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Libro PDF Hierro y seda – Violeta Otin

Hierro y seda - Violeta Otin

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tener en cuenta. Claro que las cosas no
habían resultado tan simples como ella
había creído; los eunucos controlaban lo
que ellos, sin tapujos, denominaban el
«mercado de concubinas» y solo si
recibían un regalo adecuado se
esforzaban en presentar al emperador a
las nuevas.
—Totalmente indigno… —suspiró
ella.
Nunca había accedido a participar en
aquel juego y, por supuesto, ahora sufría
las consecuencias. Y, a pesar de todo,
en su interior, sabía que el sufrimiento
vivido quedaría compensado con creces
si conseguía cumplir con su cometido:
pasar una noche con el emperador.
Hasta entonces, el sentimiento de
fracaso enturbiaría su corazón. Había
fallado a su adorada familia.
La tierra, dura y seca, se levantaba en
remolinos de polvo, lanzando esquirlas
de piedra sobre los jinetes que
avanzaban en una línea desordenada.
Como una mancha oscura que quebraba
el paisaje hosco que los había parido, un
grupo de bárbaros se dirigía hacia el
sur, hacia la frontera china, siguiendo la
imponente silueta de su nuevo jefe, el
recién nombrado shanyu de los xiong.
Al frente de sus hombres, Jizhu
Laoshang trotaba en silencio, la vista
fija en cada elevación del terreno, en
cada giro del sendero (si es que a aquel
paso yermo se le podía llamar sendero),
los sentidos alerta cada vez que el
viento daba una ligera tregua o que las
águilas parecían detectar algún
movimiento extraño.
El poder absoluto suponía al mismo
tiempo una carga y una adicción. Aunque
siempre había cabalgado junto a su
padre en las batallas, dando cumplida
muestra de su valor, y todo el clan había
mostrado su lealtad cuando había sido
nombrado heredero, no podía alejar de
sí la incómoda sensación de que, en
cualquier momento, podía ser despojado
del liderazgo. No hacía tanto que su
padre había forjado su imperio inmenso
a golpe de cuchillo y el equilibrio entre
los clanes seguía siendo precario. No
iba a resultar sencillo mantener bajo
control a todas las tribus.
Jizhu se pasó una mano por la cara
para limpiarse el polvo y levantó la
vista hacia el cielo. Faltaba poco para la
puesta de sol. Hizo un gesto a los suyos
para que se detuvieran y bajó del
caballo.
—Montamos el campamento —dijo
con voz autoritaria.
Uno de sus capitanes se le acercó
caminando con paso altivo.
—Laoshang —lo llamó—. El viento
ha cambiado, ¿te has dado cuenta?
Jizhu lo miró con el ceño fruncido.
—¿Y qué?
—Nos acercamos a la frontera.
¿Esperas algún comité de bienvenida?
E l shanyu esbozó media sonrisa al
tiempo que su mano se cerraba, de forma
inconsciente, sobre la empuñadura de su
cuchillo. Echó un rápido vistazo a sus
hombres, ocupados en hacer fuego y
preparar el campamento; no había traído
muchos, pero todos eran guerreros
curtidos. La perspectiva de conseguir un
buen botín no les parecería, en absoluto,
mala idea, y dejaría claro a los chinos
que el nuevo shanyu no era un rival
desdeñable.
Jizhu mandó llamar a sus
comandantes.
—Hay muchas aldeas desperdigadas
junto a la Fortificación Larga.
Qara, Comandante de la Derecha,
enarcó las cejas, sonriente.
—¿Un buen bocado de advertencia,
Laoshang? ¿No será algo precipitado?
El emperador chino debe de haber
preparado un buen montón de
presentes… No sería cortés tener que
dejarlos porque no podemos llevárnoslo
todo.
Jizhu torció el gesto.
—¿Y no es algo precipitado que
empieces a cuestionar tan pronto mis
órdenes?
Qara palideció, dando gracias a la
luna por la luz tan tibia con la que
regaba la estepa, ya que nadie advertiría
su desazón.
—Nunca te cuestionaría, Laoshang.
Solo he pensado que tu padre tal vez…
Jizhu se envaró y siseó con voz
amenazante:
—¿Te he pedido tu opinión sobre lo
que haría mi padre?
Qara inclinó la cabeza en señal de
respeto y retrocedió un paso. Era el
mayor de los oficiales y había servido al
padre de Jizhu como comandante durante
muchos años. Quizás por ello no
confiaba aún plenamente en la
capacidad estratega del nuevo shanyu.
—Discúlpame, Laoshang.
Jizhu aceptó de mala gana sus
disculpas y fue a sentarse junto al fuego.
Uno de los esclavos le sirvió una
escudilla con carne y comenzó a
masticar en silencio. Los trozos estaban
casi crudos, por lo que tuvo que
desgarrarlos con los colmillos como si
fuera un lobo.
Temür, el guerrero con el título de
Capitán de la Derecha, se acuclilló y
pudo ver cómo las llamas iluminaban el
rostro del shanyu, tiñéndolo de rojo.
Temür no pudo evitar preguntarse si
Tengri, dios de los cielos, no estaría
enviándoles una señal: el orgulloso
shanyu de los xiong, aquel que bañaría
de sangre las frías tierras de la estepa.
Otro de los capitanes, Berke, que
ostentaba el título de Capitán de la
Izquierda, se acomodó lejos de los
demás. Observaba con su sonrisa
burlona las expresiones de sus
compañeros de armas y, en especial, la
del nuevo jefe. ¿Qué había de malo en
asaltar unas cuantas aldeas para llevarse
algo?

coger fuerzas. A fin de cuentas, el
shanyu no había cambiado de parecer
respecto a visitar alguna aldea.
2
Se escuchan inquietantes rumores
sobre la llegada de los bárbaros. Un
extraño silencio se ha apoderado del
pabellón de las concubinas. Incluso los
eunucos han dejado de trasegar los
últimos días por nuestros corredores.
Todo son murmullos y voces quebradas.
Las noticias viajan rápido hasta
Chang’an. Los xiong han atravesado la
Fortificación Larga y han saqueado
varios pueblos limítrofes. El invierno no
está lejos y los aldeanos van a sufrir
mucho si, como dicen, las chozas han
sido quemadas y los campos arrasados.
A veces me pregunto cómo habría sido
mi vida si mi abuelo…
Lirio interrumpió la escritura, presa
de una súbita ansiedad. Aquello
comenzaba a resultar peligroso. En
Weiyang, las mujeres carecían de
familia. Carecían de pasado. Si alguien
se hacía alguna vez con sus notas, su
vida correría peligro.
Escondió sus retales de seda y salió a
una de las terrazas. Allí vio a la dama
Cisne, que contemplaba con aire
melancólico los racimos de nubes que
sobrevolaban el palacio. Uno de los
tablones de madera crujió bajo los pies
de Lirio y la concubina dio un respingo.
—No te había visto llegar —dijo con
voz melodiosa y se inclinó en una
profunda reverencia. Tenía los ojos
enrojecidos.
—Disculpa mi intromisión —dijo
Lirio, inclinándose a su vez—. Tampoco
sabía que estabas aquí. ¿Quieres… —
Dudó de lo que estaba a punto de hacer
—, quieres acompañarme a pasear junto
al estanque?
La dama Cisne estiró los hombros
hacia atrás y abanicó el aire con sus
delicadas mangas de color verde. Una
sombra de temor manchó durante unos
segundos su rostro, pero se compuso en
seguida.
—No creo que resulte apropiado,
aunque agradezco tus palabras.
Lirio esbozó una sonrisa. Lo más
probable era que la dama Cisne temiese
que la empujara al estanque, o quizá
esperaba recibir algún tipo de amenaza.
¿Cómo explicar que solo le apetecía
hablar con alguien sin despertar
cualquier tipo de sospecha?
—Tienes razón, discúlpame de nuevo.
Adiós.
Lirio se alejó con pasos rápidos hasta
la siguiente terraza. Un eunuco y una
concubina cuchicheaban medio
escondidos tras un velo de seda dorada.
Pasó junto a ellos mirando al suelo. Los
otros callaron y no fue hasta que la
joven se perdió de vista que volvieron a
retomar su conversación. No era muy
difícil imaginar lo que estaban
tramando; en cualquier caso, oro a
cambio de favores. Todo en Weiyang se
arreglaba igual.
Dobló la esquina y se adentró en uno
de los salones, que las mujeres solían
utilizar para tomar el té. Los suelos de
piedra negra estaban tan pulidos que
podía verse reflejada como en un
espejo. Tras percatarse de que no había
nadie en la estancia, se fijó en algunas
de las pinturas que decoraban los muros.
En ellas había imágenes de mujeres
semidesnudas atendiendo a antiguos
emperadores. Lirio se arrodilló en el
suelo y se recostó ligeramente en un
reposacodos de madera lacada, para
observar con angustia los dibujos. Notó
en el pecho una especie de quemazón.
Nunca se le hubiera ocurrido quejarse
por su destino, simplemente hacía lo que

3
El palacio de Weiyang devolvía al
cielo los más puros azules reflejados en
sus techos de tejas esmaltadas. El
verano se despedía con pereza y los
últimos días de la estación cálida se
retorcían, pegajosos y húmedos, por los
corredores de la majestuosa
construcción. Un chaparrón inesperado
había lamido con insistencia la bella
ciudad de Chang’an y el calor se había
vuelto todavía más pesado.
En los jardines del pabellón oriental,
sentada junto a un estanque cuajado de
nenúfares, Lirio ofrecía sin recato su
bello rostro a las caricias del sol.
Descalza, con el borde de la falda
ligeramente levantado hacia las rodillas,
sumergía los dedos del pie para después
salpicar la hierba de la orilla que
quedaba cubierta con perlas de agua.
Sentía la piel levemente enrojecida,
pero no le preocupaba el bronceado.
Pronto llegaría el otoño y tendría que
esperar durante meses hasta que las
nubes desapareciesen de nuevo.
«Otro año más» pensó Lirio y cerró
los ojos con tristeza. Los días avanzaban
idénticos al anterior, mientras su vida se
deslizaba sin cambios, sin anhelos, sin
expectativas. Tal como esperaba,
durante las últimas semanas, el
emperador seguía sin mostrar siquiera
interés por conocerla. Por descontado,
no podía tratar con ningún otro hombre y
la relación con las demás concubinas
era variable, desde sencilla rivalidad
hasta enemistad manifiesta, pero nunca
el menor atisbo de amistad.
Inspirando con fuerza, trató de alejar
los pensamientos negativos de su mente
y se concentró en disfrutar del sol. No
en vano había nacido bajo el elemento
fuego.
—Demasiado fuego —decía siempre
su madre.
Para su abuelo, en cambio, nunca
había sido un problema. Al contrario. A
falta de hijos y nietos varones, el exceso
de fuego en su nieta había sido la excusa
perfecta para entrenarla.
—Hay que canalizar toda esa energía
—decía con seriedad.
Su familia… ¿Volvería a verlos
alguna vez? Probablemente no. Una
lágrima inoportuna se arrastró por su
mejilla antes de que Lirio se abandonase
a un sueño amargo, sola, rodeada de un
silencio opresivo, ese que suele
preceder a los grandes desastres. Poco a
poco, el cielo se cubrió de espesos
nubarrones y el aire se electrizó cargado
con el olor de la tormenta que se
avecinaba.
Una comitiva se hallaba reunida en la
puerta más occidental del palacio,
preparada para dar la bienvenida a los
embajadores bárbaros. Los rayos
desgarraban furiosos el firmamento
mientras violentos truenos sacudían los
muros de piedra y la lluvia los golpeaba
con rabia.
—¡Ya están aquí! —anunció un joven
eunuco que llegaba a la carrera—. He
oído el sonido del cuerno que les
anuncia.
Los funcionarios se retorcieron las
manos, un tanto nerviosos. La sola
visión de los bárbaros les producía
pavor.
—¿Bajamos las escaleras o les
esperamos aquí arriba? —preguntó el
eunuco.
Se miraron entre sí, desconcertados.
La tempestad no hacía sino rugir con
más fuerza y ninguno tenía ganas de
echar a perder sus hanfus de seda por
culpa de sus incómodos visitantes.
—Esperaremos aquí —sentenció el
mayor de ellos—. Al fin y al cabo, no se
merecen más.
Los xiong no se demoraron mucho
más. Era un grupo nutrido de toscos
guerreros, tal vez unos treinta, todos
montados a caballo. Ninguno parecía
sentirse molesto por el aguacero. Es
más, era como si ni siquiera se hubieran
percatado de que llovía. Avanzaban
despacio, en filas de a cinco. Unos
pasos más atrás, con la vista fija al
suelo en la sumisa actitud de los
esclavos, otro grupo a pie conducía una
manada de caballos que ofrecerían como
tributo al emperador. Al llegar junto a la
escalinata, el grupo a caballo se abrió
dejando paso a su jefe, quien desmontó y
subió sin ninguna ceremonia hasta donde
aguardaban los funcionarios chinos.
El más anciano se adelantó y realizó
una mínima reverencia.
—Bienvenido, shanyu. Bienvenidos,
señores, al palacio del Hijo del Cielo.
El eunuco tradujo sus palabras. El
shanyu no se inclinó ante ellos.
—Traemos hermosos caballos y
algunos potros para el emperador.
¿Dónde los dejamos? —anunció Temür,
uno de los dos capitanes.
Los funcionarios resoplaron por lo
bajo escandalizados ante los rudos
modales de los bárbaros

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