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Libro Expediente Nautilus – Antonio Camacho PDF

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—No creo que tenga climatizador, yo cuando estuve en la consulta no vi ninguno —supuso Robert.
Los chicos llegaron a la casa de la adivina. Cuando la puerta se abrió los chavales notaron el frío que puede haber en una cámara
congeladora de unos grandes almacenes. Delante de ellos se encontraron a una mujer de unos setenta años, estaba muy bien conservada para
su edad. Su mirada era oscura además de penetrante y si se le miraba fijamente a los ojos una sensación de intenso frío con miedo te
bloqueaba emocionalmente obligándote a apartar la vista.
—¿Qué queréis niños?
—Señora Lucía teníamos una visita concertada —se expresó Robert.
—Sí, sí… Pasad por aquí.
Los dos amigos se adentraron en la casa siguiendo a la anciana. El pasillo estaba oscuro, pero al final se podía percibir una suave luz
dentro de una habitación. En el ambiente se respiraba un fuerte olor a incienso. La casa era vieja y tenebrosa, fue construida hacia la mitad del
siglo XIX, sus paredes tenían más de cien años de historia que podían sospechar los más escalofriantes secretos.
—Poneros cómodos chicos.
La sala estaba alumbrada con una vela, en medio de ella había una mesa redonda con una butaca y en frente dos sillas. Los chavales se
sentaron en los asientos y Lucía se colocó delante de ellos en la poltrona.
—¿Qué quieres saber Ulises?
—¿Cómo sabe mi nombre?
—Me lo han dicho.
—¿Quién?
—Si entro en trance oigo voces que no son de este mundo, personas que en otro tiempo estuvieron con nosotros y ahora son almas
errantes. Yo me comunico con ellos.
Ulises no creía lo que oía, pero por respeto a su amigo Robert que le había recomendado asistir allí, esperó tranquilamente a realizar la
sesión con la septuagenaria.
—Yo vengo a la consulta porque quiero saber que me depara el futuro. No tengo trabajo, mi madre pasa de mí, tengo un abuelo en casa
que está como un cencerro…
—Respira, muchacho… inspira el aire por la nariz y expulsa el aire por la boca. Deja en blanco tu mente, tranquilízate y mira dentro de tu
corazón, ahora responde: ¿qué motivos realmente te han traído por aquí a mi casa, llena de historia y de huéspedes?
Ulises empezó a llorar de forma desconsolada.
—¿Dónde está mi padre?
—¿Tú qué sabes de él?
—Mi madre siempre me ha contado que él está muerto. Yo noto algo que se me oculta, pero no sé qué es.
—Tranquilo… respira profundamente…
Lucía en un instante se quedó con los ojos en blanco, la cabeza se le movió repentinamente hacia delante como si estuviera desmayada.
—Tranquilo Ulises, se pone así muchas veces, la vieja no se ha muerto —le indicó Robert a su amigo con un tono suave y confiado.
La anciana empezó a gesticular palabras, inicialmente no se le entendía, luego el habla ronca cambió hacia un registro de voz afinada: era la
abuela de Ulises.
—Confía en el destino, tranquilo, pronto tu situación va a cambiar y vas a descubrir en poco tiempo muchas cosas que ahora no están a tu
alcance, porque en el presente que vives no estás preparado para afrontarlas. Alguien nuevo te va a acompañar para que puedas encarar esta
nueva realidad que está en tu camino. Es una persona que ha paseado cerca de la muerte, que tiene maestría en el arte de vivir y que tú
todavía no conoces. Todo tiene un porque, vive el día a día, confía en ti y fluye, la oscuridad se iluminará y esas sombras que te nublan ahora
se disiparán para siempre.
El chico no daba crédito a lo que oía. La abuela de Ulises quería mucho a su nieto y él la echaba mucho de menos desde que había muerto
hace un año. Él valoraba mucho a este familiar y escucharla había sido una experiencia muy esperanzadora.
Robert le puso la mano en el hombro a su amigo. Ulises estaba impactado por lo que había experimentado, se sentía quebrado. Pronto la
anciana empezó a cambiar su corporalidad y vino en sí.
—¿Qué tal te encuentras Lucía? —dijo Robert.
—Bien, yo no siento nada durante el trance, es después cuando me noto algo cansada.
—¿Cómo estás Ulises? —se interesó la médium.
—No tengo palabras para expresar las emociones que he sentido.
—Este es el mensaje que necesitabas oír, no profundices más en las circunstancias, todo se clarificará, confía en ello. Puede que el
consejo que has escuchado tengas que digerirlo y tal vez en tu reflexión vayas hallando señales en tu vida. Si dentro de una temporada tienes
nuevas inquietudes: ven aquí. Ahora tienes que irte, no debes saber más. Este desconocimiento te ayudará a crecer como persona. Busca en
tu interior, lo que hay dentro de cualquier persona es más grande que lo que puede encontrar en el exterior.
—Muchas gracias por todo. ¿Le debo algo Lucía?
—No, este es el don que tengo y es para servir a los demás. El poder que utilizo me lo dio Dios y fluye a través de mí. Si tu voluntad se va
a quedar mejor con una contribución, puedes dejar lo que tú elijas en la caja que hay en la entrada. No aportar nada es una opción muy
respetable.
—Le estoy muy agradecido, he podido escuchar a mi abuela y para mí ha sido un regalo muy especial. Me voy con mucha confianza y
ganas de enfrentarme a lo que la vida me pueda poner en mi camino.
Los chavales se levantaron y abrazaron a Lucía. La anciana los acompañó hacia la puerta por el tenebroso pasillo. Ulises se adelantó y
puso en la caja de voluntades una gratificación económica para la adivina. Una vez en el umbral de la puerta se despidieron.
—A partir de ahora confío en que tu vida cambiará. Por otra parte, os voy a sugerir que tener unos buenos hábitos de limpieza es
saludable. Diría que una ducha está muy bien para empezar. Sois muy jóvenes, no dais una imagen de pulcritud precisamente —les indicó la
vidente.

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—Adiós —se despidieron los muchachos avergonzados.
—Adiós, esta es vuestra casa.

Capítulo II
El teléfono sonó, Ulises todavía estaba dormido. El móvil volvió a hacer ruido, ahora el chico empezó a incorporarse y se cayó de la cama,
despertándose súbitamente. Después de volver en sí con la caída, comenzó a buscar enloquecidamente entre una montaña de ropa, toallas,
libros, libretas, mochilas… hasta que encontró el celular.
—Hola.
—Parece increíble que todavía estés dormido. El entrenamiento es a las ocho de la tarde.
—Perdona Robert, leyendo un libro me he quedado grogui.
—Eres un dormilón.
—Vale, perdona… Por favor, puedes pasarte dentro de diez minutos a buscarme con el coche.
—¡Bah! ¡Date prisa! ¡Sobre todo, vístete bien!
Al cabo del tiempo acordado Robert recogió a Ulises en su casa, ambos se dirigieron al campo de fútbol. Hoy era un día especial: era la
primera sesión del entrenador nuevo. Los chicos ya habían oído hablar de él, venía recomendado por la junta directiva con el objetivo de
cambiar la mentalidad de los jugadores. Gary era un hombre octogenario, pero parecía tener menos edad, muchas personas no se creían los
años que tenía; se había dado la circunstancia de que el nuevo preparador había tenido que enseñar el carnet de identidad a algún incrédulo.
Era un hombre alto y delgado, su pelo era moreno y lo llevaba repeinado hacia atrás. Tenía unos ojos grandes color miel con una mirada muy
expresiva que hablaba por si sola. Siempre había hecho deporte y su alimentación era muy saludable. Además de estos hábitos, la genética
estaba de su parte ya que en su familia había personas que habían superado los cien años.
—Hola me llamo Gary y no he venido aquí para ganar partidos con vosotros, estoy para formar a personas que en el futuro se alegren de
haber jugado al fútbol, porque un viejo les acompañó para aprender algunas cosas valiosas en sus vidas. El Club nunca ha ganado ningún
título en esta categoría. Parece que desde la directiva el mensaje es de conseguir todos los trofeos. Como personas que sois y en una liga en la
que también juegan futbolistas como vosotros: ¿qué motivos me llevan a pensar que no vais a conseguir los mejores resultados?, ¿los que
ganaron los títulos anteriores también eran deportistas de vuestra modalidad? Y, digo yo: ¿cuál es la diferencia entre ellos y vosotros?
Los chicos no daban crédito a lo que el nuevo entrenador les estaba diciendo.
Claudio era un chico de estatura media, piel morena con ojos grandes oscuros y pelo negro largo hasta los hombros. El mediocentro
organizador del equipo provocó al anciano.
—Yo no sé quién es usted, veo a una persona que me quiere vender una historia y no sé dónde quiere llegar. ¿Usted ha visto a los
jugadores de los otros equipos?: ellos no son cojos. ¿Quién es usted para venir aquí cuestionando nuestra deportividad?
—Soy el entrenador nuevo y tú eres un futbolista capaz de conseguir cualquier triunfo.
Todos empezaron a reír.
—No soy un humorista, soy vuestro guía para obtener los mejores resultados en vuestras vidas a través del fútbol, un deporte como otro,
con unos valores y principios —afirmó el instructor.
—Usted es un viejo que no sabe lo que habla. Todo su discurso queda muy bien, y puede que a alguno de nosotros le impresione, pero yo
no estoy aquí para perder el tiempo.
—Eres libre de hacer lo que quieras, vivir es decidir, además he podido ver que no eres un aprendiz, y eso es lo que yo valoro de las
personas.
—¿Qué es eso de ser aprendiz? —inquirió Claudio.
—Cuando digo esa palabra, me refiero a una persona que está dispuesta a aprender, afrontar desafíos e intuye que puede mejorar en su
vida.
—Yo me bajo del tren, esto es una basura.
—El poder lo tienes tú.
—Adiós viejo loco, esto es una milonga.
—¿Alguien más se quiere ir?
Al lado de Gary, había un chico alto y corpulento, con la piel morena y el pelo castaño al igual que sus ojos. Era una persona comedida,
pero extrovertida, y no tenía reserva de conversar delante de sus compañeros. El chaval, al ver la situación que se estaba presentando, intentó
dar su opinión para calmar los ánimos que había provocado la llegada del nuevo míster.
—Nosotros pensamos… —dijo Román.
—¿Eres futbolista y clarividente? Habla sólo de ti, no puedes saber qué es lo que piensa el resto.
—Yo creo que a usted hay que darle una oportunidad. Por algo será que la junta directiva ha pensado que es la persona más indicada para
llevar a cabo la empresa.
—¡Sí! —expresaron la mayoría.
—¡Muy bien! ¡Vamos a centrarnos en el entrenamiento! Hoy vamos a aprender a respirar. —Los chicos comenzaron a burlarse de Gary.
—Simpáticos probad a no respirar: ¿qué os pasa?
Ben era un hombre espigado y ancho de hombros. Su piel era albina, sus ojos claros y azules. Llevaba toda la vida jugando en el club al
igual que Robert y Ulises.
—Me llamo Ben y soy portero del equipo. Si una persona no respira pasa a ser un fiambre al cabo de unos veinte minutos
aproximadamente. Existen estudios donde una persona comienza a tener secuelas graves en su organismo sin aporte de oxígeno después de
este tiempo.

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—Muy bien chaval, ¿a qué te dedicas?
—A parte de jugar al fútbol estudio medicina.
—Nos vale la explicación de Ben para tener claro que respirar es muy importante y si no lo hacemos… pobre de nosotros. Yo quería ir
más allá. Este mecanismo de oxigenar nuestro organismo es importante para fluir como seres totales.
—Ahora me estoy perdiendo entrenador —se expresó Ben.
—Para ser una persona completa, es necesario respirar bien. Es la base fundamental para que nuestra energía fluya por nuestro cuerpo y
para que la mente se apacigüe. De esta forma no actuamos impulsados por nuestra mente en la que habitan toda clase de cuestionamientos
internos, sino por nuestro corazón.
—Usted nos está diciendo que si yo tengo que hacer algo, mejor que respire para no pensármelo dos veces.
—Esa es la idea Ben.
El entrenamiento acabó y todos los jugadores se fueron al vestuario. Después de un rato algunos se dirigieron fuera del estadio, a la zona
del aparcamiento. Allí estaba Rupert que era el presidente del club de fútbol. El dirigente de la sociedad era un tipo muy extravagante y altivo
que presumía del puesto que ocupaba en la entidad. Era un hombre alto y destartalado, con la piel blanca y el pelo corto por los lados con una
cresta que le caía hacia las cejas casi cubriendo sus ojos verdes. Su expresión de cara denotaba una actitud presuntuosa y grotesca.
—¿Qué tal ha ido el entrenamiento Ulises?, ¿has aprendido a atarte los zapatos? o ¿ha venido tu mami a ayudarte y darte un poco de
cremita?
—Vosotros, los de la junta directiva, no sabéis quien traer aquí. ¡Ha venido un viejo loco que lo primero que nos ha enseñado es a saber
respirar! ¿Tú que piensas? ¿Qué os pasa por la cabeza a vosotros cuando contratáis a este tipo de entrenador? Claudio se ha ido del
entrenamiento. Ya veremos lo que pasará porque es uno de los mejores jugadores de la liga distribuyendo la pelota en el medio del campo.
—Tranquilo, pienso que esto habrá sido una rabieta. A él le gusta mucho el fútbol, tarde o temprano, vendrá de nuevo. En cuanto al
entrenador te puedo decir que es una bellísima persona que se interesa por los demás y le gusta ayudar a la gente. A vosotros no os gusta
porque sois unas mujercitas que tenéis el prototipo de hombre ideal. —El presidente se burló.
—¡Bah! ¡Con este tipo fracasamos! ¡Tú también has sido jugador! ¡¿No te acuerdas ya?!
—¡Calma! ¡Contrólate un poco! Tened convicción en Gary, nosotros depositamos nuestra confianza en él porque creemos que vosotros
sois muy buenos jugadores, pero no un equipo. Esto es un tema que nos preocupa, por ello hemos traído a este tipo de entrenador.
—Sí, un carcamal que vino a enseñarnos a respirar.
—Como anécdota te puedo contar que participó como recluta en la Segunda Guerra Mundial. Dentro de su trayectoria deportiva ha
ganado ligas con diferentes equipos franceses y españoles.
—Un soldadito…
—¡¿Qué te pasa a ti chaval?!
—¡¿Y a ti?! ¿Tú has traído a este viejo loco aquí? Por lo que tengo entendido, una voz desde otra dimensión te dijo que este era el
entrenador necesario: ¿es así?
—Exactamente no.
—¿Entonces?
—Bueno, vale…Una voz me comunicó que esta persona era la elegida.
—¿Te estás escuchando Rupert?
—¿Qué pasa? Yo soy el presidente y mando aquí, hago lo que me da la gana.
—¡Qué bonito! Me voy Rupert, creo que ya está bien por hoy.
El chico se fue llorando hacia el coche donde Robert estaba esperándole.
—¿Qué ocurre? —se preocupó su amigo.
—Déjalo…
—¿Has estado hablando con Rupert?
—Vamos a fracasar con ese loco en la directiva. Cuando tuvo el accidente yo estaba preocupado por él, pero ahora pienso que se puede
quedar en casa. ¿Quién le contradice?: nadie. Todos le hacen caso como a un dios.
—Parece mentira que haya sobrevivido a lo que le pasó.
—Vamos a casa, estoy cansado de aguantar locuras de la junta directiva para ver si ganamos alguna liga.
—Te acuerdas cuando jugábamos con un amuleto dentro de un pequeño bolsillo del pantalón para que la suerte del partido fuera favorable
hacia nosotros.
—¡Vaya! Vámonos, que me indigno más.
—Bueno… Nosotros consultamos a una bruja.
—Es diferente.
—¿Dónde está la diferencia?
—¡Arranca! ¡Tengo ganas de cenar! ¿Qué habrá cocinado mi madre esta noche?
Todos los muchachos ya se habían ido del entrenamiento y se dirigían hacia sus casas. Gary era el último entrenador que salía del campo
de fútbol y estaba encargado de apagar las luces de las instalaciones. Empezó a recordar momentos de su vida mientras realizaba las tareas
para cerrar el estadio.
«Me acuerdo cuando tenía 19 años y llegué alistado al ejército: ¡Qué ilusión tenía por pertenecer a la milicia! Veía a los soldados cuando
era niño y me llenaban de admiración.
»El Día D para mí fue conocer lo que era la guerra con toda su crueldad. Esta batalla cambió el futuro de Europa, siendo un antes y un
después en la Segunda Guerra Mundial.
»Unos días antes los mandos nos llamarón para informarnos, que íbamos a desembarcar en breve, que estaban a expensas de la
meteorología. Nos dieron la posibilidad de no ir a la batalla, pero la dignidad, el honor, el valor, el respeto y la lealtad; pudieron más que tener
la seguridad de seguir vivo después del conflicto. Nadie dio atrás en su decisión de formar parte de una de las más mortíferas batallas de la
historia. Ninguno de nosotros sabíamos dónde íbamos. Aquella mañana no hacía buena mar y los vehículos de desembarco se movieron
mucho durante todo el trayecto. Apenas desayunamos, nos fue bien porque estábamos fatigados de los movimientos del transporte.
Llevábamos un equipo muy pesado, de unos cuarenta y cinco quilogramos entre todo el utillaje. Todos estábamos sentados y en silencio
pensando en lo que iba a suceder en breve. A lo lejos se empezaron a oír disparos de ametralladoras, eran las inconfundibles MG-42, unas de
las armas más letales de toda la guerra; la velocidad de tiro, de veinte a treinta balas por segundo, dependiendo el modelo, hacían que al
escucharlas parecía como si rasgaran tela, eran estremecedoras. La puerta comenzó a situarse, para empezar a desembarcar. Salir del
vehículo era morir, de frente teníamos fuego a quemarropa sin ninguna protección. De repente empecé a ver como caían mis compañeros, yo
me tiré por la borda y me hundí en el fondo de la playa sin poder respirar debido al peso que llevábamos. Empecé a pensar en lo peor, me
calmé y con el cuchillo corte las cintas del equipo, así pude salir a la superficie. La descarga de balas era endiablada, la gran parte del grupo
estaba muerto, a unos les alcanzaron las ráfagas del enemigo y otros se ahogaron con la sobrecarga del equipo: todavía me pregunto cómo
pude salvar la vida.
»Ahora solo y jubilado necesitaba alguna actividad para vitalizarme; que mejor que orientar a unos chavales en una disciplina deportiva. Al
principio muchos de ellos se quedaban estupefactos cuando me presentaba y les decía que tenían que respirar. A veces me entraba la risa,
pero tenía que mantener mi respeto por ellos y no dejarme llevar por mis emociones pasajeras. Respirar es la base de todo, pero en nuestra
sociedad hay una carencia de esta práctica porque ya se supone que sabemos. Nadie se para un instante a pensar que a veces necesitamos
esos momentos de respiración, para calmarnos, para reflexionar, para encontrarnos con nosotros, con nuestra grandeza; no nos paramos a
pensar ni un segundo en este proceso básico para nosotros. El poder que tenemos está latente, pero no buscamos la maneras de sacarlo hacia
fuera en nuestro desempeño diario. Respirando silenciamos a nuestra mayor amenaza: la mente, esa que nos controla y que nos pone
limitaciones. Es el mayor enemigo de la vida, más que las balas que he oído silbar por encima de mi cabeza en la guerra. Centrándonos en
coger aire por la nariz y expulsándolo por la boca, realineamos nuestro poder, unificamos el poder de la mente, de nuestro cuerpo, de
nuestras emociones en un ser poderoso capaz de todo. Esta doctrina la aprendí en la India, allí fui, no sé cómo, después de la guerra. Había
algo que siempre tuve en mi ser que me empujó a realizar este viaje con Carmen. Fue algo curioso, cuando le conté está inquietud, ella
también siempre la había sentido. Todo fluyó, no hubo obstáculos y hoy cuando vuelvo atrás me siento muy agradecido hacia los monjes que
nos enseñaron estas técnicas y doctrinas.
»Estos chicos me han gustado y pienso que van a encontrar su majestuosidad, esa que se olvidó después de los primeros sueños que
tuvieron cuando vinieron a jugar al fútbol por primera vez. Esas llamas están todavía en sus corazones y yo soplaré para que se reavive su
fuego interior. Me da igual que ganen o que pierdan, para mi es más importante que aprendan algo para sus vidas, si ese enriquecimiento
puede ser jugando a algo que les apasiona, pienso que el valor será incalculable para ellos.
»Bueno, nos pondremos manos a la obra, está aventura ha empezado hoy».
Gary fue acabando de apagar las luces del estadio. Hoy había sido un día cargado de emociones para él y desconocía las vivencias que le
aguardaban después de empezar este nuevo camino.
Ulises llegó a casa totalmente desorientado después de conocer al nuevo entrenador que la junta directiva había contratado.
—Hola Mamá.
—¿Qué tal Ulises? ¿Te ha gustado el entrenamiento con Gary? ¿Se llama así? ¿No?
—Hablamos de otro tema…
—¿Qué te ocurre? ¿No te ha gustado ir al club esta tarde?
—No. Ha sido una pérdida de tiempo.
—¿Qué te lleva a pensar así?
—Pues… Nuestro entrenador nuevo es un hombre muy viejo, yo diría que tiene unos setenta largos… pero lo peor no es que sea mayor y
vaya con su libreta aprendida, sino que en el primer entrenamiento nos ha enseñado a respirar… Sí, sí, como oyes: ¡a respirar! Estoy cansado
de no ganar partidos, de creer que somos buenos, y de… Ya está no quiero conversar más sobre esto.
—No sé Ulises, Rupert me ha dicho que es un hombre fantástico… lo mejor para vuestro equipo según me dijo él.
—¡Rupert! ¡Lo que me faltaba por oír!
—Ya sé que no te cae bien Rupert. El pobre estuvo a punto de morir, entonces sí que era bueno, ahora que se ha recuperado y está en la
junta directiva no quieres ni oír hablar de él.
—Sólo dice tonterías, en la junta directiva me contaron que una voz le habló para elegir al anciano que ha traído hoy. Yo no me lo creía
mucho, pero hoy he discutido con él después del entrenamiento y me ha confirmado que es verdad: ¿eso es serio mamá?
—Yo veo serio que Rupert ha sobrevivido a un salto en paracaídas sin abrirlo.
—¡Es Dios!
—No Ulises, pero esto no sucede todos los días.
—Esto se llama suerte mamá, ¡suerte!
—En mi opinión es algo más que buen azar, si este chico no murió pienso que hay algo más.
—¡Vale! ¡¿Por qué murió Papá?! ¡Ni lo conocí!
Ulises comenzó a llorar, estaba desconsolado, estaba exhausto, no podía más.
—Tranquilo hijo, sube a tu habitación y relájate. Te pones cómodo y bajas a cenar.
Su madre al verlo tan mal, lo cogió y lo abrazó, Ulises empezó a calmarse, se apartó de su madre con delicadeza y fue hacia su dormitorio.
Helena era una mujer atractiva. Su pelo era negro y largo hasta la cintura, la piel muy morena con los ojos oscuros. La madre de Ulises era
una dama que irradiaba alegría de forma innata desde su juventud, pero su corazón estaba atormentado por la desaparición de Ángel, el padre
de su hijo. Desde que ocurrió este desgraciado suceso, los ojos de la madre de Ulises habían perdido todo su brillo de felicidad y denotaban
una gran amargura.
La mujer después de que su hijo fuera hacia su cuarto se puso al lado de la ventana de la cocina. Desde allí comenzó a observar a los
transeúntes y los recuerdos de Ángel le comenzaron a rondar por la cabeza.
«¿Qué le llevó a abandonarme? Yo le quería, ha sido el amor de mi vida. ¿Dónde fuiste Ángel? Todas las mañanas al despertarme me
acuerdo de ti, de lo felices que éramos, de cuando me besaste por primera vez en aquella estación de tren.
»Ahora Ulises le da vueltas a este tema, no sé si al final le contaré la verdad. Puede que sea peor todavía que permanecer con el
conocimiento ficticio que vive hoy. ¿No sé si estoy haciendo bien? Voy a tomar una decisión: ¿pero qué hago?, ¿le cuento que su padre se
marchó sin dejar rastro y sin saber que yo estaba embarazada?, ¿le mantengo la versión irreal de que se ahogó y nunca encontraron su
cuerpo? Es mayor, aunque pienso que ahora no está preparado para afrontar esta realidad. ¿Qué hará cuando lo sepa? ¿Será capaz de
buscarle? Yo lo hice, ¿y qué?, sufrí más aún, estaba completamente desesperada, buscando sin saber nada de él con una fotografía en la
mano y con la esperanza de encontrarle… sin pistas, como si la tierra se lo hubiera tragado… Fue muy duro, lo es y será, tengo que vivir con
esta pena eterna».
Helena comenzó a llorar, subió a su habitación para que su hijo no pudiera ver que le pasaba algo y se echó encima de la cama, allí estuvo
durante un cuarto de hora. Más tarde se levantó y abrió un cajón del armario con una llave que llevaba colgada al cuello. Tiró del mueble y
sacó una caja, de color dorado, llena de fotografías. Comenzó a mirarlas, eran de Ángel y ella, el rostro se le iba iluminando a medida que
pasaba las fotos y los recuerdos le venían a la mente. Cuando se sintió mejor guardó todo lo que sacó del armario y bajó para encontrarse con
su hijo.
Ulises estaba en la cocina, parecía tranquilo cenando y viendo la tele. De repente Ulises se giró hacia ella y le dijo:
—Sabes mamá, me siento muy desgraciado, porque veo a mis amigos con sus hermanos y sus padres. ¡Mírame a mí!, ¡solo!, viviendo
con el loco de mi abuelo y mi madre, sabiendo que mi padre se ahogó, además no se encontró su cuerpo.
—Ulises… —La voz de su madre empezó a temblar, era una situación complicada y el peso de la verdad cada vez era mayor.
—Vale mamá, dejaré el tema —dijo Ulises al ver el estado de su madre.
—Tú padre era un buen hombre. Él, por desgracia, se murió cuando tú eras pequeño… No se pudo hacer nada, tu abuelo te lo puede
contar igual que yo.
—Estoy cansado de esta historia y tengo la corazonada que hay algo que se me escapa.
La cara de la madre se descompuso, ella intentó aguantar el tipo.
—¿Qué pasa? ¿Qué me estáis ocultando? Quiero saber la verdad. Ya no soy un niño. No me tienes que esconder nada, no me voy a
desmayar con la realidad.
—Hijo, no te guardo nada que tú no sepas…
—¿Seguro mamá?
—¡Sí! ¿Para qué te iba a engañar?
—No lo sé… Es que noto algo… No puedo decir nada, son sensaciones que tengo cuando tú hablas del tema.
—Estoy muy cansada, ha sido un día agotador voy arriba a ducharme.
El abuelo de Ulises llegó a casa: un hombre de unos setenta años, calvo y con los ojos marrones. Su cuerpo era voluminoso y torpe, con
una forma de caminar muy peculiar, que le hacía parecerse al movimiento de una pantera. Llevaba camisa y traje negro, los zapatos y el
sombrero eran blancos, parecía un personaje de una película de gánsteres; en el bolsillo de la camisa llevaba un pañuelo rojo que sobresalía
ligeramente y le hacía juego con la corbata del mismo color.
Subió las escaleras de un lado hacia otro, había bebido unas copas antes de llegar a casa. De repente se dirigió a la habitación de su hija,
oyendo los sollozos de Helena.
—¿Qué ha pasado?
—Nada Papá.
El anciano alzó el volumen de su voz y se dirigió de nuevo a su hija.
—¡¿Qué?!
—Ulises lleva unos días en los que está muy nervioso, no sé qué le pasa, hoy ha vuelto a sacar el tema de Ángel.
—¡Vaya!
—Sí papá, estoy preocupada, la verdad es que debemos tomar una decisión.
—Ya es un hombre, pienso que el merece conocer la verdad, no puede vivir engañado.
—¿Cuándo será el mejor momento para darle la noticia?
—¡Ahora! ¿Para qué esperar más?
—No es buena idea papá, hoy ha tenido un día difícil en el fútbol, se puede derrumbar completamente.
—Lo tenemos entre algodones: ¡ha cumplido veinticinco años! ¿Hasta cuándo lo vamos a mimar? ¿Qué es esto? ¡Por Dios! ¡Yo con
nueve años ya estaba trabajando!
—¡Papá jolín! ¡Ya hemos sufrido mucho con este tema! ¡Basta ya! No le voy a decir nada: ¿qué quieres que se ponga enfermo?
—No me pidas opinión… No quiero saber nada más de este tema podrido que va acabar con todos nosotros.
El abuelo de Ulises se salió de la habitación enfurecido, iba refunfuñando por el pasillo de la casa, se fue hacia la primera planta y vio a
Ulises en el comedor viendo una película.
—¿Qué pasa hijo?
—Aquí abuelo relajándome con la tele.
—Ya veo, que eso de no hacer nada es tu especialidad, perdona… que juegas al fútbol y sabes más de artes marciales que un samurái.
—¿Qué quieres que haga a las doce de la noche?
—Ni siquiera te has recogido el plato de la comida; está dentro de tu normalidad…
Ulises se hacía el despistado. Julio se fue hacia la cocina, allí abrió una botella de whisky y se tomó dos vasos de bebida de dos tragos de
forma consecutiva, luego subió las escaleras y se dirigió al dormitorio de su hija.
—Voy al bar, ya sabes al Jabalí, he quedado con Fredy.
—Vale, papá.
El viejo salió de la casa y se dirigió a su taberna habitual. El Jabalí era un bar oscuro, misterioso, con mucha historia; un lugar que se había
conservado durante cien años con pocas remodelaciones. A esa hora de la noche había poca gente en la cantina. Al fondo del salón, solo en
una mesa con poca luminosidad, estaba sentado su amigo Fredy. El aliado de Julio era un hombre musculoso, con la tez pálida y la barba muy
cerrada. Su pelo era canoso y sus ojos marrones. En la mejilla derecha tenía una cicatriz pronunciada que le daba un aspecto siniestro y
misterioso.
—Hola.
—Hola Julio. Te veo mala cara.
—Estoy otra vez con el tema de mi nieto.
—¿Le has dicho lo que tú sabes a tu hija?
—No, ni siquiera ella le ha contado su verdad al niño.
—¿Qué quieres para tomar?
—Un whisky sin hielo.
—¡Por favor camarero, un whisky sin hielo y un vaso de vino moscatel! —Fredy alzó la voz al propietario del bar.
—Estoy harto de este tema.
—¿Qué pasaría si le dijeses la verdad a tu hija?
—No lo sé, puede que no me hablara nunca más y nuestra relación se deterioraría, condenándome a irme de su casa y vivir sólo.
—¿Eso quién lo dice?: ¿Tú o tu hija?
—Yo —respondió amargamente Julio.
—¿Qué vas a hacer?
—No lo sé amigo, no quiero hacer daño a ninguno de los dos. La desaparición de Ángel ha sido un tema que me ha ido matando por
dentro. Estoy vivo, pero soy un muerto viviente, estoy vacío. La culpa que llevo en mí me ha ido comiendo las entrañas con el tiempo. He
pensado en suicidarme muchas veces: soy un cobarde Fredy, no puedo pagar mi pena.
—No digas eso amigo, aunque yo siempre he buscado lo mejor para ti, si la muerte es lo mejor, yo la aceptaría y sabría que en cualquier
lugar donde estés te habrás liberado de ese gran peso que tú sientes. ¿Pero que sería de tu familia? ¿Ese paso a quién beneficia? ¿Crees que las
cosas mejorarían haciendo una locura? Este problema para ti es sumamente difícil, pero creo que estás equivocado.
—¿Qué dices Fredy? Tú no sabes nada.
—Yo sé todo igual que tú, porque yo estaba allí, lo vimos todos. A veces he pensado que mejor haber muerto antes de pasar por aquel
momento en nuestras vidas, pero aquello ya pasó, ya está. Tú hiciste todo bien Julio, siempre has pensado que tu hija te culparía sólo abrir la
boca para contarle la verdad. Este tema va a acabar contigo amigo. No merece la pena que sigamos en el lodo, vamos a disfrutar algo
nuestras tristes vidas Julio, yo creo que ya es el momento de sepultar esta pesadilla.
—Ya lo sé, a veces pienso que soy un blandengue, que me oculto de mártir por no dar un paso hacia delante y decir lo que sabemos a mi
hija. Otra parte de mi valiente cree que lo mejor para todos es que ellos se enteren de la realidad.
Los dos amigos se miraron fijamente a los ojos, en silencio, tenían miradas tristes; por un momento parecía que se había detenido el
tiempo en la taberna.
—Es hora de irse a casa Julio. Mañana saldrá el sol de nuevo y la vida seguirá.
—Vámonos Fredy.

Capítulo III
—¡Rápido! ¡Velocidad! ¡Así! ¡Vamos chavales! ¡Muy bien! Esto es lo que yo buscaba, que no pensarais con el balón en los pies. ¡Ahora
venid aquí todos! ¡Por favor! Vamos a planificar la estrategia para el primer partido de la liga.
El equipo se acercó a Gary.
—Un día vosotros entrasteis por la puerta de este estadio, en ese momento decidisteis dar el paso de jugar a fútbol. ¿Qué sueños teníais en
aquellos momentos de vuestras vidas? ¿Qué ha pasado hasta ahora? Algún voluntario le gustaría responder.
—¡Yo! —respondió Ben.
—Adelante, cuando quieras.
—Me gustaría conversar del primer día que pise el césped de este campo.
—Muy bien —aprobó el entrenador.
—Soñaba con dedicarme al fútbol de forma profesional, ganar todas las competiciones con mi equipo y ser un portero de prestigio.
—¿Se han cumplido tus sueños?
—No.
—¡De momento! ¿Qué edad tienes ahora?
—Veinticuatro años.
—Todos tenemos una pizarra donde vamos escribiendo nuestro camino. Ese tablero puede borrarse ahora mismo, empezando de nuevo a
anotar los sueños recientes que tenemos en el presente y se pueden convertir en realidad; sólo depende de vosotros. El trayecto empieza
cuando uno mismo se comienza a creer sus aspiraciones. Por eso no quiero en ningún momento que penséis en otra cosa: sois excelentes
futbolistas. Este equipo es el mejor de la liga, os prohíbo cuestionaros. Vuestra definición personal tiene que cambiar. Con una nueva versión
de vosotros más poderosa, seréis más eficaces. A partir de ahora pertenecéis a la categoría de buenos jugadores sin posibilidad de duda; es el
primer paso para materializar el lugar que debéis ocupar.
—¿Sí empezamos a pensar en perder y no hay forma de cambiar nuestra idea? ¿Qué hacemos? —indagó Ben.
—Respiraremos profundamente, así calmaremos la mente. ¿Cuánto crees en tus aspiraciones? —le propuso Gary.
El chico no contestó.
—Ben, tú conoces muy buenos jugadores, famosos, grandes estrellas… Esas personas no fueron siempre así, les hizo diferente al resto la
convicción que atesoraban; ellos tenían una gran confianza. Es el arma más poderosa que podéis tener en vuestras manos: confiad en
vosotros mismos.
Ningún chico dijo nada, el equipo estaba inquieto, no sabían qué iba a pasar en el primer partido. Gary, The Mummy, como le llamaban
algunos jugadores por la cantidad de años que tenía y su origen estadounidense, no pensaba en fútbol, iba más allá y algunos chavales
desconfiaban de él.
—Podéis ducharos —les indicó el entrenador.
Los chicos se fueron al vestuario y Gary se quedó en el campo, recogiendo el material y preparándose para marchar. Empezó a pensar
cuando combatió en la playa de Omaha, durante el Desembarco de Normandía.
«Allí estaba, manteniéndome en el agua y dándole a Dios las gracias por seguir vivo. Tuve la suerte que el agua frenaba las balas, en un
metro se desaceleraban y perdían toda su velocidad hundiéndose en el fondo del mar. Ahora también los alemanes nos atacaban con artillería
ligera, hundiendo así a los vehículos de asalto, muy devastados por el fuego de ametralladora. Una lancha de desembarco salto en mil pedazos
cerca de la zona donde yo estaba. Un trozo de placa metálica flotante se aproximó hacia mí, me resguardé en ella mientras avanzaba hacia la
playa. Las olas rompían en tierra y desde lejos se veía el color rojo, de la sangre derramada

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