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Historia General de España VII – Modesto Lafuente

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HISTORIA DE ESPANA
consecuencia de aquella lanzada el generoso marqués qued6 manco de
aquel brazo para siempre.
En esta correrfa llam6 la atenci6n un gallardo moro, que caballo y
solo, con una bandera blanca en la mano se acercaba las filas cristianas.
Rste arrogante musulmån expuso que habiendo muerto tres de sus her-
manos por la propia mano y acero del valiente conde de Tendilla, desea-
ba vengar la ilustre sangre derramada por el guerrero cristiano, peleando
con él en combate singular, El conde acept6 el reto, y obtenida licencia
del rey, sali6 al encuentro del moro, le venci6 y se le present6 Fernan-
do, el cual le mand6 que le retuviera cautivo en su poder (l).
Habfan acompaüado al monarca cristi.ano en esta expedici6n los prfn•
cipes moros el Zagal y Cid Hiaya, cada uno con una cort8 hueste de ca-
ballerfa, asf por la fidelidad que habfan ofrecido al rey de Arag6n, como
por odio Boabdil. En el sitio de la vega llamado hoy el Soto de Roma
habfa una fortaleza nombrada la torre de Romin, que servfa de abrigo
los cultivadores sarracenos. A ella se dirigi6 un dfL Cid Hiaya con su es-
cuadr6n de moros de Baza; Ileg6se la puerta del fuerte, y hab16 en årabe
los vigilantes que estaban en las troneras pidiendo asilo para guarecer-
se de los cristianos que le persegufan. El alcaide y los del castillo no tu-
vieron dificultad en franquearles la entrada en la confianza de que hacfan
un servicio å los suyos. Mas tan pronto como el auxiliar de Fernando se
vi6 dentro con su gente, desnudaron todos los alfanjes y se apoderaron
de los engaüados defensores de la fortalezæ Este ardid, con que se propu-
so Cid Hiaya dar una prueba de lealtad å su vencedor y amigo, excit6 la
rabia de los granadinos contra él, y no .se cansaban de llamarle traidor
infame. Los prisioneros fueron puestos en libertad como vencidos mala
ley (2), y Fernando, hecha la tala, que dur6 treinta dfas, se retir6 otra vez
å C6rdoba.
Alentado Boabdil con la retirada del monarca aragonés, irritado con
las correrfas que Mendo de Quesada y otros capitanes cristianos hacfan
en sus campos estorbando las labores de los labriegos, y aprovechando la
ocasi6n de estar ocupado el marqués de Villena en aquietar los mudéjares
de Guadix que andaban un poco levantigeos, se anim6 cercar y acom&
ter IL fortaleza de Alhendfn que posefan los cristianos por astucia de
Gonzalo de C6rdoba y por traici6n del alcaide moro. Un incidente impidi6
al de Villena acudir con sus fronterizos tan pronto como querfa al soco-
rro de los sitiados y no pudo evitar que Mendo de Quesada y los cristia-
nos que defendfan el castillo cayeran en poder de Boabdil y que fueran de-
gollados y reducida escombros la fortaleza. Creci6 con esto el animo del
rey Chico, é invadi6 repentinamente la Taha de Andarax y las tierras
del senorfo del Zagal y de Cid Hiaya, regresando orgulloso å la Alhambra
con cautivos y ganados, después de haber rendido y desmantelado el
tillo de Marchena. Los vasallos del Zagal quedaron alborotados y en re-
beli6n, y sfntomas de querer rebelarse segufan notåndose en los mudéja-
(1) Mondéjar, en la Hist. de la ctksa de su tftulo, lib. Ill.
(2) Bernåldez, cap. xcv1,—Pulgar, part. Ill, cap. cxxx.—ExtraHamos que Pres-
cott no hagg mérito de estos lances quo tanto caracterizan aquella guerra.

EDAD MEDIA
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rey, el marqués de Cådiz y los principales caballeros, junto con el emba- .
jador de que allf estaba, hasta li Zubia (l), pequéöa poblaci6n
situoda en una colina cerca y la izquierda de la ciudad. Isabel estuvo
contemplando desde la ventana de una cæsa los muros, torres y palacios
de la grande y finica poblaci6n que representaba ya el imperio muslfmico
en Espana. Ella habfa prevenido al marqués de Cådiz que no empeiara
aquel dfa combate con los moros, pues no querfa que se derramara san-
gre cristiana por la satisfacci6n de una simple curiosidad 6 antojo suyo.
no pudiendo sufrir los de Granada la presencia tan inmediata del
enemigo, cuya.inacci6n misma parecfa un silencioso reto 6 insulto, arro-
jåronse fuera de la ciudad con algunas piezas de artillerfa, cuyog certeros
disparos hicieron algån daffo en las filas cristianæs. A tal provocaci6n no
les fué ya posible ni å los capitanes ni å los soldados espaioles contener
su ardor ni reprimir su enojo, y arremetiendo con impetuosa furia los
marqueses de Cådiz y de Villena, los condes de Tendilla y de Cobra, don
Alonso de Aguilar y don Alonso Montemayor con sus respectivas huestes,
arrollaron de tal modo la infanterfa sarracena, que envolviendo ella mis-
ma y desordenando en su fuga å los jinetes quedaron mås de dos mil mo-
ros, entre muertos, cautivos y heridos. Los demås entraron atropellada-
mente en Id ciudad por la puerta de Bibataubfn (julio). Debe suponerse, y
la historia asf 10 dice, que•la reina perdon6 fåcilmente al marqués de Cådiz
y sus bravos compaöeros la trasgresi6n de su mandato en gracia del
triunfo. Los reyes, que habfan presenciado la pelea desde la Zubia con
no poco zozobra, ordenaron por la tarde la retirada al campamento (2).
Menos afortunados don Alonso de Aguilar, su hermano Gonzalo de
C6rdoba, el conde de Ureia y otros caballeros hasta el nåmero de cin-
cuenta, que se quedaron en emboscada para sorprender å los moros quo
habfan de salir aquella noche recoger los cadåveres, fueron ellos sor-
prendidos y degollados los mås, y gracias que se salvaron aquellos céle-
bres caudillos; y no fué poca fortuna la de Gonzalo de C6rdoba, que ho-
biendo cafdo en una ocequia y pudiendo apenas incorporarse y menos
huir å pie con el peso de la armadura, encontr6 quien le diera un caballo
con el cual se puso en franqufa (3). En cambio, en unn salida que después
hizo Boobdil al frente de su caballerfa se vi6 en tanto apuro y tan acosado
por los cristianos, que s610 la velocidad de su caballo tuvo que agrade-
cer no haber cafdo segunda vez prisionero, y volver pisar los suntuosos
pavimentos de los salories de la Alhambra.
Una noche (era el 14 de julio), la alarma, el sobresalto, la consterna-
ci61i cundieron de repente en el real de los espaüoles. El fuego devoraba
(I) No Jubia, como equivocadamente se lee en alguncs historias, inclusa la tra-
ducci6n espafiola de Prescott.
(2) Berhåldez, Reyea Catbticoa, cap. cl.—Pedro Mårtir, Opu Epi8tdarum, lib. IV,
epistola 90.—Hist. de la casa de Mondéjar y de la casa de C6rdoba.
(3) Este generoso guerrero, å quien debi6 la Vida Gonzalo, pag6 de una manera
que no merecfa, aquel heroico ra.sgo de noble amistad, perdiendo la suya
alanceado por 108 moros. Llamåbase frigo de Mendoza, y era pariente de don Alonso
de Aguilar. Gonzalo, ya que no podia restituirle la Vida, dot6 sus hijas y seda’.6 uno
pensién su viuda: merecido, pero escaso galard6n de accidn tan sublime. 8
HISTORIA DE ESPANA
Convencido Fernando de la dificultad de reducirla por la fuerza, de-
termin6 hacer una correrfa de devastaci6n por el ameno valle de Lecrfn
y por la Alpujarra, de cuyos frutos se abastecfa la ciudad. El marqués de
Villena iba delante incendiando aldea.s, y recogiendo ganados y cautivos.
El rey y los condes de Cabra y de Tendilla tuvieron que sostener serias
refriegas con los feroces montaöeses y con la hueste del terrible Zahir
Abén Atar que les disputaban aquellos diffciles pasos. Al fin, después de
arruinar poblaciones y de talar sembrados, regros6 el ejército devastador
no sin ser molestado por el activo Zahir, å la vega de Granada, donde
volvi6 å sentar sus reales para no levantarlos ya mås. Plantåronse lag
tiendas de los caudillos y las barracas de los soldados en orden simétrico
formando calles como una poblaci6n, y cerc6se el campamento de fosos y
cavas. La animaci6n y el entusiasmo que se advirti6 un dfa en los reales
era el anuncio de la Ilegada de la reina Isabel con el prfncipe y las infan-
tas y con las doncellas que constitufan su cortejo. El marqués de Cådiz
destin6 su soberana el rico pabe116n de seda y oro que él habfa usado
en las campaüas: las damns se acomodaron en tienda.s menos suntuosas,
pero de elegante gusto.
Exaltados los moros granadinos con la vista del campamento cristiano,
diestros en el combate, buenos y gallardos jinetes, amantes de empresas
arriesgadas y dados hacer alarde de un valor caballeresco, ya que no se
atrevfan pelear en general batalla con todo el ejército reunido, salian
diariamente 6 solos 6 en pequeüas bandas y cuadrillas provocar los
caballeros espaöoles å singular combate. Los campeones cristianos los
aceptaban, siquiera por ostentar su lujo y su gallardfa y por hacer gala
de su valor ante las bellas damas de la corte que presenciaban aquellas
luchas caballerescag, y premiaban con sus finezos 6 sus aplausos el arrojo,
el brfo 6 la destreza de los mejores combatientes. Desde la Ilegada de
Isabel era el campo cristiano un palenque siempre abierto esta especie
de sangriento torneo; teniendo al fin que prohibir el rey, como ya 10 habfa
hecho en alguna otra ocasi6n, estos costosos desaffoe, en que se vi6 no
estar las mis veces la ventaja por los cristianos, pues cuéntase que hubo
moro tan {gil cabalgador y tan arrojado, que apretando las espuelas su
caballo årabe, salt6 fosos, brinc6 empalizadas, atrope116 tiendas, clav6 su
lanza junto al pabe116n de la reina, y volvi6 su campo sin que hubiese
quien le alcanzara en su veloz carrera.
Isabel, quien los cuidados del gobierno no bastaban distraer de los
de la guerra, inspeccionaba todo 10 relativo al campamento, cuidaba de
lag provisiones y de la administraci6n militar, y muchas veces pasaba
revista las tropas caballo y armada de acero alentando los soldados.
Un dfa quiso ver de mis cerca Ins fortificaciones y baluartes de Granada
y el aspecto exterior de la ciudad. Obedientes todos la mis ligera insi-
nuaci6n de sus deseos, acompaiåronla con las debidas precauciones el
quales que estin la parte de Occidente tienen muy bucnas salidas y campos ale-
gres y deleytosos, y las otra.s puertas que estin 81 Oriente son mås diffciles.» Y cuonta
entre las co.*8.s insignes de Granoda, la Alhambræ, Generalife, Ios Alixares, Bibarram-
blo, 18 Alcaiceri8, el Darro y la Vega. EDAD MEDIA
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tivos todas las atenciones de un cumplido caballero. Con noticia que tuvo
de pste suceso el alcaide Abén Comixo, tfo de la bella Fåtima, que asf se
la doncella, despach6 al caballero aragonés don Francisco de Zfiöi-
go, quien tenfo prisionero, con carta del mismo Boabdil para el conde,
ofreciendo por el rescate de la novia hasta cien cautivos cristianos de los
de Granada, los que el conde eligiese. A esta propuesta contesb6 el de
Tendilla poniendo Fitima las puertas de Granada, escoltada por los
suyos, después de haberle regalado algunas joyas. Agradecido Boabdil
la galanterfa del caballeroso condo, di6 libertad å veinte sacerdotes
cristianos y ciento treinta hidalgos castellanos y aragoneses, y mis
agradecido todavfa Abén Comixa entab16 desde aquel dfa y mantuvo
después amigable correspondencia con el galanto don frigo L6pez do
Mendoza (l).
Lleg6 en esto la primavera de 1491, y Fernando se ha116 en disposici6n
de moverse camino de Granada al frente de un ejército de cincuenta mil
hombres, de ellos una quinta parte de caballo (2), compuesto de los con.
tingentes de las ciudades de Andalucfa y de la gente que de otras provin-
cias habfan enviado 6 Ilevado los grandes y nobles del reino. Sup6neso
que acompaüaban personalmente al rey el marqués de Cådiz, 01 marqués
de Villena, el gr.an maestro de Santiago, los condes de Cabra, de Cifuentes,
de Urem y de Tendilla, el brioso don Alonso de Aguilar y otros ilustres
y nobles capitanes que representaban las glorias de Alhamo, de Loja, de
Målaga y de Baza. El 16 de abril acampaba el ejército en la Vega å dos
leguas de la corte del antiguo reino de los Alhamares. La reim se qued6
en Alcalå con el principe y las infantas para atender como siempre la
subäistencia y las necesidades de los guerreros. En el palacio {rabe de In
Alhambra celebraba Boabdil gran consejo con sus alcaides y alfaqufes so-
bre 10 que deberfa hacerse para la defensa de la ciudad. Acordes todos en
cuanto la resistencia, qued6 ésta decretada y organizada. Contåbase en
la capital del emirato una poblaci6n de doscientas mil almas, entre natu-
roles y emigrados; ademås de las huestes de veteranos habfa veinte mil
mancebos en edad y aptitud de manejar las armas; abundaban las provisio-
nes en los almacenes; surtfanla el Darro y el Genil de aguas copiosas; pro-
tegfanla las escabrosas montaias de Sierra Nevada, y le enviaban su grata
frescura; cefifbnlo formidables muros y torres, y se podia llamar la ciu-
dad fuerte (3).
(I) El moderno historiador de Granada Infuento Alcåntara, ha amemzado esta
parte de su Historia con varios de estos curiosos rasgos de valor y de galanteria, saca-
dos de un MS. titulado Cau deZ Sdar, existente en la biblioteca de Salazar, de otro
que tiene por tftulo Hi8toriæ de 108 conde8 de TendiUa, por Rodriguez do Ardila, de 10
obn de Hernån Pérez, Breve partg de hazaiuu del Gran Capitan, de la Histöriæ de
cau de Mondéjær, y del Bosquejo hi8t5rico de Martinez do IL Rosa.
(2) Pedro Mårtir, que iba en él como voluntario, le hace subir ochenta mil. Tal
vez cont6 la gente que guarnecfL las fortalens del torritorio.
(3) Véase Casiri, Biblioteca Acurid., t. ll.—Lucio Marineo, en el libro XX de
las Cosæs memorables de Espaäa, dice, hablando del sitio y toma de Granada: ((Tiene
la en circuito casi tæs leguas, y todo cefiido y cercado de todæs partes con edi-
ficios, y fort&lecida con mil y tæinta torres para defension. Tiene doce puert&8, de
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