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Libro PDF Hijos de un Dios canibal – Juan Alcudia

Hijos de un Dios canibal – Juan Alcudia

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desconocía su origen y finalidad.
Consistía en una sencilla cuartilla
plastificada. La singularidad residía en
lo que había escrito en ella, una
desconcertante combinación de
Qur’anical, el árabe clásico, y una serie
de extraños caracteres que le resultaban
del todo indescifrables.
Desde el primer momento su padre
había permanecido a su lado para
enseñarle la pronunciación exacta de
aquellos símbolos. Yousef desconocía
su significado, pero sabía que su
presencia alteraba, no sólo la
pronunciación del alfabeto árabe, sino
también el significado de las palabras
que entraban en contacto con ellos. De
modo que la palabra «roble» o la
palabra «antiguo» en contacto con ellos
cambiaba su significado por otro
completamente distinto. De esto
resultaba un texto que era capaz de leer
pero no de comprender. Cuando
preguntó acerca del sentido de aquellas
líneas, su padre le respondió que lo
sabría en su debido momento y que,
aunque se lo explicara, sería incapaz de
entenderlo por la simple razón de que
ninguna lengua humana podía capturar el
contenido de aquella cuartilla, sino que
se trataba más bien de algo que debía
ser experimentado individualmente.
Hasta que llegase ese día, añadió, se
limitaría a memorizar la pronunciación,
que debía ser ejecutada con suma
precisión, ya que de otro modo el
esfuerzo resultaría inútil.
A menudo se había cuestionado
Yousef la utilidad de todo aquello, pero
nunca se había atrevido a formular la
pregunta en voz alta por temor a una
explicación tan elusiva o tan abstracta
como la anterior. Se limitaba a seguir
las instrucciones de su padre, en quien
por otra parte confiaba ciegamente.
Todas las noches sin excepción antes de
la cena trabajaban sobre el texto. Debía
pronunciarlo de memoria en un lapso de
tiempo muy concreto. Necesitaba
controlar el ritmo de su respiración,
medir el tono de voz y proporcionar la
entonación adecuada en cada momento.
Debía orquestarlo todo bajo la atenta
mirada de su padre, que se mostraba
implacable con los deslices.
Al principio los fallos se debían
más a su estupor ante la nueva situación
que a su falta de capacidad. No tardó en
entender que debía seguir aquel extraño
adiestramiento sin cuestionarlo. Lo
acató de forma natural, rozando la
sumisión, y lo incorporó al resto de sus
rutinas diarias como la más trivial de las
cosas. Por lo demás, su prodigiosa
memoria y su talento innato para las
lenguas hicieron el resto.
Aquella noche le resultó más difícil
de lo habitual. El dolor del labio no
terminaba de acallarse. Las pautas y las
fórmulas se revolcaban en su cabeza con
la imagen feroz de un puño volando
directo hacia él. Acusaba la presión de
un punzón invisible en la parte posterior
del cráneo. En su cabeza se libraba una
batalla entre la emoción y la disciplina,
entre el odio y la templanza. Titubeaba.
Las palabras tropezaban nada más salir
de su boca. Por un instante su
concentración amenazó con zozobrar. A
su vez, la vergüenza y el temor a la más
que probable reprimenda paterna tiraban
enérgicamente de él en dirección
opuesta. Este pensamiento le ayudó a
enderezarse y a alcanzar la serenidad
que necesitaba. El temor, el odio y el
sentido del deber se entrelazaron en un
nudo indisoluble que creció y se irguió
sediento de luz desde algún abismo.
Justo en la base del cuello, allí donde
comienza la espina dorsal, sintió que el
vientre, el pecho y las sienes se unían en
un abrazo diminuto y macizo del tamaño
de un átomo. Le pareció que se activaba
un interruptor en algún lugar de su
cuerpo; probablemente en todo él.
Imaginó una llave descorriendo un
cerrojo y, a continuación, percibió una
fuerza de naturaleza incierta, blindada
de aristas y completamente
impenetrable, despertando bajo el sol.
Tuvo entonces la impresión de que todo
estaba en orden. Se sintió fuerte, seguro
y confiado. Se esfumaron el miedo y las
dudas. Yousef acometió su lección como
jamás lo había hecho. Su ejecución
debió de ser perfecta, dedujo más tarde,
porque por primera vez su padre se
había sentado a escucharlo
completamente relajado, con las piernas
cruzadas y la mejilla acolchada en la
palma de la mano. Se había limitado a
observarlo desarmado, embelesado y
perfectamente sereno, como quien
disfruta de una velada musical bajo el
cielo de una noche de verano. Ni una
corrección. Ni el más mínimo matiz.
Cuando terminó, su padre permaneció en
silencio. Se levantó de la silla, le dio un
beso en la frente y lo envolvió
emocionado entre sus brazos.
Antes de dormir le habló de su
madre. A lo largo de los años su padre
había administrado la información al
respecto con cuentagotas. Aquella noche
fue directo y sencillo. No hubo rodeos ni
eufemismos; tampoco hubo preguntas
que el chico no se atreviera a hacer ni
respuestas que no le fueran dadas. Sintió
que no le hablaba de padre a hijo sino
de hombre a hombre. Comprendió que
hasta ese momento su madre había sido
una completa desconocida para él. Por
primera vez la extrañó y todo se hizo
amargo. Su padre le recordó que había
fallecido durante la ocupación de las
tropas israelís de Beirut oeste, cuando él
apenas levantaba unos palmos del suelo.
El dato evocó en él una imagen afilada y
siniestra que fue a incrustarse en su
pecho. La secuencia se repitió los seis
días siguientes. Primero llevaban a cabo
la sesión y luego hablaban de su madre.
Yousef se valió de aquellas
conversaciones para componer la
imagen de una mujer a la que adornaba
con todas la virtudes posibles. Por su
parte, su padre le anunció que cuando el
curso terminara harían ese viaje que le
había prometido antes de abandonar
Beirut. Primero irían a Córdoba. Quería
obsequiarle con la visión del bosque de
columnas que se yergue en las entrañas
de la Mezquita, último testimonio del
antiguo esplendor vencido por el
tiempo. Después Granada, para admirar
sobre la colina de al-Sabika el palacio
infinito cuya piel no conoce el descanso.
Por último viajarían a Toledo, donde
Occidente conoció por primera vez los
textos de Avicena, Averroes y tantos
otros, gracias a la labor sin sueño ni
recompensa de los traductores. Aquella
catarata de imágenes terminó por
embriagar a Yousef, que no veía la hora
de emprender el viaje. Mientras llegaba
el día, se refugiaba en una vida paralela;
imaginaba que volvía a la infancia y que
allí estaba su madre para darle todo el
cariño y el consuelo que le habían sido
negados hasta entonces.
La víspera de la entrega de notas
llegó Karim, un viejo amigo de su padre
y el equivalente a un hermano mayor
para Yousef. Había sido su tutor
particular hasta donde alcanzaban sus
recuerdos. Primero en Beirut y luego una
breve temporada en Yemen. No era un
simple profesor de apoyo; no lo
necesitaba. Era lingüista, un
extraordinario políglota experto en
lenguas semíticas. De él había
aprendido el árabe clásico, el hebreo, el
griego y el latín. No había duda de que
Karim era una mente lúcida, sin
embargo, la precocidad intelectual de
Yousef no le iba a la zaga. Lo cierto es
que este nunca había tenido demasiado
claro con qué objeto estudiaba aquellas
lenguas, sobre todo teniendo en cuenta
que algunas de ellas estaban en desuso.
«Todo a su debido tiempo», le
respondía elusivo Karim; y también,
enigmático, «el lenguaje es la llave que
abre la puerta de todos los misterios».
Había especulado mucho sobre el
verdadero sentido de aquellas palabras,
pero lo único que le venía a la cabeza
era la biblioteca en la que solían
transcurrir las lecciones. Visualizaba
con una nitidez exhaustiva las altísimas
paredes forradas de libros en cuyos
lomos resplandecían los títulos, escritos
en alfabetos indescifrables.
—Ven aquí —dijo Karim, mientras
recibía a su antiguo alumno con un
cálido abrazo—.¿Cómo está mi joven
erudito?
—Bien —respondió Yousef un
tanto apocado.
—Eso no suena exactamente a
«bien». Noto algo en el tono de tu voz…
Karim miró a Yousef directo a los
ojos. Por un momento este temió que
averiguara lo de las palizas. Sabía que
podía leer en él como en un libro
abierto.
—En absoluto —se apresuró a
decir—. Al verte me he entristecido.
Echo de menos nuestras lecciones…
Fue una buena excusa, aunque lo
cierto es que no mentía respecto a
aquello.
—Yo ya no tengo nada que
enseñarte, mi joven amigo. Serás tú el
que un día me enseñe a mí.
Karim sabía que Yousef no se
refería a las lecciones, sino al caudal de
afecto robusto y sincero que había fluido
entre ambos durante aquellos días.
Decidió eludir el tema. El chico estaba
ahora fuera de su alcance. Había sido
elegido para un cometido superior que
el propio Yousef desconocía aún. Sin
saberlo, se disponía a ascender por una
escalera cuyo acceso le estaba vedado
al resto de los mortales. Nada podía
hacer Karim al respecto, excepto
permanecer frente al primer escalón y
observar cómo se alejaba su querido
alumno, el más noble, puro y brillante de
cuantos tuvo y tendría jamás.
—Ahora sube a tu cuarto. Karim y
yo tenemos asuntos que tratar —dijo su
padre.—
Buenas noches, Yousef. Lamento
que mi visita sea tan breve. Subiré a
despedirme antes de irme —se excusó
Karim.
Ya en su habitación, Yousef fue
incapaz de sustraerse al estudio; mucho
menos de conciliar el sueño. Primero
estaba la presencia de Karim, y luego
aquella extraña sensación que le
atenazaba el cuello. Se descalzó y bajó
sigilosamente la escalera hasta el
pasillo. La puerta del estudio estaba
entornada, de manera que podía
escuchar la conversación entre los
adultos con bastante nitidez. Comprobó
con asombro que a pesar de que
percibía las palabras no entendía nada
de lo que decían. Sonaba a un extraño
dialecto del árabe clásico, pero vibraba
con la sonoridad de la letanía escrita en
la Hoja. En labios de Karim y de su
padre, aquella lengua adquiría una
textura y una musicalidad embriagadora.
A veces le parecía el viento acariciando
una rama en la soledad de la noche;
otras, el rugido de un felino acechando
en las profundidades de una cueva; al
unísono, el mar de dunas del desierto de
Yemen o el murmullo de los cedros del
Bosque del Señor. Logró cazar algunas
palabras: «iniciación», «Yemen»,
«mañana», «madre», «prueba»,
«puerta», «peligroso», «elegido»,
«djin»… Yousef afinaba el oído sin
recompensa, temeroso y excitado,
completamente embebido en la
conversación. Tardó en reaccionar
cuando su padre abandonó el estudio
para ir al baño y a punto estuvo de
descubrirlo. Por prudencia, decidió
retirarse. Aquella noche soñó con su
madre al igual que las cinco anteriores.
No fue, sin embargo, un sueño
placentero. En el estudio la
conversación se prolongó hasta bien
entrada la madrugada. Karim partió con
las primeras luces.
Era un verano atroz. El calor
atornillaba las sienes y los lagartos
yacían aplastados sobre las piedras.
Yousef caminaba entre olivos a la hora
de la siesta. Llevaba el boletín de notas
en la mano. No se había molestado en
mirarlo. Recordó que una semana antes
había hecho ese mismo camino a esa
misma hora con el labio ensangrentado.
Nada de eso importaba ya. Tal vez, con
motivo de las vacaciones, su padre
pasaría por alto las sesiones durante una
temporada. Tal vez, aprovechando el
descanso, volverían unos días a Beirut.
Echaba de menos su casa, sus amigos, a
Karim… Había algo más. Había
decidido que lo primero que haría al
regresar sería visitar la tumba de su
madre. Ahora que, de alguna manera,
había vuelto con ellos, se había jurado a
sí mismo que no la dejaría marchar una
segunda vez, que mantendría su recuerdo
tan vivo como si fuera de carne y hueso.
Aquella cadena de ensoñaciones le
impidió reparar en las dos sombras que
se recortaban junto a un olivo seco. Vio
a Juani plantado en mitad del camino
con los puños apretados y los ojos
clavados en él. Por su parte, el Dientes
tenía la espalda apoyada contra el
tronco y las manos metidas en los
bolsillos. Sostenía un cigarrillo
encendido entre los labios. Tenía los
ojos entornados. Parecía ausente.
Yousef sabía lo que seguía, pero esta
vez no se dejó vencer por el miedo.
Pensaba en las vacaciones, en el viaje,
en el reencuentro… Había decidido que
unos cuantos golpes no echarían por
tierra todo aquello.
—¡Eh, piel de membrillo! ¿Por qué
traes esa cara? —le increpó Juani.
—¿No vas a correr? Si te quedas
ahí nos lo vas a poner muy fácil. Anda,
no seas cabrito y muévete —dijo el
Dientes sin despegarse del olivo, con la
mirada clavada en el suelo.
—Venga, solo un poco, así nos
cansamos y no te sacudimos tan fuerte.
—¡Corre o te reviento! —concluyó
el Dientes, al tiempo que daba un paso
al frente y hacía volar un escupitajo
compacto y verde.
Yousef no se movió. Se plantó y les
mantuvo la mirada, sereno y confiado.
El primer puñetazo voló directo al
rostro. Sintió un estallido en la mejilla.
Se tambaleó, pero en seguida afirmó los
pies en el suelo y recuperó el equilibrio.
Siguió un gancho seco al estómago.
Esta vez se dobló de dolor. Se le fue el
aire y por un instante creyó que se
ahogaba. Pero todo pasó rápido.
Recuperó el aliento y con él la entereza
y la verticalidad.
—¿Lo estás viendo? ¿Qué le pasa a
éste hoy? No lloriquea, no se arrastra,
no corre… ¿Seguro que es el mismo?
—¡Venga, piel de membrillo,
quiero que te mees de miedo y que
llames a tu mamá! —le gritó el Dientes a
un palmo de la cara.
Aquellas palabras sorprendieron a
Yousef. Era la primera vez que
mencionaban a su madre.
—¿Por qué no llamas nunca a tu
mamá? —¡Eso, nunca la mientas! ¿Qué
pasa, es que no tienes, está muerta?
—No, seguro que tiene. Lo que
pasa es que es una puta… De esas que se
follan los camioneros en las cunetas.
—¿Tu mamá es una putita? ¿Dónde
trabaja? ¡Seguro que nos la chupa gratis
si le decimos que vamos de tu parte!
—Encima de piel de membrillo,
puta. Mi abuela dice que las moras
tienen bigote y que no se lavan nunca.
—Entonces tendrá el chocho lleno
de liendres. ¿Quién va a querer follarse
a una puta con bigote y liendres en la
raja?
—¡Su padre! ¿Quién va a ser si no?
—¡Que llames a tu madre!
Voló un tercer puñetazo.
Envenenado. Rocoso. Macizo. Y fue
directo al labio. Y lo partió de nuevo.
Yousef cayó al suelo. Un hilo de sangre
cálida le humedeció lentamente la
barbilla. Notaba el labio abrasado, a
punto de reventar. Sentía que algo iba
mal aunque no sabía exactamente el qué.
Una imagen le sacudió la cabeza con la
contundencia de un martillazo. Vio a su
madre bajo aquella misma lluvia de
golpes. La visualizó postrada en el
suelo, indefensa, cubierta

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