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Historia de dos almas Lorena Franco

Historia de dos almas - Lorena Franco

 Libro Historia de dos almas  Lorena Franco

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brindarles su falsa amistad. El motivo de alejar a
Catherine de Londres era claro para sus padres.
Siempre la habían culpado por ir en contra de todo
y de todos y por eso la enviaron a Roma donde se
encontraban sus abuelos paternos, los Stevens,
para poder sacar provecho de ella, para
convertirla en una verdadera señorita de la alta
sociedad, algo con lo que nació pero con lo que
nunca llegó a sentirse identificada. Había pasado
un mes y Catherine aún soñaba con las bulliciosas
calles londinenses a primera hora de la mañana,
los pastelitos de la señora Clark’s y la lluvia
nocturna que impregnaba de un olor especial el
asfalto de la ciudad.
Catherine no llegaba a sentirse cómoda en su
nueva habitación. Aunque tenía unas vistas
preciosas que nunca se cansaba de observar, las
cortinas y cuadros del siglo XVII le parecían
demasiado soberbios para una joven de su edad.
Mientras imaginaba estar en su colorida habitación
londinense llena de recuerdos personales y
pensaba en la posibilidad de salir a pasear por los
alrededores de la Fontana Di Trevi, entró Lisa con
una bandeja que le costaba sujetar con firmeza
debido a su avanzada edad.
-Le he preparado el té, para no perder la
costumbre.-comentó Lisa sin dejar de
lado su amplia sonrisa e intentando arreglar su
recogido algo desaliñado por el esfuerzo de subir
las escaleras de la gran casa.
-Salgamos a pasear, Lisa.
-Señorita, ¡a estas horas! Además son las cinco de
la tarde, la hora del té. La hora sagrada. –aclaró
Lisa abriendo sus pequeños ojos azules más de lo
habitual.
-Sí, las cinco de la tarde… pero en Londres lo
hacíamos, paseábamos cada tarde… -refunfuñó
Catherine.
-Pero estamos en Roma, no en Londres. No
conocemos muy bien el lugar…
-Por eso tenemos que investigar, Lisa. ¡Venga!
Lisa nunca podía decirle que no a Catherine.
Aunque siempre se había mostrado firme, quería a
Catherine como si fuera su propia hija. A veces
incluso pensaba que había renunciado a su propia
vida a causa del inmenso cariño que le tenía a la
joven. Ella, al contrario que algunas amigas que
había tenido en su adolescencia, nunca se había
casado ni había pensado en la posibilidad de tener
sus propios hijos. Había vivido por y para los
Stevens y a su edad, ya era tarde para poder
arrepentirse de algo y pensar en las cosas que
hubiera podido hacer y no hizo. Pero Catherine ya
no era aquella niña a la que había cuidado. Era
imposible regañarla. Cuando la joven hacía alguna
de sus jugarretas típicas de la adolescencia y sus
pequeños e intensos ojos verdes miraban al suelo
llenos de culpa y arrepentimiento, Lisa sentía que
se le rompía el alma. Mientras Catherine miraba a
Lisa, recordó las veces en las que de niña
intentaba quitarle las gafas de lectura para tirarlas
al suelo o las ocasiones en las que le encantaba
entrar en la cocina y ver como Lisa preparaba las
galletas de canela de la tarde. La ama de llaves,
había sido una madre para Catherine, incluso más
que Madeleine Stevens, la mujer que a fin de
cuentas, le había dado la vida. Una mujer llena de
distinción y arrogancia a la que le importaban más
sus valiosas joyas que su única hija.
-¿Investigar el qué? -curioseó Lisa para alargar la
discusión, mientras servía el té en las refinadas
tazas francesas, para que Catherine no perdiera la
costumbre inglesa de la tarde. Al lado de las tazas
destinadas al té, no podían faltar sus legendarias
pastas, cuya receta se remontaba a los tiempos
inmemorables de la abuela de Lisa.
-Sus calles, sus gentes, el idioma… Quiero
descubrir las entrañas de Roma.
-Que manera de hablar… -se escandalizó Lisa
intentando no exteriorizar la risa que llevaba por
dentro a causa del comentario de Catherine.
-Por eso tal vez nadie se quiere casar conmigo.-
respondió Catherine soltando una carcajada, aún
sabiendo que eso no era cierto. Muchos de los
hijos de las amistades de sus padres veían en ella
un futuro prometedor y una gran belleza. Pero ella
no quería saber nada de ellos. A veces cuando se
acercaban para mantener una conversación con
ella, huían despavoridos como si Catherine fuera
el mismísimo diablo. Por ese motivo, tenía tantas
peleas en Londres con Charles, su padre.
-Tengo tantas cosas que hacer, Catherine… -quiso
disculparse Lisa.
-Lisa ¡por favor! No querrá que vaya sola
¿verdad?
-¡Su abuelo me mataría! –Catherine la miró
sonriendo pícaramente. –De acuerdo… cuando
termine el té vamos a dar un paseo… ¡Pero poco
rato! –exclamó el ama de llaves enérgicamente,
señalando la puerta del dormitorio de Catherine.
Mientras Catherine se tomaba el té sin dejar de
observar la Fontana Di Trevi desde la ventana,
Lisa fue a su dormitorio a arreglarse el cabello.
No podía creer como Catherine siempre la
engatusaba y su firmeza no servía absolutamente
de nada para poder decirle que no a algunas
situaciones o cuestiones. No entendía como podía
existir en el mundo una persona tan persuasiva
como Catherine, ni tampoco, como con el paso de
los años ella misma se había vuelto más
permisiva. Lisa se miró al espejo y con
resignación recordó su rostro veinte años atrás,
cuando aún los hombres la miraban con curiosidad
y las mujeres la envidiaban. “Como cambian las
personas con el paso de los años…”, murmuró
tristemente.
En silencio, Lisa recorrió los pasillos de la casa
de Aurelius Stevens, el abuelo de Catherine;
asegurándose de que todo estuviera en orden.
Aurelius siempre tuvo una vida fácil, nació siendo
un Stevens y no tuvo nunca la necesidad de
trabajar. Solía decir que el trabajo es para quienes
no tienen dinero. Cuando cumplió cincuenta años y
sus hijos ya estaban casados en Londres, decidió
irse a vivir a Roma, la ciudad en la que según
siempre explicaba, conoció a la que se convirtió
en su esposa, Diane Stevens. Una mujer esbelta y
elegante por la que parecía no pasar los años a
pesar de contar con setenta. Diane también
procedía de buena familia, bondadosa y refinada,
siempre había sido objeto de todas las miradas.
Era la típica mujer a la que el tiempo favorece
tanto como al más excelentísimo vino, aunque un
ápice de tristeza en su mirada se le escapaba
cuando recordaba la muerte de la única hija que
tuvo. Se llamaba Kate y murió a la temprana edad
de diecisiete años a causa de una grave
enfermedad que el médico de la familia no pudo
diagnosticar a tiempo. Diane siempre decía que
Catherine le recordaba a su hija fallecida. Por la
expresión de su dulce rostro, en la mirada a veces
perdida hacía ningún lugar, en una esbelta y
delicada figura, en un carácter similar y un timbre
de voz idéntico.
Diane sentía auténtica pasión por Catherine y sin
embargo nunca vio con buenos ojos a su nuera,
Madeleine, una pobre muchacha que vio en la
familia Stevens la oportunidad de tener una vida
acomodada al lado de Charles, el atractivo hijo
mayor de Aurelius y Diane. Ella misma se
apresuró en tener una hija, Catherine, y así
asegurarse la vida que se había propuesto tener.
Diane la veía como una trepa sin corazón que
nunca había querido a su propia hija ni a su marido
y se enfurecía cada vez que tenía que estar con ella
en las cenas de Navidad o en cualquier otra
celebración familiar. Simplemente la detestaba.
Antes de que Lisa pudiera picar la puerta del
dormitorio de Catherine, ésta ya la había abierto
con una sonrisa en su rostro y ganas de pisar el
suelo exterior de la Fontana Di Trevi, cansada ya
de tener que admirarla desde su prisión.
-Vamos Lisa. ¿Preparada?
-¿Ya ha tomado el té?
-Riquísimo.
-Gracias. –se sonrojó Lisa ante el mejor cumplido
que le podían hacer sobre lo que preparaba.
“Riquísimo, excelente, maravilloso…”, eran
palabras que escuchaba a menudo, gracias a un
trabajo perfecto que siempre realizaba con sumo
esmero y cuidado.
Lisa observaba como a Catherine se le iluminaba
el rostro al estar cerca de la Fontana di Trevi, sin
conformarse sólo con verla desde la ventana de su
dormitorio. “Se la ve tan feliz…”, pensaba. Y así
era. Catherine conocía cada rincón del lugar hasta
tal punto, que había podido plasmarlo en uno de
sus dibujos. A la joven se le daba muy bien dibujar
todo cuanto veía o aquellas cosas que sólo existían
en su mente, aunque sus padres no vieran bien que
tuviera una imaginación tan desbordante, solían
decir que no podía ser bueno. Aún así, Lisa
admiraba su creatividad y le encantaba contemplar
en silencio como Catherine se desvivía por
plasmar en una hoja todo lo que tenía en su
interior, como si fuera una manera de desahogarse.
Mientras el ama de llaves estaba entretenida
mirando como unas cuantas palomas comían con
ansia las migas

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