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Libro PDF La furia ambar – Natalie Hayes

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Solo voy a responder de la forma más
sencilla que pueda: los conocí el 6 de
enero de 2011, en el sótano del número
58 de Rankeillor Street. Y no habría
creído que ninguno de ellos pudiera
hacer algo tan monstruoso.
Eso no es del todo cierto, claro. Era un
grupo difícil incluso para los estándares
del Centro. Pero Robert me había
advertido que serían complicados, así
que mis expectativas eran bajas.
Fui a ver a Robert el día antes de que
empezaran las clases, en el Centro de
Educación Especial de Rankeillor
Street. El edificio estaba vacío, salvo
por nosotros dos, pero tuve que coger
impresos, carpetas y listas de
matriculación, la mayoría de las cuales
estaban llenas de pósits que vinculaban
nombres de niños con problemas
médicos. A primera vista, al menos la
mitad de ellos eran alérgicos a algo:
frutos secos, polen, contaminación
atmosférica, gluten, esporas de moho.
«No parecen muy fuertes», señalé,
echando un vistazo a las páginas que
Robert acababa de darme. Su despacho
era una sala enorme, de techo alto, cuyas
elegantes proporciones dividía una
pared. La otra mitad se había convertido
en el despacho de su secretaria.
Estaba llena de archivadores desde la
puerta hasta la pared del otro extremo.
Delante había un escritorio
escrupulosamente organizado: al
ordenador colocado en una esquina le
correspondían tres bandejas de alambre
una sobre otra, con letreros que decían
«Entrada», «Salida» y «Pendiente»,
todas vacías. Junto a ellas había una
fotografía de dos niños, con el pelo
oscuro y sonrientes, frente a un lago y
bajo una lluvia torrencial. Era evidente
que el marco estaba hecho a mano —con
arcilla púrpura brillante y deforme—,
posiblemente por uno de los niños de la
imagen.
El despacho de Robert era el yin del
yang de Cynthia. Abultadas carpetas se
apilaban sobre cada superficie plana,
incluyendo el suelo. Trozos rasgados de
papel con nombres o iniciales hacían
equilibrio sobre ellas. En cambio, la
única fuente de luz de Cynthia era la
verdosa bombilla de larga duración que
colgaba del techo; el despacho de
Robert tenía dos enormes ventanas de
guillotina que daban a Rankeillor Street.
A la izquierda se veía Salisbury Crags,
los oscuros acantilados que se alzan
amenazadoramente sobre Edimburgo y te
recuerdan que aquí no estamos para
tonterías. Las ventanas estaban
enmarcadas por cortinas tupidas y
teatrales, con pliegues de un color
carmesí oscuro revestidos por una
delgada película de polvo, que dejaban
entrever retazos de cortina. Alguien les
había pasado una errática aspiradora,
pero había perdido la voluntad antes de
cantar victoria.
—No te creas ni una palabra —jadeó,
mientras buscaba en torno del escritorio,
la mesa y la repisa sobre la chimenea
que llevaba mucho tiempo apagada,
intentando asegurarse de que había
reunido todo lo que tuviera «Alex» o
«A. M.» escrito en su cubierta—.
Quiero decir, yo lo creo —se corrigió
—. No los pongas a prueba tirándoles
cacahuetes, o pidiéndole a un asmático
que suba corriendo las escaleras. Pero
tranquila, Alex, a estos chavales no los
tumbará un simple alérgeno. Esos
detalles aparecen cuando los examinan
médicos y trabajadores sociales, por
supuesto, para evaluar sus necesidades y
carencias educativas específicas, y
tenemos que mantener un registro
completo de todo, aunque parezca
trivial. Dudo —miró el archivo que
sostenía— que Jenny Stratton tenga
problemas con su alergia al lichi en tu
clase. Te costaría encontrar un lichi en
esta ciudad, para empezar. Es
asombroso que descubrieran que era
alérgica. La mayoría se comportaría
estupendamente en cuanto te conozcan.
Puede que algunos tengan menos ganas
de hacer teatro o dramaterapia que
otros. Algunos tienen mucha confianza;
otros son, ya sabes, más tímidos.
—¿Cuántos alumnos tienes aquí? —le
pregunté, mirando el caos de papeleo.
No podía haber sitio en el edificio (un
gran chalé reformado que se extendía a
lo largo de cuatro pisos, con ladrillos
amarillos ennegrecidos por la suciedad)
en proporción a la cantidad de niños que
se necesitaban a la hora de generar esa
cantidad de impresos.
—Normalmente hay unos treinta, pero
vienen y van, claro. Mandarán a nuevos
alumnos a partir de la segunda semana
de clases, espero. Y perderemos a
algunos de estos a medida que pase el
tiempo.
—¿Perderlos?
—Rankeillor Street es una organización
de caridad. Los chicos vienen aquí
cuando no tienen nadie que los acoja.
Gracias a nuestros benefactores,
podemos aceptar a algunos alumnos
rechazados por un sistema que no les da
opciones. A la mayoría los han
expulsado de por lo menos un colegio,
aunque hay alumnos a los que acogemos
antes. —Empezó a buscar algo que
había debajo de los papeles del
escritorio—. Sus padres o tutores
mandan una solicitud y, si pensamos que
les podemos ayudar, ayudar de verdad,
intentamos hacerles un hueco. Nuestro
procedimiento de admisión se basa en
las donaciones que recibimos, no
aceptamos a alumnos que solo tienen
dificultades con los estudios. Esos
tienen muchas otras opciones a su
alcance. No todas son buenas, lo sé,
pero existen.
Al final encontró lo que buscaba: un
maltrecho bolígrafo, con el que
garabateó una nota en la carpeta que
llevaba en la mano izquierda. Ni
siquiera se detuvo cuando escribía.
—Admitimos a los que no van bien en
otro sitio, por la razón que sea: les han
acosado, maltratan a sus compañeros, no
encajan, etcétera. Aquellos para los que
de verdad podemos cambiar las cosas.
Pero nuestro objetivo es conseguir que
vuelvan a los colegios normales, si
podemos. Así que, en realidad,
intentamos librarnos de ellos lo antes
posible. Y a veces sale, pero no
siempre. También perdemos a algunos
porque aquí no les va mejor que en otros
colegios. Hasta las redes de seguridad
tienen agujeros, ¿sabes?
Asentí, preguntándome qué quería decir.
Robert siempre había sido así, tendía a
asumir que los demás sintonizaban con
sus procesos mentales más de lo que lo
hacían en realidad.
O de lo que yo estaba, en todo caso.
—Normalmente no más de uno o dos por
trimestre —añadió—. A no ser que sea
un trimestre muy malo.
Miró por encima de sus gafas de media
luna los papeles que yo intentaba poner
en un orden coherente.
—Probablemente, esta clase —alargó la
mano y tocó una de las páginas con el
extremo del bolígrafo— será la más
difícil para ti.
—¿Por qué?
La hoja solo tenía cinco nombres, una
clase pequeña de cuarto. Calculé:
quince años. Me entregó tres carpetas
más, que organicé en lo que parecía un
orden sensato. Si podía controlar la
burocracia, quizá pudiera controlar el
aula. Ahora tenía un juego de carpetas
para cada clase y una clase de cada
curso, cinco en total. Al mirar las listas
de nombres desconocidos, me pregunté
cuánto me costaría asociarlas con los
alumnos. Robert no respondió la
pregunta.
—Creo que esta es la última, Alex —
dijo—. No te voy a mentir. Pueden ser
unos cabrones. Pero no te preocupes. Al
final los conquistarás. No te voy a dar
cada palabra que tenemos escrita sobre
cada niño; leerlo todo solo serviría para
estresarte. Aquí tienes lo que necesitas.
Si no sabes qué hacer con un alumno
concreto, ven y pide el archivo
completo; Cynthia tendrá una copia que
puedes leer. Pero estos chicos merecen
ser más que sus expedientes, así que no
preguntes a menos que necesites saber
algo.
Quería preguntarle qué tipo de
información podían contener los
expedientes que yo no tuviera, pero ya
había cambiado de tema. Cerebro de
mariposa, lo habría llamado mi madre:
se posaba en un tema, luego aleteaba
hacia otro antes de que pudieras llegar.
Tendría que haber sido exasperante,
pero su entusiasmo era tan vivo que
hacía que te quisieras apresurar para
ponerte a su altura, en vez de
enfurruñarte porque no te prestara
atención. Siempre había sido así,
incluso cuando yo era estudiante, y él
daba clase en los edificios de la
universidad en George Square, a menos
de un kilómetro y medio de donde estaba
sentado, en el brazo de su silla cubierta
d e tweed raído. Era el profesor con el
que siempre habías soñado: apasionado,
excitante, divertido.
Su porte rechoncho le daba un aspecto
entrañable que solo era real si le
entregabas el trabajo a tiempo, con toda
la bibliografía y pulcramente impreso.
Aunque su pelo rojizo se había
descolorido hasta alcanzar un gris
arenoso y su cara tenía unas cuantas
arrugas más, todavía parecía el actor
que había sido en su juventud. Incluso
aquel día, antes de la inauguración
oficial del Centro, llevaba un traje de
tres piezas con un chaleco de tela
escocesa, como si fuera un barítono en
una boda que hubiera perdido
temporalmente al resto de su coro. Y eso
cuando no iba muy elegante. Me miré los
vaqueros, que ahora estaban cubiertos
de trozos de papel blanco que se habían
desprendido de los papeles que
sostenía, como diminutos y sucios
confetis.
—Te voy a enseñar tu aula —anunció—.
Déjalas aquí. —Señaló las carpetas,
luego miró el despacho, intentando
encontrar un lugar vacío—. Ponlas si no
en la mesa de Cynthia —dijo en voz más
baja, como si ella fuese a aparecer y
abroncarlo—. Estoy seguro de que no le
importa. Solo es un momento.
Les quité el polvo con la manga antes de
dejarlas sobre el escritorio y salí de la
habitación tras él. Bajamos los dos
tramos de escaleras que había hasta el
entresuelo, luego descendimos hasta el
sótano y lo que era ahora mi aula. Las
escaleras se volvían más oscuras cuando
llegamos al pasillo al fondo. Dos
bombillas amarillas llenas de arañazos
arrojaban una luz tenue sobre los
últimos peldaños y la puerta del aula,
que era de color verde industrial. Era
como meterse en un pantano frío. En
invierno, Edimburgo es bastante lóbrego
sin bajar al subsuelo.
Apenas hacía más calor en ese pasillo
húmedo que en el exterior, bajo el
aguanieve.
—A los alumnos les gusta estar aquí
abajo —dijo, abriendo la puerta y
echándose a un lado para que yo pudiera
entrar. Para haber trabajado una
temporada con la Royal Shakespeare
Company (en papeles de alabardero,
cariño, pero aun así cuenta), mentir se le
daba fatal.
Al menos mi predecesora había
intentado convertir el lugar en un sitio
agradable. La pared trasera era de un
naranja chillón, y los radiadores estaban
al máximo, de modo que el aula en sí
estaba relativamente seca. Pero había un
acre olor a moho y, mientras miraba las
puertas combadas de los armarios que
se extendían a lo largo de la pared bajo
las ventanas de la parte delantera del
edificio, imaginé que si las abría el olor
sería todavía más fuerte.
El aula era enorme, probablemente más
grande que el piso de una habitación en
la que me quedaba, en la misma calle.
Se extendía por debajo de todo el
edificio, que parecía compensar la
inclinación porque estaba sobre una
colina. Las ventanas traseras daban a un
patio que debía de haber sustituido al
jardín cuando convirtieron la casa en un
centro de educación especial. A juzgar
por la basura, ahora se utilizaba sobre
todo para fumar. Pero en la parte
delantera, donde el suelo se había
levantado, la ventana daba a una pared
encalada con una pequeña puerta en un
lado.
Me fijé en el ojo de la cerradura, grande
y abollado, y me pregunté si todavía se
podría abrir la puerta. Tuve una breve
visión, en la que me quedaba encerrada
junto a una clase de niños burlones que
me odiaban, y me estremecí. Supuse que
probablemente había sido la carbonera.
Bastante por encima de mi cabeza
observé la densa capa de gravilla en el
espacio entre la verja que daba a la
calle y las escaleras que subían hacia la
puerta delantera del edificio. Solo veía
la parte baja de unos tristes matorrales
en macetas, que no hacían nada por
cambiar la triste fachada del Centro.
Como tantos edificios de Edimburgo,
era grandioso y al mismo tiempo
decadente.
Robert pulsó el interruptor que había
junto a la puerta y tres cansadas
bombillas destellaron por encima; dos,
sobre las sillas y las mesas del extremo
delantero del aula, y otra sobre el
espacio sórdido y vacío de la parte de
atrás. Parpadeé y me pregunté si había
bombillas de menos de cuarenta vatios
y, si era así, por qué alguien las usaría
en un aula.
—Carole, tu predecesora, daba la
mayoría de las clases aquí —dijo,
señalando las sillas. Asentí. Si quería
que los niños superasen la penumbra,
tenía que hacerlo.
Incluso en verano, descubrí, había que
encender las luces en esa aula. ¿Cómo
demonios había dado clase de plástica
Carole ahí? ¿Por qué no había pedido
que pusieran más luces?
Las sillas eran viejas y distintas entre sí.
Había una magullada silla de cuero
marrón tras la mesa del profesor, mi
mesa, y las demás estaban cubiertas de
tela de mugrientos tonos rojos, púrpuras
y marrones. Las paredes estaban
decoradas con collages y dibujos
brillantes que, supuse, habían hecho los
niños el trimestre anterior. Pero los
bordes inferiores de cada dibujo
empezaban a despegarse, como si el
aula intentara deshacerse de cualquier
signo de vida.
La tarde siguiente estaba sentada en el
sótano, esperándolos. Había dado tres
clases esa mañana que habían ido
relativamente bien, si tenemos en cuenta
que hacía tres años que había obtenido
mi título en educación. Había dirigido
bastantes talleres de teatro para niños,
pero en realidad no había impartido una
sola lección desde que había terminado.
Sabía perfectamente que si Robert no
hubiera sido mi amigo, nunca habría
conseguido el trabajo en Rankeillor
Street, por méritos o por experiencia.
¿Cuánta gente consigue un trabajo
gracias a una llamada de teléfono?
Robert había comentado algo sobre un
puesto inesperado y contratos
temporales que eran difíciles de
conseguir, pero le habría resultado fácil
encontrar a alguien mejor que yo. No
podía ni empezar a sentirme culpable
por toda la gente que debía de haber
pasado por alto.
Había conocido al resto del equipo del
centro a la hora del almuerzo, en el piso
de arriba, mientras cotilleaban y comían
sándwiches y tazones de sopa calentada
en el microondas. Una cosa estaba clara,
la clase sobre la que Robert me había
advertido era impopular entre casi
cualquier docente. Vi miradas de desdén
cuando pregunté por qué eran mucho
peores que los demás. «¿Cuántas horas
tienes?», espetó una mujer muy nerviosa,
que se echó contra un cojín antes de
iniciar su letanía. Pero Robert, cuyas
orejas de murciélago no se perdían
nada, intervino y dijo a todo el mundo
que dejara de asustarme.
—Si se marcha —siseó—, alguien
tendrá que dar sus clases. —Miró al
resto del equipo—. Todas sus clases —
subrayó.
Así que, cuando se abrió la puerta del
aula, recordé la conversación que tenía
a menudo con mis compañeras de piso
en la época en la que todas nos
formábamos para dar clase: una de
matemáticas, otra de historia, y yo de
teatro y dramaterapia. Los niños son
como animales, decíamos. Notan el
pánico. Como animales sociales. Como
hienas. Saben cuándo tienes miedo y lo
usan en tu contra, aprovechando su
superioridad numérica para destruirte.
Ciertamente, los considerábamos
equivalentes a perros salvajes. No era
raro que lo hubiese dejado nada más
obtener el título; ningún público era
nunca tan aterrador como una clase y,
además, el director no tiene que
enfrentarse al público. Nosotros —
debería decir ellos— nos podemos
esconder tras los actores.
Los olí antes de verlos; humo reciente se
aferraba a sus ropas cuando entraron.
Fuera lo que fuese a lo que tenían
alergia, no era al tabaco. Mientras los
cinco se metían en la clase —llegaban
tarde, por supuesto—, un chico pequeño,
desaliñado y pelirrojo preguntó lo que
todos estaban pensando: «¿Quién coño
eres?».
—Vamos, sentaos —contesté, señalando
las sillas en el centro de la habitación.
Estaba apoyada en la parte delantera de
la mesa, intentando aparentar
naturalidad. Era la primera de las
muchas cosas que hice mal. No debía
hacerme amiga suya. Tenía que parecer
una figura de autoridad. Por eso dan a
los profesores la mesa más grande.
—Ya sabes quién es —silbó una de las
chicas al pelirrojo—. Es la amiga de
Robert. La señorita Allen está de baja
maternal, ¿no?
Él se encogió de hombros y asintió. Los
cinco se sentaron, tres chicas y dos
chicos.
—Soy Alex Morris —dije—, y estoy
encantada de conoceros. —Leí de la
hoja que Robert me había dado—:
Debéis de ser Annika, Mel, Carly, Ricky
y Jono.
Se me quedaron mirando. Los dos
chicos estaban sentados

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