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Graziella – Liz Wyler

 Graziella – Liz Wyler


Graziella – Liz Wyler

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Graziella avanzó descalza por el
parqué de su ático en Nueva York. La
vista desde la terraza alcanzaba gran
parte de la ciudad en la que, al
atardecer, las cúpulas del Chrysler o el
Empire State comenzaban a brillar como
refulgentes diamantes. Entró en el baño
y deslizó la toalla que la envolvía hasta
el taburete de madera blanca. El olor a
camelia y la suave luz de las velas la
hicieron sentirse reconfortada. Cerró el
grifo y se sumergió en la bañera dejando
que el agua caliente la abrazara. Estaba
muy nerviosa. Tom la había citado
aquella tarde en el Rubi’s, su restaurante
favorito. Su mensaje había sido muy
insinuante y Graziella pensó que quizás
se había decidido por fin a dar el paso.
Llevaban seis meses saliendo juntos
pero parecía que fuese toda la vida. Se
conocieron en el trabajo. Graziella
había pasado una noche horrorosa en la
que casi no había pegado ojo. Tenía
demasiado trabajo, demasiada
responsabilidad y hacía ya un par de
años que no salía con ningún chico, que
no había nadie a su lado que la ayudara
a liberar tensiones de vez en cuando.
Aquella mañana Graziella pasó por el
Starbucks de la esquina, como siempre,

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para recoger su imprescindible
capuchino en un gran vaso de plástico.
Lo pidió bien cargado, necesitaba
energía para no pasarse el día
arrastrándose por los pasillos. Estaba
lloviendo, saludó al conserje del
edificio de oficinas y subió en el
ascensor maldiciendo el tiempo hasta la
planta cincuenta y siete. Allí se
encontraba el departamento de marketing
del que era responsable. Cuando llegó a
su amplio despacho con vistas al río,
dejó el bolso y el café sobre la mesa y
se quitó la gabardina. El movimiento
brusco que le imprimió su malhumor
hizo que derramara el café sobre el
teclado de su portátil. Era lunes, la
semana no podía comenzar peor. Tomó
el teléfono y marcó el número del
departamento de informática. Debbie le
contestó con su habitual desgana,
enviaba a alguien enseguida. Se quejó
de nuevo por el horrible tiempo, solo
apto para quedarse en casa junto a la
chimenea. Abandonó su gabardina en el
perchero, aquella mañana tomaría café
de la máquina del pasillo. Bueno así
charlaría un rato con las otras chicas.
Dio al botón de encendido del
ordenador y comprobó que no
arrancaba. Se puso a maldecir cuando la
puerta de su despacho se abrió
tímidamente. A continuación entró un
chico alto, atlético, con el flequillo
rubio ligeramente caído sobre la frente.
Graziella abrió los ojos un poco más.
Vaya, pensó, el lunes puede mejorar.
—¿Qué quieres?
—Soy Tom. Creo que has
pedido ayuda.
—¿Ayuda? —Graziella, se sintió
un poco estúpida. No le importaría que
la ayudara en diferentes posturas sobre
la mesa, pero no recordaba haberlo
llamado. Él señaló el portátil.
—Ah, sí, claro. Te envían de
informática, ¿no? Adelante, supongo que
me tendré que levantar para que me
eches un… —Graziella se puso
nerviosa, no sabía ni lo que estaba
diciendo, en realidad le costaba pensar
con claridad— para que le eches un
vistazo al ordenador. Voy a tomar un
café.
Salió algo atolondrada. Aquel
chico era guapísimo. No pasaría de los
treinta pero tenía un aire de seguridad y
firmeza que hizo que le temblaran las
piernas como a una colegiala. En el
pasillo había tres chicas junto a la
máquina del café y todas miraban con
cara de interrogación a Graziella.
—¿Qué pasa? —Preguntó al
aproximarse al grupo, aunque ya sabía la
respuesta.
—¿Cómo que qué pasa? —Se
adelantó Sandra—. ¿Y ese pedazo de
tío?
—No lo sé, es el informático.
—Pues debe de ser nuevo, te
aseguro que si lo hubiera visto antes, me
acordaría —las otras chicas asintieron
—. Tienes que enterarte, pregúntale a tu
padre —insistió Sandra.
—No puedo importunar a mi
padre con esas cosas, además, es
posible que no le haya contratado mi
padre, Debbie lo habrá hecho.
—¿Debbie-me-importa-todo-uncarajo?
Vaya, vaya —las demás chicas
apoyaron a su compañera con una risita.
No podía preguntar a su padre,
pero buscaría quién le diera respuestas.
Graziella tenía veintiocho años y
hacía tiempo que no salía con nadie. A
pesar de ser la hija del jefe de la
empresa, trabajaba muy duro todos los
días para que aquel detalle se olvidara
entre sus compañeros, quería ser una
más. Algún día ella heredaría el negocio
pero hasta entonces tenía que hacer
creer a todos y a sí misma que el hecho
de ser la hija del jefe solo era un detalle
sin importancia, una cuestión
circunstancial. Así que su trabajo le
absorbía demasiado tiempo, tanto que
había tenido que contratar a una
asistenta que le ayudara hasta con las
compras de ropa.
Tom había despertado su
curiosidad. Y no hizo falta preguntar a
nadie. Graziella sufrió una serie de
pequeños “accidentes” informáticos en
los días sucesivos que hicieron que las
visitas de Tom fueran cada vez más
habituales. Así que fue el propio Tom
quien le contó que tenía veintiocho años,
que se había criado en un pequeño
pueblo del sur, que su pasión desde niño
era la informática y que había sido
fichado por la compañía después de
trabajar en otras dos empresas. Tras
varios días, todo el mundo cuchicheaba
acerca de Graziella y Tom. Sandra dejó
de hablarle durante un tiempo. Al cabo
de dos semanas tuvieron la primera cita.
En el Rubi’s, el mismo restaurante
donde habían quedado esa noche.
Graziella salió de la bañera y se
enrolló la toalla. Tenía preparado sobre
la cama el vestido que iba a ponerse esa
noche. Era un vestido rojo, largo, de
encaje, con escote en pico, que dejaba
los hombros y la espalda al descubierto.
La falda, larga y de estilo sirena, tenía
una abertura lateral que al caminar hacía
que se mostrara la pierna izquierda. Le
costó poco decidirse por él. Fue al
atelier de una conocida estilista y en
menos de media hora había comprado el
vestido y las sandalias y el bolso de
color arena.
Antes de vestirse decidió ir a la
cocina y servirse una copa de vino.
Graziella no entendía de vino pero su
padre le enviaba cada seis meses una
selección de los mejores que se
comercializaban en todo el mundo. Y
aquellas botellas muchas veces se
echaban a perder porque Graziella
apenas invitaba a amigos a su
apartamento de Manhattan. Así que
Lolita solía llevarse a su casa de vez en
cuando un par de botellas de quinientos
dólares, que luego se tomaba con su
madre y sus hermanas los domingos, con
el arroz y los frijoles. Más de una vez le
había contado cómo habían terminado
borrachas, Una vez abierta no se puede
dejar o se echará a perder, mientras los
chiquillos correteaban alrededor de la
mesa.
Se tomó el vino mientras
observaba a través del espléndido
mirador. Ya era de noche. Los taxis
avanzaban veloces por la calle, cuarenta
y tres pisos más abajo, desde allí
parecían pequeñas y veloces
luciérnagas. Saboreó el vino,
maravilloso, como todo lo que su padre
le regalaba.
Su padre era un hombre hecho a
sí mismo. Comenzó con el negocio de
los coches de segunda mano, con el que
consiguió amasar una pequeña fortuna.
Después dejó aquello y se metió en el
mundo del lujo. Por aquella época se
divorció de la madre de Graziella y,
aunque no volvió a casarse, anduvo de
flor en flor saliendo con muchas
mujeres, tantas que Graziella no podía
seguir la cuenta. Poco importaba,
aquellas mujeres entraban y salían de la
vida de su padre más rápido que los
taxis avanzaban por las avenidas
neoyorkinas. Ella adoraba a su padre
pero había hecho sufrir muchísimo a su
madre. Graziella se crió con ella, nunca
les faltó el dinero, de eso se encargó él.
Fue a un colegio estupendo y eligió los
estudios universitarios en una
universidad próxima a su casa, para no
dejar demasiado tiempo sola a su madre.
Su padre habría preferido que estudiara
en otra universidad de más prestigio, en
la de Harvard, por ejemplo, de la que él
era mecenas. Pero Graziella no quiso ni
intentarlo. Cuando terminó sus estudios
de diseño y marketing su madre murió.
Se pasó dos meses sin salir de casa. No
le salían las lágrimas, apenas comía y
solo se dedicaba a caminar por la casa
sin rumbo fijo, caminaba y caminaba por
los pasillos estrechos, que algunas veces
se cernían sobre ella como si fueran a
aplastarla. Su padre fue varias veces a
verla pero ella le decía que todo estaba
bien, que simplemente necesitaba tiempo
para reflexionar. Su padre se iba
compungido pero nada podía hacer con
una mujer de veintiún años. Hasta que un
día, sin venir a cuento, Graziella vio a
través de la ventana que en el jardín de
su madre brotaba la primera rosa de la
primavera. Entonces comenzó a llorar.
Lloró durante varias horas hasta quedar
dormida sobre la alfombra del salón. Al
día siguiente recibió una llamada de
Austin donde le ofrecían un trabajo en
un estudio de diseño. Y allí se fue a
trabajar. Tras dos años intensos donde
aprendió muchísimo y se dejó querer
por Steve, un compañero graciosote y
poco pasional, su padre le ofreció un
nuevo trabajo. Había abandonado el
mundo del lujo, harto de tratar con
chinos y rusos, decía, para pasarse a la
alimentación ecológica. Graziella
aceptó sin ni siquiera pensarlo. Echaba
de menos Nueva York. Una vez que has
mordido la Gran Manzana ya nada te
sabe igual. Era hora de volver.
Apuró el vino y se dirigió al
dormitorio. Con cuidado se puso el
precioso vestido rojo que Lolita había
planchado con sumo cuidado y se calzó
las delicadas y cómodas sandalias. Se
maquilló ligeramente, destacando el
verde de sus ojos, y peinó en un
delicado moño su melena castaña. Lista
y perfecta. Llamó al taxi.
En media hora estaba en el
Midtown entrando en el Rubi’s. Las
miradas a su paso la acompañaban
indiscretas. El vestido maravilloso y su
esbelta figura daban el resultado
esperado. A pesar de que su sueldo era
muy alto y de que su padre tenía más
dinero del que podía contar, no solía
salir apenas a restaurantes o a fiestas, le
gustaba más estar en casa, junto a la
chimenea del salón, leyendo un libro o
viendo una de aquellas películas
antiguas donde el amor siempre
triunfaba.
El local era perfecto. La luz,
indirecta, le daba un aire elegante y
sofisticado. Unas velas sobre unos
candelabros de cristal y unas preciosas
flores rojas adornaban las mesas. El jefe
de sala la acompañó hasta la mesa
donde ya la esperaba Tom.
—Cariño —la saludó Tom al
levantarse para besarla.
Estaba radiante. Americana y
corbata, tal y como exigían las normas
del restaurante, y su pelo rubio
ligeramente peinado hacia atrás. Hacían
una pareja maravillosa. Jóvenes,
guapos, espectaculares.
—¿Llevas mucho esperando? —
Preguntó Graziella como si no supiera
que llegaba con media hora de retraso.
—No, pero se me ha hecho muy
larga la espera. Estás preciosa.
Se sentaron a la mesa y tomaron
la carta.
—No puedo dejar de mirarte —
insistió Tom.
Ella rió con una risa tonta. Y se
sintió especial, estaba segura de que
había llegado el momento. Y estaba
asustada, ¿qué le contestaría?
—Creo que deberías elegir tú —
le pidió Tom dejando de lado la carta.
A Graziella le gustaba que Tom
no quisiera hacerse pasar por algo que
no era. Le encantaba la buena comida,
como a ella, pero seguía siendo un chico
de pueblo y no lo disimulaba. Tomó la
carta con una sonrisa de la que no podía
desprenderse y observó el menú.
Comenzarían con unas delicias de
caviar. Un poco de champán. Una
ensalada de rúcula y algas. Quizás
después un buen bistec.
El camarero se acercó diligente
y tomó nota. Cuando se fue, Tom cogió
su mano.
—Te he echado de menos esta
semana.
—He estado muy ocupada con el
lanzamiento de la nueva línea de leche
de espelta.
—¿Nuevos productos?
—Sí, mi padre está investigando
con nuevas variedades de cereales. El
caso es que no le gustaban los diseños
que le habíamos presentado aunque hoy,
al fin, hemos dado en el clavo. Así que,
después de una semana de locura y unos
meses de duro trabajo, hoy tenemos
mucho que celebrar.
—Sí, espero que sí.
Tom la miró intensamente. El
camarero se acercó en ese momento con
un platito cubierto por un pañuelo de
finísimo hilo que depositó frente a
Graziella.
—Disculpe —acertó a decir—,
yo no…
Miró a Tom, que sonrió e indicó
al camarero que podía irse. Graziella se
quedó desconcertada y algo asustada.
Levantó el pañuelo y debajo, en un
platillo de porcelana, descubrió una
alianza con un único diamante, precioso,
refulgente, enorme. ¿Cómo habría
podido pagarlo con su sueldo de
informático? Eso ahora no importaba.
Había llegado el momento. Tom se
levantó y se puso de rodillas a su lado,
tomó el anillo y lo colocó en el dedo
trémulo de Graziella.
—Graziella Louise Black,
¿quieres casarte conmigo?
Hacía apenas seis meses que se
conocían, era una locura. Pero Graziella
pensó que las locuras eran maravillosas.
Una pareja de mediana edad observaba
la escena con una sonrisa y aplaudieron
discretamente. Graziella iba a dar su
respuesta cuando sonó el teléfono de
Tom. Se miraron unos segundos.
Entonces él se puso en pie y sacó el
teléfono del bolsillo de la americana.
—Vaya, perdona, tengo que
contestar.
Gaziella se mostró contrariada
pero dejó que Tom se fuera. Permaneció
sentada. La pareja le dedicó una sonrisa
y ella, avergonzada, bajó la vista hasta
el platito que había contenido el anillo
hasta hacía un momento. El camarero
llegó con el champán y con el primer
plato. Graziella observó la hoja que
adornaba la delicia de caviar. Sabía que
Tom le preguntaría si se podía comer.
Aquello era una locura, aún no sabía
cómo se lo diría a su padre. ¿Cómo se lo
iba a tomar? ¿Casarte con un chico de
pueblo? Los comentarios de su relación
con Tom habrían llegado ya a sus oídos,
estaba segura. Vale que tengas una
aventura, pero casarte con él me
parece una insensatez. Siempre había
gente complaciente dispuesta a que el
gran Robert S. Black se enterase de todo
lo que acontecía en su empresa.
Especialmente si atañía a su única hija.
Jamás le había presentado un novio a su
padre. Él tampoco había presentado
oficialmente a ninguna de sus novias,
aunque Graziella acababa por
conocerlas a casi todas ya que ninguna
se caracterizaba precisamente por la
discreción. Pensó en Tom, en los ratos
divertidos que habían pasado juntos, en
lo que se preocupaba por ella, en lo
cariñoso que se mostraba. Y decidió que
sí, que era el hombre de su vida y que en
cuanto regresara a la mesa, le iba a dar
su respuesta. Ya sabía dónde irían de
viaje de novios. Él siempre le había
hablado de Australia, de sus playas, de
la naturaleza. En el fondo Tom era un
poco salvaje, como los canguros o los
cocodrilos que allí vivían. Graziella
había viajado allí de pequeña, cuando
sus padres aún seguían juntos, y
guardaba un recuerdo maravilloso de
aquel lugar. Así que sí, se casarían en
una ceremonia sencilla y se irían a
Australia. Pero antes debía decírselo a
su padre. Tendría que organizar una
comida en casa. Lolita tendría que
ponerse las pilas con la cocina, que no
era su fuerte, quizás tuviera que
contratar un catering o echar mano de su
experiencia en piso compartido en
Austin, donde una compañera, Lucy, le
enseñó algunas recetas básicas y
sencillas con las que poder subsistir.
Mejor pediría un catering. Debía de ser
en casa, nada de restaurante, nada de
terreno neutral, necesitaba estar en su
territorio.
Tom tardaba mucho. Se levantó
algo preocupada y avanzó hacia los
aseos. Llamó tímidamente a la puerta del
baño de caballeros. No había nadie.
Echó un vistazo rápido a la sala sin
descubrir rastro alguno de Tom. Por
último, decidió dirigirse a la entrada.
—Disculpe —se dirigió al jefe
de sala—, ¿ha visto a mi acompañante?
—¿El caballero rubio de
americana azul? —Graziella asintió—.
Sí, salió hace diez minutos. Iba hablando
por el móvil. Parecía preocupado.
—¿Se ha ido? —Preguntó,
incrédula.
—No lo sé , señora, salió
fuera…
—Está bien, voy a ver.
Salió a la puerta. Miró a ambos
lados. Ni rastro de Tom. Volvió a entrar
y se sentó en su mesa. Sacó su Iphone y
marcó el número de Tom. No hubo
respuesta. El teléfono estaba apagado o
fuera de cobertura. Imposible. Sin
sentido. Observó el anillo que adornaba
su dedo. No entendía nada. ¿Y si se
había puesto enferma su madre? Pero, le
habría dicho algo, ¿no?
Se tomó de un trago la copa de
champan y pidió la cuenta. Sin más, y
algo avergonzada, salió del restaurante
con su vestido rojo maravilloso y sus
sandalias color arena, mientras la pareja
de mediana edad entrelazaba sus manos
y la observaba con cara de extrañeza.
2. ¿Dónde estás, Tom?
A la mañana siguiente fue a
trabajar con un terrible dolor de cabeza.
Se había terminado la botella de vino
que había abierto la noche anterior, un
formidable Vega Sicilia, y se quedó
dormida sobre el sofá. Lolita la despertó
al entrar por la mañana en el
apartamento.
—¡Señorita! ¿Qué ha pasado?
Había dormido con el vestido
rojo puesto y sin desmaquillar. El rímel
chorreteaba por sus mejillas, el moño
lucía medio deshecho y el vino se había
derramado por la suave alfombra blanca
frente a la chimenea. Graziella miró
aturdida sin saber cómo había llegado a
aquella situación. Entonces observó el
anillo que aún adornaba su dedo y de
repente recordó la horrorosa noche
anterior. Tom había desaparecido.
Corrió hasta el bolsito joya que la había
acompañado la noche anterior y lo
abrió. Sacó el Iphone. Ninguna llamada.
Marcó el número de Tom, el teléfono
seguía apagado. Lo miró desilusionada y
lanzó teléfono y bolso contra el sofá. Se
duchó rápidamente y se recompuso
como pudo. Se sentía desorientada,
pensaba que seis meses eran suficientes
para conocer a alguien pero estaba
completamente equivocada. ¿Qué había
pasado con Tom? ¿La había abandonado
sin más o le había ocurrido algo? Llamó
a la policía. ¿Han transcurrido
veinticuatro horas desde la
desaparición? Fue lo primero que le
preguntaron. Dudó antes de contestar.
No. Entonces no podemos hacer nada.
Se vistió con unos vaqueros y
una camiseta negra. Observó el anillo
con preocupación. Se lo quitó y lo dejó
en la mesita de noche, no quería que su
padre lo viera y la molestara con
preguntas que no podría contestar. Se
engalanó con su abrigo y su bolso y se
fue, dejando a la pobre Lolita con cara
de resignación y mucho por limpiar.
Pasó por el Starbucks de
costumbre para recoger un capuchino
bien cargado y pidió un taxi. Tuvo
suerte, en media hora estaba en su
puesto de trabajo como si nada hubiera
ocurrido, apenas cinco minutos más
tarde respecto a su hora habitual. En
cuanto encendió el ordenador sonó el
teléfono de su despacho.
—Hola, Graziella, soy Debbie.
¿Has visto a Tom? No ha llegado aún y
no me coge el teléfono, y hay mucho por
hacer.
Se sintió molesta por la
intromisión, porque todo el mundo
supiera lo de ella y Tom, y porque
Debbie le pidiera explicaciones.
—No, no sé nada.
—Vale. —Y colgó.
Seguía preocupada, quizás
estaba aún más preocupada. Algo había
pasado, algo grave, y no sabía a quién
preguntar. Siempre habían salido solos,
al cine, a cenar… o se habían quedado
en casa de Graziella.
No sabía qué hacer. Aquella
mañana apenas pudo concentrarse y
agradeció a las estrellas que hubieran
terminado con la campaña de la leche de
espelta. Se estiró en su silla y observó
las vistas a la ciudad a través del
ventanal. Llamaron a la puerta. Se
volvió en el sillón avergonzada porque
pudieran pillarla sin hacer nada en su
enorme despacho.
—Adelante.
Entró uno de los ayudantes de su
padre. Creía que se llamaba Jordan.
—Me envía su padre. La están
esperando para la reunión.
—¿Reunión?
Ay, ahora recordaba. Reunión
para la campaña de nuevos productos.
Todos los jefes de departamento estaban
obligados a ir. Incluida ella, claro.
Jordan o como se llamara permanecía de
pie junto a la puerta, esperando para
escoltarla. Fastidiada se levantó y pasó
a su lado. Era algo más alto que ella y su
ropa olía a limpio, no usaba colonia.
Avanzaron hasta la gran sala de
juntas donde todos los asistentes estaban
ya esperando. Emitió una leve disculpa,
apenas audible. El jefe del departamento
de informática estaba sentado frente a su
sillón. Le dieron ganas de abalanzarse
sobre él y preguntarle por Tom. Por
supuesto, se contuvo. Además, si Debbie
no sabía nada de Tom, nadie en el
departamento lo sabría.
Cuando ya estaban todos
sentados apareció su padre, haciendo
que todos los hombres y mujeres que allí
se encontraban charlando tranquilamente
y tomando café se callaran y se
levantaran de sus sillones. Robert S.
Black hizo su aparición acompañado por
Mary B., por Jordan y por otro tipo del
que no tenía la menor idea de cómo se
llamaba porque era la primera vez que
lo veía.
—¿Qué tal, muchachos? Por fin
nos acompaña un poco el sol. A ver si
terminamos pronto y podéis iros todos a
disfrutar del tiempo a Central Park.
Todos rieron falsamente. Todos
sabían que terminarían tarde, que
Central Park estaba a una hora en metro
y que si no se reían el gran Robert S.
Black podía no tomárselo bien.
La reunión discurrió sin que
Graziella fuera consciente de los temas
que se trataban, apenas podía
concentrarse en mantener la mirada alta
y no echarse a llorar allí mismo. Le
parecía que el jefe de informática le
clavaba la mirada de vez en cuando.
Debía de saber algo. Cuando todo
terminó, se sintió aliviada, solo
esperaba poder pasar desapercibida
para su padre y que no se diera cuenta
de nada. Pero su padre tenía un radar
especial para todo, y más si se trataba
de su hija.
—Gracy, espera, tenemos que
hablar.
No, pensó para sí, pero no había
más remedio que esperar. Se quedaron
en la sala solo su padre, Jordan y ella.
—¿Qué tal todo, Gracy?
—Bien, señor, mejor ahora que
hemos terminado con la nueva campaña.
—Bien, bien. Bueno, ya conoces
a David, ¿verdad?
—¿A David? —Su padre miraba
al que ella creía que se llamaba Jordan.
Vaya, había metido la pata. Bajó la
vista, avergonzada—. Bueno, sí, de
vista.
David permanecía callado, como
si la conversación no fuera con él.
—Bien, Gracy, pues él va a ser
tu nuevo secretario o ayudante, como
quieras llamarlo.
Volvió a mirar a David. No
había reparado nunca en él, era un tipo
silencioso que siempre acompañaba a su
padre y que llevaba algunos asuntos de
los que Mary B. no se encargaba. Pero
no sabía cuáles.
—No necesito ayudante, señor.
—Ya, Graziella, pero yo creo
que sí.
—¿No estás contento con mi
trabajo? ¿Tenemos que hablar esto
delante de él?
—Esto no es negociable, es tu
nuevo ayudante y punto.
—¿Y dónde lo coloco? No hay
mesas disponibles en la planta.
—En tu despacho.
—¿En mi despacho?
—Pondremos una mesa, una silla
y un ordenador, no hace falta más. David
es muy fácil de acomodar. Te gustará
trabajar con él.
Y sin darle opción a replicar, el
gran Robert S. Black salió de la sala
camino de su despacho, que se hallaba
en frente y cerró de un portazo,
dejándolos a David y a ella sumidos en
un profundo silencio. David parecía
esperar órdenes. Graziella suspiró y se
dirigió a su propio despacho sin decir
nada. David la siguió. Una vez allí, ya
estaba dispuesta la mesa y la silla y un
chico joven, al que Graziella no
conocía, estaba instalando el ordenador.
Se aventuró a preguntarle.
—¿Sabes si ha venido hoy el
señor Tom Harrison?
—¿Quién? No, lo siento, soy
nuevo, acabo de empezar hoy en la
empresa. Pero puedo preguntar a
Debbie, creo que ella sabrá algo.
—¡No! No te preocupes, está
bien así.
—Vale.
Y el chaval siguió a lo suyo. En
diez minutos había terminado. David
estaba sentado en su mesa y Graziella lo
miraba sin disimulo, cabreada.
—Ve a buscarme un café.
—¿Cómo lo quiere? —Preguntó
David, solícito, cosa que la cabreó aún
más.
—Capuchino, muy cargado,
estilo europeo. Y no lo quiero de la
cafetería de aquí abajo, quiero que
vayas al Starbucks de Broadway, es el
que más me gusta.
—Está un poco lejos para ir a
por un café, a lo que regrese estará frío.
—Lo calentaré en el microondas.
—Como quiera.
Y David salió por la puerta
mientras ella suspiraba aliviada.
Tardaría algo más de una hora en
volver. Y eso si se daba prisa. Se estiró
de nuevo en el sillón con el Iphone en la
mano. Ni una llamada. ¿Habrían pasado
ya las veinticuatro horas para llamar a la
policía? No, claro que no. ¿Por qué le
tenía que pasar eso a ella? Su novio le
pedía matrimonio y desaparecía antes de
que pudiera contestar. Estaba a punto de
llorar cuando la puerta se abrió. David
había vuelto. ¡Solo habían pasado
quince minutos! Llevaba un café en la
mano y una sonrisa radiante en la boca.
—He consultado y el Starbucks
que está a una manzana de aquí es del
mismo dueño, con la misma máquina y
la misma preparación de los empleados.
Y solo a cinco minutos. Todo un lujo.
Dejó el café sobre la mesa
volviendo a mostrar su rictus
inexpresivo. Aquello iba a ser
complicado.
—¿Qué sabes hacer, David,
además de la pelota a mi padre? —
David encajó el golpe sin darle
importancia.
—Cuando me conozca un poco
mejor, verá que las relaciones sociales
no son mi fuerte, pero puedo ser muy
competente en muchas otras cosas.
Graziella no supo cómo tomarse
aquello pero le recorrió un escalofrío
por la espalda.
—Bien, ¿sabes algo de diseño o
de marketing?
—No, pero sí de administración.
—Entonces te has equivocado de
departamento —y mostró una falsa
sonrisa.
—Su padre es el que me manda,
señora. Él es quien paga mi sueldo y el
suyo.
—¿Cómo me tomo eso, David?
Si quieres cabrearme, lo estás
consiguiendo.
—No, señora. Lo que digo es
que aquí estamos los dos y que lo mejor
es que busquemos alguna forma de estar
bien… los dos.
—Muy bien—suspiró—, vamos
a ver qué sabes hacer. Tenemos que
comenzar una nueva campaña de
cereales para desayuno. Busca
información sobre la competencia:
campañas, productos, precios… Todo lo
que pueda ser interesante. Y bájate un
curso de marketing por Internet,
estúdiatelo, ponte las pilas. Necesito
que tengas al menos unos conocimientos
básicos para trabajar aquí. Y lo quiero
todo para mañana a primera hora.
—De acuerdo.
Nada parecía afectarle, todo le
sentaba bien. Eso hacía que ella se
pusiera de peor humor. Desde el ángulo
en el que ella estaba situada podía verle
trabajar de perfil pero él tenía que girar
la cabeza para observarla a ella, así que
tenía un punto de vista privilegiado.
Bien, él trabajaba y ella podía hacer
como que trabajaba.
Tom todavía se agitaba en su
cerebro. Miró el móvil. Nada, ni una
llamada. Envió un whatsapp. No
aparecía el doble check en la pantalla.
Graziella se removía en la silla
mientras David no paraba de teclear el
ordenador. Cogió el café, estaba bueno,
mejor aún que el que servían en
Broadway, y observó a su nuevo
ayudante. Tenía los brazos fuertes, la
nariz grande y el pelo castaño, muy
corto. Lucía un traje negro, moderno y
ajustado, sobre una camisa del mismo
color, sin corbata.
Al cabo de media hora,
Graziella no podía aguantar más, no se
concentraba en nada, necesitaba volver
a casa.
—¿Se va? —Preguntó David al
ver que se levantaba de la silla y tomaba
su abrigo.
—Sí. No me encuentro bien.
—De acuerdo, la acompaño.
—¿Disculpa? ¿Es que eres mi
niñera?
—Bueno —parecía por primera
vez algo contrariado—, pensé que su
padre se lo habría dicho o que quizás
usted fuera un poco más perspicaz.
Graziella sintió enrojecer hasta
la punta de su cabello.
—¿Qué quieres decir? —
Preguntó con cautela.
—Que voy a tener que
acompañarla allá donde vaya.
—¿Qué? —No podía creer lo
que estaba oyendo—. Eso es una
tremenda estupidez.
—Hable con su padre.
—Por supuesto.
Salió hecha una furia por la
puerta de su despacho en dirección al de
su padre. Todo el mundo a su paso
levantó la cabeza. Caminaba como un
caballo desbocado. Llamó a la puerta y,
sin esperar respuesta, entró. Su padre
estaba sentado en su gran sillón frente a
su majestuosa mesa mientras Mary B.
tomaba unas notas.
—¿Podemos hablar?
—Claro —su padre la miró
suspicaz, pero no puso pegas—. Mary
B., después terminamos con eso.
En cuanto salió, Graziella
comenzó a hablar.
—¿Qué pasa, papá?
—¿Por?
—¿Desde cuándo tengo niñera?
—Bueno, Gracy, hay algunos
problemas en la zona. Ha habido varios
casos de secuestros exprés y no quiero
correr ningún riesgo.
—¡Qué tontería! No me va a
pasar nada, soy mayorcita.
—Lo sé, cariño. Y te aseguro
que no haría esto si no estuviera
convencido de que hay peligro real. Han
secuestrado ya a varios conocidos y he
escuchado otros tantos casos. Solo será
temporal. Por favor.
—No.
—No me lo perdonaría. Y tu
madre, allá donde esté, tampoco.
—Papá, no metas a mamá en
esto, ¿desde cuándo te ha importado?
—No digas eso —su padre
parecía dolido—. Me importas tú y
punto. No es negociable.
Graziella salió bufando del
despacho. El personal de la empresa
tendría algo de qué hablar junto a la
máquina del café. David la esperaba al
lado de la puerta de su despacho, la
siguió hasta la salida y tomó el taxi con
ella.

3. Nuevo inquilino
Llegaron a casa justo cuando
caía un tremendo aguacero que nadie
había pronosticado. Se mojaron
copiosamente desde donde les dejó el
taxi hasta la entrada del edificio.
Subieron en el ascensor sin decir una
palabra. Graziella estaba cada vez más
furiosa con la situación.
—¿Qué se supone que debo
hacer contigo?
David no contestó. Llegaron a la
puerta del apartamento y Graziella abrió
con dificultad, las manos le temblaban
de furia. Entraron los dos, pero David se
adelantó a ella. Le pidió con un gesto
que se estuviera quieta en la entrada, a
lo que ella hizo caso. Todo resultaba
tremendamente extraño. En apenas unas
horas su vida había dado un vuelco
importante. La noche anterior, su
preocupación era qué le contestaría a
Tom, si era una buena idea casarse ya o
si había que esperar un poco. La
respuesta le había venido dada: no sabía
nada de Tom. De repente, la rabia y la
furia que había sentido y que le habían
impedido pensar con claridad, se
disiparon tímidamente. ¿Y si lo habían
secuestrado? Su padre había hablado de
conocidos y de secuestros exprés.
Aquello podía ser peor de lo que se
había imaginado.
David hizo un gesto y ambos
avanzaron hasta el salón. Lolita se había
encargado de dejarlo todo limpio y en
orden después del destrozo de la noche
anterior.
—Tendrás que secarte. ¿Tienes
ropa?
—No. No he tenido tiempo de
pasar por casa.
—¿Nada de aseo?
—Me temo que no, señora.
—Está bien. Sécate al menos.
Graziella le tendió una toalla.
David se quitó la chaqueta y la camisa
empapadas y las dejó sobre el respaldo
de una silla con sumo cuidado. Su torso
lucía musculado. Graziella se sintió algo
violenta y apartó la mirada.
—Creo que voy a necesitar otra
toalla más.
—Vale, espera, creo que tengo
un albornoz.
Graziella se fue al dormitorio y
rápidamente se quitó la ropa para
ponerse un pijama cómodo con el que
solía estar en casa. Se puso el anillo de
pedida que le había dado Tom. Le hacía
sentirse bien, le daba seguridad, la
mantenía cerca de él.
Sacó un albornoz del armario del
cuarto de baño y se lo lanzó a David
cuando entró en el salón.
—Aquí tienes. No sé si tienes
hambre. Supongo que sí, pero no soy
buena cocinera y supongo que entre tus
muchas virtudes —pronunció con
retintín— tampoco estará la de cocinar.
—Yo cocinaré.
—¿Sabes hacerlo? —preguntó
con insolencia.
—Sé hacer muchas cosas.
De nuevo esa autosuficiencia por
debajo de aquella actitud inexpresiva.
David se dirigió a la cocina y echó un
vistazo rápido a la nevera y a la
despensa. La amplia cocina apenas
albergaba algunos paquetes de pasta,
arroz y algo de fruta.
—Creo que va a ser una prueba
difícil —dijo David con un ligero
sarcasmo.
—Pues ya puedes hacer algo
bueno o se lo diré a mi padre. —
Graziella se arrepintió al momento del
tono burlón que había utilizado, no era
su amigo, era un completo desconocido
que estaba en su casa. Se podía llevar
una impresión que no quería dar. David
no conestó.
Al cabo de tres cuartos de hora
estaban los dos sentados en la mesa del
salón observando la lluvia caer por la
avenida mientras el fuego crepitaba en
la chimenea. Una alegre ensalada de
arroz y fruta la esperaba.
—Tiene buena pinta —admitió
Graziella.
—Con más ingredientes podría
hacer algo mejor.
Graziella se sirvió y dio un trago
a su copa de vino. Después tomó un
poco de ensalada con el tenedor y se la
llevó a los labios, pensativa.
—No está mal. ¿Cuál es el
truco? Con esos ingredientes yo jamás
habría podido hacer algo decente.
—Especias.
—¿Especias? Si yo no

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