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Enséñame a amarte – Jana Westwood

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Enséñame a amarte – Jana Westwood

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Capítulo 1
Henrietta Tomlin se miraba en el
espejo con aquella expresión entre ácida
y deprimida con que se enfrentaba
siempre a ese momento tan dramático: el
visto bueno de su madre.
—Henrietta ya te dije que el color
verde no te favorece nada —dijo
ladylady Margaret mirando a su hija con
reprobadora expresión—. El de encaje
blanco hubiese sido mucho más
adecuado para… tu físico.
Henrietta sabía perfectamente lo
que su madre estaba diciendo, en su
cabeza había escuchado, una a una,
todas las palabras que lady Margaret no
se había atrevido a pronunciar.
«—Henrietta ese vestido fue hecho
para una joven hermosa y no para
alguien con un físico tan vulgar y
corriente como el tuyo.»
—Querida mía —dijo su madre
acercándose a ella y haciéndole un
gesto, que quería ser una caricia, en una
de sus pálidas mejillas—. No debes
angustiarte, ya sabes lo que siempre
digo, lo más importante es reconocer
nuestros defectos y carencias. No es
aconsejable esperar a que sean los
demás los que los descubran por
nosotros
—Sí, mamá. Me lo has dicho
muchas veces y gracias a ti tengo todas
mis carencias muy asumidas. Mi nariz es
demasiado pequeña, mis ojos demasiado
grandes, mi boca excesiva… —recitó
la joven.
—¡Eso es! Eres igualita que tu
padre —sonrió lady Margaret
caminando hacia la puerta—. Tienes
tiempo de cambiarte, pero apúrate,
salimos en cuanto tu hermana esté lista.
¡Lidia! ¿A dónde vas?
—A ver a mi hermanita. ¡Oh,

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Henrietta, estás preciosa! El color verde
hace juego con tus ojos.
Lidia era la hija menor de los
Tomlin. Era una joven elegante y muy
hermosa que en nada se parecía a su
hermana mayor. Lady Margaret siempre
decía que era como ella cuando era
joven.—
Estaba a punto de quitármelo —
dijo la primogénita de la familia—.
Mamá piensa que no me favorece nada.
—¿Por qué dices eso, mamá? —
dijo Lidia mirando a su madre—. Está
guapísima.
—Para eso tendría que serlo —
murmuró lady Margaret.
—¿Qué has dicho mamá? —
preguntó Lidia ahuecando la falda del
vestido de su hermana—. No hables tan
flojito que no se te entiende.
—Debes terminar de arreglarte,
Lidia, la fiesta es en tu honor y no
puedes descuidar ningún detalle.
Lidia miró a su hermana con cara
de fastidio aprovechando que su madre
estaba a su espaldas y no podía verla.
—Ya estoy casi lista, mamá, solo
tengo que ponerme las joyas y bajaré.
Por cierto, papá te estaba buscando —
mintió.—
¡Este hombre no sabe hacer nada
sin mí! ¡No sé qué va a ser de él el día
que yo no esté!
Lady Margaret salió de la
habitación y las dos hermanas se
quedaron solas. Lidia puso a Henrietta
frente al espejo y asomó la cabeza por
encima de su hombro.
—Estás guapísima, no hagas caso
de lo que diga mamá, nunca quiso a la
abuela Nancy y tú le recuerdas a ella.
—Querida Lidia, sabes que nunca
me importó no ser guapa. —La joven se
encogió de hombros—. Lo prefiero, me
resultaría agotador ser como tú y tener
que bailar con todos los jóvenes que
asistan a la fiesta, y ser agradable y
tener que sonreír todo el tiempo.
Lidia se echó a reír.
—Aún recuerdo lo que le hiciste al
pobre señor Bradley en el último baile
del año pasado. ¡Jajajajaja! —Lidia no
podía parar de reír al recordar.
—Estoy segura de que escuché a
lady Natalie decir que le había
reservado un baile —dijo Henrietta
poniendo cara de inocente.
—¡Eres mala! ¡Jajajajajaja! —
Lidia abrazó a su hermana y la besó en
la mejilla—. Te adoro, ¿lo sabes
verdad?
—No más que yo a ti —dijo
Henrietta devolviéndole los cariños.
—Hoy va a ser un baile
maravilloso —dijo Lidia apartándose y
dando vueltas para lucir su precioso
vestido azul turquesa—. No quiero que
olvides nunca lo feliz que me siento,
Henrietta.
—No lo olvidaré —dijo la joven
sonriendo—, pero tú siempre te sientes
feliz, Lidia.
—No es cierto —dijo acercándose
y cogiendo las manos de su hermana—.
Recuerda que hace un tiempo estuve muy
triste, casi desesperada.
Henrietta frunció el ceño.
—Fue cuando Robert estuvo fuera
tanto tiempo. Es normal, es tu prometido
y le echabas de menos.
Lidia miró hacia la puerta y luego
sonrió. —Sí, sí, fue entonces.
Henrietta percibió algo extraño en
su hermana.
—Lidia, ¿tú quieres a lord
Worthington, verdad?
Lidia estaba dando vueltas y se
detuvo dándole la espalda.
—Claro, hermanita.
Henrietta seguía con el ceño
fruncido cuando se acercó a su hermana
y se puso delante de ella obligándole a
mirarla.
—Lidia, dime la verdad. Hoy es
vuestra fiesta de compromiso, papá
necesita el dinero que le ha prometido
lord Worthington, pero lo importante es
que tú seas feliz. No debes sentirte
obligada a sacrificarte, si no amas a…
—Tranquila, Henrietta, te doy mi
palabra de que solo me casaré por amor
—dijo con intensidad.
Lidia respiró hondo y luego le
brindó la sonrisa más dulce a su
hermana pequeña.
—Tú no deberías preocuparte de
esas cosas de hombres —dijo—. Lord
Worthington es inmensamente rico y que
procede de una de las familias con
mayor abolengo de toda Inglaterra.
Además es muy atractivo y culto. Es
solo que preferiría que fuese un poco
más divertido, menos serio.
—Todavía recuerdo las cosas que
decías de él cuando le conociste en casa
de los Harrington. Estabas convencida
de que iba tras Terese y decías que era
demasiado buen partido para ella.
Siempre estabas hablando de él, que si
era muy distinguido, que si era muy
guapo…
Lidia se apartó de su hermana,
molesta porque le recordase aquellos
tiempos.
—Yo era joven e inexperta —dijo.
—¿Joven e inexperta? ¡Lidia! No
deberías hablar de ese modo, cualquiera
que te oyese pensaría que te has
vuelto… superficial.
—Henrietta, Henrietta no quiero
que te enfades conmigo —dijo Lidia
abrazando a su hermana—. No podría
soportarlo.
Henrietta abrazó a su hermana
pequeña dándole golpecitos en la
espalda.
—Claro que no, Lidia, no podría
enfadarme contigo jamás. Pero no quiero
que hagas algo que no quieras hacer solo
porque la familia cuente con ello. Si no
quieres a Robert debes hablar con papá
y explicárselo. Encontrará otro modo de
sanear nuestras cuentas.
Lidia se apartó para mirar a su
hermana y sus enormes ojos ámbar, los
ojos más bellos que Henrietta hubiese
visto jamás, la miraron con tal dulzura
que la joven se estremeció.
—No me extraña que todos te
adoren —dijo.
Lidia sonrió.
—A ti no te gusta nada Robert —
dijo.
—Mi opinión no importa —
respondió la hermana mayor acariciando
los rizos de la pequeña.
—A mí sí me importa. Dime qué
piensas de él.
Henrietta meditó unos segundos
antes de hablar.
—Pues creo que es un presuntuoso
—dijo al fin—, y he visto en su mirada
algo oscuro…
—¡Jajajajaja! —rió Lidia—.
Tienes que dejar de leer esos libros que
lees, hermanita, te están anegando el
entendimiento. No todos los hombres
pueden ser Darcy.
Henrietta sonrió.
—En eso tienes razón.
Lidia se acercó al tocador y cogió
algo de debajo de los guantes de su
hermana.
—¿Otra vez leyendo estas cosas?
—dijo aireando la publicación feminista
—. Henrietta, te vas a meter en
problemas. Si nuestros vecinos
descubren que eres una mujer con ideas,
los jóvenes se asustarán de ti, no se
atreverán a cortejarte.
Henrietta sonrió a su hermana con
dulzura.
—No debes preocuparte por mi,
Lidia, no podría dejar de pensar aunque
lo intentase. No sería bueno que mi
posible esposo creyera que se casa con
una mujer fea y descubriese más tarde
que, además, piensa. Eso podría ser muy
traumático para él y no sería justo.
—¿No te da miedo quedarte
soltera? —preguntó su hermana con cara
de susto.
Henrietta pensó antes de responder.
—Sé que la vida de una mujer es
mucho más dura sin la protección de un
hombre, pero papá siempre me dice que
mientras él esté en este mundo no me
faltará de nada. Y yo espero que tenga
una larga vida —sonrió—. Cuando
llegue el momento actuaré según las
circunstancias. De nada sirve que me
preocupe por algo sobre lo que no tengo
ningún control.
Cogió la revista de manos de su
hermana y la escondió en un cajón, no le
importaba que Lidia conociese sus
secretos, pero no deseaba que su madre
se enterase de nada.
—Si las mujeres pudiesen decidir
sobre sus vidas… —miró a Lidia y los
ojos le brillaban al imaginar un mundo
distinto en el que una mujer no estuviese
obligada a casarse para poder subsistir
—. Algún día las cosas cambiarán, estoy
segura.
Lidia negó con la cabeza, pero sin
dejar de sonreír.
—Estás loca si piensas eso,
Henrietta. Pero dejemos la cháchara y
terminemos de arreglarnos. Estoy
convencida de que esta será una noche
maravillosa, va a estar todo el mundo,
incluso los Roswell —dijo Lidia
caminando hacia la puerta—. ¿Te
acuerdas de Lawrence Roswell,
verdad?
Henrietta se quedó mirando la
puerta cuando Lidia salió. Sí, se
acordaba de lady Roswell y su hijo
Lawrence. Conocía demasiado bien a su
hermana como para no darse cuenta de
que había un mensaje oculto en aquella
pregunta. La joven se volvió a mirar al
espejo. ¿Estaría Lawrence interesado en
ella? Era un joven guapísimo, con una
mirada estremecedora.
Henrietta sonrió al espejo. Quizá el
baile no fuese tan aburrido para ella esta
vez.
Capítulo 2
Lord Tomlin tintineó en su copa
con el tenedor para llamar la atención de
sus invitados.
—Queridos amigos, como todos
sabéis hoy es un día muy especial para
mí. Robert Worthington no es solo el
hijo de un gran amigo, también es uno de
los hombres más respetados de nuestra
sociedad. Que este joven haya elegido a
mi preciosa y adorada hija para
convertirla en su esposa me llena de
orgullo y satisfacción. No quiero
aburriros con mis requiebros, pero todos
sabéis de mi devoción por Lidia. No
solo es hermosa por fuera, también su
corazón es un regalo del cielo. Estoy
seguro de que esta matrimonio será
recordado por las generaciones futuras
como uno de las más felices y
enamorados. —Levantó la copa mirando
a la pareja—. ¡Por vosotros!
—¡Por vosotros! —todos los
invitados corearon el brindis levantando
también sus copas.
—Querida Henrietta, no te
preocupes —dijo la tía Julie, que se
había acercado sin que ella se percatase
—, el que tu hermana pequeña haya
encontrado marido estando tú aún
soltera no debe hacerte sufrir. Seguro
que llegará tu momento algún día.
La tía Julie se parecía demasiado a
su hermana Margaret, ambas tenían la
misma característica sinceridad, y eran
capaces de hundir en la miseria al más
seguro de los humanos con su
conmiseración.
—Estoy muy feliz por Lidia, tía
Julie, no me preocupa ser una solterona
—dijo Henrietta.
—¡No digas esa palabra en
público! —exclamó la tía Julie—. No
querrás que la escuche algún joven
casadero y salga corriendo de esta
fiesta. Henrietta se disculpó con su tía y
fue en busca de su hermana y su futuro
marido, pero la tía Julie la siguió de
cerca y no la dejó decir una palabra.
—Lidia, sois una pareja
maravillosa —dijo apartando a
Henrietta, sin mucho miramiento—.
Cuando vengáis a hacerme una visita te
regalaré aquella sopera

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