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Imperio Crónicas de los invasores 2 – John Connolly

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—Estúpida andrajosa.
—Y es que nunca aprende.
—Es demasiado estúpida para aprender.
—¿Qué haces aquí?
—Éste no es tu territorio.
—¿Por qué existes siquiera?
—Elda… Si hasta tu nombre es feo.
—¡Mírate!
—No puede. Rehúye los espejos. Le da miedo que se resquebrajen al reflejarla.
Y entonces la líder, la joven alfa, se acercó para morder. La jauría se separó, haciéndole sitio; con la cara inclinada hacia ella, la admiraban, mientras sus ojos
reflejaban el fulgor que desprendía.
La líder era Tanit, la joven y hermosa Tanit: cruel, y algo todavía peor que cruel.
—No, no es eso —dijo Tanit—. No se acerca a los espejos porque no hay nada que ver. Es tan insignificante que apenas si existe.
Era esa forma de hablar, las palabras vomitadas descuidadamente, como si el objeto de su desdén ni siquiera mereciera el esfuerzo que requería aplastarlo. Bajó la
mirada hacia Elda —Tanit era alta, incluso para una ilyria; en eso radicaba parte de su poder—, extendió una mano y la dejó deslizarse por la melena oscura de esta
Novicia inferior, cuyos mechones se enredaron entre sus dedos.
—Nada —dijo Tanit—. No siento nada.
Su víctima mantenía la cabeza gacha, la mirada fija en el suelo; así era mejor, más fácil: quizá Tanit y las demás se aburrirían y se marcharían en busca de otra presa
a la que atormentar.
Pero no, esta vez no funcionó. Elda sintió un hormigueo en la piel. Empezó por las mejillas, luego se propagó lentamente a la nariz, la frente, las orejas y el cuello.
La calidez se transformó en calor; el calor, en un dolor abrasador. Lo que estaba haciéndole Tanit iba contra las normas, pero Tanit y sus secuaces se saltaban todas las
normas; después de todo, para ellas esto no era más que un ejercicio práctico. Eran como niñas perturbadas a las que se anima a torturar insectos y roedores para que no
titubeen cuando se les ordene infligir dolor a los de su propia especie.
Y no tenían miedo de que las descubrieran. Estaban en la Marca, la antigua guarida de la Hermandad de Nairene, y no faltaban los espacios en los que las fuertes
podían abusar de las débiles.
La quemazón se volvió más intensa. Elda sintió que se iban formando ampollas, que la piel se le levantaba y burbujeaba. Se cubrió la cara con la mano en un vano
intento de protegerse, pero la palma también se le empezó a ampollar al instante y la apartó, aterrada. Se derrumbó en el suelo. Intentó no gritar, resuelta a no
concederles esa satisfacción, pero apenas podía soportar el dolor. Abrió la boca, pero fue la voz de otra la que habló:
—¡Dejadla en paz!
Tanit perdió la concentración. Al instante empezó a disminuir el dolor de Elda. No le quedarían cicatrices. Ya era algo.
La Novicia alzó la mirada. Syl Hellais se abrió paso entre la jauría: un codo bien metido aquí, una rodilla allí. Algunas se resistían, pero sólo pasivamente. Crecieron
los murmullos y la confusión, pero Tanit se limitó a mirar y a reírse mientras cruzaba los brazos delante del pecho, como si se pusiera cómoda para ver qué pretendía
hacer Syl.
Ésta se colocó al lado de Elda.

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—Elda, ¿estás bien?
Syl, mientras miraba con inquietud el rostro de Elda, la ayudó a levantarse; luego dio la vuelta a la mano de Elda y examinó la herida que se había hecho en la palma.
Como si hubiera sufrido graves quemaduras por el sol, tenía la mano enrojecida y llagada, pero las ampollas, pequeñas, no habían reventado.
—¿Es muy horrible?
—Se curará —contestó Syl, lo cual no respondía del todo la pregunta.
En cualquier caso, ahora no había tiempo para eso. Tenían preocupaciones más apremiantes. Aunque la jauría era valerosa cuando la formaban muchas, aun así sólo
tenían la fuerza que tuviera su líder. Si abates a la líder, la jauría se dispersará. Al menos, en teoría.
Pero la líder era Tanit, y ésta no se echaba atrás fácilmente. Observaba a Syl de cerca, con el rostro oculto tras una máscara que delataba lo mucho que disfrutaba.
—¿Qué le has hecho? —preguntó Syl.
—Sólo le he dicho que era bonita —dijo Tanit—. He hecho que se ruborice.
—¿Y a ti qué te importa, Apestosa? —preguntó una de las chicas más osadas, que se movía nerviosa a la izquierda de Tanit. Se llamaba Sarea y competía con otra
Novicia, Nemein, por el favor de la líder; también quería que ésta, caprichosamente, la considerara su mejor amiga. Tanit disfrutaba enfrentándolas. Ninguna de las dos le
negaría nada por temor a que recurriera a la otra.
Syl y Tanit intercambiaron una mirada, un breve destello de gélida comprensión entre rivales letales. Sarea intentaba ganar puntos provocando a Syl. Tanit dirigió a
Sarea un gesto apenas perceptible con la cabeza, dándole permiso para que empezara la diversión.
Sarea se adelantó. Era una chica grácil, casi de una belleza delicada, con huesos finos y ojos brillantes. Sin embargo, la belleza de Sarea ocultaba un gusto por la
violencia que bordeaba la psicopatía. Su habilidad particular era la aplicación de presión con su fuerza mental, desde una simple tirantez en la piel hasta la ruptura de
huesos y el aplastamiento del cráneo. Lo había intentado una vez con Syl, poco después de la llegada de ésta a la Marca; un leve roce de bienvenida, así fue como lo
describió Sarea.
A modo de represalia, Syl le rompió la nariz, y eso no le requirió demasiado esfuerzo mental. Fue básicamente algo físico.
Pero sólo básicamente.
Ahora Syl sonrió, aunque sentía el estómago vacío y débil y le temblaban las manos. Las cerró y se convirtieron en puños.
—Eres muy valiente cuando te metes con las que son más débiles que tú, rodeada de tus amigas —dijo Syl—. ¿Serías tan bocazas si estuviéramos a solas tú y yo?
Syl percibió las ansias que tenía Sarea de hacerle daño; una pequeña presión y podría reventarle a Syl algunos de los vasos sanguíneos de la nariz o de los ojos. Un
poco más fuerte, y le astillaría un dedo de la mano o le partiría uno del pie. Y luego estaban esos preciosos órganos internos: los pulmones, los intestinos, el corazón.
¡Oh, sí, el corazón! Sarea anhelaba aplastar un corazón. Y lo que estaba imaginando ya se iba convirtiendo en real. Syl sintió un levísimo apretón detrás de las
costillas, una presión sobre el órgano latiente, y supo que era obra de Sarea, aunque ésta tenía prohibido utilizar esas habilidades fuera de clase. Sin embargo, Sarea no
pasaba de ser también una Novicia que no controlaba del todo sus turbios talentos; al menos, no todavía. O quizá es que prefería no controlarlos.
Sarea abrió la boca como si fuera a replicar, pero entonces se le vidriaron los ojos y sacudió la cabeza, como si no tuviera palabras. Clavó una mirada llena de ira en
Syl y luego miró al resto del grupo, desconcertada. Syl la observaba, con el corazón liberado de nuevo, latiendo sin restricciones en su pecho. Esperaba que la jauría
atacara, pero entonces Tanit volvió a hablar.
—Lo siento. No pretendíamos hacer daño.
—¿Disculpa? —dijo Syl.
—No ha pasado nada, Hermana. Nada. Lo lamentamos. No queríamos hacerle daño.
Tanit retrocedió y dio media vuelta para marcharse; las demás la siguieron. Syl y Elda las miraron, boquiabiertas por la sorpresa. No obstante, una de las chicas de
la jauría se quedó inmóvil, sin despegar los ojos de Syl, mientras el resto de las criaturas de Tanit se perdían de vista. Estaba medio oculta entre las sombras; era delgada,
de pelo oscuro, y vestía una túnica de color azul intenso. Su nombre era Uludess, pero sus amigas la llamaban Dessa. Mientras Syl contemplaba el ceño fruncido y el
rostro concentrado de Dessa, de la nariz de ésta cayó una gota de sangre; Dessa se encogió entonces de hombros y esbozó una leve sonrisa teñida de tristeza. Syl abrió
la boca para decir algo, pero Dessa negó con la cabeza muy ligeramente, se dio la vuelta y se alejó, enjugándose la sangre en la manga mientras se apresuraba a alcanzar a
sus amigas.
Una tutora, con los atuendos rojos de una Hermana plena, se acercó.
—¿Qué ha pasado aquí?
Era Cale, la responsable de las Novicias primerizas como Syl. Era joven para tratarse de una Nairene de alto rango. Su familia había muerto en el accidente de una
lanzadera poco después de que Cale naciera; sólo ella había sobrevivido. La Hermandad se había ocupado de ella y la había criado, de manera que el ascenso de Cale en la
escala había empezado antes que el de la mayoría.
Syl y Elda bajaron la mirada.
—¿Alguna de vosotras quiere explicarme qué ha pasado aquí? —preguntó Cale, pero sólo era de cara a la galería. Sabía perfectamente cómo eran Tanit y su jauría,
del mismo modo que sabía que Syl y Elda no le contarían nada de lo que había ocurrido. Aunque lo hicieran, Cale sólo podría acudir a la Granmaga Oriel para elevar una
queja, pero Oriel, que supervisaba la formación de todas las Novicias, no le habría hecho el menor caso. Oriel sentía un cariño especial por Tanit y las de su clase.
—Me he tropezado —dijo Elda—. Syl me ayudaba a levantarme.
—¿Y las demás? —preguntó Cale.
—Hacían cola para ayudar —dijo Syl.
Cale dedicó a Syl una mirada extraña. Pareció a punto de sonreír, pero se lo pensó mejor.
—Volved a vuestros deberes, las dos —dijo.
Obedecieron. Cale las observó cuando se alejaban. Pero también las observaba, sin ser vista, otra ilyria. La Granmaga Oriel permaneció unos instantes en el umbral
y luego se fue.
2
Lejos de la Marca, y de la mayoría de los sistemas civilizados, una lanzadera militar sobrevolaba a poca altura el desierto siguiendo los montículos y las grietas de
las arenas, descendiendo, ascendiendo, deslizándose suavemente a izquierda o derecha bajo el control experto del piloto. A veces se acercaba tanto a la superficie que los
propulsores de la lanzadera levantaban tras de sí nubes de polvo, con lo que los sensores de proximidad se activaban para emitir señales y pitidos de alarma que
resonaban por toda la embarcación.
—Va a matarnos. Os juro que va a matarnos.
Era la voz del soldado Cutler, el especialista en comunicaciones de la unidad y un contumaz pesimista. Según él, la única razón por la que todavía no había muerto
era porque Dios aún no había dado con la forma más brutal posible de matarlo. Cutler era oriundo de Omaha, Nebraska, y había visto el océano por primera vez desde la
ventanilla de la lanzadera de transporte ilyria que le llevó a unirse a las Brigadas. Aquel día no le había cabido duda de que acabaría ahogado. Desde entonces se había
creído varias veces al borde de la muerte, ya fuera abrasado, en una caída, asfixiado, envenenado o aplastado. Hoy un accidente parecía el destino más probable, sobre
todo con Steven Kerr a los mandos de la lanzadera.
Al lado de Cutler, el hermano mayor de Steven, Paul, apoyaba la cabeza en el respaldo de su asiento, con los ojos cerrados. No le inquietaban en lo más mínimo las
aptitudes de Steven como piloto. Su hermano poseía un talento especial, un don; a lo suyo no podría llamársele de otro modo. Paul creía que tenía algo que ver con
todos aquellos juegos de PlayStation desperdigados por el dormitorio que compartían en Edimburgo. Paul había probado también los juegos —y le gustaban los de
disparos, aunque rápidamente se hizo mayor para seguir jugando cuando, tras implicarse en el movimiento de Resistencia humana contra los invasores ilyrios, se
introdujo en la sórdida realidad de matar—, pero lo de Steven era pura y simplemente devoción. Podía abstraerse en ellos durante horas interminables, olvidándose
incluso de comer, mientras los índices y los pulgares bailoteaban sobre los controles como si hubiera nacido para pulsar botones. Le atraían especialmente los coches,
los aviones y los helicópteros, cualquier aparato que pudiera conducirse o pilotarse. Cuando llegó la hora de que los ilyrios pusieran a prueba sus facultades, Steven
había destacado en el manejo de todos los simuladores de vuelo. De inmediato lo enviaron a seguir por la vía rápida el programa de piloto, y se pasó la mayor parte del
periodo de instrucción sentado en una cómoda silla jugando a un magnífico juego de ordenador, mientras su hermano mayor tenía que embarrarse con los machacas de
infantería, corriendo, saltando, cayéndose y disparando.
Claro que Paul sabía que no fue exactamente eso lo que le tocó en suerte a su hermano, por más que le divirtiera burlarse de Steven. Los pilotos tenían que estar en
permanente estado de máxima alerta mental y poseer una desarrollada resistencia física, y Paul había visto a Steven derrumbarse con la vista nublada en la habitación del
barracón que compartían, con las sienes latiéndole desbocadas y las extremidades doloridas tras pasarse largas horas en simuladores cada vez más difíciles. Menos del
uno por ciento de los aspirantes a piloto de Brigada llegaban al nivel que había alcanzado Steven —el rango de comandante de vuelo— y nadie lo había logrado tan
rápido. La lanzadera en la que volaban ahora era la de Steven, la primera nave sobre la que tenía el mando exclusivo, y disfrutaba de cada minuto, un placer que Cutler no
compartía.
—Está loco, ¿sabes? —insistió Cutler—. Si vuela un milímetro más bajo acabaremos bajo tierra.
—No está loco —dijo Paul—; sólo feliz.
—Al menos uno de nosotros lo está.
Paul abrió los ojos. Había pensado echarse una siesta durante el vuelo, pero incluso él tenía que reconocer que las maniobras de Steven no iban a permitir que nadie
descansara tranquilo. Las lanzaderas militares tampoco estaban diseñadas para ofrecer un sueño cómodo: eran transportes fuertemente armados y blindados, con
asientos de vuelo individuales enfrentados a lo largo de la nave. Unos cañones dobles colgaban bajo la cabina de los pilotos, y un segundo par de cañones iban en una
burbuja en la parte de atrás de la nave. Cuando se necesitaba, podían desplegarse cuatro equipos de lanzacohetes desde el armazón de la nave en formación en X: era un
arma de guerra rápida y contundente.
Sin embargo, ese día no iban a luchar; habían salido en misión de exploración. De hecho, en su unidad, sólo Cutler y De Souza, el teniente, habían disparado alguna
vez sus armas, presas de la rabia. Y sólo lo habían hecho durante una misión de protección a una luna que ni siquiera tenía nombre, sólo número, donde habían utilizado
sus armas de pulso contra criaturas que estaban sólo un peldaño evolutivo por encima de las medusas. Lo cierto es que el universo carecía prácticamente de vida
inteligente; a decir verdad, carecía de cualquier tipo de vida. Hasta el momento, la raza humana era la especie más avanzada que habían encontrado los ilyrios, y sólo
había que ver lo que le había pasado a los habitantes de la Tierra: invasión y conquista, seguidas por la ocupación. La Resistencia seguía combatiendo a los invasores —
Paul y Steven habían sido hechos prisioneros en un combate contra sus conquistadores, antes de ser enviados por la fuerza a las Brigadas—, pero su lucha era poco más
que un incordio para los ilyrios.
A través de la ventanilla, Paul contempló el árido paisaje blanco del planeta que pasaba bajo ellos. Era Torma, y habían tardado un mes en llegar hasta allí. En algún
punto por encima de Torma se encontraba el destructor ilyrio Envion, sometido a reparaciones tras un viaje difícil, o «salto» a través del último agujero de gusano. Paul
aún no se había acostumbrado a la sensación que produce el viaje a través de los agujeros de gusano: la distorsión del espacio y el tiempo, la impresión repulsiva de que
iba dejando tras de sí el cerebro y los órganos internos. Lo mejor que podía decirse de ese tipo de viajes era que, al menos, se hacía corto y acababa rápido, y siempre
sentía un gran alivio cuando lo completaban y comprobaba que estaba vivo e ileso.
Peris, su supervisor de instrucción ilyrio, iba sentado en la cabeza de la nave, justo detrás de Paul. El soldado ilyrio había sido en el pasado el comandante de la
guardia del Castillo de Edimburgo, pero había renunciado a su cómoda existencia para cuidar de Paul y Steven en las Brigadas. Paul no entendía del todo los motivos de
Peris, pero había acompañado a los hermanos Kerr desde la Tierra, y había estado con ellos durante su instrucción básica en la base de la Brigada en Coramal, un
diminuto planeta en un pequeño sistema muy lejano.
La instrucción había consistido básicamente en aprender a comportarse como una unidad, además de en perfeccionar las habilidades de los reclutas con las armas,
enseñándoles los fundamentos de la tecnología ilyria y mejorando su dominio del idioma mediante técnicas de inmersión, como introducirles una corriente continua de
palabras y gramática mientras dormían. La lengua alienígena resultó menos compleja de lo que Paul había imaginado al principio, y al poco la hablaba mejor que la
mayoría, lo que fue indudablemente una de las razones por las que lo habían ascendido a sargento. Los reclutas también tuvieron que someterse a una variedad de
tratamientos médicos diseñados para evitar que los huesos se les volvieran quebradizos tras largos periodos en el espacio y para controlar el riesgo añadido de cáncer
debido a la exposición a la radiación.
Peris pilló a Paul mirándole, y asintió. Paul había llegado a respetar al viejo ilyrio, aunque no puede decirse que le cayera bien. Los ilyrios eran el enemigo, y el
objetivo último de Paul era destruir su imperio. Si Peris se interponía, Paul lo mataría. Pero, pese a todo, no podía mirar a Peris sin acordarse de Edimburgo, y del
castillo.
Y de Syl.
Asúmelo, pensó Paul (y no era la primera vez), estás enamorado de una ilyria. En un mundo ideal, tú doblegarías a su civilización y huirías con Syl a través de sus
ruinas. ¿Cómo crees que puede hacerse algo así? Oh, y está además el pequeño detalle de que ella se encuentra a millones de años de luz, separada de ti por incontables
agujeros de gusano, encerrada en un convento dirigido por una pandilla de extrañas monjas que adoran el conocimiento como si fuera un dios. Tendrías que haber salido
con una chica de Leith, o incluso de Dundee, o, apurando mucho, de Inverness.
Al lado de Peris se sentaba Faron. Aunque Peris era mayor que él y tenía más experiencia y conocimientos, Faron era técnicamente el oficial ilyrio de rango más
alto que iba a bordo, y ésta era su primera misión completa. La Brigadas se utilizaban para que los nuevos e inexpertos oficiales ilyrios se hicieran una idea de lo que era
estar al mando. Paul tenía a Faron por un redomado inútil: su arrogancia disimulaba su indecisión, y se mostraba despectivo con los humanos a su mando, una tentativa
frustrada de ocultar que les temía. Faron sólo se había unido a ellos en este viaje porque necesitaba acumular cierto número de misiones antes de poder dejar las
Brigadas.
Paul vio que Faron sudaba. A todas luces, el modo en que Steven pilotaba la lanzadera aterraba a Faron tanto como a Cutler, pero Faron no quería parecer débil
delante de los humanos, y tampoco de Peris.
—¿No hemos llegado todavía? —preguntó Cutler.
Paul cerró de nuevo los ojos y soñó con Syl.
3
Mientras la seguía al salir de la cámara, Elda balbuceó un vago agradecimiento por la oportuna intervención de Syl. Envueltas en un incómodo silencio, caminaron
juntas hasta el cruce del Duodécimo Reino con el Decimotercero. Antes de alejarse, Elda se dio la vuelta. Se detuvo y tocó fugazmente el brazo de Syl.
—Cuídate —dijo mirando directamente a Syl por primera vez desde que ésta había llegado a la Marca, hacía ya varios meses—. Estos viejos pasillos son
traicioneros. Mi amiga Kosia murió bajo una pared que se derrumbó… —Su voz se apagó, y pareció titubear, como si pensara que debía decir algo más, pero temerosa
de las consecuencias si lo hacía.
—¿Tu amiga Kosia? —preguntó Syl. Al instante lamentó la incredulidad que pareció traslucir involuntariamente su voz al repetir «tu amiga», como si la amistad
fuera algo que quedaba fuera del alcance de Elda.
Elda retrocedió y bajó la mirada; los hombros se le hundieron un poco más.
—Sí —dijo—, mi amiga. Nos presentamos juntas.
—Lo siento —empezó a decir Syl, pero Elda se escabullía ya por el Decimotercer Reino sin volver la vista atrás.
Syl no sabía si tenía ganas de zarandear a la Novicia o de abrazarla. Elda, que se mantenía siempre a distancia, era muy pasiva. Se desvanecía al fondo, débil y
difuminada; hacía todo lo posible por no llamar la atención, anhelaba evitar todo contacto innecesario con las demás, hasta el punto de que las mangas de sus túnicas se
habían ensuciado porque siempre estaban pegadas a las paredes de la Marca. Y, pese a todo, estaba claro que la había apenado la muerte de su amiga, la tal Kosia, de
quien Syl no había oído hablar hasta ese momento. La joven sufría, pero ¿quién lo habría sabido con sólo mirarla? Más aún, ¿quién miraría alguna vez a Elda, cuando ni
siquiera parecía estar ahí?
Todavía alterada, Syl se encaminó hacia sus alojamientos. Pese a lo que había dicho Cale, había acabado sus deberes por esa jornada. Había pasado buena parte de
la tarde en el Scriptorium contiguo a la biblioteca principal de su Reino, junto a su mejor amiga, Ani, traduciendo unos poemas conceptuales del inglés al ilyrio, antes de
que Ani saliera corriendo a sus clases especiales, las lecciones a las que asistía con las otras Novicias «Dotadas».
Syl había seguido traduciendo, pero se había distraído y su mente ya no estaba allí, por lo que, al cabo de un rato, la Hermana a cargo del ejercicio la echó,
chasqueando la lengua ante su incompetencia. Syl se sintió aliviada; era un trabajo lento y concienzudo, y no entendía por qué se tomaban tantas molestias. ¿Qué uso
podía darle la Hermandad a las cavilaciones de poetas muertos hacía lustros y de un mundo remoto? Pero sus tutoras aducían que los poemas representaban
conocimiento, por más antiguo y alienígena que fuera, y el conocimiento era la savia de la Hermandad. Ningún conocimiento podía considerarse inútil; simplemente
había conocimiento que podía aplicarse y conocimiento que todavía no había encontrado aplicación.
Y, por supuesto, formaba parte de su formación como Novicias. Traducir, transcribir, leer, escribir…, a eso se dedicaban casi todas la mayor parte de sus primeros
tres años. Y, entre esas tareas, estudiaban también historia ilyria, geografía universal, matemáticas y ciencias. Syl y Ani sólo sobresalían en una asignatura: biología
existencial, la que se centraba en la zoología y la botánica de los mundos conquistados, y específicamente las de la Tierra.
La asignatura que menos le gustaba a Syl era la diplomacia aplicada. Consistía en una mezcla de protocolo ilyrio, estudios sociales, psicología, política y, para el
gusto de Syl, puede que demasiados ejercicios prácticos de conversación insustancial, o cómo aprender a cruzar las manos educadamente sobre el regazo o a darse
toquecitos discretos en la boca para eliminar hipotéticas migas sin que se note. El propósito de la asignatura, por lo que veía, consistía en instruir a las Hermanas de
Nairene para que formaran parte de la sociedad mundana ilyria y sedujesen —o manipulasen— a todos los que conocieran que pudieran favorecer los fines de la
Hermandad. A Syl sólo le servía para aprender cómo funcionaba la Hermandad y

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