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Libro PDF Un baile más Loli Deen

Un baile más - Loli Deen

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—Soy Emily ¿Y tú? —pregunté tragando saliva. No esperaba su cercanía. Estaba invadiendo mi espacio personal y me sentí acorralada entre su fuerte cuerpo y mi
casillero.
—Jacob, ¿puedo acompañarte a tu casa? —preguntó para mi enorme sorpresa.
—Si quieres…
Caminamos lento hasta llegar a mi hogar, me contó de su vida y yo de la mía. Nuestros padres habían resultado ser amigos, y era uno de los visitantes habituales en
mi casa. Teníamos más cosas en común de lo que creíamos en un principio.
Al llegar al porche no nos despedimos, nos sentamos y continuamos conociéndonos, intercambiando opiniones sobre bandas de música que nos gustaban y cosas
que nos interesaban.
Poco a poco comenzamos a pasar más tiempo juntos, hasta que finalmente me besó. Para mí era la primera vez que alguien lo hacía, él tenía experiencia, pude
notarlo de inmediato. Su beso fue seguro y nada tímido. Sus labios se cerraron en torno a los míos y no tuve más remedio que abrir la boca y albergar su lengua, se sintió
bien. Creí que a alguien en el mundo le importaba. Ya no me parecía estar sola. Sus manos se aferraron a mi cintura y acarició mi espalda.
Durante un tiempo, lo único que hacíamos era besarnos y acariciarnos. Luego sus manos comenzaron a exigirme más y más. Ya no le bastaban mi espalda o mi
pelo.
Y se aventuró a acariciar mis pechos por encima de mi remera. Al principio me resultó algo incómodo, pero luego, yo también quise más. Mi trasero fue su
siguiente víctima. Y finalmente me tomó por el pelo y me agachó hasta su entrepierna. Lo miré confundida.
—¿Qué esperas que haga? —pregunté como una idiota, claro que sabía qué quería, pero el temor me invadió.
—Merezco algo de tu cariño, ¿no?
—Sabes que te quiero Jacob.
—Demuéstramelo.
Inspiré hondo y me llené de valor, no tenía ni la menor idea de lo que debía hacer. Había hablado con mis amigas de sexo, pero no era lo mismo, ahora que tenía que
hacerlo.
Con dedos temblorosos bajé su cremallera y luego su vaquero. Comencé a acariciarlo por encima de la ropa interior, mientras él gemía.
—Vamos, hazlo.
—No sé cómo…
—Yo te guío —dijo y sacó su miembro. Mi primera sensación fue de asco. Me resultaba absolutamente asqueroso pensar en tenerlo en la boca. pero él, sin poder
esperar más, volvió a tomarme del cabello y me acercó a su pene.
—Abre la boca y chúpalo como si fuera una paleta, no es tan difícil.
Lo hice y aguanté la respiración. Una vez que estuvo entre mis labios, una arcada me invadió y él se rio.
—Puedes hacerlo mejor. Vamos —volvió a insistir.
Repetí la acción y luego lo lamí como si fuera una paleta. A él pareció gustarle lo que hacía y su respiración comenzó a agitarse. Unos minutos después su cuerpo
comenzó a temblar y un líquido tibio y salado me inundó la boca. salí corriendo al baño y lo escupí en el inodoro. Me la enjuagué y luego cepillé mis dientes.
Finalmente, el sabor se había ido.
Cuando volví a la habitación, él estaba recostado en mi cama con una amplia sonrisa de satisfacción y yo me sentí mejor de haber conseguido que la pasara bien.
Por un tiempo se conformó con eso. Continuamente me decía que quería que selláramos nuestro amor; sexo, por supuesto. Pero aún no estaba lista para eso.
Una noche mientras estaba encerrada en mi habitación escuchando música, golpearon mi puerta.
—¿Quién es? —pregunté desconfiada. Jamás nadie subía a molestarme.
—Soy yo. Ábreme.
—¿Qué haces aquí Jacob? —pregunté sorprendida al verlo tan tarde en mi casa.
—Vine a verte tonta ¿Qué crees? —dijo mientras entraba a mi dormitorio.
—¿Mi padre está?
—Sí, él me abrió, bueno más bien le abrió a mi padre, y yo me colé a tu habitación. Pero antes me traje esto —dijo mientras se sentaba en la cama y sacaba de su
bolsillo un pequeño papel de aluminio. Era heroína, la conocía bien. Jamás la había probado, aunque convivía con ella. Mis gustos hacia las drogas se reducían a
marihuana y cocaína, esta última, solo cuando necesitaba con desesperación olvidar quien era.
—¿Se lo sacaste a mi padre?
—No, se la compré —ya nada me asombraba de Hank, pero venderle a mi novio, era un nuevo récord en su marcador personal de padre del año.
—No sé si quiero hacerlo…
—Bien, no lo hagas, más para mí —volvió a meter su mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó de él un pequeño envoltorio. De éste tomó una cuchara, un mechero
y una jeringa. Puso un poco de polvo sobre la cuchara y la calentó hasta que se volvió líquida. Luego llenó la jeringa y me pidió que lo inyectara.
—Vamos, hazlo. Si me amas lo harás por mí —dijo ofreciéndomela. Mordí mi labio y finalmente di un paso hacia él. Tomé su brazo y enrosqué una banda elástica,
su vena rápidamente resurgió y clavé la jeringa en su piel. Cerró sus ojos y dejó caer su cabeza hacia atrás.
—¿Segura que no quieres un poco? Nos divertiremos juntos. Vamos —dijo luego de unos minutos de silencio.
—De acuerdo. Hagámoslo —respondí finalmente, luego de pensármelo unos segundos. Repitió la acción y cuando todo estuvo listo él me inyectó a mí. La
sensación fue increíble. Al primer contacto una oleada de bienestar me alcanzó, como si todo en el mundo estuviera bien. Un cúmulo de emociones, una especie de
euforia, alegría… la boca se me secó y el cuerpo pareció pesarme una tonelada.
Jacob comenzó a besarme desesperadamente, sus manos viajaban por mi cuerpo sin ningún remordimiento. Y cuando me di cuenta, ya estaba completamente
desnuda al igual que él.
—Hagamos el amor —dijo y se colocó un condón. Asentí presa de las sensaciones.
Lo sentí acomodarse entre mis piernas y ejercer presión contra mi vagina. Pero mi cuerpo estaba algo lento y más relajado que de costumbre, por lo que no tardó en
introducirse en mí. Una nueva sensación de irritación, ardor y dolor se alojó en mi pelvis. Pero apenas si podía levantar los brazos para tocarlo. De a poco comenzó a
tomar un ritmo más parejo y finalmente su cuerpo tembló y luego salió de mí.
—¿Lo disfrutaste? —preguntó al segundo. No estaba muy segura de haber estado presente, así que solo asentí. Y me dejé llevar por el adormecimiento que me
abrazaba.

Un paseo por el infierno
Para cuando Jacob y yo cumplimos un año juntos, ambos estábamos enganchados a la heroína. Mi vida era un completo desastre. Sexo, drogas, alcohol… todo
servía para olvidar quién era.
Mi padre había montado su propia cocina de heroína en nuestro sótano. Por lo que trataba de estar en la casa lo menos posible. Así que apenas si lo veía.
Concentrarme en la escuela era todo un reto, pero con un poco de fortuna conseguía pasar mis clases sin problema, no era una alumna sobresaliente, pero obtenía
buenas notas, siempre había tenido facilidad para entender y estudiar, así que era cuestión de mantenerme lo más sobria posible en horas de escuela y ya cuando salía
Jacob me esperaba en la puerta y nos íbamos a pasear por ahí en su vieja motocicleta o a casa de Demian, su mejor amigo, a quién llamaban “el tatuado”, ya que tenía
todo su cuerpo casi completamente tapado de tatuajes; y completaba el escalofriante look con unos aros expansores en sus orejas y otros en sus labios y cejas.
Hacía tiempo había notado que Demian tenía otras intenciones conmigo, su forma de mirarme, de hablarme. Siempre estaba pendiente de mí. Jamás dejaba que mi
vaso esté vacío, o que me encontrara sola. De alguna forma se las arreglaba para mantenerse cerca de mí y lejos del radar de Jacob.
—Un tatuaje te quedaría hermoso en esa piel —dijo mientras me servía un poco de bourbon en el vaso.
—No me animo Demian, me dan miedo las agujas.
—¿Es en serio? —preguntó atónito, estaba muy al tanto de mi adicción a la heroína y no se podía creer lo que le decía.
—Bueno, quizás no miedo a la aguja en sí. Más al dolor —dije entre risas al ver su expresión.
—No duele tanto como crees.
—¿Lo prometes?
—Te lo juro. Seré gentil contigo.
—De acuerdo, pero algo pequeño. Quizás un corazón en mi cadera ¿Qué opinas?
—Será hermoso, ya verás.
Mientras él preparaba las cosas, decidí darme un poco de anestesia con una nueva dosis.
Cuando todo estuvo listo, me bajé la pollera de jean que llevaba y corrí mis bragas. Sus ojos brillaron en el momento en que me vio y lo escuché suspirar.
Enseguida se recompuso y se puso a trabajar. Primero dibujó un pequeño corazón atravesado por una flecha, con un marcador y luego lo delineó con la máquina.
Finalmente lo pintó y quedó hermoso.
—¿Te gusta? —preguntó emocionado al ver mi sonrisa.
—Me encanta. Y tenías razón, no dolió tanto.
—Te lo dije, tengo una gran mano.
—Te lo aseguro —me acerqué a él, apoyé mis manos en su pecho y le di un beso en la boca, suave y sutil. Su cara enrojeció y cerró los ojos.
—¿La deseas? —preguntó Jacob a mi espalda, sobresaltándome.
—No es lo que crees Jacob, solo me agradecía el tatuaje —se apuró Demian a contestar a su amigo.
—No contestaste mi pregunta. ¿La deseas? —volvió a indagar. Di un paso hacia atrás, quería ver a dónde iba con eso.
—Sí, claro. ¿Quién no lo haría?
—¿Te gustaría estar con ella? ¿Saber cómo se siente su piel?
—Jacob, por favor… —respondió él nervioso y algo enojado.
—Déjate de estupideces tatuado, dime si te gustaría sí o no.
—¿A dónde quieres llegar Jacob? —interrumpí enojada por el camino que su juego estaba tomando.
—A ti no te pregunté nada —contestó sin vacilar.
—Sí, quiero estar con ella.
—Bien, te la presto, mejor dicho, te la alquilo —soltó mi novio como si hablara de prestar su moto.
—¿De qué carajo hablas Jacob? —dijo su amigo adelantándose a mí.
—Eres un maldito imbécil, Jacob. ¿Quién te crees que eres? —dije indignada, pero él me ignoró. Absolutamente cabreada, me dirigí al sofá a buscar mis cosas para
largarme, pero me detuvo tomándome por la cintura desde atrás y trayéndome de regreso.
—Un polvo por otro. Tú me das algo de heroína y yo te presto a mi novia. ¿Tenemos un trato?
—Claro que no idiota. Ella no es tu propiedad. Y si es inteligente, como creo que es, se alejará de ti y de mí.
Sus palabras me tomaron por sorpresa. Quizás sus sentimientos por mí eran más fuertes y auténticos que los de mi novio. Le sonreí con tristeza.
—Suéltame Jacob. ¿Quieres el trato? Bien, yo acepto acostarme con Demian, luego tendrás tu premio —dije en tono altanero. Ambos me miraron como si no
pudieran creer lo que oían. Tomé a Demian de la mano y lo llevé a su dormitorio. Una vez dentro lo empujé sobre la cama y me subí encima de él.
—No tienes que hacer nada Emily, no eres suya.
—Lo sé Demian, quiero hacerlo, para él tengo otros planes.
No lo dejé continuar hablando, me apoderé de su boca y lo besé con pasión, mi lengua se enredó con la suya, y mis dedos se mezclaron con sus rastas. Sus manos
se aferraron a mi cintura y gimió. Me alejé un poco, le quité la sudadera y lamí su cuello. Luego me saqué la mía y el brasier. Él acarició mis pechos con dulzura. Me giró
y me dejó sobre la cama, besó mi vientre en camino hasta mi pollera y la quitó junto con mis bragas. Luego se quitó el vaquero y se colocó el condón. Me penetró
suavemente, con dulzura. El sexo con él fue completamente distinto al que tenía con Jacob, a mi novio no le importaba en absoluto mi placer y mucho menos le
interesaba disfrutarme, solo buscaba su propio éxtasis.
En cambio, Demian, era gentil, dulce y estaba amándome de verdad. Cuando aumentó el ritmo mi cuerpo se tensó. Un cosquilleó me recorrió y luego una sensación
absolutamente placentera me alcanzó y finalmente la contracción de mi vientre se liberó. Era la primera vez que tenía un orgasmo. Luego fue el turno de Demian, tembló
encima de mí y también se dejó ir.
—Gracias por eso, lo disfruté mucho —dije mientras me ponía la ropa. Besé sus labios con dulzura y tomé de su bolsillo el paquete con heroína y salí a la sala.
Jacob estaba tirado en el sofá tomando una cerveza.
—¿Listo? ¿Y mi premio? —preguntó impaciente.
—¿Esto? —respondí balanceando el paquetito entre mis dedos.
—Dame —ordenó. Negué con la cabeza y me lo guardé.
—Tú y yo se terminó. No soy de tu propiedad, no puedes cambiarme. Solo me acosté con Demian porque yo quise. Ese es tu regalo, saber que él es mucho más
hombre que tú y me hizo gozar como nadie. Adiós imbécil. Que tengas una buena vida.
Su cara de asombro fue un regalo extra, al igual que la sonrisa de su amigo que me guiñó un ojo al salir.
Esa fue la última vez que vi a Jacob.
Unas semanas después de cumplir 18 años, la escuela finalmente terminó.
Conseguí trabajo en un bar cerca de mi casa, donde hacía de mesera para los perdedores locales. Una noche al volver tarde a casa las luces de los patrulleros
llamaron mi atención, estaban en la vereda. Cerré los ojos, pero no me acerqué.
Vi como subían a Hank esposado a la parte de atrás del patrullero. Uno de mis vecinos, el señor Fitherald se acercó.
—Fue una redada, linda. Alguien les dijo que era una cocina de heroína y pescaron a todos con las manos en la masa —dijo solo para mí.
—Iba a pasar en algún momento, ¿no? —respondí resignada.
A mi padre le dieron de 10 a 15 años. Esa fue la última vez que lo vi. Ahora definitivamente estaba sola. La policía clausuró la casa, por lo que me quedé sin hogar.
Solo pude sacar algunas de mis cosas. Busqué un motel económico que se caía a pedazos y me mudé.

Mi salvavidas
Con lo poco que ganaba en el bar, apenas si me alcanzaba para pagar el motel y evitar dormir en la calle. El dinero de las propinas me alimentaba algunas veces.
Otras, solo pasaba hambre.
Las drogas eran lo único que me ayudaba a sobrellevar mi patética existencia. No conseguía ninguna otra razón para levantarme cada día. Me encontraba
absolutamente sola.
El único pariente vivo y libre que me quedaba era mi abuela Bea, la madre de mi mamá, pero ella vivía en florida, y no había sabido de ella desde la muerte de mi
madre.
Me levanté de la cama y me metí a la ducha. Era uno de esos días donde las propinas no alcanzaban para alimentarme, así que me puse una pollera de cuero, una
sudadera de tiras negras y las botas. Tomé la chaqueta de jean y mi bolso, me maquillé un poco y me fui al trabajo. Comenzaba mi jornada en “The Cave”. Greg, mi jefe
y dueño del lugar ya estaba allí, como siempre. Pasé el trapeador al piso de madera, bajé las sillas, limpié las mesas y luego la barra. Lavé algunos vasos y bandejas que
quedaban y la gente comenzó a llegar. Era viernes, y como cada viernes, había micrófono abierto. Hoy se presentaba una banda local de rock. Ya los había escuchado y
sonaban bastante bien, por lo que sería una noche agitada, tocaban habitualmente aquí y se habían ganado su audiencia. De inmediato el bar se llenó.
—¿Qué tal suenan? —preguntó una voz masculina, mientras yo estaba limpiando la barra. Miré en su dirección, el hombre sobresalía entre el público, llevaba un
traje negro y una camisa blanca, sin corbata, su cabello oscuro muy bien peinado, y barba candado prolija y de color caramelo. Sus ojos me hipnotizaron, eran de un
color miel mezclado con verde, y tan pequeños que me resultaban dulces. Me regaló una sonrisa y no pude evitar devolvérsela.
—Suenan muy bien. Son de los mejores que tocan aquí —dije finalmente luego de la rigurosa inspección.
—Me das una cerveza, por favor.
—Enseguida, ¿alguna preferencia?
—Guinness si tienes —tomé una botella helada de la heladera y se la serví junto a una servilleta.
—Aquí tienes. ¿Quieres un vaso?
—¿Por quién me tomas, pequeña? —dijo con una sonrisa.
La banda comenzó a tocar y él se concentró en ellos, y yo en él. Debía tener más de 30 años, eso seguro, pero era muy apuesto y me resultaba particularmente
interesante. Había algo en él que no me dejaba desviar mi mirada. Hasta que sus ojos se encontraron con los míos y mis mejillas ardieron al descubrir que me había
sorprendido mirándolo como una idiota.
—¿Cuál es el veredicto? —preguntó entre risas.
—¿Cómo dices? Yo…
—Me refiero a la banda —me interrumpió certeramente.
—Ya te dije, a mí me gustan. ¿Y a ti?
—¿Quieres mi opinión profesional o solo como alguien en un bar?
—¿Profesional?
—Soy productor musical, por eso vine esta noche. Me hablaron de ellos.
—Entonces prefiero la profesional.
—Son buenos, necesitan trabajo, pero tienen potencial.
—Estoy segura que estarán felices de escuchar eso.
—Shhh, es un secreto entre tú y yo. Ellos no deben saber que me interesan, sino, pierdo la ventaja.
—O quizás desperdicies una buena oportunidad… —dije a modo de invitación, esperaba que captara mi indirecta.
—¿Tú qué harías en mi lugar? —respondió siguiendo mi juego.
—Dejaría que vean que me interesan.
—Pongamos a prueba tu método, ¿cenarías conmigo?
—¿Me lo está pidiendo el productor? Porque debo confesar que no sirvo para cantar.
—No, te lo está preguntando el tipo del bar, que está absolutamente aturdido por tu belleza desde que entró —dijo muy seguro de sí mismo. Y casi
involuntariamente mordí mi labio.
—Entonces diría que sí.
—Tu método sirve, pequeña. Seguiré tu consejo y te cuento mañana en la cena como me fue.
—Suena bien.
—¿Me das tu número de teléfono? —tomé una servilleta y lo apunté y se la entregué.
—Aquí tienes. Soy Emily.
—Cristian McArtur, encantado, pequeña —extendió su mano y yo le ofrecí la mía, pero no la apretó, se la llevó a la boca y besó mi palma.
Al día siguiente cenamos juntos, y repetimos los otros dos días. Finalmente, una noche pasó a buscarme por el bar y me llevó al motel. Su primera reacción fue
horrorizarse por el lugar donde estaba viviendo. Le había contado muy pocos detalles de mi vida. Y había ocultado los más pesados. Como el suicidio de mi madre, la
detención de mi padre, mi adicción… en fin, casi todo.
—No deberías vivir en un lugar así, es peligroso —dijo sentándose en la cama
—No te preocupes por mí, sé cuidarme sola.
Lo miré con deseo, realmente me encantaba, me trataba como una princesa, corría mi silla, abría mi puerta, me mandaba mensajes o me llamaba varias veces al día. y
siempre aparecía con flores, bombones o algún regalo para alegrar mi día. Pero además de ser un completo caballero, era absolutamente apuesto y encantador. Y hasta
ahora no me había besado, mi edad lo aterraba, él tenía 35 años, y cada vez que quedábamos a escasos centímetros de nuestras bocas, cerraba los ojos y me repetía que
no estaba bien. Pero yo estaba más que decidida a tenerlo en mi cama.
Sin correr mi mirada de la suya me quité la sudadera y bajé mi pollera, quedé en ropa interior ante su sorprendida mirada.
—No puedo hacerlo Emi, eres muy chica…
—No estás haciendo nada, lo hago yo.
—Pequeña…
No lo dejé continuar, me acerqué a él y me senté en sus piernas, pasé mis manos por su suave cabello, lamí sus labios y él suspiró. Entonces me besó, su beso era
demandante, exigente y me volvió completamente loca. Comencé a desabrochar su camisa con prisa.
—Tranquila Emi, quiero disfrutarte —dijo sosteniendo mis manos con las suyas. Me giró y me dejó sobre el colchón. Besó mis labios y lamió mi cuello. Fue
bajando lentamente hasta mis pechos, los liberó del brasier, los lamió, mordió mis pezones y yo me arqueé de placer. Sus manos recorrieron el contorno de mi cuerpo
hasta llegar a mi cadera, las pasó por debajo de la tela de mis bragas y acarició mi sexo lentamente. Jadeé al sentir su toque experto en mí. Sus dedos se hundieron en mi
vagina llevándome a un nuevo placer. Yo solo podía gemir y retorcerme en la cama. Luego bajó mis bragas y besó

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