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Al otro lado del tiempo – Keith Laumer

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Al otro lado del tiempo – Keith Laumer

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Era una de esas tardes tranquilas de
verano, cuando los colores de la puesta
del sol parecían prenderse en el cielo
más tiempo del que era de esperar en
Estocolmo durante el mes de junio. Me
encontraba de pie ante los ventanales,
contemplando los matices rosa pálido,
dorado intenso y azul eléctrico, notando
en el cogote esa sensación que siempre
me anunciaba problemas importantes e
inminentes.
El teléfono sonó con estridencia al
otro ladea de la estancia. Batí el récord
de carreras pedestres para llegar junto a
él. Levanté el instrumento, una pieza
antigua estilo Imperial, de bronce, de la
mesa del vestíbulo, y tardé unos
instantes en hablar, a fin de estar seguro
de que mi voz no sería chillona al decir
«diga».
—¿Coronel Ba ya r d ? —preguntó
una voz desde el otro extremo—. Le
llama Freiherr von Richthofen. Un
momento, por favor…
A través de la arcada de

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comunicación con el comedor, vi el
oscuro resplandor de los cabellos rojos
de Barbro que movía la cabeza dando el
visto bueno a la botella de vino que le
mostraba Luc. La araña de luces que
colgaba por encima de su cabeza
proyectaba suaves destellos sobre la
nívea mantelería, el fulgurante cristal, la
antigua vajilla de porcelana y la plata
reluciente. Teniendo a Luc como
mayordomo, todas las comidas eran un
festín, pero yo había perdido el apetito.
Sin saber por qué. Richthofen era un
viejo y querido amigo, así como jefe del
Servicio de Inteligencia Imperial…
—Brion —inquirió la voz con
ligero acento de Richthofen a través del
acampanado auricular del teléfono
Celebro encontrarte en casa.
—¿Qué ocurre, Manfred?
—Ah… —tuve la impresión de que
su voz sonaba un tanto tensa—. ¿Has
pasado la tarde en casa?
—Llegamos hace una hora más o
menos. ¿Has tratado de localizarme
antes de ahora?
—Oh, no. Pero ha surgido un
asuntillo —hubo una pausa—. Brion,
desearía saber si tendrías tiempo de
dejarte caer por el Cuartel General
del Servicio de Inteligencia Imperial.
—Por supuesto. ¿Cuándo?
—Ahora. Esta noche… —la pausa
otra vez. Algo le preocupaba, cosa
extraña de por sí—. Lamento molestarte
en tu casa, Brion, pero…
—Estaré ahí dentro de media hora
—dije yo—. Eso no va a gustarle a Luc,
pero lo superará. ¿No podrías
anticiparme algo de lo que ocurre?
—No, Brion. El teléfono no ofrece
entera seguridad. Pídele disculpas a
Barbro en mi nombre… y a Luc.
Barbro se había levantado,
rodeando la mesa. Ella vio mi cara.
—Brion, ¿quién ha llamado? ¿Pasa
algo malo?
—No lo sé. Volveré en cuanto
pueda. Tiene que tratarse de algo
importante para que Manfred me haya
telefoneado.
Avancé por el vestíbulo hasta mi
dormitorio, me vestí con traje de calle,
cogí una trinchera y un sombrero —las
noches de Estocolmo eran frías —y salí
Al vestíbulo delantero. Allí estaba Luc
con un pequeño aparato de alambre
elástico y piel.
—No voy a necesitarlo, Luc —dije
yo—. Mi visita al C. G. es sólo de
rutina.
—Más vale que se lo lleve, señor
—el semblante huraño de Luc tenía la
expresión acostumbrada de agria
desaprobación, expresión que yo había
descubierto que ocultaba una profunda
lealtad. Le dirigí una sonrisa, cogí el
revólver de resorte con su funda
especial, retiré mi manga derecha y
ajusté el arma en su sitio, verificando su
funcionamiento, Con un leve movimiento
de la muñeca, el arma pequeña de
resorte —de forma y color de una piedra
lisa y desgastada por el agua —se
escurría de golpe hasta la palma de mi
mano. Volví a meterla en su sitio.
—Sólo para complacerte, Luc.
Volveré dentro de una hora, tal vez
antes.
Salí a la luz de los cuadrados
faroles de carruaje que proyectaban un
nostálgico resplandor amarillo sobre la
balaustrada de granito, descendí la
ancha escalinata hasta el coche y me
senté ante el volante de grueso reborde
de roble. El motor ya ronroneaba.
Avancé por la avenida de grava,
dejando atrás los álamos de la verja de
hierro abierta y salí a la calle
empedrada de la ciudad. Más adelante,
un automóvil estacionado junto al
bordillo con los faros encendidos, se
puso en marcha situándose en

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