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Libro PDF Guerras de fuego y sombras Monstruos 2 – Ximena Bellamy

Guerras de fuego y sombras Monstruos 2 - Ximena Bellamy

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Átala sonreía ampliamente, esperanzada por la llegada del vampiro.
— Mi señor—saludó Rachel, arrodillándose para besar el anillo del líder. Ella era la que menos destrozada lucia, su ropa no estaba quemada, pero sí sucia y
empapada de sangre.
Demian miró con asco a Rachel, arrodilla con devoción frente a su líder, besando aquella piedra azul que había sido arrancada de la mano de un rey caído.
— Después de tantos años—dijo Salazar quitándose de encima a Rachel y abrazando a Demian—. Te extrañe, hijo—le susurró al oído. Demian sonrió de placer—.
¿Qué noticias tienes sobre la Triada?
Rachel se incorporó para acercarse a Salazar y contar las noticias, pero Amelia la tomó del brazo, impidiéndoselo.
— Espera—le dijo, con sus ojos celestes fieros y amenazadores fijos en ella—. Él la encontró. Él tiene el derecho de decirlo.
Rachel puso los ojos en blanco, sacudiéndose el brazo con violencia.
Salazar y Demian se separaron con amplias sonrisas en el rostro.
— Encontramos una de tres—anunció éste, orgulloso.
Salazar se permitió un momento de auténtica sorpresa, entrecerrando los ojos.
— ¡Enséñame!—rugió, apremiando a su creación.
Demian cerró los ojos, concentrándose. Desapareció apenas unos segundos para aparecer de nuevo, con algo en las manos. Una pesada espada con mango de plata
cubierto por piedras preciosas, y hoja larga y afilada de piedra de luna, recorrida por tres crisocolas distribuidas a distancias iguales. Un tallo azulado rodea la hoja, de
punta a mango, terminando en éste con un cristal de flor azul de cinco pétalos unidos con forma de trompeta.
La mirada de Salazar enloqueció ante aquella visión. Se acercó a la espada, dispuesto a exigirla.
— Espera—lo interrumpió Demian—. Se ve inofensiva. Como una espada normal. Pero créeme cuando te digo que es más poderosa que cualquiera de los inventos
de Bloodtik—levantó la hoja—. El cristal quema como los mil infiernos. El tallo que lo rodea pertenece a esto—señaló la flor—. Es originaria de América. Se llama
Datura Inoxia o mejor conocida como Hierba del Diablo. Es toxica tanto para los humanos como para nosotros, pero aun más para nosotros.
— Qué curioso—dijo Atala, acercándose con curiosidad—. Por el nombre se podría decir que la flor estaría a su favor.
Los vampiros la ignoraron.
— Esos malditos chamanes hicieron bien su trabajo—soltó Amelia.
— Y vaya que se esforzaron—murmuró la bruja—. Posee elementos mágicos muy poderosos.
Salazar alargó una mano, lentamente, para tomar el mango. Cuando sus dedos lo hicieron, un brillo carmesí salió desde la hoja e iluminó todo el salón, seguido de un
chispazo que lanzó al vampiro por el aire, cayendo con violencia contra uno de los pilares de mármol, rompiéndolo.
Todos se sorprendieron, observando con temor la reluciente espada que se tornó violeta, luego azul y al final regresó a la normalidad.
— Es lo que trataba de decir—habló Demian, negando con la cabeza—. Está espada se defiende sola y…
Salazar no le dejó terminar, testarudo, se incorporó, lanzándose de nuevo contra la espada. Al tocarla, la energía que protegía la espada mandó al vampiro de regreso
al pilar destrozado. Él se puso de pie de nuevo, furioso. Átala se interpuso en su camino cuando trataba de repetir la hazaña.
— La magia se defiende—dijo, mirando la espada—. Debemos entender que la magia que la forjó es tan antigua como la mismísima civilización. Los chamanes que
dieron su vida para forjarla ofrecieron todo de su parte para protegerla de cualquier mano tanto elemental como mutante que deseara poseerla. Sólo manos humanas
pueden tocarla.
— Yo puedo—dijo Demian—. Y Rachel también. Eso es lo que nos causó problemas. ¿Por qué podemos tocar algo que nadie más puede? Mientras que Amelia, y
ahora tú, no pueden. Ni siquiera Mirra, que es una bruja.
Átala frunció el ceño. Salazar la miró. Todos lo hicieron.
— No lo sé. Es magia muy antigua, más alejada y mucho más diferente a la que mi aquelarre practicaba. Los chamanes toman su poder de la naturaleza, de las
energías que confluyen en el velo de los mundos—se encogió de hombros—. Mi poder viene de mi interior. Son dos estados muy diferentes. Quizá tenga que ver con
eso. No lo sabremos hasta que la revise.
— Y necesitas tiempo—dijo Rachel, malhumorada. Ella siempre estaba malhumorada—. ¿Por qué todas las brujas necesitan tiempo?
— ¿Crees que la magia es algo sencillo?—estalló Átala, encarándose a la vampiresa, que la sobrepasaba en altura y belleza. Y lo más importante, locura—. No es
como abrir una caja de maquillaje todos los días y llenar el vacío que se lleva adentro. Superficial.
Rachel levantó una mano, con la palma hacía arriba, de la emergió una llama azul, intensa.
— Basta—dijo Demian, negando con la cabeza.
— ¿Ya lo controlas?—se burló la bruja, sonriendo—. Porque por lo que veo, aun eres una niña queriendo aprender a ser mujer.
Los ojos de la vampiresa ardieron en fuego. Si se detuvo, no fue por la bruja, sino porque Salazar se enfurecería. Utilizaba su magia como se utilizan las cosas viejas,
acudiendo por añoranza, no por verdadera solución.
— No fue por ella—habló Demian, aun con la espada entre manos.
Salazar había estado observando aquel fascinante artefacto todo ese tiempo, mirándola como el ladrón miraría el botín.
— Había un dragón azul protegiendo la cordillera—continuó el vampiro.
— ¿Un dragón en los Andes?—preguntó Salazar. Hasta él se había impresionado, saliendo del hipnótico brillo del arma.
— Sí—respondió Rachel, aun retando a la bruja con la mirada. El fuego extinto ya—. Esa maldita bestia salió de la nada y nos impidió avanzar por las montañas.
Nos persiguió hasta la entrada de la cripta oculta bajo los kilos de nieve. Seguro que esos malditos chamanes eligieron específicamente ese lugar y a esa bestia para
sorprender a cualquiera que quisiera entrar.
— Un dragón de fuego en el hielo—murmuró Átala como para sí, midiendo las magnitudes de aquello. Caminó por el salón, olvidando a la vampiresa. Un chamán
que toma el poder de la naturaleza, ¿puede convocar a un dragón, que supuestamente estaban extintos en la tierra y encerrados en su dimensión por el sello? Era mucho.
Hablaba de un poder inmenso. Pero no lo dijo.
— Tardamos 19 años en encontrar la estúpida ubicación de la estúpida espada—exclamó Amelia—. Logramos evadir al maldito dragón pero nos siguió dentro. Se
convirtió en una especie de perro de tres cabezas con el tamaño apropiado para entrar a la cripta a perseguirnos—soltó un resoplido—. ¡Y adentro había trampas de
estacas de madera que apuntaban al corazón, y hojas filosas que iban directo al cuello!—hizo una mueca de asco—. Más abajo había unas criaturas que parecían perros
pero sin pelo, parecían ratas gigantes. Y sus dientes…—se estremeció.
La desesperante y molesta Amelia, que se estremecía por criaturas extrañas pero que disfrutaba cercenando cuerpos.
— Creo que eran Xoloitzcuintles—dijo Demian, sujetando la espada lejos de su cuerpo—. Pero no eran normales. En la pelea perdimos a Kat, a Jorge, a Ethan y a
Kurt. Cuando llegamos a la espada, no tardamos en darnos cuenta de que sólo Rachel y yo podíamos tocarla—frunció el ceño—. El perro de tres cabezas nos persiguió
hasta aquí.
Átala pegó un grito ahogado, recordando el escándalo y ajetreo que había escuchado antes.
— Tuvo que salir casi todo el clan para acabar con la bestia—se apresuró a agregar Demian—. ¿No escucharon el escandalo?
Átala negaron con la cabeza.
— Deberíamos estar extasiados—exclamó Rachel—. Tantos años buscando una de las reliquias y por fin la encontramos. Hay que salir a buscar algún licántropo
para probar si es cierta la leyenda.
Salazar y Átala se miraron y sonrieron con malicia. El primero chasqueó los dedos. En segundos apareció una figura delgada y pequeña con un corazón latiente bajo
la puerta e hizo una reverencia.
— Dile a Jamie que venga—ordenó.
La chica de pelo rojo dio un ligero brinco y salió del salón.
— Amo a las pelirrojas—dijo Rachel, lamiéndose los labios—. ¿Puedo probarla?
— Cenarás más tarde, mi niña—dijo Salazar, agrandando los ojos cuando una chica rubia, de estatura pequeña y rostro redondo, apareció en el salón.
Jamie se detuvo frente al líder, besándole el anillo.
— Mi señor—dijo ella, sonriendo a los demás. Sorprendida por la espada que Demian sostenía—. La encontraron.
— ¿Tu hermana ha sabido algo de tu Creador?—preguntó el líder, caminando alrededor de la vampiresa. Ésta, a su lado, era aún más pequeña que Átala. Debía tener
catorce años cundo la convirtieron.
— Lo siento—respondió, bajando la mirada, y sus oscuros ojos se volvieron color durazno—. Claire a estado recorriendo toda Europa mientras yo me encargo de
Norte América…
— ¿Y qué haces aquí?—la interrumpió—. Deberías estar buscándolo. Joshua es un traidor.
— Creía que estábamos concentrados en las reliquias—dijo, y se estremeció cuando Salazar le acarició la mejilla.
— Nuestras prioridades han cambiado—murmuró, siniestro. Átala no pudo evitar sentir miedo—. Tu padre es un traidor, y creo que sabes cuánto odiamos a los
traidores a la sangre.
— Lo sé, señor. Le diré a Claire que…—se interrumpió cuando Salazar la levantó por los codos, sujetándola con fuerza.
Hizo una señal a Demian… La hoja de cristal de luna atravesó el estómago de la vampiresa, y el movimiento fue tan rápido, que la sangre que emergió, dio con
violencia contra los presentes. Rachel tomó un poco de su mejilla, lamiéndose el dedo.
Demian, con una sonrisa aterradora enmarcando el rostro que alguna vez, hace años, sólo sonreía al amor, sacó la espada del cuerpo, y Jamie cayó de rodillas con los
ojos muy abiertos.
Amelia pegó un brinco, ahogando un grito de sorpresa. Sorpresa por el acto, aunque no por la sangre. Se mordió el labio, un momento después, dándose cuenta del
hambre que tenía. Todos se acercaron a Jamie cuando cayó de cara contra el suelo. Demian la hizo girar con el pie, inclinándose para revisar la herida. La rosada blusa
comenzó a empaparse de sangre. El vampiro tomó la rajadura que la espada había dejado y rompió la blusa.
Nadie en aquel salón, salvo Salazar, pudo evitar una exclamación de sorpresa. Siglos, querellas y amores marcaban su vida. Pero ni los años ni la eternidad aseguran
la imposibilidad del asombro. Lo que tenía frente sí era nuevo. La herida resultaba inquietante, pero no por la sangre que brotaba a borbotones ni por el desgarre ni los
músculos del abdomen asomándose un poco, sino por las raíces. Raíces negras que parecían surgir de la lesión como tentáculos que se expanden por la piel, por los
músculos del cuerpo, que cruzan las mejillas y los ojos, los labios, las uñas, los pechos, el cuero cabelludo. Todo. Como veneno que se expandiera poco a poco.
En cuanto las raíces surgieron, Jamie comenzó a gritar, sintiendo el dolor de aquellas cosas creciendo dentro de sí.
— Está agonizando— anunció Átala, acercando su mano al corte. Tocando las raíces negras. Eran gruesas, sobresalían de la piel como venas oscuras, duras, que se
expanden por el cuerpo, brazos, piernas… Los ojos durazno se volvieron negros como los de un tiburón.
Y lo segundo, que sacó exclamaciones de asombro de la bruja. No sanaba. La lesión no se curaba. Seguía y seguía brotando sangre hasta que la propia herida se tornó
del color negro de las raíces.
Jamie miraba, temblorosa, escupiendo sangre, con odio a todos los presentes.
— Joshua los acabara—susurró. El esfuerzo la hizo soltar un gemido.
Las raíces negras bajo su piel resultaban tétricas. La transformaron. Salazar sonrió y los otros se echaron a reír. Todos menos Átala, que seguía inquietándose a cada
segundo. Magia de chaman, peligrosa.
— Es el veneno distribuyéndose por el cuerpo—dijo, eliminándose esa voz acosadora que le advertía.
Jamie sólo dejó de retorcerse y gritar de dolor cuando sus ojos se desenfocaron. Murió, dejando a todos tanto fascinados como asustados. Nunca habían visto morir
de esa forma a un vampiro, y menos por culpa de una espada.
— Es una pena—dijo Salazar, regresando de nuevo a su trono, como si nada hubiese pasado. Se le veía tranquilo—. Su Poder era excepcional.
— ¡Esto quiere decir que la leyenda es cierta!—exclamó Rachel, mirando con emoción al líder—. Cualquier inmortal…
— Cualquier mutación y elemental—interrumpió Átala— herido con alguna de las armas de los chamanes, con la Triada, no podrá sanar ni recuperarse. Morirá
como cualquier mortal—tenía los ojos bien abiertos.
— La herida sigue abierta—anunció Demian, revisándola.
— Podremos asesinar con más facilidad a nuestros enemigos—dijo Amelia—. El sólo hecho de que sepan que la tenemos…
— Pero nadie debe saberlo—sentenció Salazar, mirándola, observando a cada uno de los presentes—. Esto queda entre nosotros. No encontraron nada. Si alguien
sabe, si Irena se entera, o algún Señor de los Continentes, vendrán a exigirla. No podemos pelear con nuestra raza en este momento. Y los seres mágicos, oh, ellos
también la querrán, pero no lo permitiremos. Puede ser un arma, pero a su debido tiempo.
— ¿Quieres que busquemos el arco y la daga?—preguntó Amelia.
— Por el momento no. Se acercan algunas cosas.
— Hablas como si fuese cualquier cosa—soltó Demian—. Tardamos muchos años buscando la espada.
— Pero ustedes la pueden tocar—replicó Amelia—. Tú y Rachel. Tenemos una ventaja—miró a Salazar—. Dicen que Irena tiene la daga ¿no?
— No—respondió—. De ser así, ya habría ido por ella. ¡Que alguien se haga cargo de ésta!—exclamó, haciendo una seña con la mano.
Amelia tomó a Jamie del cabello, sacándola a rastras del salón.
— Muy bien—dijo Salazar, recuperándose de su abrupta pérdida de control—. Ahora—miró a Rachel y a la bruja—, lleven la espada a la planta azul. Átala, sabes
la clave, cuando salgan quiero que la protejas con magia. Nadie excepto yo se puede acercar.
— Si—respondió la ésta. Rachel asintió, tomó la espada por el mango y salió del salón detrás de la bruja.
En último momento éste le lanzó una mirada a Salazar en la que se comunicaron algo que sólo ellos entendieron.
La puerta de hierro se cerró y cualquier sonido ajeno a la sala se dejó de escuchar. Demian entrecerró los ojos.
— ¿Qué sucede?—preguntó, mirando a su creador.
— Necesito que discutamos un tema.
— Dime.
Salazar se acomodó en el trono, sus músculos se pudieron rígidos. Demian caminó hasta recargarse en la pared frente al trono. Sus heridas ya habían sanado.
— Estuviste 19 años fuera— comenzó, sus ojos escarlata se ensombrecieron—. Te mandé a una misión importante, y como siempre, trajiste resultados
excepcionales. Durante ese tiempo, la guerra contra los licántropos se ha tornado más oscura, y he seguido reclutando seres excepcionales. Pero quiero algo más, algo
que debió ser mío hace 19 años.
El rostro de Demian seguía igual de serio. Mirando a su creador.
— Camila Warren—murmuró el chico.
— Así es—Salazar se llevó una mano a la barbilla—. Hace tiempo, cuando tú estabas ocupándote de ella y yo estaba en África, nos enteramos de que Menelik se
había casado con una loba de la manada contra la que peleamos en ese continente. Por eso había obtenido el derecho de liderarla. Átala y yo investigamos más,
recorriendo el resto del continente, y nos encontramos con que con una boda mágica, se pueden obtener los poderes y cualquier pertenencia o derecho de la otra
persona. Eso es lo que hizo Menelik. Al final, encontramos a la loba con la que se casó y la trajimos con nosotros. Tú la viste. Inaya, la antigua líder de esa manada.
Tardó varios meses de tortura en hablar, pero al final nos dijo cómo hacerlo y…
— Quieres una boda mágica con Camila—interrumpió Demian, sin cambiar de expresión, seguía igual de frio y distante—. Obtener no su poder, sino aquello que
sólo tú puedes percibir.
Salazar sonrió, asintiendo.
— ¿Te importaría?—preguntó, inclinándose sobre el trono—. Al principio quería que fuera contigo, pero creo que quiero ser yo quien descubra de lo que es capaz.
— ¿Y si no es capaz de nada? ¿Y si eso que sientes, no significa nada?
— Entonces la mataremos. Ya causó suficientes problemas. Aun así me quedaré con su poder de leer mentes.
— Me parece un buen plan—dijo Demian—. No se pierde nada por donde se vea.
— ¡Perfecto!—exclamó, chocando las palmas—. Iremos por ella en cinco días. La boda será en una semana, en luna llena. Inaya dice que es muy importante cuidar
los detalles—se acercó y le palmeó el hombro—. No te preocupes. La haremos sufrir y también a su humano o lo que sea, por lo que te hicieron.
Salió del salón sin mirar atrás.
Demian lo siguió con la mirada, rebuscando algo en su interior. Algo… Amor, desesperación, odio, temor… Nada. Los primeros meses se pasó tanto tiempo
enfurecido, cegado por el odio, que lo encerraron, como se enjaula a un animal salvaje por seguir su instinto. Apagó sus emociones, entregándose al fuego para poder
salir, embarcarse en la misión de la búsqueda de la espada. Paso de querer matarla, de imaginarse bebiendo directo de su muerto corazón y asesinado a su humano frente
a ella, a una total, inexplicable e inquietante tranquilidad. ¡Bendito fuego del monstruo!
Buscando dentro de sí, no sintió nada. Avanzó hacia la puerta, envuelto en una inexplicable nada. Una nada aliviada, tranquila, por la frialdad de su corazón. Nadie
podía hacerle daño y él podía dañar a todos.
2. Lobos en la noche
19 años después.
Allí estaba. Envuelta en una capa negra. Escondida como una sombra.
Sentada sobre un cúmulo de hierbas húmedas, erosionadas ya de tanto tiempo siendo aplastadas por su cuerpo. Acudía allí cada día. Siempre frente al muro de
hierba y enredaderas que habían crecido donde antes estuvo la orilla del acantilado, aquella vez que el ángel apareció, llevándose el fuego del monstruo. La salvó. Le dio
otra oportunidad. Y quería verlo de nuevo.
Aquel día hace 19 años se quedó allí hasta el anochecer, esperando su regreso, pero nada sucedió. Pronto, el calor y la vitalidad, la tranquilidad que le inyectó al
tocarla como sedante a un enfermo, se esfumó. Y ya no sentía la llamarada cegadora de poder y furia que era el fuego del monstruo, sino una profunda calma. El odio se
desvaneció.
Todos los días se cuestionaba qué había pasado. Cruzando todos los días el bosque como una penumbra, pensaba en aquel momento. Estuvo a punto de matarse, no
le importó. Mejor eso que hacer lo que pensaba. Nadie quiere cargar con una muerte, y menos la de su hermana. Sin embargo, gracias al ángel se tranquilizó, el deseo de
sangre se desvaneció.
El muro se extendía frente a ella, alto hasta donde se podía ver. Intentó treparlo, pero cuando llegaba a la altura de la copa de los árboles, algo tiraba de ella, una
especie de cuerda que se tensaba para no dejarla pasar. El muro era como una puerta que cerró el acceso al acantilado. De la noche a la mañana creció. En cuando ella se
marchó con pereza, ya olvidado el deseo cegador de muerte, debió crecer. Porque a la mañana siguiente allí estaba. Alto. Impenetrable.
Paz.
Creyó que jamás iba a volver a experimentarla después de convertirse, sin embargo, allí estaba, sacudiendo su cuerpo como la frágil esperanza de un niño. El ángel le
dio eso, y quería más. Lo buscaría, se prometió entonces, hace tantos años.
Por ello regresaba todos los días, en busca de un milagro. Pero los milagros no existen.
El águila siguió con ella hasta entrada la noche, y cuando se disponía a irse, más por miedo por Jack que por que en verdad quisiese marcharse, lo miró.
— ¿Quieres venir?—le susurró como si pudiese entenderla. El animal asintió. No debió sorprenderse, después de todo lo que había visto, después de ser lo que era,
sin embargo lo hizo. No todos los días un águila se presenta y se quiere ir contigo, como si

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