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Libro Flores para una leyenda – Miguel Reyes

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ui a Regla, después de tantos años, para ver a los amigos; pero no encontré a ninguno. Se habían mudado, ya no estaban en el país, o habían muerto.
Caminé por las calles del barrio donde crecí, y nadie me conocía. Llegué a las fincas donde yo jugaba; habían construido edificios. Nada allí me impresionó como no fuera
un sentimiento de indescriptible desarraigo. No hay peor resquemor que haber perdido la inocencia. Por eso tal vez fui a Regla
Creí que había sido un viaje inútil. Cuando salía del barrio reconocí a María Antonia, la hija de Luis Fernández Figueroa. Me contó que su padre había fallecido hacia
doce años. La noche antes de su muerte le dio un mensaje para mí. Ella no se acordaba del mensaje, pero lo había anotado.
La nota había sido hecha en un papel de cartucho; se conservaba entre las páginas de un álbum de fotos familiares. Decía: ″Dile a Manuel que se acuerde de Yarine”.
Ella había escrito yarine. Yo sabía que era Yarini, Alberto Yarini.
En un viaje de regreso a La Habana, después de haber asistido a un evento de historiadores en España, recordé a una gitana que había conocido en Sevilla.
—Usted empeñó su palabra con un muerto —me dijo.
—Yo no creo ni en mi sombra, señora.
—La sombra es sombra; pero yo hablo de un muerto, y los muertos viven en la memoria de quienes los conocieron.
Entonces me acordé del viejo Figueroa. Por eso fui al cementerio. Le había prometido a Figueroa ir al sepulcro de Yarini.
Pensaba encontrar una tumba suntuosa. Hallé un sepulcro con la losa rajada y hundida y la baranda oxidada. A los lados había dos árboles cuyas hojas secas cubrían
casi todo el panteón.
Había visto a un hombre a lo lejos, que trabajaba entre los sepulcros. Se había acercado a mí sin darme cuenta.
—¿Hace mucho que trabaja aquí? —pregunté al sepulturero.
—Casi veinte años ─ respondió.
—Entonces conoce bien el cementerio.
─Como la palma de mi mano.
—Tanto tiempo aquí sin que haya cambiado de trabajo —le dije.
─Para que el mundo sea mundo tiene que haber de todo —respondió ásperamente. Era de estatura mediana, delgado. Vestía overol azul y usaba gorra también de ese
color. Hablaba despacio, sin mirarme. Quizás quería aparentar que yo no le interesaba.
—Usted si es un hombre estudiado —agregó poco después─ Médico.
−No. Historiador.
Se sentó en el borde de la tumba, puso la gorra a un lado y sacó una caja de cigarros del bolsillo del overol.
—Así que historiador —dijo en voz baja.
Me llamó la atención cómo fumaba. Cogía el cigarro por la mitad con la yema de todos los dedos de la mano izquierda.
─ ¿Conoció a este muerto? — preguntó con un rápido movimiento de cabeza dirigido hacia la tumba.
—¿Cómo podría conocerlo? Tendría que ser yo bastante viejo. —Mi padre sí. Vio cuando a Yarini le bailaron aquí mismo los ñáñigos de su potencia.
—¿Su padre era ñáñigo?
─No. Como yo. Bajó a la fosa a Yarini.
—A 1o mejor contaba eso con orgullo.
Fue la primera vez que el hombre me miró sostenidamente. Tendría pocos años más que yo; pero daba la impresión como de estar muy cansado de vivir.
—No lo entiendo —dijo.
—Que a su padre tal vez le pareció importante haber enterrado a Yarini.
─Lo decía siempre, y que fue un entierro grande.
Vino el presidente de la República.
—¿Su padre le dijo que vio al presidente de la República en el entierro de Yarini?
─Me contó que el presidente iba en el primero de los coches, y estuvo como ahora mismo está usted frente a esta tumba. Mi padre me lo contó aquí cuando yo era
un muchacho.
Echó el cigarro al suelo. Cogió la goma, se levantó y dio algunos pasos con la intención de marcharse; pero se detuvo.
─ ¿Y si no tiene nada que ver con el muerto, por qué está aquí? —preguntó.
—¿Usted es sepulturero o qué?
─ Carajo, la verdad que usted le revuelve la calma a cualquiera. ¿No sabe que al cementerio Colón se lo están llevando a pedazos? Hace un tiempo se robaron el
florero de Yarini. Me costó una sanción.
− ¿Y quién pudo hacerlo?
─Qué sé yo…
—¿Y lo sancionaron, dice usted?
─ Soy el sepulturero que atiende esta zona. Los jefes dicen que 1o que se pierda aquí es lío mío. Pero a mí me pagan por enterrar, cerrar tumbas y sacar restos.
—Y el florero de Yarini –pregunté —, ¿tenía algún valor?
─ ¿Qué valor va a tener un florero cualquiera, y menos el de un muerto sin gloria?
—¿Cómo sin gloria?
—Sin gloria. ¿Usted sabe la de gente importante que hay enterrada aquí, y la cantidad de monumentos, para que vengan a llevarse un florero de mierda?
Encendió otro cigarro. Se quedó mirando otra vez a lo lejos. Luego se me acercó.
—Pero, ¿quién cree usted que fue este hombre? —dijo.
Me importó más atender a su mirada que a su pregunta. Tenía las pupilas dilatadas. Además, expelía aliento a alcohol.
Tal vez esperaba una respuesta de mi parte. Permanecí observándolo.
No se engañe —dijo— Yarini fue un pistolero
CAPÍTULO II
E
n octubre de 1965, mi abuela materna sufrió una trombosis. Vivía en Santa María del Rosario y mi madre la trajo a nuestra casa para cuidarla.
A mi abuela nunca le gustó Regla, pero no había otra solución que traerla. La enfermedad le afectó las piernas y le agudizó su acostumbrado mal humor. Pasaba
buena parte del día sentada en el sillón de la sala mirando al suelo o discutiendo con mi madre por cualquier motivo.
Una tarde mi abuela vio que yo tenía una moneda en la boca y me dijo que ojalá me la tragara y me muriera. Mi madre lavaba en el patio y fui a decirle que mi abuela
me odiaba. Entonces, para evitar conflictos entre mi abuela y yo, mi madre decidió que yo pasara las tardes en casa de nuestros vecinos Consuelo y Figueroa, un
matrimonio allegado a nosotros.
Consuelo y mi madre eran amigas. Fue consuelo quien primero me habló de Dios, y también de los muertos, en cuyos espíritus creía. Pero su tema dominante era su
padre, que había fallecido en 1905.No se resignó a su pérdida; y todos los domingos iba al cementerio Colón para sentarse en su tumba y hablar con su espíritu. A veces

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yo la acompañaba. Me impresionaba oírla contar lo que le había sucedido en la semana, con detalles de hechos y horas.
Su esposo, Figueroa, a quien a veces yo le decía el viejo, tenía los pies bien firmes en la tierra. Se había jubilado. Ocupaba su tiempo remachando jarros, arreglando
planchas o haciendo ceniceros en el balcón de su casa. Mi relación con él comenzó mientras yo lo ayudaba y él trataba de enseñarme. Yo observaba como procedía, pero
no me importaba aprender. Cuando se dio cuenta de ello, me dijo:
─ Oye, yo creía que eras bruto, pero ahora pienso que eres comemierda. No atiendes a lo que te enseño.
—Es que estoy pensando en el muerto ese que dice Consuelo que baja y sube las escaleras del edificio todas las noches.
─No le hagas caso a Consuelo. Cuando alguien muere, enseguida se lo comen los gusanos.
—¿Y no va al cielo?
─ Qué cielos ni carajos, Manuel. No hay cielo. Lo azul que se ve allá arriba es el universo. Cuando uno se muere se jode. Eso es todo.
Mi abuela murió en 1966. Meses antes había regresado a Santa María del Rosario. Mi tía Cuca tuvo que responsabilizarse con ella. Mi madre hizo una crisis
depresiva que le impidió seguir cuidándola.
Por aquel entonces el viejo y yo la pasábamos muy bien en el balcón de su casa. Allí, durante casi todo el año, corría fresco, y yo fumaba los cigarros que él me
regalaba. Luego mascaba papel de cartucho para que mis padres no lo sospecharan. Al principio Figueroa se negó a dármelos; pero le hacía recordar que él también había
fumado a escondidas de sus padres.
Casi todas las noches el viejo y yo jugábamos con los naipes. Creo que conocía todos los juegos posibles con las barajas. Mientras jugábamos me contaba
anécdotas. Se acordaba claramente de la Guerra del 95, de la Reconcentración de Valeriano Weyler y la primera intervención norteamericana. Había visto explotar El
Maine. También se acordaba de cuando Máximo Gómez izó la bandera cubana en la azotea del Palacio de Gobierno a las doce del día del 20 de mayo de 1902; y del
retiro de las tropas del Ejército Norteamericano.
—Ese mismo día, Manuel, —me contó una vez—, los soldados subieron a un barco y se fueron diciéndole adiós al pueblo. Yarini y yo nos encontrábamos allí.
Como él era muy ocurrente, se puso a mover las dos manos sonriéndoles, pero diciendo bajito: “Váyanse al carajo, peste a grajo”.
Me gustaba fumar en el balcón de la casa del viejo. Sentado en una butaca con los pies cruzados sobre ella y la cabeza echada hacia atrás, absorbía y soltaba el humo
mirando al cielo, con una agradable sensación de dicha y libertad. Fue allí donde por primera vez me puse a mirar a la luna pensando que sus manchas eran lagos donde
tal vez habría monstruos, y vi las estrellas con un catalejo que el viejo me prestaba. Con el tiempo nuestras conversaciones fueron desplazando los naipes hasta alcanzar
altas horas de la noche. Mi padre me prohibió visitar a Figueroa. Se lo dije a mi madre, pero ella no quiso intervenir en ese asunto. Le pregunté a mi padre por qué no me
dejaba ir a su casa.
─El viejo tiene problemas, Manuel —me dijo sin más y me dio la espalda.
Entendí que Figueroa estaba enfermo. Cuando advirtió que pasaban los días y no iba a visitarlo, fue a mi casa.
El viejo llegó y se paró en la puerta. En cuanto lo vi le dije:
—Mi padre dice que no puedo conversar contigo porque tienes problemas.
─ ¿Problemas? —me preguntó el viejo notablemente asombrado.
—Sí —enfaticé, problemas. Por eso no voy a verte.
Mi padre intervino. Lo llamó enseguida al cuarto para hablar con é1. Escuché que el viejo le decía:
─Yo no le inculco nada de eso al muchacho. Parece mentira que seamos dos familias bien llevadas y te pongas en eso conmigo.
─Oye, Luis, espérate, viejo. No es para que te pongas bravo.
—¿No? Es como para no mirarte nunca más a la cara —y se fue disgustado.
Empecé a extrañar las noches que había pasado con é1. Para evitar la nostalgia, me puse a escuchar los discos que mi madre tenía de Ñico Membiela, José Tejedor,
Orlando Contreras y Vicentico Valdés…, canciones casi todas que hablaban de naufragios amorosos.
Una noche me fui de casa por una puertecita del patio que daba acceso al motor de la cisterna. Por allí se salía a la escalera del edificio. Figueroa estaba sentado en el
balcón con la cabeza reclinada al pecho.
—Eh, ¿ya te dejaron venir? —dijo al verme después que lo hube despertado pellizcándole un hombro.
—No.
─Entonces, Manuel, ¿Qué coño haces aquí? No quiero jodedera con tu padre.
—Puse en mi cama un bulto de cosas y las tapé con una sábana, como si estuviera durmiendo.
El viejo se levantó del sillón
—Tienes que irte ahora mismo —me exigió, o voy a tener que fajarme con tu padre.
—¿Qué es lo pasa con mi padre? —le pregunté resuelto a aclarar el misterio que había entre los dos.
─No, lo que le pasa a él conmigo. ¿No te lo ha dicho?
—No.
─No quiere que te hable de mi vida. Dice que si te cuento el pasado te voy metiendo en la cabeza la ideología del capitalismo. ¿Será hijo de puta o comemierda?
—Está celoso.
─ ¿Celoso? ¿Cómo se te ocurre, Manuel?
—Mi madre discutió con él hace unos días. Le dijo que todo lo que le pasaba contigo era que yo te quería más que a él.
─ ¿Así le dijo?
−Así.
─ ¿Y él? ¿Qué le respondió?
—Salió del cuarto tirando la puerta.
─Pero eso no es nada —dijo el viejo.
Me quedé callado.
—¿Eh, Manuel? —insistió— ¿Qué no es verdad que me quieras más que a él?

Capítulo III

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O
ye, Manuel, ¿mi mujer te dijo que la vida es un don de Dios? Ella habla así porque todo le cayó del cielo. Su padre fue platero de la Estrella de Italia. Por eso ella pudo
estudiar en buenos colegios y no se perdía un baile de salón
Mi padre perdió una pierna en la Guerra del 95. Así que tuve que dejar el colegio y empezar a trabajar. Me vi en la calle peleando con la vida para mantenerlo, porque
ya mi madre había muerto. La guerra había dejado mucha hambre; el campo metía miedo, y en La Habana la situación se complicó. Además, los americanos se habían
metido en Cuba después de la guerra.
Me puse a vender flores en la acera del Hotel Telégrafo, en la esquina de Prado y Neptuno. Allí había una cafetería que se llamaba El Cosmopolita. Me colocaba a
un lado de la entrada de la cafetería con un cubo lleno de flores. No era fácil venderlas.
─ ¿Tu sabes, Manuel?, no soy un tipo con suerte para los negocios.
Me puse a pensar cómo podría vender más flores. Escribí muchos pregones que recordaba, pero ninguno me gustó. Mi padre me dijo que era mejor que vendiera de
otro modo. Yo había aprendido de él a componer décimas. Entonces hice mi estilo. Cuando alguien me compraba, le preguntaba el nombre y le improvisaba una décima
para decirle su suerte. Así, el negocio marchó mejor. Acerté con algunos y cogí fama de adivino. Mira tú, yo que no creo ni en la paz de los sepulcros.

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Una vez paró un coche frente al Cosmopolita y se bajó el famoso italiano Oscar Paglieri, el dueño de la platería La Estrella de Italia. Creí que iba a entrar al hotel, y
fue derecho a mí. Me dijo compraba todas mis flores, pero que no le cantara su suerte. Yo le dije que iba a cantarle la mía Y compuse una décima donde le conté la
pérdida de la pierna de mi padre en la guerra y el hambre de perros que estábamos pasando. Se la improvisé jocosamente, y Paglieri se echó a reír. Me dijo que pasara
esa tarde por su platería. Y así fue como me hice mensajero de La Estrella de Italia, la platería más famosa de La Habana.
En los primeros tiempos hacía el trabajo a pie. Después me dieron un coche bastante bueno pero, con un caballo que era un problema porque se paraba en casi todas
las esquinas y no se movía ni a cuerazos.
Un día se paró frente a la estación de ferrocarriles de Villanueva, donde hoy está El Capitolio. Había mucha gente por allí. Lo hinqué. Le di cuero. Ni se movía. No
sabía ya qué hacer. Me encabroné y le metí la punta del látigo en el culo, y el muy maricón echó a caminar livianito.
Dime tú. Me daba pena andar con aquel caballo por La Habana. Mira que me cuidaba para que nadie me sorprendiera en eso. Hasta que un día me vieron dos
soldados norteamericanos.
Los americanos andaban por La Habana como si fueran sus dueños. En realidad lo eran porque se metieron aquí de a cojones. Pero me jodía que presumieran de
mandones. El caso fue que me vieron metiéndole el palo en el culo al caballo, y uno de ellos me gritó en el Prado: “Tú ser maricona, cochera”. Me entró una cosa en el
cuerpo… Me tiré del coche y me fajé con ellos. Estuve detenido unas horas hasta que Paglieri mandó a un agente suyo para que me sacara de la comisaría. Me vi delante
de Paglieri en su despacho. Pensé que iba a despedirme. Me preguntó| sencillamente:”¿Qué fue? “. Y le conté lo que me había sucedido. No me dejó terminar. Se echó a
reír hasta que empezó a toser. Me dijo que quería presenciar eso, y se montó conmigo en el coche. Cuando vio el fenómeno, mandó al caballo al matadero.

Capítulo IV
L
os historiadores Jorge Le Roy y Manuel Pérez Beato le habían dicho al sacristán Bernardo Oñate, a principios de 1930, que los restos del obispo Jerónimo Valdés,
sepultado en marzo de 1729 en la parroquia del Espíritu Santo, desaparecieron de su cripta, que estaba en la pared lateral del presbiterio y fuera demolida para ampliar
la iglesia casi a finales del siglo xx. Se desconoce si cuando esto último ocurrió ya los restos del obispo no se encontraban allí. Le Roy y Beato le aseguraron al sacristán
que habían sido trasladados hacia algún lugar del templo. No se saben las razones por las que desaparecieron. Sobre ello existen algunas hipótesis, ninguna de ellas
probable.
Durante algunos años, Bernardo trató de hallar al prelado tanteando en paredes y lugares del piso de la iglesia. Finalmente descubrió los restos bien conservados en
abril de 1936. El hecho se convirtió en un notable acontecimiento arqueológico y social.
El sacristán me 1o contó la tarde en que 1o conocí en la sacristía del Espíritu Santo. Se mostraba jubiloso por haber sido el protagonista de aquel suceso; y le
prometí hacer un artículo sobre el hallazgo para publicarlo en alguna revista.
El sacristán atendió al teléfono. Era mulato, de estatura baja, con rasgos faciales achinados. A pesar de sus noventa años llevaba un régimen de trabajo asombroso
para un hombre de su edad: abría temprano la iglesia del Espíritu Santo, tañía la campana a sus horas, tocaba la pianola en la primera misa de la mañana en la iglesia de la
Merced, atendía a numerosos clientes, realizaba búsquedas en los registros parroquiales, redactaba certificaciones…
Sobre su mesa de trabajo, cubierta por muchos papeles, se distinguía un ejemplar del libro Historia del hospital de San Francisco de Paula, de Jorge Le Roy.
Mientras é1 conversaba por teléfono, cogí el voluminoso libro. En la primera hoja aparecía una dedicatoria del autor para él. Mirando algunas de sus páginas confirmé
que era una de las mejores obras históricas que se habían escrito sobre la Iglesia Católica en Cuba.
─Le Roy era un investigador de calibre — consideró después de colgar el teléfono ─, Sin embargo, no era historiador.
−La historia la escribe quien la aprecia −respondí − Usted no es arqueólogo y encontró los restos del obispo.
─Siempre he trabajado mucho. Entre San Isidro y esta iglesia está toda mi vida.
Recordé que Figueroa me había dicho que en San Isidro había

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