
profesaba una admiración sin límites.
Creía que ella le conseguiría una
prolongación de su período de prácticas.
Estaba completamente equivocado.
Pero, mientras tanto, le servía.
—Es curioso —dijo otra vez, más
para sí misma que para responder a Knut
Fagerborg—. Esta tarde he llamado al
Supremo y he preguntado por Grinde. Es
jodidamente difícil averiguar algo de lo
que está haciendo ese comité suyo. Una
jovencita de su equipo dejó escapar que
estaba con la primera ministra. ¿Por qué
demonios estaría allí?
Levantó los brazos y se desperezó.
Knut reconoció el olor
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