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En plena confusión Decidida – Patricia Geller

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espacio en el que me asfixiaba debido a
lo que contenía dentro… lo que callaba.
Continuamente me mordía los labios
para no romper a llorar mientras iba
escribiendo en silencio más
sensaciones. Él me facilitó las cosas, ya
que decidió, sin tener que pedirle nada,
instalarse en otra habitación, una
contigua a la mía. No se encontraba muy
lejos, pero tampoco estaba allí, a mi
lado, como tendría que ser.
No tenía ni idea de cómo íbamos a
hacerlo.
Miré la libretita en la que lo había
plasmado todo mientras volaba hasta
allí, preguntándome cuánto más tendría
que escribir para poner punto y final a
aquel infierno, cuánto más quedaba por
vivir y… descubrir. Francamente y con
la mano en el corazón, reconocía que era
lo mejor que había podido hacer en
mucho tiempo, deshojar cada parte de
mi propia historia hasta entonces,
leyendo a la vez que escribía, aunque
quedaran lagunas, dudas… Aun así, me
había servido de mucho, de tanto que no
sabía cómo había podido cometer esa
terrible cadena de errores.
A veces esperamos demasiado algo
y, cuando llega, no es lo que habíamos
imaginado. Eso era exactamente lo que
me sucedía a mí. ¿Cuántas veces os
había comentado las ganas que tenía de
que llegaran mis días de vacaciones?
Pues ahí estaban. Más tarde de lo
previsto, pero eso era lo que menos me
preocupaba, porque ya nada era igual…
aunque traté de convencerme de que
sería lo más acertado. La situación era
la siguiente: Dani y yo, la preciosa
Roma, silencio, dolor, dudas, rabia,
contención.
Podría mencionar una y mil
sensaciones más, pero el resto
resultaban más que evidentes. A pesar
de plantearme ese viaje con la intención
y necesidad de dar fin a ese calvario de
una manera u otra… no sabíamos qué
decirnos. Con lo mucho que nos
conocíamos, las palabras no fluían entre
nosotros. La conexión, sin más, se había
perdido.
Y luego quedaba Aarón, que nunca
me perdonaría aquello, lo sabía.
Me lancé en la cama, boca abajo,
impotente por no poderme arrancar la
dolorosa opresión que hacía sangrar mi
pecho, que me punzaba y me destrozaba
cada vez con más dureza. La misma que
casi no me permitía respirar,
recordándome una y otra vez los
tropezones y cagadas que había
cometido en los dos últimos años de mi
vida. Intensidad no había faltado, ¿a
cambio de qué? Era una soñadora, una
ilusa por creer en las historias de amor.
Quizá por ello me estaba dando ese
tortazo.
No podía olvidar la cara de Aarón
cuando crucé el control de seguridad del
aeropuerto para dirigirme al avión, su
grito de impotencia y desesperación por
detenerme. Allí me di cuenta de mi
error; sin embargo, tras su maldita frase,
«¡la tendré por mis cojones!», supe que
debía poner distancia para no terminar
más destrozada. También supe que
aquella no era la mejor opción, y mucho

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menos con la persona que me
acompañaba. Entonces, con esa soledad,
con las reflexiones, con la vuelta al
pasado gracias a la lectura y escritura,
lo entendí.
Ese viaje sólo iba a servir para una
cosa que podríamos haber solucionado
en Valencia, ambos lo sabíamos. No
deberíamos estar allí, no tenía sentido.
El querer alejarme de uno me había
hecho acercarme absurdamente al otro…
Irracional. Así, volví a cometer la
misma torpeza, huyendo del fuego para
caer en las brasas.
—Ivonne, ¿puedo pasar? —
preguntó Dani, al otro lado de la puerta.
Me senté recta, aunque con
aturdimiento, disimulando una vez más
lo que escondía y fingiendo disfrutar del
paisaje que había más allá de la ventana
que ni me había dignado mirar. ¿Para
qué? Creía que había tocado fondo, que
no podía más. La presión me había
superado. Tenía que reconocer que
estaba más frágil que nunca, y lo odiaba.
—Sí, pasa… —me animé a decir
finalmente.
Dani abrió la puerta con el mismo
temor que yo a que él entrara,
cumpliéndose mi intuición en cuanto vi
sus facciones. No habían trascurrido
más de dos semanas desde que la bomba
nos estalló en las manos a los tres, pero
era evidente que, aun sabiendo que nos
estábamos equivocando, no quisimos
admitirlo. No trastocar nuestras vidas
era imposible llegados a ese punto.
Sabía que Dani lo tenía tan claro como
yo, que era inevitable lo que iba a
ocurrir.—
Te he traído un café muy bueno,
típico de aquí —me ofreció, incómodo
—. Lo he comprado en la cafetería
Sant’Eustachio.
—Gracias. —Lo acepté y luego
hice rodar el recipiente entre mis dedos
—. Tenemos mucho que hablar, ¿lo
sabes, verdad?
Su suspiro fue tan grande como mi
tormento.
—Déjame intentar algo, por favor,
Ivonne… Confía en mí.
No tenía ni idea de lo que me
estaba pidiendo, pero si algo tuve claro
fue que debía confiar en él… porque no
había sido el único que había metido la
pata hasta el fondo. De hecho, la que
había empezado toda esa sucesión de
secretos y mentiras había sido yo, al no
confirmarle a Daniel lo que sentía por
Aarón, lo que habría ayudado a que el
primero se hubiera retirado.
No lo hice, convirtiéndome en una
cobarde.
—¿Ivonne? —me llamó de nuevo.
—De acuerdo…
Dejó su café sobre la mesilla y me
quitó el mío de las manos para hacer
justo lo mismo. Volvió y se sentó a mi
izquierda, para luego mirarme a los
ojos, en los que por un momento, como
tantas otras veces, me perdí sumergida
en ellos y en ese color que me volvía tan
loca. Sus dedos viajaron hacia mi
mejilla, acariciándome con su sensible
tacto. Sentí que me estremecía.
Llamadme estúpida o todo lo
contrario, pero por un loco instante
necesité que me besara, que lo hiciera
con la ternura que él solía tener para mí.
Cerró los ojos y, poco a poco, se
acercó. Mi pulso empezó a latir con
mayor fuerza. Mi cuerpo se puso a
temblar… sobre todo cuando Dani posó
la otra mano en mi muslo. Llevaba un
vestido, por lo que no tendría ninguna
dificultad si decidía ir más allá.
Entonces me pregunté si quería que lo
hiciera.
De su boca escapó un doloroso
lamento al rozarla con la mía. Y mi
corazón se rompió, llorando de una vez
por todas. Fui consciente de lo mal que
lo había hecho, de mi sentir en ese
instante… de que allí no nos protegía esa
burbuja en la que el mundo dejaba de
existir si estábamos solos, pues estaba
dividida entre él y otro en ese momento.
Aun así, no lo retiré. Hice como él y
cerré los ojos, apretando los párpados,
imaginando lo que otras veces me había
negado por no admitir cuán egoísta
estaba siendo.
—Ivonne —gimió Dani—, bésame.
Sin reticencia, envolví las manos
tras su nuca y me entregué a un ardiente
beso que me destrozó a su vez el alma.
No sabía por qué me lo pedía con tanta
vehemencia, sólo entendí que no quería
negarle aquello. Quizá porque podría
ser el último que nos íbamos a dar o
porque él, al igual que yo, necesitaba
sentir que lo que antes florecía entre
nosotros se había perdido ya… o que, en
realidad, jamás había existido.
Me di cuenta del acierto de mis
reflexiones cuando Dani avanzó un poco
entre mis muslos, agarrotándose de la
misma manera que yo. Estábamos fríos,
no había fuego. No podíamos
permitirnos ir más allá y no porque me
sintiera culpable de haberlo engañado,
sino porque mis sentimientos
pertenecían a otro. Siempre había sido
así. «Acaba con esto, Ivonne.»
Alejé nuestras bocas, descansando
en su frente, sufriendo por la tristeza que
me producía aquello.
—Vas a odiarme… —susurró,
separándose. Abrí los ojos, exigiendo su
mirada—. Ahora ya nada tiene
sentido…
—Lo sé, Dani. Ni ahora ni antes…
Lo sé. Le acaricié el pómulo mientras
lloraba para que no se sintiera culpable.
Teníamos las mismas sensaciones.
—No lo sabes, Ivonne —negó una
y otra vez—, pero hasta ahora no he sido
capaz de admitirlo.
—¿Qué quieres decir?
Sinceramente me asustó observar el
temblor de sus dedos al limpiar las
huellas de mi pena.
—Me merezco esto y más, ¿sabes?
—dijo con evidente dolor—. ¿Cómo he
podido hacerlo?
Me aferré a sus dedos, sin
importarme lo húmedos que estaban de
mis propias lágrimas.
—Habla claro, por favor —le pedí.
Cogió aire, impulso… no lo tenía
claro, quizá también valor.
—Siempre me sentí desplazado,
menos que Aarón. Él era el chico
ejemplar en casa y en los estudios.
Nuestros amigos, incluso conociéndonos
al mismo tiempo, lo preferían a él. Mi
madre lo miraba de otro modo, con más
orgullo. Sobre todo cuando volví a mi
casa. —Me liberó con la frente arrugada
y metió la cabeza entre las rodillas. Yo
me negué a creer las especulaciones de
mi rápida mente con respecto a las
confesiones de Dani—. Le gustabas, se
veía. No creí que fuera amor, Ivonne…
pero sí su mayor reto.
—Dani, no…
—Quería ser superior en algo —
confesó y me dio la sensación de que no
sabía cómo seguir—. Quiero decir…
ahora, de alguna manera, los dos hemos
luchado por ti, te hemos tenido y, sí, lo
que has sentido es real. Me odio por
ello, pero he perdido esa horrible
avaricia de tocarte. ¿Por qué? No lo
sé… Desconozco si es porque sé que te
fugaste con él hace poco o porque me
has engañado. No lo sé… He perdido
las ganas al conocer vuestra historia. La
atracción que sentía por ti ya no me
consume con la misma intensidad.
Apretó la mandíbula.
—Te arrebaté de él, al principio,
por ambición… hoy lo sé. No podía
defenderme ante Aarón, Ivonne. Debo
reconocer que sí fui consciente de… —
Me costó tragar—. La noche de la
fiesta… —Se interrumpió mientras se
tiraba del cabello—: Él te miraba como
si se muriera por tenerte. Yo me perdí
con una chica y, al volver, te encontré
mal y pensé que era mi oportunidad,
pero te negaste.
Pestañeé, pensando si aquello era
real. No podía creerme lo que estaba
tratando de decirme, no quería creerlo.
—Dani, ¡no me jodas!
Mi perfecto hombre asintió como si
se hubiera vuelto loco.
—Lo siento, Ivonne. Perdí la
cabeza por tener lo que él más deseaba
—lo confirmó sin voz, clavándome un
agudo puñal sin haberme tocado—.
Aquella noche fanfarroneé, iba bebido.
Y de pronto dijo que se iba, pero no me
contó la verdad o yo no la quise ver…
Me daba vergüenza admitir mi mentira
con respecto a ti. No tenía ni idea de que
significabas tanto para Aarón… Ivonne,
Aarón me ha llamado, llorando, al saber
que nos hemos ido juntos. Me odia por
haberlo traicionado así.
—¡No puede ser, Dani!
No era capaz de mirarme a la cara
y yo, a medida que hablaba, creía perder
la razón.
—¡Qué más! —exigí.
Silencio.
—¡Escupe tus mentiras!
Apenas fue un susurro al retomar la
palabra.
—Vi en su marcha la forma de
conseguirlo, pero te ibas a Valencia…
Pasaste meses sola, y ésa era mi
oportunidad. Serías mi mayor triunfo,
por primera vez tendría lo que él no.
Aunque te deseara, él no te tendría.
—¡Me tuvo, Dani, me tuvo! —
escupí llorando. Entonces se atrevió a
mirarme, descompuesto, espantado—.
¿Por qué has tenido que tardar tanto en
entender que yo, para ti, era un mero
reto?
—Porque dejaste de serlo —
susurró quedamente, apagado—.
Empecé a quererte…
—Y-yo te quería, te quiero.
—Pero tampoco es amor… —me
rehuyó la mirada—… porque lo veías a
él en mí. Hoy me parece obvio…
No fui capaz de contradecirlo. No
pude, pues me quedé sin la persona por
la que me desvivía a cambio de una
increíble amistad, perdiéndolo. Mi
desespero llegó tan lejos que me refugié
en un hombre igual a Aarón,
imaginándolo sin querer, y tuve que ser
consciente de eso cuando ese otro
confesaba su traición, cuando analizaba
la situación en letras de mi propio puño.
Sabía que Dani no lo planeó así,
pero había destrozado mi verdadera
historia de amor. Demasiado tarde se
había dado cuenta de lo que yo era para
él… una lucha, su lucha más amarga.
Yo lo quería, antes era mi amigo.
Los Fabrizi lo eran… ¿Cómo había
podido?
—Lo siento, Ivonne. ¡No lo sabía!
—repitió con impotencia—. No sabía
que estaba dejando de sentir ese amor
por ti hasta que he visto que no te
echaba de menos como debería… al
desear a otras en tu ausencia, al volver a
recurrir a ella… —se meció hacia
adelante y hacia atrás, atormentado,
perdido en sí. Yo, poco a poco, fui
tomando distancia, arrastrándome lejos
de él sobre la cama—… al estar más
pendiente de contar mentiras sobre
nuestro distanciamiento que en recuperar
la relación. De ahí mis mensajes para
que volvieras. Me quise negar ser así de
cruel durante la pelea con Aarón, donde
creí verlo todo claro sin admitirlo. No
sabía con seguridad qué sucedía hasta
que he oído cómo se rompía el hombre
que un día fue lo que más quise en la
vida, al entender cómo lo admirada…
tanto que incluso quise ser como él…
«Esto no puede estar pasando.»
Mis fuerzas prácticamente se
habían desvanecido.
—Eres preciosa, perfecta. Por
Dios, te quiero tanto que daría mi vida
por ti, pero… —Se le apagó la voz,
mientras moría lentamente—. Todo
empezó por la ambición de ser, por una
maldita vez, mejor que él. Me adaptaba
a nuestros encuentros sexuales sin
sentirte plenamente, hasta que vi que él
era una amenaza… Ahí todo cambió. Tú
me cambiaste.
—Yo no era lo que querías…
—No me satisfacías del todo hasta
que dejé de hacer el idiota; me frustraba
reconocerlo, miraba revistas de otras
mujeres… —confesó ido. Hacía como
una regresión a lo vivido—. No quería
ser brusco contigo, ni ir más allá de lo
rutinario, de lo que en teoría tendría que
hacer una pareja… No era yo. Tú no
eras la persona que podía despertar mi
parte más animal y experimentar, aunque
mi atracción por ti existiera… pero,
sobre todo, te deseaba porque pensaba
él, en mi obligación como tu hombre de
hacerte mía al haber podido tenerte y él
no… Hasta que, con su regreso
prácticamente al inicio de la
convivencia —musitó amargamente y
por primera vez me miró a los ojos sin
esconderse—, entendí que te quería de
verdad, más allá de la posesión.
Me levanté de la cama, tan asustada
como la noche que descubrí la
habitación de Aarón repleta de
fotografías mías. Estaba horrorizada por
la obsesión de ambos por mí de una
manera u otra, daba igual con qué
intenciones… peligrosas.
Dani permaneció en el mismo
lugar, resquebrajándose.
—No eras lo que yo necesitaba
hasta que la rivalidad con Aarón dejó de
ser a distancia y descubrí el peligro con
la noticia de su vuelta gracias a mi
hermana Laura. Mientras colocaba los
últimos marcos con fotos nuestras en el
pasillo, viéndonos tan unidos… y te
invité a cenar, allí, bajo la luz de las
velas… me di cuenta de lo mucho que te
quería… de que eras lo mejor que tenía
en mi vida y mis nervios por perderte
empezaron a aflorar, a sacar la peor
versión de mí.
Iba a desplomarme. ¿No era
surrealista?
—No pienses que antes no sentía,
Ivonne. Era diferente. Tú te merecías un
trato sutil, como las mujeres que yo
admiro de verdad. Soy cerdo, lo sé… de
ahí mi frase de no poder follarte, porque
esa palabra es para cuando no hay
sentimientos. Y, de una manera u otra,
más tarde o más temprano, entre tú y yo
los ha habido, muchos.
—Y siento, ¡y siento, joder!
—¡Me he tenido que dar cuenta de
cómo he sido, de mi maldad, de mi
soberbia, al verte hecha pedazos, y sé
que es por Aarón, aunque no lo admitas!
Al oírlo tan destruido mostrándose
realmente… Me duele demasiado. Él me
creyó, me protegía… él…
Mi mente viajó al día de la
mudanza, a aquel en el que yo rebuscaba
entre sus cosas y encontré las revistas. Y
la lucidez me recordó otro momento, en
ese caso uno en el que yo la cagué: el
instante en el que lo acepté en mi vida,
preguntándome por qué sí esa noche
cuando otras había dicho que no, por
qué no podía dormir ante la duda…
Entonces lo supe, ahí se desvelaban las
peores mentiras.
Allí volvió a aparecer Aarón en mi
vida, con mensajes, planeando un
encuentro a solas, y terminé, ante la
nostalgia de sus recuerdos,
refugiándome en Dani; acepté lo que me
ofrecía, como meses atrás, pero dando
un paso más firme y a la vez más
inestable. Me equivoqué, desesperada
por construir un amor tan sincero como
el que añoraba tener, buscando a la
persona con la que compartir mi vida,
cayendo en el error

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