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Guerra de dos – Yuv Little

Guerra de dos – Yuv Little

Guerra de dos – Yuv Little

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madurez dos veranos antes de lo esperado, y su padre le había recompensado con aquella joya de titanio flexible, perfecta para la batalla. Pero
por entonces todo era paz y armonía en su reino, Sull, y no había muchas ocasiones de lucha. Lo que más se estilaba era la caza.
Tirso se había cansado de los patos, de los cisnes y de los aburridos ciervos. Aquella noche buscaba al “Jabalí”, quería poner a prueba
su nuevo equipo en lo que imaginaba como una pelea épica. Un arrastrar entre la maleza le alertó, sabía que su momento estaba cerca, en
pocos minutos aquella bestia estaría a la altura del arbusto en que se ocultaba y saltaría sobre él sin dudar. No podía perder. Quizá por la
excitación del momento, o por simple inexperiencia, no esperó a distinguir del todo a aquella figura a cuatro patas y cayó sobre ella dirigiendo
la espada a su gaznate. Sus reflejos no estaban desarrollados del todo, y tardó unos segundos en frenar su mano al darse cuenta de que
aquello no era un animal o un bandido.

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Se apresuró a tapar la herida en el cuello de aquella muchacha, por un momento temió haberla matado ya que ella no reaccionó al
corte, pero se dio cuenta de que a pesar de tener los ojos entreabiertos, respiraba silenciosamente, como dormida. Le miraba sin verle. Tirso
dio por hecho que se trataba de una campesina extraviada, no llevaba posesiones encima excepto una daga ideal para pelar conejos y sus
ropas estaban cubiertas de barro y mugre; solo calzaba una bota. Quizá por eso la había sorprendido gateando.
De pronto ella se echó la mano al cuello, despertando del letargo y sintiendo una punzada de dolor. Al verle se quedó inmóvil,
contrayendo los labios hacia su boca y mirando a su alrededor en una pasada rápida con el ceño fruncido. Zenobia reconocía la desagradable
sensación de despertar sin saber dónde. Llevaba varios días de viaje, intentando volver a su reino, Dextro, pero no podía controlar a dónde iba
si se quedaba dormida ni cuándo se quedaba dormida. Los mejores físicos la habían tratado de pequeña y habían asegurado a sus padres que
su sonambulismo estaba curado. Sin embargo y coincidiendo con su inminente llegada a la madurez, sus caminatas nocturnas se habían
acentuado hasta el punto de sacarla del reino. Aunque no era de extrañar que cubriera tanta distancia si podía dormir durante varios días. Sus
tripas recién despiertas rugieron.
Tirso comenzó a hablar, y Zenobia tuvo que escuchar atentamente para intentar averiguar de dónde era aquel acento. Sull, estaba en
Sull y cerca de los pedantes de la capital. Conocía algunas fórmulas sociales en ese idioma, pero su torpe pronunciación la delataría. No había
revelado su identidad a nadie durante su viaje y no lo iba a hacer ahora, podrían tomarla por espía, teniendo en cuenta los planes de Dextro
para hacerse con el control del reino vecino: se preparaba una guerra. Aunque aquel joven parecía amable, a pesar de ver que la espada que
sostenía inocentemente tenía algo de sangre que sospechaba como suya. Se disculpaba con gesto preocupado, y él insistía en que no quería
hacerla daño, tendría que creer a aquellos ojos de color verde oscuro que le parecían tan inusuales. El ruido de sus tripas calló al muchacho,
que la miró entre jocoso y sorprendido: las damas que él conocía no emitían sonido alguno con su cuerpo (exceptuando la incesante verborrea
de algunas de ellas). Definitivamente, aquella joven aparentemente muda no era una dama.
Zenobia descubrió el “concepto” amabilidad por primera y última vez cuando vio reaparecer a Tirso sonriendo entre los arbustos con
dos conejos de la mano. Toda su vida la habían servido los empleados de palacio, pero era su trabajo y no lo hacían por gusto; ni siquiera su
fallecida nodriza le había mostrado la idea. “El concepto es el concepto…” y lo sintió cálido dentro de sí. Decidió dejarse llevar por la euforia
del momento y confiar en el niño que rondaba su edad, quizá más pequeño. Aún así, tendría que dar pistas falsas sobre su origen. No
conversaron durante el festín, solo miradas y sonrisas. Al acabar con su parte, la princesa había decidido que le gustaba aquel niño amable.
Tirso nunca había visto a una chica despellejar un conejo, o comer como un chico. Cualquier aldeana tenía más decoro en su reino;
tenía que ser extranjera, y eso sí que era nuevo para él. Sus ojos también eran algo poco visto en Sull, grandes y oscuros como la misma
noche, le resultaban una rareza, aunque estuvieran llenos de legañas. Eso también le resultaba extraño en una chica. Estaba deseando escuchar
su voz y ella no tardó en complacerle. Sin duda era foránea.
Zenobia le preguntó por una villa de la frontera, tuvo la prudencia de no decir que iba hacia Dextro, pero aquella aldea era perfecta para
cruzar a su reino. Él dio las indicaciones, y ella le pidió un último favor: “¿Te quedarás conmigo hasta que amanezca? No dejes que me
duerma, quiero disfrutar un poco más de la noche y con la falta de luz y el estómago lleno tiendo a caer fulminada.” No era una dama, pero
no se conducía como una plebeya; quería quedarse con ella de corazón, sin importarle que su viejo logista pusiera el grito en el cielo cuando
no le encontrara en sus aposentos al amanecer. A Tirso le encantaba poner a prueba su paciencia.
Simularon una pelea de espadas con dos ramas, incluso le dejó coger su propia arma y probarse su flamante casco nuevo. Su brazo no
cedió y su cuello no se dobló, supo que aquella niña estaba acostumbrada a jugar con utensilios de guerra. Cuando se cansaron, se sentaron
espalda contra espalda, esperando al amanecer. “Quédate en mi castillo, entrenaremos juntos ”, dijo Tirso de corazón, ella se rió sin dudar,
creyendo inconcebible que dejaran a una chica dedicarse a tales menesteres. Al menos en Dextro estaba totalmente prohibido, aunque ella se
escabullera para ver entrenar a los hombres y a veces incluso se disfrazara de chico para mezclarse con los aprendices. Siguió un silencio
ininterrumpido mirando al cielo. Los dos lo recordarían como uno de los momentos más puros de sus vidas.
Al aparecer los primeros rayos de sol, supieron que debían ponerse en camino, pero lo hacían perezosamente, como evitando
separarse del otro. No hubo palabras, solo un gesto de despedida tradicional (poniendo la mano derecha en el hombro izquierdo del
interlocutor) que duró más de lo que se consideraba recatado. Tirso quería dejar algo de sí mismo en aquella muchacha a la que
probablemente nunca volvería a ver, una huella como la que ella había cincelado en él. Entonces la besó en los labios, y ella no se apartó, pero
tampoco le devolvió el beso. Tirso no sabía si estaba sorprendida, complacida o enfadada. Zenobia habló, clavándole los enormes ojos negros
(sin legañas esta vez) en los suyos propios y sin pestañear. “Me has robado mi primera sangre y mi primer beso, y por eso no te he de
olvidar”, ella pensó que había sonado más severa de lo que quería expresar, y como en un espasmo, le besó rápido en los labios y comenzó a
alejarse de él. Tirso la vio marchar hacia el este, grabando aquella escena para rememorarla en el futuro. Nunca se dijeron sus nombres.
El príncipe se fue convenciendo de que aquel encuentro había ocurrido en un sueño borroso, dudando de su veracidad solo por el
recuerdo de aquellos ojos negros que no podían ser imaginados, y el rato de espaldas a ella, tan silencioso, tan tibio. A Zenobia le ocurrió algo
parecido, enterrando poco a poco aquella memoria para centrarse en asuntos de la guerra. Para ella unos ojos verdes pasaron a significar solo
una cosa: avistamiento enemigo.
La captura
Para la princesa, la guerra había sido un salvoconducto para cumplir su sueño, luchar en la batalla y evitar la aburrida vida de la corte,
asimilando el odio a Sull poco a poco a través de los suyos. Al principio sus padres la habían mantenido oculta con su hermana, pero con el
tiempo demostró tener un mando más fuerte que algunos generales. Primero acompañó a su padre en campaña, haciéndose un hueco entre las
tropas, siendo cada vez más escuchada. Aquellos libros que no la dejaban leer de pequeña habían sido muy útiles a la hora de planear
escaramuzas. Llegados a cierto punto, la princesa Zenobia tenía su propia cohorte de hombres leales, y su leyenda negra crecía entre los de
Sull; se decía que eran la facción más sanguinaria del ejército, y lejos de ser verdad, pues ahí nadie estaba libre de mancha, cierto es que el
pequeño comando de la princesa nunca hacía rehenes. Por eso estaba discutiendo con su padre, el rey Francisco.
Acababan de conocer el paradero del príncipe heredero de Sull, que viajaba de incógnito por las aldeas lejanas de Dextro, recabando
información sobre el ejército enemigo. Era una oportunidad única, no obstante, ella quería aniquilarle a toda costa, defendiendo que aquello
minaría la moral del rival, y el rey ordenaba capturarle vivo y de una pieza; Zenobia sospechaba que era una prueba que su padre la imponía
para determinar el límite de su crueldad. Nunca antes la había importado defraudar a sus mayores en su vida como princesa, pero desde que
empezó la guerra sentía cierto respeto hacia su padre y rey, admirando su severidad como líder y su sed de poder.
Tirso se hacía pasar por comerciante de armas, y se encontraba en una posada de una pequeña aldea. Si la segunda hija del posadero
no aparecía en cinco minutos, se quedaría dormido, y a la mañana siguiente tendría que arrasar toda la villa por aquella ofensa. No le gustaban
los desaires. El príncipe se había convertido en un muchacho fuerte y desalmado, no podía encontrar la pureza más que atravesando
enemigos; sabía que debía haber algo más, lo había sentido, pero no lograba identificar el origen en su memoria.
Escuchó unos pasos tras la puerta, y se decepcionó un poco al ver frustrados sus planes de arrasar otra aldea. No necesitaba una
excusa, odiaba Dextro con todo su ser, pero buscar un motivo ocupaba su mente en aquellos vacíos entre batalla y batalla. Entró una joven
gigantesca cubierta por entero con un burka, demasiado vestida para su gusto, pero el misterio de la dama le sorprendió agradablemente.
Cuando fue a tocarla, ella le empujó a la cama y se le subió encima, empuñando una espada corta reluciente. Tirso no sabía si la joven había
oído rumores sobre sus preferencias o si le estaba amenazando de verdad, en cualquier caso no tenía planes para ella después de aquella
noche.
La “muchacha” era anormalmente fuerte y Tirso solo pudo mover los brazos hacia ella en un intento de frenarla. Cuando asió su
cuello, se dio cuenta de que algo no estaba bien. “¡Por Adul, qué broma es esta!”, el príncipe tiró del burka y desenganchó la parte de la
capucha, descubriendo ante sí a un barbudo malencarado que le noqueó sin darle tiempo a reaccionar.
Se sintió estúpido por haber caído en la trampa más básica de la historia. “¡Estúpido, estúpido!” Tirso ya no era un niño para haber
bajado la guardia de aquella manera.
Sus nuevos acompañantes no se dirigieron a él más que para tirarle migajas y darle de beber de vez en cuando. Seguía vivo por ser
quien era, aquel despliegue había sido por él.
En ese lapso de tiempo comenzó a hacerse una idea distinta sobre Zenobia, escuchando rumores sobre ella a aquellos hombres tan
toscos, y al cabo de dos días agradeció que no se tratara del comando de la princesa. Había oído hablar de ella antes, sin embargo, nunca la
había tomado en serio. ¿Qué hombre podría temer a una mujer, especialmente a una princesuela dextra de medio pelo?
Tirso comprendió que si ella le hubiera apresado, la probabilidad de haber sobrevivido habría sido mitad-mitad. Si uno creía las
palabras del barbudo camuflado, ni todos los acuerdos para la trata de prisioneros de alto rango le podrían haber salvado de la espada de
Zenobia. Con ella nunca se sabía, si se levantaba con mal pie, lo mejor era no cruzarse en su camino.
Dextro y Sull
Tirso no supo qué fue de sus hombres, de aquellos que viajaban con él de incógnito, un grupo reducido de leales a su persona y a sus
más extraños deseos. Tenían que haberlos apresado. O algo peor. Sus captores habían sabido la identidad y ubicación exacta del príncipe, a
pesar de que en Dextro nunca se había difundido una imagen explícita de Tirso. Él barruntaba una traición.
El príncipe odiaba aquellos parajes foráneos con toda su alma. Eran nebulosos y escarpados, como sus gentes, y la vista se perdía en
cultivos interminables de arroz y piedras y repechos y más piedras. Su garganta estaba reseca por la alergia a los sembrados, y su ánimo
resentido. No le gustaban los terrenos de interior y echaba de menos los bosques y la costa, la brisa marina y la simpatía de sus gentes. Tenía
una teoría, los suyos eran más amables y abiertos, más afines a la cordialidad.
Zenobia, a pocos kilómetros de allí, y sin ser consciente de la comitiva que transportaba a Tirso (enviada por su padre a una misión de
recuperación de víveres, alejada a posta para que no interfiriera con la captura), tenía una opinión algo diferente. La gente de interior, de
Dextro, podría parecer huraña, incluso brusca en el trato, y poseía un sentido del humor un tanto dudoso. La princesa consideraba banales a
los de Sull, con sus fiestas, aparente buen humor y encanto. Les creía insinceros, de palabra frugal y poco fiables en general.
Según Zenobia, los sullitas no eran más que piratas y ladrones, gente con la que había que andarse con ojo y que solo servía para dos
cosas: como objeto de ocio y como presa de caza. Para la princesa, los habitantes de la costa eran meros saltimbanquis, faranduleros y
engañabobos, gente tan desapegada de la tierra en sí misma, que no importaba si su población se reducía drásticamente debido a una guerra o
catástrofe.
Ambos príncipes se equivocaban, y ambos tenían razón. Sí, era cierto que los de interior, los dextros, eran más hoscos e introvertidos
a primera vista, sin embargo, a la larga eran leales y honrados, un pueblo fuerte y de convicciones profundas, unidos por el duro trabajo de la
tierra y un clima en ocasiones extremo. A su vez, los sullitas cogían confianza muy deprisa, generando recelo en los extranjeros, pero
haciendo de su simpatía y buenas maneras armas poderosas para el comercio y prosperidad del país. Sull también poseía zonas de montaña, y
en las fronteras existían pocas diferencias con los reinos vecinos.
Las desigualdades físicas entre dextros y sullitas se habían limado años atrás, cuando el éxodo provocado por el huracán Walken hizo
mezclarse a las poblaciones, perdiendo por el camino la sensación de exotismo que asaltaba a un sullita al ver a un dextro y viceversa. Aunque
todos conservaban cierta reticencia a convivir con extranjeros, acrecentada por el inicio de la guerra, la mayoría apoyaba al país en el que
vivía, fuera su origen el que fuera.
Por definición y antiguamente, alguien de Sull poseía una mirada clara como el verde del mar que bañaba las costas del país. Además,
se decía que un sullita puro poseía ojos rasgados debido a la acción implacable del sol, y la obligación de tener que bajar los párpados en un
gesto muy peculiar para poder ver algo en los días más iluminados.
Tirso poseía el linaje y las características propias de un auténtico sullita; su abuelo, y el abuelo de su abuelo, se preocuparon con
ímpetu de que sus vástagos fueran totalmente merecedores del trono. Los bastardos que abandonaron en el trayecto no tuvieron tanta suerte,
y al actual príncipe tampoco le importaba demasiado esa parte oscura de la historia de su familia. Desde pequeño, él siempre había sido el
heredero de Sull, y no había más discusión. Le habían educado para ser rey, y eso era lo único que importaba.
Al mismo tiempo, los autóctonos dextros habían sido inconfundibles años atrás. Poseían cabello negro como la obsidiana, piel dura
(seguramente como adaptación al viento crudo de invierno) y ojos profundos y semejantes a las noches sin luna más oscuras.
Zenobia se consideraba dextra pura, y sin duda aparentaba su pedigrí, aunque, muy a su pesar, sus antepasados no habían tenido tanto
remilgo al mezclarse con la estirpe de otros reinos. Ella no poseía la recia genética de un auténtico

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