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Libro PDF Enredados – Meredith Wild

Enredados – Meredith Wild

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—Soy yo, Elliot.
Me llevé la mano a la boca, sofocando el sonido de mi estupor al oír la voz de mi padrastro.
—¿Elliot?
—¿Tienes un minuto? ¿Te pillo en mal momento?
—No, en absoluto. —Atravesé la puerta del Mocha, el café que había abajo, para refugiarme del calor—. ¿Cómo estás? Hace un siglo que no hablamos.
Él se rió.
—He estado muy liado.
Yo sonreí para mis adentros. Hacía demasiado tiempo que no le oía decir eso.
—Lo entiendo. ¿Cómo están los niños?
—Estupendamente. Crecen demasiado deprisa.
—Ya me lo imagino. ¿Cómo está Beth?
—Muy bien. Ha regresado al trabajo ahora que los niños van a la escuela, para mantenerse ocupada. Los dos estamos muy atareados. —Se aclaró la garganta e inspiró
aire—. Escucha, Erica, sé que hace tiempo que tendría que haberme puesto en contacto contigo. Lo siento mucho, de veras. Quería asistir a tu graduación. Pero aquí
llevamos un ritmo de locos…
—No te preocupes, Elliot. Lo entiendo. Tienes muchas cosas entre manos.
—Gracias. —Emitió un leve suspiro—. Siempre has sido una chica muy sensata. Incluso cuando eras más joven. A veces pienso que has demostrado más entereza
que yo. Tu madre se sentiría muy orgullosa de la mujer en la que te has convertido.
—Gracias, eso espero. —Cerré los ojos, dejando que el recuerdo de mi madre apareciera en mi mente. Pese a la fachada de fortaleza que presentaba al mundo, sentí un
espasmo de dolor al recordar los tiempos en que los tres éramos felices. Esa época se había visto bruscamente interrumpida cuando a mi madre le diagnosticaron un
cáncer que se extendió a través de su organismo con pavorosa rapidez y se la llevó de nuestro lado demasiado pronto.
Aunque nuestras vidas habían tomado rumbos distintos después de la muerte de mi madre, yo confiaba en que Elliot hubiera encontrado la felicidad con su nueva
esposa y sus hijos. Aunque fuera a costa de que yo gozara de una infancia normal. Me había criado en un internado y posteriormente en la universidad, pero no me
imaginaba unas circunstancias distintas. Esa era mi vida, y el periplo me había conducido a Blake, a una vida que por fin empezaba a cobrar forma después de dejar atrás
los estudios.
—Últimamente pienso mucho en Patricia. Me parece increíble que hayan pasado casi diez años. A veces la vida se nos escapa entre las manos. De golpe me di cuenta
de que hacía mucho tiempo que no hablaba contigo.
—Es verdad. Estos últimos años son como una mancha borrosa. Sobre todo últimamente. Y yo creía que antes no paraba… —Entre el negocio y mi relación con
Blake, mi vida había dado varios vuelcos. Justo cuando parecía que las cosas se calmaban, la vida nos deparaba una novedad que lo trastocaba todo.
—Bueno, procuraré ir a Boston dentro de poco. No soporto la idea de dejar que pasen diez años sin… sin que nos veamos. Se lo debemos a tu madre.
En mis labios se dibujó una sonrisa de tristeza.
—Sería estupendo. Me encantaría.
—Genial. Prometo intentarlo.
—Llámame cuando sepas las fechas, para que yo coordine mi agenda.
—Perfecto. Hablaré enseguida con Beth y te comunicaré lo que hayamos decidido.
—Confío en ello. Me encantará volver a verte y, por supuesto, conocer a tu familia. —Tu familia. Las palabras sonaron extrañas cuando brotaron de mis labios.
—Cuídate, Erica. Seguiremos en contacto.
Me despedí de él, pero en cuanto colgué recibí otra llamada. El corazón empezó a latirme con furia cuando vi el número de Blake.
Mierda.
Entré en el apartamento y dejé mis bolsas sobre la encimera de la cocina. Las luces estaban apagadas, pero el sol vespertino se filtraba a través de las persianas. Cuando
pasé a la sala de estar, oí la voz de Blake.
—Llegas tarde.
Al volverme lo vi junto al mueblebar al otro lado de la habitación. Se había quitado la camisa, iba descalzo y sostenía una copa medio vacía en la mano. Su rostro no
mostraba emoción alguna pero de alguna forma rezumaba una intensidad que al instante me puso en guardia. Sus ojos verdes parecían relucir en la tenue luz de la sala.
Tenía la mandíbula crispada, relajándola solo brevemente para beber un trago.
—Lo siento. Recibí una llamada…
—Ven aquí.
Dejé que mis próximas palabras murieran en mis labios sin pronunciarlas. No íbamos a hablar de la inesperada llamada de Elliot, al menos ahora. Había algo
inquietante en la forma en que Blake me miraba, su voz denotaba dureza al pronunciar esas dos breves palabras.
Avancé despacio hacia él hasta que estuvimos a pocos centímetros y entre nosotros irradiaba el calor. Blake era innegablemente atractivo, una belleza viril absoluta.
Alto y esbelto, su cuerpo me provocaba constantes cortocircuitos en el cerebro. Esa vez no era una excepción. Le toqué el pecho, incapaz de resistirme debido a nuestra
proximidad. Sus músculos se contrajeron en respuesta a mi caricia.
—Quítate la camisa —dijo.
Escruté sus ojos durante un instante, pero no observé un ápice de sentido del humor en ellos. Blake se erguía ante mí como una estatua, una obra de arte
exquisitamente tallada, frío e impasible. Deslicé los dedos delicadamente sobre sus bíceps, descendiendo hasta detenerme en la cinturilla de su pantalón vaquero que
ceñía sus caderas.
—¿Estás bien? —murmuré. Lo había visto así en otras ocasiones. No era necesario que me lo dijera, porque yo sabía que algo o alguien había conseguido cabrearle ese
día. Él torció el gesto, una respuesta casi imperceptible.
—Estaré mejor dentro de un minuto.
Sabiendo qué podía mejorar su estado de ánimo, me quité la camisa y dejé que cayera al suelo.
—¿Mejor? —pregunté ladeando la cabeza, confiando en lograr que aflorara el amante alegre y juguetón en él.
Sus ojos permanecían inmutables, fríos como el acero.
—No vuelvas a hacerme esperar, Erica.
Su voz tenía un tono peligrosamente grave. Yo contuve el aliento, tratando en vano de controlar las reacciones de mi cuerpo a él. De pronto me invadió una potente
mezcla de deseo y excitación ante lo que imaginé que iba a suceder. Los detalles de la jornada se difuminaron, ocupando un segundo plano ante el aquí y ahora y ese
hombre dominante que estaba a punto de follarme para deshogar su frustración, utilizando mi cuerpo con pasmosa destreza para conseguirlo.
Bajé la mano hasta tocar el duro contorno de su miembro erecto y lo acaricié a través del tejido suave y gastado de sus vaqueros.
—Ahora estoy aquí. Deja que te compense por mi tardanza.
Él me sujetó por la muñeca.
—Lo harás, créeme.
Alcé la vista y lo miré a través de mis pestañas. Él me soltó y apoyó la mano en mi pecho. Deslizó un dedo por el borde de encaje de mi sujetador y por la piel de
debajo. Esa simple caricia me excitó. Bajó bruscamente la copa del sujetador, me tomó un pecho y se puso a juguetear con el pezón. Yo me incliné hacia él, gozando con
sus movimientos lentos y circulares, y un espasmo de deseo hizo presa en mi vientre.
Gemí, y él me pellizcó el pezón con fuerza. Yo aspiré a través de los dientes pero no le aparté. Las comisuras de sus labios se curvaron hacia arriba al tiempo que en
sus ojos se reflejó durante unos instantes una expresión perversa.
—Desnúdate e inclínate sobre la mesa.
El amante alegre y juguetón había aparecido, pero también otra persona.
Arrugué el ceño y dirigí la vista hacia el comedor y la amplia mesa de madera rústica situada en el centro. Antes de que pudiera negarme, él me propinó un azote en el
trasero y me empujó suavemente hacia el comedor. Yo me moví rápidamente y me quité la falda, el sujetador y las bragas. Me coloqué frente a la mesa, apoyando las
manos en la madera de cálida textura. En el centro había unas cuerdas enrolladas en una pila.
—Inclínate —me ordenó con tono seco.
Apoyó la mano entre mis omóplatos y me obligó a agacharme. Extendí las manos ante mí, conteniendo el aliento cuando sentí la fría superficie de la mesa en el pecho,
y los muslos presionados contra el borde. Yo era rehén de una intensa excitación, que me impedía pensar con claridad y lo único que sabía con certeza era que a partir de
ese momento Blake iba a asumir el control de la situación.
Yo misma se lo había entregado.
Tan pronto como abandoné la rutina de mi vida laboral normal y me instalé en el apartamento que ahora compartíamos él y yo, empecé a batallar con prácticamente
todos mis instintos. Había cedido todo el control al hombre que amaba, confiando en que él cuidaría de los dos. Siempre lo hacía, pero a veces no resistía la tentación de
rebelarme un poco, para que supiera que yo seguía allí, luchando.
Blake deslizó su fría mano sobre mis nalgas. Me tensé en respuesta a esa simple caricia. Me mordí el labio, preparada para lo que siempre sucedía a continuación.
—Has llegado veinte minutos tarde. ¿Sabes lo que eso significa?
Antes de que yo pudiera responder, me asestó un contundente azote en el culo. Yo solté un alarido de dolor. Al cabo de unos instantes el escozor remitió,
provocándome un intenso calor que me recorrió el cuerpo. Arqueé la espalda, apretándome contra Blake.
—¿Vas a castigarme? —pregunté bajito.
—¿Es eso lo que quieres?
—Sí. —El servilismo de mis respuestas seguía sorprendiéndome, teniendo en cuenta lo lejos que habíamos llegado en nuestra relación y el placer que me procuraban
esas zonas oscuras que habíamos descubierto el uno en el otro. El hecho de reconocer el intenso placer que me producían seguía requiriendo cierta dosis de valor.
—Tienes suerte. Vas a recibir veinte azotes. Quiero que los cuentes. No lo olvides, o te azotaré con el cinturón.
Sin pérdida de tiempo Blake me asestó otro azote en el trasero, tan fuerte que el eco reverberó a través de la habitación. En cuanto recuperé el aliento, empecé a
contar en voz alta.
—Uno.
—Muy bien —dijo él, propinándome otro.
—Dos.
Con cada doloroso azote, me tensaba y me humedecía más entre las piernas, una circunstancia que no dejaba de asombrarme. Pero lo cierto es que recibir esos azotes
me hacía enloquecer. Cuando pasamos de diez empecé a arañar la mesa, más que preparada para el placer que seguiría a ese exquisito dolor.
Veinte.
Suspiré y me apoyé contra la mesa. La sensación de alivio duró poco porque Blake me agarró de la coleta y me obligó a incorporarme.
—Arriba.
Yo me enderecé y él hizo que me volviera. Abrió la boca como para decir algo, pero en lugar de ello juntó nuestros cuerpos. Su piel ardía debajo de la mía, y de pronto
le deseé con más intensidad. Él oprimió sus labios contra los míos y me besó con fuerza. El aroma a whisky se mezcló con el almizcle de su olor personal. Abrí los
labios, invitándolo, deseando sentir su sabor en mi lengua. Él tiró suavemente de mi coleta, rompiendo el contacto entre ambos.
—Eres demasiado codiciosa.
Yo hice un mohín.
—Eres una niña malcriada, y no escuchas.
—Te escucho —insistí.
—Puede que me escuches, pero no me obedeces. Se acabaron los juegos. Tienes que aprender, y esta noche voy a darte una lección.
Traté de reprimir el temor que me provocó un nudo en el estómago. El miedo a lo desconocido.
—Lo siento.
—Es un buen comienzo. Súbete a la mesa.
Tras dudar unos segundos me senté rápidamente en el borde. Él sacudió la cabeza y me empujó hacia atrás.
—En el centro. Apresúrate.
Yo arqueé las cejas, pero en lugar de preguntarle qué se proponía, me deslicé hacia el centro. Él rodeó la mesa y tomó la cuerda que estaba justo allí.
—Túmbate.
Obedecí y él me sujetó por la muñeca, tirando de mi brazo hasta alcanzar la esquina de la mesa. Con pasmosa rapidez y destreza, me ató los brazos a las patas de la
mesa. Cuando se disponía a atarme los tobillos, tiré de la cuerda para comprobar su resistencia. No cedió un ápice.
Me ató una extremidad y luego la otra, dejándome de piernas abiertas sobre la mesa.
—Eso está mejor —dijo, pellizcándome ligeramente en la pantorrilla.
Al darme cuenta de mi tremenda vulnerabilidad, un intenso calor se extendió sobre mi piel hasta las mejillas. Quería decirle que eso era demasiado. Tenía las palabras
en la punta de la lengua, pero estaba húmeda entre las piernas y necesitaba que me hiciera lo que su retorcida mente había ideado, fuera lo que fuese. Blake se apartó
hasta que desapareció de mi ángulo de visión, lo cual contribuyó a mi creciente inquietud.
—¿Adónde vas? —Procuré ocultar la angustia que denotaba mi voz.
—Descuida, no pienso irme. No cuando te tengo abierta sobre la mesa para darme un festín.
Oí el tintineo de unos cubitos de hielo al caer dentro de un vaso seguido del murmullo de un chorro de líquido. Blake regresó y se detuvo ante mí, llevándose el vaso a
los labios, ocultando la sombra de una sonrisa de satisfacción en su hermoso rostro. Había algo en su expresión que prometía que iba a someterme a una lenta tortura. El
deseo que pulsaba a través de mi cuerpo se multiplicó. Me hallaba enteramente a su merced.
Transcurrieron unos segundos que se me antojaron minutos. Mis pechos se movían al ritmo de mi agitada respiración, que fue acelerándose mientras yo seguía
esperando. ¿El qué? No tenía ni idea, pero las posibilidades me excitaban.
Blake se llevó de nuevo el vaso a los labios, apuró su contenido y lo dejó caer sonoramente sobre la mesa, entre mis piernas. Metió la mano dentro del vaso y al
tintineo de los cubitos de hielo siguió la silenciosa impresión que me produjo el gélido contacto sobre mi piel. Él deslizó lentamente un dedo húmedo por la parte
interior de mi pierna, sobre la piel sensible de la cara interna del muslo. Me estremecí, tensándome, mientras sus manos descendían por mis caderas hasta alcanzar mi
vientre. El cubito de hielo se fundió despacio sobre mi ombligo mientras él tomaba otro.
Luego rodeó la mesa y se detuvo a mi lado. El siguiente cubito de hielo lo deslizó alrededor de mis pezones, recreándose en cada uno. Yo reprimí una exclamación de
protesta al experimentar una sensación casi dolorosa. No podía arriesgarme a que siguiera castigándome si ello demoraba el momento de que me penetrara. Él se inclinó
sobre mí, sustituyendo el intenso frío del hielo por el calor húmedo de su boca. Mordisqueó mis endurecidos pezones mientras deslizaba una mano fresca y húmeda
entre mis muslos hasta localizar lo que buscaba.
Empezó a canturrear suavemente, introduciendo sus dedos con toda facilidad a través de mis pliegues cutáneos, jugando con mi clítoris.
—¿Te gusta que te ate, cielo?
Me humedecí los labios resecos, asintiendo apresuradamente. ¿Me gustaba en realidad? No estaba segura. Lo único que sabía era que no quería que parara. No quería
decir nada que le distrajera e impidiera proporcionarme el placer que solo él era capaz de darme. Él me mantenía al borde del precipicio, en un estado de excitación e
impotencia que rayaba lo insoportable. Tiré de mis ligaduras, pero únicamente conseguí que la cuerda me lastimara la piel.
—Deja de resistirte, Erica.
Se incorporó, privándome del contacto de su piel y su proximidad.
—Pensé que tenías prisa —me quejé, tratando de contener el deseo que me abrasaba con mayor furia con cada minuto que pasaba. Maldije a Blake y esa cuerda.
Él sonrió satisfecho.
—La tenía, pero la perspectiva de castigarte ha aplacado mi urgencia. Ahora me limito a disfrutar.
Cerré los ojos. Respiré hondo, haciendo que mi pecho se expandiera, y traté de relajarme. Al hacerlo, sentí algo frío entre mis piernas.
Solté un grito, debido a la sorpresa y a una sensación que no estaba convencida que fuera desagradable. Mi clítoris pulsaba contra el cubito de hielo mientras Blake lo
movía sobre él, entre mis labios genitales. Contuve el aliento al sentir que bajaba la mano, apartando el cubito de hielo de mis partes más sensibles e introduciendo
suavemente su glande en mi interior. Cuando pensé que iba a hacer que me corriera, el efímero contacto fue sustituido de nuevo por el cubito de hielo. ¿Durante cuánto
tiempo sería capaz de hacerme esto y reprimir su propio deseo? ¿Durante cuánto tiempo sería yo capaz de resistirlo? Estaba a punto de estallar y gritar de
desesperación.
—Blake, no puedo… seguir con esto. Me estás matando.
—¿Qué sientes al tener que esperar… loca de deseo?
Apreté la mandíbula con fuerza, tratando de distraerme y dejar de pensar en la incómoda tirantez entre mis muslos. Me retorcí aun sabiendo que con ello no
conseguiría que Blake me follara antes de que quisiera hacerlo.
—Odio esto.
—¿Quieres que terminemos?
—Sí —respondí con un tono que denotaba desesperación.
Él se inclinó sobre mí, rozando con sus labios la sensible piel de mi cuello. Deslizó la lengua sobre la curva de mi oreja, lo cual constituía de por sí una lenta tortura.
—Suplica.
Sentí un escalofrío. Me arqueé alzando el pecho hacia el aire, hacia nada porque él apenas me tocaba.
—Dime cuánto lo deseas. Necesito oírtelo decir.
—Blake… por favor, fóllame de una vez.
—Eso suena como una orden. Quiero que me supliques.
Yo gemí y él se apartó, rompiendo todo contacto corporal conmigo.
—¡Blake! —Yo estaba furiosa y desesperada.
—Sométete.
La aspereza de su tono me sobresaltó.
—Si quieres correrte tienes que someterte a mí, Erica. Basta de juegos. Deja de ponerme a prueba.
Tragué saliva, esforzándome en reprimir el instinto de rebelarme contra su orden. Sométete. Tenía la garganta agarrotada, como si tuviera esa palabra atascada allí y no
pasaría hasta que yo la aceptara. Esa palabra significaba mucho. Me resultaba más fácil someterme cuando trataba de convencerlo de que tomara lo que necesitara de mí.
Ahora era él quien tomaba lo que deseaba. No me lo pedía y no estábamos negociando.
Cerré los ojos, esforzándome en oír la voz en mi mente que me decía que me relajara, que dejara de resistirme.
—No me lo pones fácil. —Yo quería que comprendiera mi afán de resistirme, que dejara incluso de insistir en el tema. A veces, incluso cuando adoptaba su aire de
dominio sobre mí, me permitía rebelarme un poco.
—Me he pasado el día apagando fuegos. Lo único que deseo cuando regreso a casa es a ti, y no quiero tener que obligarte cada vez. Si tengo que hacerlo lo haré, pero
no te lo pediré siempre amablemente ni te lo pondré fácil. De modo que vete acostumbrando a someterte. Estás desnuda, atada a la mesa, y a punto de correrte. ¿No
quieres correrte?
—Claro que sí.
—Entonces suplica.
—Por favor… —Mi súplica sonaba débil.
—Te escucho, Erica. Por favor, ¿qué?
—Por favor, haz que me corra. Deseo sentir tus manos sobre mí. Haré lo que sea… Te lo juro.
—¿Me estarás esperando en casa, desnuda, la próxima vez que te lo pida?
—Sí.
Las yemas de sus dedos rozaron mi pulsante clítoris. Contuve el aliento y alcé las caderas para intensificar el contacto, pero él se apartó de mí tan rápidamente como
se había acercado.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo. Joder, haré lo que sea.
—¿Y no tendré que ordenarte de nuevo que te sometas a mí?
—No —prometí, meneando la cabeza con vehemencia.
Su mano irradiaba calor sobre el punto donde yo ansiaba que me tocara. Resistí el deseo de mover mi cuerpo unos centímetros para aproximarme más a él. Maldita
sea, esto es una tortura.
Cada célula de mi cuerpo anhelaba sentir sus caricias, pero yo no tenía ningún control sobre la situación.
Esa era la realidad que me resistía a aceptar. De alguna forma tenía que confiar en que él haría que ambos alcanzáramos el clímax. Tras esa constatación, sentí una
sensación de liberación. Me relajé sobre la mesa, dejando de rebelarme contra mis ligaduras. Mis músculos se relajaron pero mi mente no dejaba de dar vueltas sobre lo
mismo, tan impotente como mi cuerpo a la hora de controlar mi febril excitación.
Entonces me tocó. Apoyó la palma de la mano en mi sexo y me lo apretó con firmeza.
—Esto es mío. No te correrás hasta que yo quiera. ¿Lo has entendido?
Yo lo miré con los ojos nublados por el deseo. Estaba a punto de gritar porque no soportaba más la tensión, como si de alguna forma él me hubiera contagiado las
frustraciones que había sufrido ese día.
—Haré lo que quieras, Blake.
Sus ojos se suavizaron durante una fracción de segundo ante mi rendición. Luego me penetró con dos dedos. Sorprendida, emití un suspiro de alivio. Él movió los
dedos dentro de mí, explorando mi húmedo pasaje. Temblando, me tensé al contacto de sus dedos, deseando que me hubiera penetrado con su pene pero aliviada de que
lo hubiera hecho al menos con sus dedos. Él los movió suavemente dentro de mí al tiempo que me acariciaba el clítoris con movimientos circulares.
Yo emití un breve gemido ante la potencia de ese gesto, aliviada y volviéndome a tensar al mismo tiempo. Mis nervios cobraron vida, mi cuerpo ardía y estaba
preparado de nuevo para recibirlo. Dios, ese hombre tenía el don de hacerme penosamente consciente del placer que sentía mi cuerpo cuando lo tocaba. Mis caderas se
alzaron unos centímetros como por propia iniciativa, pero me detuve.
Suplica. Su petición reverberaba en mi mente, a un tiempo sensual e implacable. Todo mi ser pulsaba. La sangre circulaba con furia por mis venas, resonando en mis
oídos. De pronto sentí el comienzo de un orgasmo imparable, al que no estaba dispuesta a renunciar. Ni por orgullo ni por nada.
—No pares. Te lo suplico, por favor no pares.
—Eso es lo que quiero oír, cielo. ¿Quieres sentir mi polla dentro de ti?
—Dios, sí.
—¿Quieres que haga que te corras primero?
Los colores giraban detrás de mis ojos y cada músculo de mi cuerpo se tensó ante la perspectiva. Abrí los ojos cuando comprendí que él aún no me había dado
explícitamente permiso para correrme. Lo miré a los ojos, oscuros y entrecerrados debido al mismo deseo que en esos momentos me recorría el cuerpo.
—Por favor, deja que me corra, Blake, te lo suplico…
Él se agachó y me besó en la boca con furia. Nuestros labios se devoraron, nuestras lenguas chocaron y se succionaron una a la otra, mientras sus dedos seguían
acariciándome, follándome con suavidad, conduciéndome hacia el borde del abismo. Un placer abrasador me invadía, como si lo único que tuviera sentido en el mundo
fuera el punto donde nuestros cuerpos se unían, el placer que él me ofrecía. Me sentía tan agradecida como desesperada por alcanzarlo. Una ardiente excitación me
atrapó. Empecé a temblar debido al esfuerzo de retrasar el clímax.
—Dios —gemí, perdiendo toda noción de la realidad, de cuanto me rodeaba—. Por favor, por favor, por favor.
—Córrete, Erica. Ahora —murmuró con voz ronca dentro de mi boca, redoblando sus caricias en mi sexo.
Me faltaba el aliento y arqueé la espalda, alzándome de la mesa. Ligada de pies y manos, no podía acelerar nada, no podía controlar nada. Las palabras, la orden que
me había dado, me habían despojado de toda capacidad para obrar. Yo le pertenecía. Era suya. A su merced y a sus órdenes, me despeñé por el abismo con un alarido.
Apreté los puños con fuerza y resistí como pude mientras el orgasmo sacudía mi cuerpo.
En ese instante perfecto el mundo se sumió en el silencio. Yo seguía temblando cuando él se apartó. Sus dedos comenzaron a soltar la cuerda alrededor de mis
tobillos. En alguna parte de mi mente durante los delirantes momentos que siguieron al orgasmo, experimenté una sensación de alivio al sentir esa nueva libertad.
Segundos más tarde él estaba desnudo, cubriendo mi cuerpo con el suyo. Me colocó las piernas alrededor de su cintura y, apoyando la gruesa punta de su pene en mi
entrada, me penetró apenas un par de centímetros.
—La tengo tan dura que me duele. Voy a follarte con tanta furia, hasta el fondo, que la próxima vez no olvidarás quién es tu dueño, cariño. Haré que te corras una y
otra vez, hasta que comprendas que soy más que capaz de procurarnos a ti y a mí lo que ambos deseamos.
Mi voz se perdió en mi delirio. Estaba mareada, apenas preparada para lo que iba a darme a continuación. Los músculos de su torso estaban tensos y duros cuando
me rodeó la cintura con un brazo. Sus verdes pupilas, oscuras y dilatadas, se clavaron en las mías. Entonces lo vi, al hombre, pero también al animal que habitaba bajo la
superficie.
Él necesitaba eso. Me necesitaba de esa forma.
—Blake. —Me pasé la lengua por los labios, resecos debido a mi trabajosa respiración—. Bésame… por favor.
La tensión en su mirada, la dominante determinación, dio paso a algo distinto.
Lo sentí cuando nuestros labios se unieron, con más ternura pero de manera no menos apasionada. El amor. Lo reconocí. Pese a sus extrañas aficiones sexuales y a su
maldito afán por dominarme, yo amaba a ese hombre. Necesitaba ser así para él en la misma medida en que él lo necesitaba.
—Te quiero. —Las palabras surgieron de mis labios cuando interrumpí nuestro beso.
Esos ojos intensos se clavaron de nuevo en los míos. La necesidad que vibraba a través de su cuerpo pareció calmarse durante un momento. Luego se inclinó de nuevo
sobre mí. Sus labios rozaron los míos suavemente.
—No puedo respirar sin ti, cielo. Me destrozas y luego vuelves a recomponerme. Aceptas todo lo que te hago, y sin embargo me amas.
La expresión inquisitiva en sus ojos y la duda que encerraban esas últimas palabras me partieron un poco el corazón.
—Blake… soy tuya. Deseo esto. Deseo todo tu ser. —Sentí un nudo en la garganta, por razones muy distintas que antes. El deseo y un amor desenfrenado me
invadían, irradiando entre nosotros.
Nuestros labios se unieron de nuevo y él volvió a penetrarme, introduciendo su lengua en mi boca mientras lo hacía. Mi sexo se tensó alrededor de su grueso
miembro. Me penetró hasta el fondo. Estábamos perfectamente acoplados, nuestras almas tan unidas como nuestros cuerpos. Él se apartó un poco y volvió a
embestirme con furia. Yo sofoqué una exclamación. Su cuerpo estaba duro sobre el mío, tenso debido al esfuerzo de contenerse. Yo sentí también esa necesidad de
estallar, de dejarme arrastrar por este deseo salvaje.
Sus ojos irradiaban un calor abrasador cuando me tomó por la nuca con una mano, apoyando su peso sobre el codo. Le rodeé la cintura con mis piernas, uniendo los
tobillos a su espalda, mientras sus poderosos bíceps se clavaban en la piel de mi cintura. Entonces me embistió con fuerza, tal como yo deseaba que hiciera. La fricción
de su miembro contra mi sexo me condujo rápidamente al borde del orgasmo. Abrí la boca con un grito silencioso que halló su voz mientras él seguía follándome.
Con furia. Rápidamente. Sin contemplaciones. Implacable. Una de las numerosas formas en que me encantaba que me hiciera el amor.
El ritmo incesante de sus movimientos hizo que me corriera de nuevo. Mi sexo se tensó alrededor de su pene mientras le sujetaba por las caderas con mis muslos. Un
violento clímax siguió a otro hasta que él empezó a correrse conmigo. Movía las caderas con furia, penetrándome hasta el fondo, inmovilizándonos sobre la mesa en una
desenfrenada carrera para desahogarse, para aliviar la tensión… al tiempo que sus labios pronunciaban mi nombre.
2
Estaba sentada a horcajadas sobre las caderas de Blake, masajeando con mis pulgares los abultados músculos de sus hombros. Estos apenas se movían, y me pregunté
si mis caricias le producían algún efecto. De pronto emitió un leve gemido. Sonreí y me incliné sobre él, apoyando mi pecho en su espalda. Besé su piel, aspirando el
perfume de la loción mezclado con su olor personal. Por una magia de la naturaleza, mis músculos también se relajaron. Su penetrante olor a almizcle, el sudor después
de habernos hecho el amor, casi me abrumó. Habría podido permanecer en esa posición todo el maldito día, deleitándome con su olor.
—Hueles de maravilla. —Oprimí los labios contra él, besándolo, aspirándolo.
Él soltó una breve carcajada.
Deslicé la lengua sobre su piel para sentir su sabor, como si su olor no bastara. Como si el hecho de que me hubiera follado hasta casi hacerme perder el conocimiento
sobre la mesa del comedor, atada de pies y manos como la rebelde sumisa que era, no bastara. Blake Landon era mi droga, mi obsesión, un hábito al que no estaba
dispuesta a renunciar jamás.
Le adoré con mis labios y mis dientes. Le masajeé con mis dedos, deslizándolos sobre él con la misma obsesión.
De pronto se volvió, obligándome a levantarme de encima de él. Me tumbé boca arriba, su espectacular cuerpo desnudo entre mis piernas.
—¿Tratas de que vuelva a follarte? Porque en tal caso, vas a conseguirlo.
Yo me reí. Él sonrió de oreja a oreja, sujetando mis muñecas a ambos lados de mi cabeza. Frotó suavemente los lugares donde la cuerda me había lastimado.
Al observar un leve pero familiar gesto de preocupación en su rostro, me solté. Le tomé las mejillas, obligándolo a mirarme a los ojos.
—Estoy bien. No empieces a sentirte culpable, ¿vale?
—No quería hacerte daño.
—Te aseguro que no he sentido nada. En el calor del momento, lo único que siento son tus manos sobre mí, tu polla dentro de mí. Me obnubila. Algo que en
circunstancias normales podría lastimarme no hace sino intensificar el placer que me das. Y sabes de sobra que me encanta, de modo que no te comportes como si yo
fuera una gatita herida.
—Pero ahora te duele. ¿Y si te salen unos moratones?
—¿Qué más da? La próxima vez no me resistiré tanto. Querías darme una lección, ¿no? —Moví las caderas debajo de él, tentándolo mientras su miembro caliente y
erecto pulsaba contra mi vientre. Esbocé una sonrisa burlona. Quería recuperar al Blake juguetón, y no estaba dispuesta a dejar que siguiera censurándose por sus
necesidades, unas necesidades que se habían convertido en las mías.
Después de lo que había pasado con el hombre que me había violado hacía cuatro años, pensé que jamás sería capaz de entregar a alguien el control que había
entregado a Blake. Pero él me había enseñado a gozar dejándome llevar. Me había abierto los ojos al deseo, a algo más profundo e infinitamente más intenso que todo
cuanto yo había experimentado.
Por más que yo había luchado por retener el control él me lo había arrebatado con esa prodigiosa habilidad que tenía. Me había obligado a someterme hasta hacerme
enloquecer de deseo, y ahora yo no quería que fuera de otro modo. No imaginaba que pudiera ser de otro modo.
Pasé dos dedos sobre su ceño fruncido.
—¿Qué te preocupa? Hace un rato parecías disgustado.
Él se levantó de encima de mí y se tumbó boca arriba, con la mirada fija en el techo. Antes de que yo pudiera insistir en mi pregunta, una puerta se cerró de golpe y oí
unas voces sofocadas. Me levanté rápidamente y cerré la puerta del dormitorio con llave. Luego volví a acostarme junto a Blake, acurrucándome en la curva de su brazo.
Apoyé una pierna perezosamente sobre su poderoso muslo.
En la habitación resonó un golpe sordo procedente del vestíbulo del apartamento. El sonido fue seguido por unas risas y luego un gemido de mujer. Sonreí. Alli y
Heath estaban otra vez dale que te dale, pero ¿quién era yo para criticarlos?
Menos mal que no habían entrado en el comedor cuando Blake me tenía atada de pies y manos sobre la mesa. No me imaginaba explicándoselo a Alli. Por suerte, ella
estaba en la inopia acerca de las extrañas manías y aficiones de Blake en la cama, y al menos de momento, yo prefería que siguiera así.
—Deberíamos irnos de viaje —soltó Blake de improviso.
Yo suspiré.
—Estoy segura de que se mudarán pronto a otro apartamento.
—Cuanto antes mejor. Además, no hemos hecho una escapada juntos desde… desde Las Vegas. Podríamos tomarnos un largo fin de semana. Quiero pasar un tiempo
a solas contigo. Nosotros solos. Sin distracciones.
Una inesperada serie de acontecimientos, muchos de ellos orquestados por Blake, nos habían llevado hasta allí. Las Vegas había sido un punto de inflexión entre ellos,
y el recuerdo de la primera vez que habíamos estado juntos seguía produciéndome una grata excitación que me recorría todo el cuerpo. En aquella época entre nosotros
solo había existido el deseo carnal, que había dado paso a una obsesión, y en algún momento de ese salvaje y difuso frenesí, yo me había enamorado de él.
—No creo que deba ausentarme del trabajo ahora. —Las últimas horas habían logrado apartar a Risa y a Max y sus mezquinas intrigas de mi mente, pero la realidad
empezaba a imponerse de nuevo lentamente.
—Creo que te has ganado un respiro. Quiero llevarte fuera de aquí unos días. Siempre habrá algo que tengamos que hacer y alguien que nos necesite. Pero no hay nada
que no pueda esperar un par de días.
Yo arqueé las cejas. La trabajadora compulsiva que anidaba en mí no estaba muy convencida.
—¿Estás seguro?
—Segurísimo. Es más, acabo de decidir que no dejaré que te niegues. Nos marcharemos mañana después del trabajo.
Yo sonreí. La idea empezaba a ilusionarme.
—¿Qué tipo de ropa debo llevarme?
—Yo te preparé la maleta.
—No es necesario que lo hagas.
—No creo que pases mucho tiempo vestida, de modo que da lo mismo lo que te lleves. Un bikini y unos tangas. Con eso tendrás suficiente.
Yo me reí y le di un afectuoso cachete. Él me sujetó la mano y gruñó, obligándome a montarme sobre él.
—Hasta entonces, creo que deberíamos hacer también un poco de ruido.
Me reí de nuevo y sacudí la cabeza.
—Eres capaz de cualquier cosa con tal de no quedarte atrás. Eres incorregible, Blake.
—Créeme, no tengo ningún interés en oír cómo folla mi hermanito. La única manera en que puedo transmitirle un mensaje es devolviéndole el favor. Solo tengo que
pensar en la forma de hacerte gritar de placer.
Mi sonrisa se borró un poco de mis labios. Él me abrazó, estrechándome con fuerza y atizando el fuego con cada suave caricia de sus dedos sobre mi piel.
—Tengo la sensación de que eres un experto en ello.
Una fuerte llamada a la puerta me alertó. Blake se movió a mi espalda, pero no se despertó.
—¿Estás levantada, Erica? —La voz tenue provenía del otro lado de la puerta.
Me puse la camiseta de Blake y lo miré para asegurarme de que estaba decorosamente cubierto con la sábana. Abrí la puerta unos centímetros. Alli estaba
completamente despabilada y vestida para irse a trabajar.
—¿Qué pasa? —pregunté, arrugando el ceño—. ¿Qué hora es?
—Las ocho. Vístete. Tengo que enseñarte algo.
La observé con ojos cansados; aún no estaba lo bastante despierta para comprender nada más allá de que quería volver a acurrucarme en la cama junto a Blake.
—¿De qué se trata?
—Ponte en marcha y nos reuniremos en la oficina.
—¿Por qué…?
Antes de que yo pudiera terminar la frase, Alli desapareció por el pasillo y al cabo de unos segundos la puerta se cerró. Entré de nuevo en el dormitorio y me dirigí al
baño. Blake seguía durmiendo cuando terminé de ducharme. Me vestí rápidamente y me detuve unos instantes junto a él, gozando al contemplar la rara placidez que
mostraba su rostro cuando dormía. De los dos, él era el más madrugador, pero la noche había sido muy larga. Algunas noches no nos cansábamos de hacer el amor, y
aquella noche había dado paso a la mañana antes de que el sueño nos venciera. Lo besé suavemente en la mejilla y me fui a trabajar.
Cuando entré en la oficina, todos los del equipo estaban apiñados alrededor de James, con los ojos clavados en la imagen que aparecía en el monitor. Me acerqué a
ellos, sin comprender al principio qué estaba mirando.
—¿Qué ocurre?
—Anoche fundaron esta nueva web, PinDeelz —me explicó Alli—. Todos nuestros usuarios de Clozpin recibieron unos mensajes de texto sobre el lanzamiento de
esta compañía, inclusive nosotros. Con gran discreción.
Me incliné sobre el hombro de James mientras él navegaba a través de las páginas de una web que, aunque la imagen de marca era distinta, se parecía mucho a la
nuestra. El alma se me cayó a los pies al comprobar que en cada página había un anuncio de Bryant’s, uno de nuestros principales anunciantes que aún no había
renovado el contrato con nosotros para el mes siguiente.
Hijo de puta.
Me enderecé y entré en mi despacho. Abrí rápidamente mi ordenador portátil y me puse a investigar más a fondo esa web. La página de inicio indicaba que Max era
su fundador y Risa la directora ejecutiva. Como es natural, el papel de Trevor no se mencionaba, pero yo sabía que el hacker que había pasado meses, quizás años,
tratando de arruinar las empresas de Blake había sido un elemento fundamental en la creación de esa web de la competencia. Aunque eso supusiera abstenerse durante
un tiempo de atacar incesantemente mi empresa y las de Blake.
Estaba furiosa. Apenas era capaz de asimilar lo que estaba ocurriendo. Sid y yo habíamos dedicado muchos meses a poner a punto Clozpin, convirtiéndola en la
compañía que era en esos momentos. Todo nuestro éxito, todos los errores y las lecciones habían sido rápidamente copiados, corregidos y mejorados.
Alli entró y se sentó en la silla frente a mi mesa; su rostro reflejaba la misma preocupación que el mío. Se mordió el labio pero no dijo nada. Una ira psicótica me
invadió. Quería darme el lujo de montar la mayor rabieta que jamás había presenciado

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