---------------

Libro PDF Esclava de un vikingo – Harper St. George

Esclava de un vikingo - Harper St. George

Descargar Libro PDF Esclava de un vikingo – Harper St. George


Eirik nunca había tomado una
cautiva, pero la idea de que pudiera ser
suya era casi irresistible. Cerró los ojos
para intentar rechazar esa idea tan
sombría, pero cuando volvió a abrirlos
ella no había visto todavía sus
embarcaciones y el corazón se le
aceleró, la sangre le bulló por el anhelo
y no sintió casi nada más.
Había liderado esa flota durante dos
años. Antes, ya había viajado bajo el
mando de su padre a lejanos confines
del mundo. Se había acostumbrado a
interpretar indicios, a ver señales que
pasaban desapercibidas a casi todo el
mundo y a confiar en su instinto. Por eso
confiaban sus hombres en él. En ese
momento, su instinto le decía que la
apresara.
Ya debería haberlos visto, al fin y al
cabo, él sí podía verla a pesar de la
niebla. Sin embargo, daba vueltas entre
la bruma como si no tuviera ninguna
preocupación en la vida. Quizá los
dioses la hubiesen dejado allí para él…
Parpadeó y descartó la idea, su instinto
de guerrero se impuso. No había fogatas
a lo largo de la playa. O los centinelas
estaba dormidos o no había centinelas.
Debería haber alguien con la muchacha,
pero ella bailaba sola, era como un
regalo que podía tomar de esas costas
desoladas y llevárselo a casa.
Escudriñó la costa para buscar algún
indicio de una emboscada, algo que
surgiera de entre las sombras y que le
indicara que había un ejército de
sajones. Quizá hubiesen dejado a la
chica como una especie de señuelo, o
quizá hubiese algo más siniestro en
juego. Había oído contar historias de
sirenas que seducían a los hombres para
matarlos. Normalmente, habitaban en
islas míticas que el mar volvía a
tragarse, pero era posible que las costas
de Northumbria tuviesen sus propias
sirenas. Sin embargo, la playa estaba
vacía y, después de echar una ojeada a
los remeros, comprobó que nadie estaba
tan absorto por ella como él. Quizá
fuese su sirena personal.
Su cuerpo flexible y elegante giraba
con despreocupación. Su hechizo le
auguraba liberarlo de las ataduras del
deber y de las sombras del pasado que
siempre lo habían dominado con su
rigidez. Quería unirse con ella y esa
idea tan absurda lo abrumó. Solo era una
muchacha, como otras que había visto en
sus viajes, pero podía decir el momento
exacto en el que vio su figura entre la
densa niebla. Su mirada encendía
pequeñas llamas de lucidez y cuando se
encontró con la de él, se quedó aturdido.
No la había visto jamás, nunca había
estado tan al norte, pero, aun así, tuvo la
sensación de que era suya.
El desembarco se había planeado
para que coincidiera con la neblina del
amanecer y sus hombres estaban bien
adiestrados en el arte del sigilo. Sería
fácil capturarla. La tentadora idea le
atenazó las entrañas, pero la descartó y
se recordó que esa expedición era de
reconocimiento, que no habría cautivos.
Ella, por fin, se dio cuenta del
peligro que se acercaba, se dio media
vuelta y empezó a correr. La sangre le
bulló con más intensidad y le despertó la
necesidad de detenerla antes de que
avisara a todo el mundo. Metió las botas
en el agua y sus hombres dejaron los
remos y lo siguieron para varar la
embarcación en la arena.
La noche anterior había caído una
tormenta, pero eso no había impedido
que Merewyn paseara por la playa como
todas las mañanas. Si no se lo habían
impedido las insistentes amenazas de su
hermano, un poco de lluvia no iba a
interponerse en su camino. Vivía para
pasar las mañanas lejos de la casa
fortificada, para estar sola cuando
despuntaba el día. Seguramente, era una
necedad, pero le parecía que todo era
posible en esos momentos tan breves,
que su vida fatigosa podía dejar de
limitarse a cuidar a los hijos de su
hermano y a llevar a cabo las tareas
domésticas de una sirvienta. Adoraba a
los hijos de su hermano, pero no eran
suyos. Blythe se ocupaba de recordarle
quién los había dado a luz y quién estaba
al mando de la casa. Además, tenía
razón. Era su esposa y tenía que estar al
mando, pero ella no podía evitar
sentirse relegada. En la playa, en
cambio, todo eso quedaba al margen, era
libre y feliz. Su vida era solo suya.
Sonrió y giró entre la niebla, dejó
que la humedad formara diamantes
diminutos en los mechones oscuros del
pelo. A pesar del frío, levantó los
brazos con el manto de piel para recibir
la brisa salada que hacía que pensara en
la libertad. Le encantaba.
Sin embargo, acto seguido, vio la
embarcación que surcaba el mar, vio la
cabeza de dragón en la proa y supo que
nunca volvería a ser libre. Estaba tan
cerca que podría haber contado los
dientes de sus fauces, que esbozaban una
sonrisa grotesca y que anunciaban
muerte y sufrimiento. Podría haberlo
hecho si no hubiese visto las otras
embarcaciones que iban surgiendo de
entre la niebla. Los barcos se extendían
delante de ella como si fueran unas alas
oscuras, como si fuese una bestia gigante
que remontaba el vuelo para buscar a su
presa.
La playa era una franja larga de arena
que daba paso a una pradera ligeramente
ondulada. Su figura en la orilla del mar
tenía que ser tan visible como la del
vikingo que viajaba en el primer barco.
Los demás se confundían en una masa de
músculos humanos que se inclinaban y
remaban, pero él estaba de pie, con un
pie apoyado en la borda, y la miraba
fijamente. La había visto e iba a por
ella. Alfred había tenido razón. La había
avisado de que se quedara cerca de la
casa mientras él estaba fuera, que los
vikingos eran cada vez más audaces.
Ella, sin embargo, lo había considerado
un hermano mayor demasiado protector
y no le había hecho caso. Sin embargo,
había tenido razón y ya nada podía
salvarla de ellos. Recordó en un instante
todas las cosas atroces que había oído
contar que les hacían a sus cautivos. El
pavor la paralizó. Sin embargo, hizo un
esfuerzo para dejarlo a un lado y
consiguió moverse. Al principio,
retrocedió tambaleándose, pero luego,
después de dar media vuelta, avanzó con
zancadas más rápidas hacia la hierba.
Él, con los brazos cruzados, se movió y
se preparó para saltar del barco. La
certeza espantosa de que la atraparía
hizo que corriera más deprisa hacia la
casa, que estaba en una pequeña a colina
a ochocientos metros tierra adentro.
Estaba demasiado lejos para llegar antes
de que los barcos tocaran tierra, pero
quizá pudiera avisar a todo el mundo. Si
no los avisaba, nadie vería a los
monstruos que se acercaban. Aunque
sabía dónde estaba la fortaleza, no podía
ver ni una luz entre la densa niebla.
Las piernas le palpitaban, los dedos
de los pies se le clavaban en el suelo
arenoso y ya sentía un pinchazo en el
costado, pero hizo un esfuerzo para
seguir corriendo. Creyó oír que el viento
agitaba la capa de cuero de un vikingo.
Eso la espoleó y, antes de lo que se
había imaginado, se encontró corriendo
a través de las puertas abiertas de su
casa.—
¡Cerrad las puertas! ¡Han llegado
los vikingos!
Consiguió decirlo antes de caer al
suelo mientras intentaba recuperar la
respiración y los pulmones le oprimían
dolorosamente el pecho. Alguien la
agarró de un brazo y la levantó mientras
cerraban las puertas.
—¿Cuántos? —le preguntó una voz
que ella no reconoció en medio del
caos.—
Cinco barcos, quizá más.
Ella sacudió la cabeza con
impotencia. Había estado tan asustada
que no los había contado ni los había
visto claramente.
—¡Dios, nos arrasarán!
Oyó un clamor sordo y se dio cuenta
de que era el sonido de las bestias que
estaban al otro lado de las puertas. Sus
gritos de guerra eran bárbaros y casi
inhumanos. Le temblaron las piernas y
se le heló la sangre. Había tenido a esa
horda tan cerca que era un milagro que
hubiese podido entrar antes de que la
capturaran. Elevó una plegaria de
agradecimiento e intentó acordarse de lo
que les había dicho Alfred que tenían
que hacer si los atacaban cuando él
estaba fuera.
—¡Merewyn!, por Dios, ¿puede
saberse qué has hecho?
Ella se dio la vuelta y vio que Blythe,
la esposa de Alfred, estaba acercándose.
La censura de su mirada era más que
evidente.
—Los vikingos están aquí…
—¡Los has atraído hasta aquí! Esto
es lo que pasa por dar esos paseos. ¿No
te los prohibió Alfred?
—Estaban llegando directamente a la
playa, ya sabían dónde estaba la casa.
La bofetada fue tan inesperada que se
desequilibró. La marca de la mano de
Blythe le quemó en la mejilla y los ojos
le escocieron por las lágrimas.
—Vete abajo. Tendré que ocuparme
de esto —le ordenó Blythe mirando
hacia las puertas.
—¿Qué… qué pasa con los niños?
—Todos están con Alythe, excepto
Annis y Geoff, que acaban de ir
corriendo a tu alcoba. Llévatelos
contigo.
Fue corriendo para reunirse con los
hijos menores de su hermano. Se alegró
de que nunca les hubiese dejado
acompañarla a la playa. Ya podía oír
los golpes en las puertas y el crujido de
la madera que intentaba contener al
asalto. El eco del primer hachazo que
astilló la puerta le retumbó por dentro y
le atenazó las entrañas porque supo que
la madera cedería antes o después.
Eirik empleó la empuñadura de su
espada para forzar otra puerta, pero se
encontró con otra estancia vacía. Se
tragó la decepción y fue hasta el salón.
Los sajones también lo habían
abandonado y estaba lleno con sus
hombres. La señora de la fortaleza de
Wexbrough lo miraba con el ceño
fruncido desde un rincón. Habían
desarmado y atado a su guardia en el
extremo opuesto de la habitación. Los
sirvientes y trabajadores estaban juntos
en el patio. Solo eran chicos, mujeres y
ancianos que no podían oponer mucha
resistencia. Solo quedaban los
integrantes de la familia, que destacaban
por su ausencia. Él sabía que estaban
escondidos. No debería importarle, no
estaban allí para hacer prisioneros, solo
era una expedición de reconocimiento.
Ese lugar era perfecto para un puesto de
mando durante la invasión de primavera
y todavía no lo habían evaluado
minuciosamente. Mandaría a algunos
hombres para que informaran a su tío,
que estaba pasando el invierno en el sur,
y se marcharía para pasar él el invierno
en su tierra, que no había pisado desde
hacía casi dos años. Llevarse a la
muchacha no era parte del plan e intentó
convencerse de que no esperaba
encontrarla por eso. Quería verla de
cerca para entender lo que le atraía de
ella, para aplacar la curiosidad.
Su penetrante mirada se fijó en cada
sombra del salón y buscó un retazo del
vestido azul que llevaba o de

Web del Autor

Clic Aqui Pagina Oficial

Si no sabes descargar mira este video tutorial

[sociallocker]
[popfly]

Descargar 

Leer en online
[/popfly] [/sociallocker]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!
---------