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Fraude en rojo – Colleen Cross

 Fraude en rojo – Colleen Cross


Fraude en rojo – Colleen Cross

Descargar Fraude en rojo En PDF hablar de la inversión en trabajo y
sudor.
Excepcionalmente, se había tomado
un día libre para centrarse en algunas
mejoras urgentes en la casa. La
investigación de fraudes tiende a ser
lenta a finales de agosto y de todos
modos tenía dos tareas entre manos. Se
hacía difícil determinar cuál era la más
dura: atrapar delincuentes o lijar
décadas de capas de pintura en una casa
vieja descuidada.
Kat dejó su pincel y sonrió mientras
inspeccionaba su trabajo. Con la pintura
blanca brillando a la luz radiante del
atardecer, el porche se veía
espectacular. La casa necesitaba otras
reparaciones más urgentes, pero eran de
naturaleza básicamente invisible, como
tareas de fontanería y electricidad.
Pintar ella misma significaba tirar
menos dinero a aquel pozo sin fondo
insaciable. También quería terminar
antes de la embestida de las lluvias
otoñales de Vancouver.
Jace Burton estaba en la entrada, la
cabeza casi tocando la parte superior
del marco de la puerta.
–Se ve muy bien. –Esbozó una
sonrisa que hizo olvidar a Kat que había
estado desaparecido casi dos horas
Kat le lanzó un beso y se sentó en
una chirriante silla Adirondack,
preguntándose por qué le habría le había
llevado todo el verano conseguir pintar
la barandilla.
Lo sabía perfectamente. Había
estado ocupada con las interminables
reparaciones y las averías relacionadas,
la más reciente la tubería reventada que
había acabado exigiendo una
reinstalación completa. Por no
mencionar el parqué de abeto,
deformado a causa de la fuga de agua.
–¿Has comprado la pintura?
Jace se golpeó la frente
–Sabía que se me olvidaba algo.
–Pero si era precisamente lo que
habías ido a buscar. Era lo único que
había en la lista. –La especial capacidad
de concentración de Jace se manifestaba
cuando trabajaba como periodista a la
caza o sosteniendo de un reportaje, pero


Fraude en rojo – Colleen Cross

desaparecía por completo cuando se
trataba de la vida cotidiana.
–Lo siento. Me encontré con Kirk en
la ferretería y perdí la noción del
tiempo. Pero, a cambio, conseguí otra
cosa. –Jace mostró algo que había
mantenido oculto tras su espalda –. Esto.
Kat se inclinó hacia adelante para
leer el texto en letra pequeña impreso
sobre la botella.
–¿Una botella de vino tinto? Vamos,
Jace. Beber y pintar a la vez nunca nos
ha funcionado.
Jace rió.
–No estaba pensando en eso.
Además, no se trata tan sólo de una vieja
botella de vino. Es un Screaming Eagle
Cabernet Sauvignon. Una reputada
marca de vino de Napa Valley. Kirk
tiene un montón de cajas. No se pueden
comprar en cualquier parte. Ahora, Kirk
es inversor en vinos.
Kat había oído hablar de
inversionistas en vino, pero nunca había
conocido a ninguno en la vida real. Se
imaginaba a banqueros de Wall Street o
a los administradores de cuentas
intentando justificar sus carísimos
hábitos alcohólicos. No podía imaginar
a Kirk comprando o sosteniendo una
botella de cerveza artesanal, o, aún
menos, un vino sofisticado.
–Es todo un cambio para un
periodista en el paro –dije–. ¿Acaso los
inversores en vino no necesitan dinero
para empezar el negocio? A estas
alturas, ya lleva bastante tiempo en el
paro. –Kirk trabajaba con Jace en The
Sentinel hasta que cayó víctima de un
expediente de regulación de empleo.
–No me contó los detalles, pero, de
una manera u otra, ha conseguido que el
negocio le funcione. Esta botella vale
miles de dólares. O al menos, ese es el
precio por el que la venden. Kirk las
compra a unos quinientos dólares cada
una.
–¿Y te ha dado una? ¿Dónde está el
truco?
–No hay truco, tan sólo quería
agradecerme la ayuda que le he prestado
durante este último año. –Jace alzó la
botella para que Kat pudiera
inspeccionarla–. De cualquier forma,
creo que la reservaré para alguna
celebración. Cuando acabemos con
todas las reparaciones.
–¿Estás loco? ¡No podemos
bebernos un vino tan caro! –Kat dio un
respingo al ver que la botella resbalaba
en la mano de Jace. Si de algo estaba
segura era de que no quería sentirse en
deuda con Kirk Evans. –Guárdala antes
de que se te caiga. Vamos a
devolvérsela.
En vez de guardarla, Jace le dio la
botella. Tenía el aspecto de una botella
de Cabernet Sauvignon corriente y
moliente, excepto por la fecha de
envasado. Un vino de mil novecientos
noventa y siete tenía que ser caro, pese a
que la etiqueta pequeña, impresa a una
tinta, le daba un aire poco sofisticado.
Estudió el dibujo de un águila impreso
en la etiqueta, preguntándose qué era lo
que hacía tan especial aquel vino.
Se incorporó para devolver la
botella a Jace y tropezó.
–¡Horror! –Jace abrió la boca
mientras se lanzaba hacia ella. –La
tengo.
Jace cogió la botella y la dejó sobre
la mesa.
–Este vino puede llegar a dos de los
grandes en una subasta. Hay gente que
entregaría a su primogénito a cambio de
una caja.
–No podemos quedárnosla, Jace. No
podemos bebérnosla. –Ya era raro que
Jace trajera una botella de vino caro de
vuelta de su visita a la ferretería. Pero
Kirk tenía alma de fanfarrón. No le
sorprendería que anduviera por ahí con
la botella como si fuera una especie de
trofeo, testimonio de su éxito.
–He intentado devolvérsela pero no
me lo ha permitido. Quería que me la
quedara, ya que está haciendo tanta
pasta. Me ha dicho que la venda si
quiero, que no le importa lo que haga
con ella.
–Muy amable por su parte. –Kirk no
tenía reputación de ser dado a los
favores a menos que obtuviera algo a
cambio–. ¿Desde cuándo se ha vuelto
tan generoso? Pensaba que estaba a
cuatro velas desde que se le acabó la
indemnización por el despido.
–Me dijo que el despido fue como
una bendición encubierta. Parece que
eso de la inversión en vinos es un
negocio muy lucrativo. Lo compra en las
bodegas y luego lo vende en subastas.
Creo que tiene algunos contactos. No
tenía ni idea de que hubiera gente que se
dedicara a esto. –Jace se sentó delante
de Kat, en la silla gemela Adirondack. –
Kirk dice que ahora es millonario.
Estaba en la ferretería buscando
materiales para construir una bodega en
su nueva casa
–¿Se ha comprado una casa?
–Me ha dicho que ha pasado de estar
arruinado a ser millonario, tal como lo
oyes. –Jace chasqueó con los dedos. –
En menos de un año. ¿No sería
fantástico que a nosotros nos ocurriera
lo mismo?”
Kirk era notoriamente tacaño. Esa
era probablemente la razón de que se
estuviera construyendo la bodega él
mismo. Pero no tenía sentido ir
regalando botellas, ni siquiera a Jace.
–Tiene que haber algo más, algo que
no te ha contado.
–No lo parece. Simplemente, tiene
buenas conexiones. Ah, y por cierto, nos
ha invitado a la cena de inauguración de
su casa esta misma noche.
A Kat le sorprendía que Kirk
arriesgara dinero al comprar vino, y aún
más que lo revendiera.
–Por lo menos esto nos dará la
oportunidad de devolver el vino –dijo.
Sentía curiosidad por el repentino
cambio de fortuna de Kirk. –Y de
investigar un poco más sobre este
negocio del vino.
Sonaba demasiado bien para ser
verdad, Y Kat quería hacer
averiguaciones al respecto.

Capítulo 2
Kat estaba de pie en la terraza de la
nueva casa de Kirk, de setecientos
cincuenta metros cuadrados con vistas al
puerto de Vancouver. Tenía que admitir
que estaba impresionada. El viejo
eructado engulle-cervezas de Kirk había
dejado paso a otro Kirk nuevo y
mejorado que bebía vino a sorbos y
vestía una camisa hecha a medida y unos
pantalones que le hacían parecer quince
quilos más delgado.
Suzan, la mujer de Kirk, se
materializó entre la multitud compuesta
por unos cien invitados. Lucía un
reluciente vestido corto de fiesta. Se
acercó a Kat.
–¿Te gusta? –Su ropa era tan
chillona como siempre, sólo que de un
chillón más caro, a juzgar por las poco
discretas iniciales del diseñador en su
bolso y en su reloj. Andar por casa con
el bolso colgando del hombro era muy
propio de Suzan. De haber podido, ni
siquiera habría quitado las etiquetas del
precio.
–Pues claro que me gusta –contestó
Kat–. Es deslumbrante.
Por lo menos, las vistas eran
impresionantes, con una panorámica de
180 grados sobre el puerto y las
montañas. La casa era una
monstruosidad de cristal y metal,
surgida como una mala hierba de la
ladera de la colina del dinero.
–A Kirk le van muy bien las cosas,
¿no te parece? Por eso ha organizado
esta pequeña fiesta de celebración. Para
darles las gracias a todos sus amigos. –
Movió la mano señalado el jardín de
césped que tenían a sus pies.
Kat dirigió la mirada hacia el jardín.
Había pequeños grupos de personas en
torno a las mesas, probando el vino y
los canapés. No obstante, no conocía ni
a uno solo de ellos. ¿De dónde habían
salido los nuevos amigos de Kirk?
–Tenéis que probar el vino. Es
fantástico, Kat, es fantástico. –Suzan
sorbió de su copa de tamaño
desproporcionadamente grande–. Y
también muy rentable
–Lo haré dentro de un rato –dijo
Kat–. De momento, me limitaré al agua.
—Quería mantenerse sobria hasta
haberse asegurado de que Jace le
devolviera la botella a Kirk, pero
resultaba tentador.
–Es una inversión muy buena –dijo
Suzan mientras sus manos jugueteaban
con la copa–. Tal vez a vosotros
también os interesaría.
Kat avistó a Jace hablando con Kirk
en el jardín, junto a la barra de bar. Se
disculpó y fue directa hacia él. Jace la
saludó con la mano mientras ella
cruzaba el jardín.
–Te lo dije, Kat. Kirk ha encontrado
finalmente su nicho de negocio. ¿No te
parece una fiesta estupenda? –Jace le
sonrió.
El plan de Kat era devolver el vino
y quedarse sólo para la cena. Pero Jace
estaba empezando a divertirse
demasiado. Siempre se animaba cuando
tenía una copa en las manos.
–¿Vino?–El camarero sonrió y les
llenó las copas con el mismo Screaming
Eagle Cabernet Sauvignon vintage que
Kirk les había regalado.
Qué demonios. Al menos podía
permitirse coger una copa
reservándosela para más tarde. Kat
raramente asistía a fiestas de aquel
estilo, de modo que no estaría de más
aprovecharla. Kat cogió la copa y se
volvió hacia Kirk.
–¿Cuánto tiempo llevas haciendo
esto?
–¿Haciendo qué? –La expresión
obtusa de Kirk se metamorfoseó en otra
de entendimiento. –Ah, vale, te refieres
a las inversiones en vino

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